Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. Aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. —Hechos 2:1–4
El reino que Jesús inauguró avanza a través del derramamiento del Espíritu. La vida, la muerte y la resurrección de Cristo no fueron el cumplimiento de la promesa de Dios a Israel. Por eso, después de su muerte, Jesús les dijo a sus seguidores que esperaran en Jerusalén para que la promesa se cumpliera plenamente. Pentecostés es el punto culminante del año cristiano, ya que no podemos contar la historia entera de la redención de Dios sin ello.
Sin embargo, Pentecostés es también el comienzo. Cristo es el Señor vivo. No está ausente en algún reino espiritual lejano. Ha comenzado una nueva era, ha nacido una nueva creación. Todo se resume finalmente a través de la nueva creación de Dios: la iglesia. No obstante, el viento poderoso que dio origen a la iglesia en Pentecostés involucra los asuntos de las naciones y los imperios. Ese viento, ese Espíritu, creó una nueva nación que ya no estaba sujeta a las limitaciones del pasado ni a las fronteras que nos separan. La salvación de Dios es la creación de una nueva sociedad que invita a cada persona a formar parte de una nueva era que las naciones de este mundo no pueden ofrecer.
Mosaico del Espíritu Santo descendiendo en Pentecostés. Imagen de Holger Schué, via Pixabay.
En Pentecostés, Dios deshizo lo que se había hecho en Babel. En Génesis 11 se nos dice que, originalmente, toda la tierra tenía un solo idioma, que había una cooperación inusual mientras las personas migraban juntas en busca de un buen lugar para vivir. Al encontrar la tierra de Sinar, descubrieron cómo hacer ladrillos y se convirtieron en constructores. Sin embargo, su inventiva se descarrió. Usaron sus dones creativos para vivir como si no necesitaran reconocer que su existencia depende de esos dones. Así, la gente dijo: “Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo, nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la Tierra”. Y Dios temió que ahora pensaran que nada de lo que se propusieran sería imposible.
Así que Dios confundió su lengua y los dispersó por toda la Tierra en hogares, tierras e historias aislados, incapaces ya de cooperar. Esta dispersión fue, en realidad, un regalo. Al estar divididos, al tener que enfrentarse a la alteridad creada por la separación del lenguaje y el lugar, a las personas se les dieron los recursos necesarios para reconocer sus limitaciones, es decir, su condición de criaturas. El juicio de Dios fue la gracia necesaria para volver a aprender la humildad que ennoblece.
Sin embargo, nuestros antepasados se negaron a aceptar este regalo y, en cambio, utilizaron su separación como un arma, con la esperanza de obligar a todos los pueblos a hablar el idioma de su tribu. Así, en Babel nació la guerra, ya que el miedo al otro se convirtió en la pasión dominante que motivaba a cada grupo a obligar a los demás a formar parte de su historia o enfrentarse a la aniquilación. La matanza iniciada por Caín se magnificó. Los humanos destruirían al otro, incluso si eso significara su propia muerte. Nuestras historias, por lo tanto, se han convertido en la historia del conflicto, la conquista y la guerra, ya que contamos nuestros días por las batallas del pasado.
Solo en el contexto de Babel podemos entender el extraordinario acontecimiento de Pentecostés. El sonido como el estruendo del viento señaló una nueva creación. El fuego del Espíritu Santo ardió con poder purificador e hizo posible un nuevo entendimiento. Los judíos de la diáspora escucharon en sus propios idiomas a estos seguidores galileos de Jesús hablar de las poderosas obras de Dios. El propio pueblo de Dios, que había sido dispersado entre las tribus y había aprendido de sus lenguas, se reunía ahora en un entendimiento común. La herida de Babel comenzó a sanar entre el mismo pueblo designado para ser una garantía de la presencia de Dios.
La alegría de esa sanación seguramente los habrá dejado extasiados. Es, literalmente, una alegría que no es posible experimentar sin la actuación de Dios. Es una alegría que proviene de reconocer que hemos sido liberados de nuestros ciclos interminables de conflicto, daño y venganza. Es la alegría de la unidad que experimentamos con demasiada brevedad en momentos de olvido de nosotros mismos. No es de extrañar, por lo tanto, que algunos espectadores simplemente atribuyeran este extraño comportamiento al consumo de vino potente.
El Espíritu, sin duda, es una presencia impredecible y poderosa que crea un nuevo pueblo donde no había pueblo, pero es un Espíritu que los primeros creyentes conocían y que nosotros conocemos. Porque la obra que hace el Espíritu no es diferente de la obra que se hizo en Jesús de Nazaret, el precursor del dominio y el reinado de Dios. En el Evangelio de Juan, Jesús les dice a sus discípulos que debe irse para que el Consolador, el Espíritu de la verdad, pueda estar presente para dar testimonio de él (Jn 16:5-16). Este testimonio transforma aquel de los discípulos, ya que ahora son capaces de ver lo que han visto desde el principio, pero que en realidad no habían visto en absoluto.
La unidad de la humanidad prefigurada en Pentecostés no es una unidad cualquiera, sino una que se hace posible gracias a la obra apocalíptica de Jesús de Nazaret. Es una unidad que derriba barreras y une a las personas; una unidad de comprensión renovada, pero no del tipo de comprensión creada por un esperanto artificial que niega la realidad de otras lenguas. Los intentos de asegurar la comunidad mediante la creación de una sola lengua, por no mencionar un único sistema político o tecnológico, son intentos de hacernos olvidar nuestras historias y diferencias, en lugar de encontrar la unidad que el Espíritu hace posible y a través de la cual entendemos al otro como otro. En Pentecostés, Dios creó un nuevo lenguaje, pero este es uno encarnado de cuidado. Es un bautismo de fuego a través del cual entramos en una comunidad cuya memoria de su Salvador crea el milagro de ser un pueblo cuyas mismas diferencias contribuyen a su unidad y amor mutuo.
A esta nueva creación la llamamos “iglesia”. Ella está constituida por la palabra y el sacramento, ya que la historia que contamos no solo debe ser contada, sino también representada y encarnada. Al contarla, se nos desafía a ser un pueblo capaz de escuchar y obedecer las buenas nuevas de Dios, un pueblo que en su vida en común da testimonio de la obra reconciliadora de Dios.
Para ser fiel al don de Dios en Pentecostés, por lo tanto, la iglesia no puede evitar llamar la atención sobre sí misma. Los discípulos de Cristo tienen una historia que contar en la que Dios en Cristo es el personaje principal. No pueden contar esa historia sin formar parte del relato. Esto se debe a que la historia de Dios en Cristo no es meramente otra historia posible sobre cómo es el mundo; es la historia del mundo tal como fue creado y redimido por Dios.
Esa historia no puede contarse por completo a menos que incluya a la iglesia como creación de Dios para sanar nuestra separación, ya que lo que Dios hizo en Pentecostés lo sigue haciendo. Dios renueva y sostiene la presencia de la iglesia para que el mundo sepa que hay una alternativa a Babel. Realmente tenemos una alternativa a Babel, una alternativa a la confusión, una alternativa al miedo que sentimos los unos hacia los otros; y, finalmente, a la guerra. No solo tenemos una historia alternativa, sino que, en la medida en que somos la iglesia, nosotros somos la alternativa. Somos el nuevo lenguaje de Dios.
Traducción de Coretta Thomson del original en la antología Jesus Changes Everything: A New World Made Possible.