En las últimas líneas de El infierno de Treblinka, uno de los primeros ensayos publicados sobre los campos de concentración nazis, Vasili Grossman escribe que quienes aman a la humanidad siempre deben tener una verdad simple en mente: “Es posible demostrar con nada más que un lápiz que cualquier empresa constructora experimentada en el uso de hormigón armado puede, en el lapso de seis meses y con un equipo organizado de trabajadores, construir cámaras en cantidad suficiente para gasear a toda la población que hay en la tierra”. Los trabajadores de la construcción no necesitaron mucho tiempo para levantar una fábrica de muerte. Tampoco necesitaron mucho espacio: “Diez pequeñas cámaras ―que, si estuvieran adecuadamente equipadas, tendrían apenas suficiente espacio para estabular cien caballos―, diez de esas cámaras resultaron suficientes para matar a tres millones de personas”.

Las arquitecturas del terror, la deshumanización y la muerte fueron extraordinariamente sencillas de construir. Varias de estas características apreciadas por el razonamiento tecnocrático moderno ―cálculo y control precisos, maximización del rendimiento y eficiencia de las máquinas― fueron puestas en funcionamiento en el diseño, construcción y operación de los campos. Al inspeccionarlos, Grossman se sorprendió cuando comprobó cuánto del diseño y de los edificios seguía los principios de cualquier empresa industrial moderna a gran escala.

Es tentador desdeñar Treblinka como una manifestación especialmente atroz de la arquitectura del infierno. No deberíamos. Grossman fue corresponsal de guerra para Red Star, el diario del ejército ruso. Viajó a través de gran parte de Europa para informar acerca de las condiciones de vida de millones de personas. Se dio cuenta de que la brutalidad que vio en Treblinka no estaba confinada a los campos de exterminio, ni era una aberración completa. Era la extensión lógica de principios y políticas que tenían décadas y que contaban con el apoyo de los líderes industriales y de las élites políticas. Sabía que la caída de Europa en manos del fascismo era algo que no había surgido de la nada. Cuando Viktor Pavlovich Shtrum, uno de los personajes principales de Stalingrado, la novela que Grossman publicó en 1952, pregunta: “¿Quién ha convertido a toda Europa en un campo de concentración gigantesco?”, Grossman está haciendo un comentario filosófico: una cultura macabramente enferma crea ambientes construidos que degradan la vida. Si las personas son enviadas a vivir y trabajar en granjas, apartamentos, ciudades, minas y fábricas que alienan y brutalizan el alma, la enfermedad se vuelve endémica.

El Hospital Regional de Butaro, Distrito de Burera, Ruanda. Todas las fotografías de Iwan Baan. Usados con permiso.

Cuando pensamos en formas de la degradación es importante comprender que la violencia no solo es un hecho, sino que puede volverse una estructura material. Un espíritu de violencia es construido en la propia geografía; en las características de los barrios y lugares de trabajo, y en la frecuencia o en la falta de atención sanitaria, centros educativos, en el transporte, el saneamiento y la electricidad. Los ambientes construidos perpetúan estilos de vida y prácticas que frustran la vida o la celebran, que alejan a las personas o las reúnen. Lo que construimos en el mundo expresa lo que pensamos del mundo y lo que valoramos de sus habitantes.

Consideremos algunas de las estructuras materiales características del mundo moderno:

  • reservas que confinan a comunidades indígenas en tierras indeseables
  • privatización y cercamiento de tierras agrícolas que tradicionalmente eran compartidas
  • “zonas de sacrificio” donde las compañías mineras dejan su desecho tóxico
  • enormes proyectos hidroeléctricos que desplazan a las comunidades indígenas y alteran los ecosistemas
  • minería en la cima de las montañas, que aplana las cumbres y llena los arroyos con escombros
  • vastas extensiones de monocultivo que depende de herbicidas tóxicos y fertilizantes sintéticos para maximizar la producción de materias primas
  • grandes operaciones concentradas de alimentación animal (CAFO, por su sigla en inglés) que maltratan el ganado y polucionan las cuencas circundantes.
  • “callejones del cáncer” donde la gente vive en tierras o junto a cursos de agua polucionados por químicos industriales tóxicos
  • proyectos de vivienda pública que condenan a sus residentes a condiciones de vida inhumanas
  • enormes asentamientos marginales en las crecientes megaciudades del mundo que carecen de la infraestructura para satisfacer las necesidades básicas de los residentes
  • numerosos “campos” ―campos de trabajo, campos de exterminio, campos de prisioneros, campos de internación, campos de internamiento, campos de reasentamiento de refugiados― construidos en respuesta a la guerra, la persecución política y la inestabilidad climática

Estos lugares no son accidentales, ni están ubicados en la periferia. Son estructuras fundamentales sobre las cuales el mundo moderno ha sido construido y continúa desarrollándose.

Esta geografía lúgubre nos alerta sobre el hecho de que los jóvenes de nuestro tiempo están heredando ambientes construidos con un grado de disminución considerable en la fertilidad, la biodiversidad y la salud. Se les pide que imaginen su futuro en un mundo cada vez más polucionado, feo y poco atractivo, mientras viven en ambientes construidos pobremente diseñados para facilitar la prosperidad.

¿Es posible que las personas vivan con esperanza si su hogar y su lugar de trabajo no promueven ni celebran la vida?

En el libro El modo intemporal de construir, el arquitecto y constructor Christopher Alexander y un equipo de colegas se propusieron sintetizar los principios de diseño que han demostrado promover la prosperidad de algunas comunidades. En primer lugar, el equipo deseaba identificar los ambientes construidos que promovían una mayor “vitalidad”, así como delinear los elementos materiales y filosóficos que dan vida a tales ambientes. Tal como Alexander expresa, su premisa inicial es simple: “Podemos cobrar vida solo en la medida en que los edificios y las ciudades donde vivimos estén vivos”. Los estados de alienación, tedio y desesperación que Alexander vio en las sociedades modernas, y el lamentable estado de sus alrededores, lo convencieron de que demasiadas pocas personas valoran la conexión próxima que existe entre la arquitectura y el bienestar humano. “En un mundo saludable, completo, vivo y autosustentable, las personas pueden vivir y autocrearse. En un mundo incompleto y autodestructivo, las personas no pueden vivir: inevitablemente acabarán por autodestruirse y volverse infelices”.

Pero “vitalidad” no es lo mismo que existencia; es posible “existir” a la vez que se está “muerto” para los vecinos y para el barrio. La vitalidad puede ser tranquila o tormentosa, organizada o espontánea. Entre las características que la definen, sin embargo, están la libertad y la serenidad que surgen de la ausencia de conflicto o contradicción interior. Las personas que están profundamente vivas están en paz consigo mismas y con sus vecinos. Están tranquilas y sienten alegría, incluso mientras están activas o mientras, ocasionalmente, luchan. No los guía la necesidad de afirmarse ni imponerse sobre los otros, ni asegurar su valía adquiriendo más y más espacio. Son felices por estar en presencia de otros sin necesidad de controlarlos, puesto que el ejercicio del control invariablemente distorsiona y disminuye a los otros. Estar vivo es ser miembro de un todo relacional en el que uno participa, en un lugar al cual uno pertenece.

Si esas personas tienen un modo diferente de percibir su mundo y participar en él, se desprende que también construirán de un modo diferente. En lugar de simplemente imponer un diseño, antes se tomarán el tiempo para escuchar y prestar atención a un lugar, evaluar su potencial y luego trabajar con él de formas que ofrezcan vías a sus habitantes para que se expresen. La clave es preguntar en qué se podría transformar ese lugar si las condiciones fueran las adecuadas para su desarrollo y su crecimiento óptimos, y cómo su diseño puede ser parte de los flujos y procesos de vida que ya están sucediendo. Alexander describe esto como la participación de la humanidad en el desenvolvimiento natural de las cosas.

Alexander cree que un compromiso así ha sido asumido y puesto en práctica desde hace tiempo por muchas culturas: desde una perspectiva histórica, las personas han construido utensilios y habitaciones, casas y talleres, barrios y aldeas que expresan su comprensión de sí mismos en el mundo. Un hogar o un barrio es un lugar donde el trabajo y el juego, el tiempo individual y el social, la seguridad y la audacia, el refugio y el espacio abierto se dan juntos. “Cuando construyes una cosa”, escribe Alexander, “no puedes simplemente construir esa cosa aislada, sino que también debes reparar el mundo alrededor y dentro de ella, de manera tal que el mundo más amplio en ese lugar se vuelva más coherente y completo; y aquella cosa que haces tome su lugar en la red de la naturaleza a medida que la estás haciendo”.

Ruanda podría parecer un lugar improbable para ver una arquitectura de la esperanza en funcionamiento. Ruanda, un país exuberante en el Gran Valle del Rift en África Central, es recordado por muchos como el lugar donde en 1994 ocurrió un genocidio en el cual murieron más de medio millón de tutsis a manos de las milicias hutus. La economía de Ruanda fue seriamente afectada por el derramamiento de sangre. Mucha de la infraestructura que los agricultores de subsistencia necesitaban para sostener su vida fue destruida. Pero Ruanda está renaciendo. La reducción en los índices de pobreza y mortalidad ha sido profunda. La biodiversidad está creciendo y las ciudades ahora presumen de sus jardines públicos, sitios conmemorativos del genocidio y calles limpias.

Uno de los edificios más bellos e inspiradores está en Butaro, una pequeña aldea en una región remota y marginada. Allí, en la parte alta de una colina que da a unas ricas tierras agrícolas, se alza un hospital que fue diseñado para promover la dignidad de las personas y celebrar la belleza del lugar. La doctora Agnes Binagwaho, quien fuera ministra nacional de salud y actualmente es vicerrectora de la University of Global Health Equity de Ruanda, aparece así citada en el libro Justice Is Beauty: “Cuando observamos el hospital, no podemos dejar de admirar su belleza. La propia estructura es tan bella como la misión que abraza. Es una belleza más profunda que da a cada persona lo que necesita en tanto ser humano. Una belleza que nos hace mejores. Una belleza que saca lo mejor de nosotros y nos inspira a dar lo mejor”.

Construcción del Hospital Regional de Butaro

Al ingresar al recinto hospitalario, de inmediato uno siente el impacto de la vegetación exuberante, los jardines floridos y la presencia central de un gran umuvumu. Este árbol, que en la cultura ruandesa suele ser un sitio de reunión, nos dice que ese es un hospital donde se espera que las personas encuentren consuelo, apoyo y compañía. La vegetación no es solo decorativa; es bien sabido que los espacios verdes reducen la percepción de estrés y dolor de los pacientes. Los pacientes y sus familiares son estimulados a pasar el tiempo afuera, puesto que el aire fresco reduce la diseminación de enfermedades aerotrasmisibles. Por ese motivo, los senderos, los bancos y los espacios informales para sentarse salpican todo el terreno.

Los edificios no están ornamentados. Unas líneas simples, aunque elegantes trasmiten fluidez. Las paredes blancas del interior y del exterior crean una atmósfera brillante que contrasta bellamente con las molduras de madera de origen local y las rocas volcánicas que han sido encajadas como si fueran piezas de un intrincado rompecabezas. Varios ventanales se abren hacia las escenas bucólicas del valle colina abajo, en tanto hay corredores que rodean los perímetros y refuerzan la sensación de sociabilidad. Cuando los pacientes llegan a ese hospital se espera que sientan y sepan a través de la arquitectura que están rodeados de los poderes sanadores de la comunidad y la naturaleza.

Tal como Binagwaho lo ve, la arquitectura bella no es opcional ni un ornamento circunstancial para mitigar la fealdad:

Cuando colocamos a las personas en un lugar feo y poco estimulante, estamos expresando que merecen algo menos que lo mejor… Cuando colocamos a las personas en un ambiente bello ―y uno en cuya creación hayan tenido que ver―, es natural que creemos una comunidad que está lista para cultivar la solidaridad y la equidad… Sabemos que el medio tiene un impacto en los resultados sanitarios y creemos que, si no somos capaces de mejorar los lugares donde trabajamos, entonces será difícil mejorar el modo en que trabajamos.

Michael Murphy, uno de los arquitectos alistados para diseñar el hospital, va más allá:

El trabajo, el esfuerzo y el mantenimiento que crean belleza producen un sentido profundo de valor. La dignidad humana, ese sentimiento de que importamos, de que alguien se ha fijado en nosotros por quienes somos, se halla en esos procesos de embellecimiento, el cuidado del jardín, el descubrimiento de que el diseño de un edificio nos ubica en un lugar, de que somos respetados por quienes somos.

No es obvio que este hospital deba ser bello. Muchos centros de atención sanitaria en África tienen un diseño pobre y una construcción barata. Las habitaciones y los pasillos son lúgubres, a menudo siguiendo el modelo de los sanatorios europeos del siglo XIX construidos para tener a los pacientes aislados entre sí. El problema no es simplemente falta de financiación que resulta en instalaciones sucias, sin afecto, mal equipadas y faltas de personal; va más profundo, al corazón del mismo proceso de diseño. Cuando Binagwaho seleccionó a los arquitectos que trabajarían en su hospital, eligió a arquitectos jóvenes (un grupo de diseño que finalmente se fusionó para transformarse en la Model of Architecture Serving Society, o MASS) que no estuvieran atados a las convenciones, formas y procesos establecidos. Murphy fue parte de ese grupo, al igual que su antiguo compañero de clase en Harvard, Alan Ricks. Lo que ninguno de los dos notó al principio fue que su formación en la Escuela de Graduados de Diseño de Harvard no los había preparado adecuadamente para ese tipo de emprendimiento. Al igual que muchas facultades de diseño arquitectónico, Harvard pone el énfasis en el diseño esquemático, la elaboración de documentos relativos a la construcción, los planos de construcción y la administración de contratos. Tal como Ricks observó más tarde, en su educación había poco que hiciera referencia a la salud comunitaria, las necesidades comunitarias o la capacidad de una comunidad para contribuir a la construcción de sus propias estructuras.

El primer intento de diseñar el hospital fue un fracaso. El diseño no surgió de Butaro ni de su gente, ni tuvo la intención de celebrarlos. Consistió en elementos elegidos de una lista estandarizada de opciones de construcción que luego serían impuestas en la ubicación elegida. Pero Murphy y Ricks se dieron cuenta de que debían mudarse a Butaro, conocer la región y la gente, y hacer que los locales se comprometieran e invirtieran en el diseño y la construcción del hospital. Se necesitaba un cambio mental profundo: era necesario resistir la mentalidad de la escasez que asumía que no habría dinero, trabajo, maquinaria, suministros ni tiempo suficientes para completar el proyecto. “Quizá el cambio fundamental”, dice Ricks, “fue modificar nuestros preconceptos acerca de la limitación de recursos y, en su lugar, ver las oportunidades que abundan cuando uno está cercano y presente, en lugar de caer en paracaídas con una solución prefabricada”.

En la construcción del hospital se involucraron funcionarios gubernamentales de todas las jerarquías y miles de residentes del área. Así, a medida que las personas cavaban para hacer cimientos, levantar paredes, colocar piedras, fabricar muebles, agregar mampostería y construir jardines y senderos, miles de empleos eran creados. Una vez que el hospital estuvo construido, se crearon otros cientos de trabajos para permitir el funcionamiento de las instalaciones. Ochenta y cinco por ciento de los costos del hospital fueron invertidos en la economía local. Las personas que iban a recibir asistencia en el hospital también opinaron acerca de cómo debía lucir y sentirse el lugar, y de ese modo se dispuso que hubiera espacios para que las personas se reunieran confortablemente, así como abundante luz natural y circulación de aire fresco dentro de los edificios. Los casi seis mil metros cuadrados albergan 150 camas (cada una de las cuales tiene vista hacia la campiña ruandesa), servicios para pacientes internados y ambulatorios, un laboratorio, instalaciones para la atención materna, quirófanos y unidades de cuidado intensivo neonatal. Continúa evolucionando a medida que las personas que lo usan y administran se dan cuenta de dónde es posible hacer mejoras.

Caminos peotonales y jardines se ubican entre los edificios del Hospital Regional de Butaro.

Cuando las personas llegan al hospital, no ingresan simplemente en instalaciones bellas y bien equipadas. Ven y tocan edificios que les devuelven el amor, la creatividad, la habilidad y la devoción que ellos, miembros de su familia y amigos han invertido en la construcción. Ven un lugar que ha sido creado a partir de la amistad y que honra el lugar y a su gente. Les da orgullo que tantas mujeres y jóvenes hayan aprendido a diseñar y a construir mientras trabajaban allí, y cómo ahora se valen de ese aprendizaje para iniciar su propia actividad laboral. Hay una sensación profunda de responsabilidad por parte de la comunidad, pues desde el principio esa comunidad estuvo involucrada.

Binagwaho comprendió desde el inicio que ese proyecto “debe involucrar a las personas que estamos sirviendo en la configuración de su propio futuro. Cada piedra de este recinto representa el trabajo hecho por esta comunidad para construir un futuro mejor”. También se enorgullecen del jardín que está en el centro del hospital y que celebra la vegetación de la región. Jean-Baptiste Maniragaba, maestro jardinero, lo ve de este modo: “El jardín es esencial al edificio. Cuando el edificio está terminado, tiene que haber un jardín para embellecerlo. Los árboles proporcionan aire fresco; las flores son hermosas. Algunas de ellas son medicinales; algunas tienen polen que permite a las abejas hacer miel; algunas tienen un rico aroma, y todo contribuye a mejorar el paisaje. Eso me hace feliz. La belleza trae felicidad a la vida”. Cuando trabaja en el jardín y entra en conversación con las personas que encuentra, suele exclamar “Nziza cyane”, lo que varios traducen como “muy bien”, “algo te está haciendo feliz” o, simplemente, “paisaje sanador”.

El hospital en Butaro claramente demuestra que un edificio puede honrar un lugar y a los miembros de su comunidad. Con demasiada frecuencia la arquitectura ha puesto por delante beneficios financieros para algunos y ha dejado atrás la salud de un lugar y su gente. Como resultado, hay ambientes y estructuras que son feos, peligrosos y destructores de almas, ese tipo de lugar que infunde desesperanza. La innecesaria y evitable creación de desesperanza debería preocuparnos porque, tal como el activista en justicia social Bryan Stevenson sabiamente observó: “La desesperanza es enemiga de la justicia”. Butaro también demuestra que la justicia se crea cuando las personas se enfocan en diseñar y construir hospitales, escuelas, hogares, parques, redes de transporte y lugares de trabajo que permiten a las personas sentirse completamente vivas, más profundamente valoradas y apreciadas.

“La propia estructura [del hospital] es tan bella como la misión que abraza. Es una belleza más profunda que da a cada persona lo que necesita en tanto ser humano.”
Dra. Agnes Binagwaho

El impulso de honrar la vida a través del diseño arquitectónico está creciendo. Solo por citar otro ejemplo, a lo largo del mundo los arquitectos y los proyectistas están diseñando los llamados “barrios de los veinte minutos” o “barrios de los quince minutos” para que las personas estén más cerca, a una distancia que puedan recorrer a pie, entre ellas y con respecto a los servicios ―tiendas, escuelas, lugares de comida, centros de salud, espacios verdes, parques recreativos, centros comunitarios y locales de entretenimiento― que facilitan la vida humana. Las personas se han cansado de las grandes distancias que solo se pueden recorrer en auto y que, de ese modo, segregan las funciones vitales y las dejan sintiéndose aisladas y solas. Esas personas solicitan viviendas y lugares públicos que maximicen los encuentros personales y promuevan una mejor salud física y mental.

Barrios así muestran su mejor faceta cuando los residentes del área se unen para decidir lo que les facilitará el desarrollo mutuo. Siguen un modelo que se conoce como desarrollo comunitario basado en activos (ABCD, por su sigla en inglés), cuyo objetivo es construir ambientes que faciliten las relaciones de calidad en las que las personas se conozcan unas a otras y se vuelvan una fuente de ayuda mutua. Bancos, plazas y parques públicos son a menudo importantes, porque estimulan que las personas se queden allí y pasen tiempo juntas. Uno de los signos más claros de un barrio vital y saludable es que sea posible ver a personas de todas las edades ―con sus cochecitos, bicicletas, sillas de ruedas y andadores―moviéndose seguras y cómodas en él.

Una arquitectura esperanzadora expresa que las personas y los lugares son apreciados. Al reflejar una intención amorosa en su diseño y construcción, los barrios y los edificios pueden hacer que las personas que trabajan, juegan y descansan allí se sientan valorados. Necesitamos más arquitectura así.


Traducción de Claudia Amengual