En la primavera de 1965 un amigo y yo viajamos a Alabama y experimentamos de primera mano el profundo amor y humildad de Luther King. Estábamos visitando el «Instituto Tuskegee» cuando nos enteramos de la muerte de Jimmie Lee Jackson, un joven que había sido gravemente herido ocho días antes, cuando la policía disolvió una manifestación pacífica en la cercana ciudad de Marion.

Más tarde, los testigos describieron una escena del mayor caos: espectadores blancos destrozaron las cámaras y dispararon contra las luces de las farolas en las calles, mientras la policía atacaba brutalmente a los manifestantes negros, muchos de los cuales rezaban en los escalones de acceso a una iglesia. Jimmie, que había visto a un policía estatal golpear implacablemente a su madre, atacó al hombre y recibió un disparo en el estómago y fue golpeado con porras en la cabeza hasta que casi lo mataron. Al negársele el ingreso en el hospital local, lo llevaron a Selma, donde pudo contar lo ocurrido a los periodistas. Murió varios días más tarde.

Ante la noticia de la muerte de Jimmie nos dirigimos inmediatamente a Selma. El féretro, expuesto en la capilla Brown, estaba abierto y aunque el encargado de las pompas fúnebres había hecho todo lo posible por disimularle las heridas, no pudo ocultar las peores, recibidas en la cabeza: tres hendiduras, cada una de ellas de unos dos centímetros de ancho y unos siete de largo.

Profundamente conmovidos, nos quedamos para asistir al servicio funerario en memoria de Jimmie. La sala estaba tan atestada que el único lugar donde pudimos sentarnos fue en el alféizar de una ventana, al fondo; frente a la iglesia también había mucha gente.

Por extraño que parezca, durante el servicio religioso no se escuchó una sola nota de cólera o venganza. En lugar de eso, de la congregación irradiaba un ambiente de valor y de paz. Y cuando todos nos levantamos para cantar el viejo cántico del esclavo: «No permitiré que nadie me obligue a retroceder», el espíritu de triunfo fue tan poderoso que un espectador casual jamás habría podido imaginar la razón por la que nos habíamos reunido allí.

En un segundo servicio religioso al que asistimos en Marion, el ambiente era decididamente más apagado. A lo largo de la entrada del tribunal del condado y a través de la calle, se mantenía una larga hilera de policías estatales, con las manos ostentosamente apoyadas en las porras, mirándonos directamente. Aquellos eran los mismos hombres que habían atacado a los manifestantes negros de Marion apenas unos días antes. Al abandonar el servicio religioso para asistir al funeral, pasamos primero delante de ellos y luego ante una multitud de alborotadores que se habían reunido en el cercano ayuntamiento. La policía, armada con prismáticos y cámaras, además de armas de fuego, nos examinó y registró a cada uno de nosotros; los alborotadores, aunque desarmados, nos siguieron con insultos y gritos.

En el cementerio, Luther King habló de perdón y de amor. Rogó a todos los presentes que rezaran por la policía, que perdonasen al asesino de Jimmie y a todos aquellos que los perseguían. Luego, entrelazamos las manos y cantamos «Nosotros venceremos».


Extracto del libro No tengas miedo.