Son tiempos raros para ser un ministro joven. Tengo treinta y dos años y la Iglesia en la que me ordené, la Iglesia episcopal, tiene como edad obligatoria de retiro los setenta y dos, lo que significa que tengo cuarenta años de ministerio por delante. Estoy completamente seguro de que mi denominación será casi irreconocible cuando alcance la edad de retirarme. Nuestra denominación es fundamentalmente antigua y blanca, y en su mayoría constituida por pequeñas iglesias en lugares del país que no están creciendo. Nuestras fallas al evangelizar y retener a las personas que nacen en nuestra Iglesia llevan a los demógrafos a predecir que nuestro número llegará a cero, alrededor de 2040. Claro está que no tendremos realmente cero espicopalianos en 2040; yo, por mi parte, espero estar por aquí, si Dios quiere. Pero en el transcurso de un siglo pasaremos de ser una institución grande, social y políticamente destacada a ser estadísticamente insignificantes. Si la tendencia actual continúa, nuestras congregaciones serán menos y estarán más alejadas unas de otras, y las instituciones que la Iglesia ha apoyado ―seminarios, organizaciones de beneficencia, sociedades misioneras, órdenes religiosas y así― dejarán de existir o deberán reinventar sus roles.

El colapso de las corrientes tradicionales del protestantismo, por supuesto, no es algo nuevo. Las Iglesias nacionales protestantes de Europa, de las cuales la mayoría de las corrientes protestantes norteamericanas son herederas, han estado en un declive pronunciado por décadas. A este lado del Atlántico, sus descendientes norteamericanos han seguido su huella. Pero ―y esto es nuevo― las estadísticas no son mucho más promisorias fuera de los círculos tradicionales. Lo único que salva a los católicos romanos norteamericanos de tener niveles similares de declive ha sido la inmigración, proveniente en su mayoría de América Latina. El declive de los católicos romanos de América Central y del Sur significa que ya no es posible contar con esto. Y, últimamente, las Iglesias evangélicas que hace tiempo hicieron de Estados Unidos un caso atípico entre las naciones industrializadas de Occidente, por su alto nivel de religiosidad, también han comenzado a declinar. Hasta las Iglesias carismáticas no denominacionales y las denominaciones pentecostales parecen estar estancadas.

Fotografía de Vyacheslav Lopatin / Alamy Stock Photo. Usado con permiso.

Más allá de la cantidad de adherentes, estamos atravesando el proceso de desenlace del rol que el cristianismo jugó en la cultura occidental desde aproximadamente el siglo IV: estamos presenciando el final de un cristianismo culturalmente sostenido, en el cual las Iglesias cristianas (formalmente establecidas o no) y la religión cristiana eran consideradas un puntal de nuestra vida común.

Para algunos críticos, la retirada del cristianismo de la cultura es algo que debió haber sucedido hace tiempo y que, cuanto antes suceda, mejor. En cambio, algunos cristianos la consideran como una emergencia a tal punto que intentan que el poder político consolide las formas de un cristianismo con apoyo estatal (al menos, la versión de cristianismo que ellos prefieren). Historiadores, sociólogos y otros académicos debaten acerca de las causas y el significado de esta secularización y han escrito unos tomos eruditos tales como La era secular (2007), de Charles Taylor. Los teólogos discuten si los últimos quince siglos de historia cristiana muestran que las iglesias fatalmente han hecho acuerdos con emperadores y príncipes, vendiendo su derecho natural al mensaje radical de Jesús en aras del poder mundial, o transformando lealmente (aunque de modo incompleto) tanto a los individuos como a las sociedades por el poder del evangelio. Libros como The Great Dechurching (2023) ―de Jim Davis, Michael Graham y Ryan P. Burge― ofrecen un minucioso análisis de las últimas décadas de declive de la Iglesia con el foco puesto en proporcionar a los pastores herramientas para volver a atraer a aquellos que se han apartado y construir comunidades cristianas duraderas que puedan soportar la acritud de la modernidad secular. Pero ya sea celebrado, llorado o analizado con neutralidad, todos los relatos concuerdan en que el cristianismo organizado de Occidente enfrenta una crisis.


A comienzos del siglo XIII, un joven rico estaba orando en una iglesia en ruinas llamada San Damiano, en la campiña italiana. Mientras oraba ante el crucifijo, tuvo una visión mística: una voz que decía “Ve, Francisco, y repara mi casa que, como ves, está cayéndose a pedazos”. Al principio, pensó que la visión estaba relacionada con esa iglesia en ruinas, y la reconstruyó con sus propias manos. Pero luego se dio cuenta de que la visión no solo hacía referencia a una capilla en ruinas, sino a la Iglesia que se había vuelto mundana, corrupta y obsesionada con la riqueza. Y así, en 1208, después de asistir a misa y escuchar una lectura de los evangelios en la que Jesús les dice a sus discípulos que dejen el dinero, los bienes y la ropa que no necesiten, y que anuncien la venida del reino de Dios, Francisco puso la lectura del evangelio en práctica, reunió a discípulos en torno a él y fundó la comunidad que más tarde llevaría su nombre: los franciscanos, dedicados a predicar la pobreza para la renovación de la Iglesia.


Quizá uno de los aspectos más desconcertantes y frustrantes de mi experiencia como ministro joven de la Iglesia en una época de derrumbe ha sido observar cómo las instituciones más amplias de la Iglesia parecen alegremente despreocupadas por esta crisis, una crisis que yo siento tan intensamente. Se siente como alguien que está de pie en el puesto de vigilancia del Titanic y, habiendo detectado un iceberg y avisado al puente de mando que urgentemente cambiara el rumbo, recibe la respuesta de que el problema real es una mentalidad que insiste en considerar que los icebergs son amenazas en lugar de oportunidades. O incluso como estar en un barco que se está hundiendo y, al pedir al capitán que habilite los botes salvavidas, le dicen que el barco sencillamente no va a, no puede, hundirse. De acuerdo con el funcionamiento de las dos denominaciones de las que formo parte ―la Iglesia episcopal en la que fui ordenado y la Iglesia anglicana de Canadá en la que actualmente presto servicio―, nadie podría inferir que ambas instituciones estén enfrentando una inexistencia estadística en menos de veinte años. Las personas pueden asentir con la cabeza solemnemente en respuesta a informes sombríos de declive y expresar el deseo de que se haga algo, aunque estos supuestos deseos simplemente no se reflejen en el desempeño institucional de la Iglesia. El más reciente Sínodo General de la Iglesia anglicana de Canadá, por ejemplo, fracasó completamente en la discusión de su (previsiblemente sombrío) informe estadístico. De hecho, aquellos que buscan iniciar conversaciones honestas sobre nuestra crisis, a menudo son castigados por tener una “mentalidad de escasez” o una falta de confianza en Dios. La honestidad acerca del futuro probable de nuestra denominación parece ser considerada como un problema más grande que la misma destrucción por venir.

No se trata solo de una negación de la realidad. He visto cómo mi Iglesia empeora activamente nuestra situación, mediante el rechazo de simples medidas que ayudarían a retener o ganar miembros, en tanto ensalzan supuestas soluciones que no servirán de mucho, tales como esperar que alguien ejerza un ministerio de tiempo completo por un salario de media jornada. Esto hace que los pastores se distraigan debido a la necesidad de llegar a fin de mes de algún otro modo. La investigación que lleva adelante la Iglesia episcopal muestra que las iglesias conducidas por ministros que trabajan media jornada no suelen crecer y tienen probabilidad de decaer. En otro esfuerzo por cortar gastos, las iglesias tradicionales han desfinanciado los ministerios universitarios a lo largo de Estados Unidos y Canadá, lo que ha traído aparejado que nuestras iglesias sean en gran parte incapaces de conectarse con los jóvenes en un momento cuando muchas personas prueban con nuevas identidades religiosas o consolidan las ya existentes. Estas cosas se refuerzan entre sí, pues una Iglesia que tenga menos generaciones nuevas tendrá menos y menos capacidad para apoyar cualquier tipo de actividad que extienda su alcance.

Fotografía de Hum Images / Alamy Stock Photo. Usado con permiso.

Lo más alarmante es que algunos líderes de nuestra Iglesia creen que dicho declive podría ser provechoso. De este modo, reconocen la profundidad de nuestra crisis, pero solo para celebrarla. He oído a clérigos decir que Jesús no deseaba formar una religión en torno a él y, por lo tanto, no es algo tan malo que las instituciones eclesiales estén muriendo. Adorar a Jesús se presenta como un desvío de la tarea más importante de seguirlo, lo que luego es entendido como una defensa de políticas de centroizquierda. En una cultura tradicional que valora la duda como el modo intelectualmente más respetable de comprometerse con la fe cristiana, los clérigos buscan superarse entre sí al confesar ambivalencia acera de Jesús, incertidumbre acerca de Dios y miedo de que el cristianismo haya causado más mal que bien. Quizá Dios esté haciendo algo nuevo que no implica que los cristianos se reúnan para orar y, después de todo, ¿por qué deberíamos asumir que importa si las personas son cristianas?

He aquí por qué importa: todos somos seres amados de Dios, quien envió a su Hijo para traer la buena nueva a un mundo caído y sufriente. No puede haber duda acerca de que este mundo sufre por el mal y la desesperanza. Así pues ¿por qué nosotros, que hemos sido confiados a compartir la esperanza de Cristo, la ocultaríamos o la disimularíamos cuando hay una necesidad tan clara de ella?


El 4 de abril de 1742, Charles Wesley subió al púlpito en St. Mary, Oxford, para predicar. Eligió el texto de Efesios 5:14 que, en la Versión autorizada dice lo siguiente: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo”. El sermón de Wesley fue una súplica sincera a sus oyentes, no para que se sintieran satisfechos con un cristianismo meramente nominal, una forma de entender la vida cristiana sin la exigencia de una verdadera transformación. “¡Despiértate, espíritu eterno, de tu sueño de felicidad mundana! ¿Acaso Dios no te creó para sí? Entonces no podrás reposar hasta que no reposes en él”, gritó Wesley, prometiendo que aquellos que se volvieran sinceramente hacia Dios jamás serían rechazados, sino que recibirían el don del Espíritu Santo y serán colmados con una nueva vida. La urgencia del sermón resulta impresionante incluso hoy. “Ya nos ha llegado la hora de despertar de nuestro sueño”, manifestó Wesley, y este mismo mensaje fomentó el crecimiento explosivo del metodismo en todo el mundo.


En la actualidad, servir al pueblo de Dios como pastor en Occidente es tener la certeza dolorosa de que la tarea de un ministro es una tarea de reparación. Esto es así no solo en mi propia denominación tradicional, sino de forma generalizada. Algo de esto tiene que ver con aprovechar el fruto al alcance de la mano. Por ejemplo, en una conversación reciente con el padre Everett Lees, rector de una de las Iglesias episcopales de más rápido crecimiento en el país, me sorprendí cuando me enteré de cuán eficiente era en materia de ganar y retener nuevos miembros, al hacer un seguimiento sistemático de sus visitantes e invitarlos a una clase introductoria y a integrar un pequeño grupo. Si acaso hay partes de la Iglesia más amplia que ponen demasiado el foco en los valores de producción que no implican esfuerzo y en que el visitante tenga una experiencia intensa, aunque insustancial (y, sin duda, existen), eso es apenas una excusa para evitar poner una atención cuidadosa en cómo evangelizar o enseñar el discipulado de un modo más eficiente. Pero, desde un punto de vista más profundo, estamos llamados a hacer algo radical, en el sentido de llegar al fondo de la cuestión: nuestras iglesias necesitan ser llamadas a arrepentirse y a renovar su foco en el evangelio de Jesucristo.

Uno de los defectos más obvios de los que la Iglesia necesita arrepentirse es su fracaso en tomar seriamente el maltrato a su propia gente. Se ha vuelto tremendamente evidente que ninguna rama de la Iglesia está libre de haber abusado de personas vulnerables por parte del mismísimo clero encargado de cuidarlas. Cada católico romano que conozco tiene una dolorosa conciencia del horror de los escándalos de abuso que salieron a la luz en los últimos veinte años: no solo el hecho del abuso en sí, sino también el encubrimiento llevado adelante por los líderes católicos de todos los niveles de la jerarquía eclesial. Más recientemente, la Convención Bautista del Sur ha estado en las noticias debido a su fracaso como cuerpo para suspender a sus pastores abusadores. A veces, los protestantes tradicionales prefieren creer que nuestro progresismo o nuestra aceptación de las mujeres en el ministerio evitan el abuso, pero no es así. Tanto la Iglesia episcopal como la Iglesia anglicana de Canadá han sido recientemente sacudidas por las denuncias que señalan la conducta indebida de algunos obispos y el fracaso de las instituciones eclesiales para responder adecuadamente al ser informadas de dicho abuso. Bien podría ser, como se alega a veces, que las iglesias no tengan niveles más altos de abuso que otras organizaciones que trabajan con poblaciones vulnerables o marginadas. Pero “no somos peores que otros” no es un mensaje convincente para compartir con un mundo cada vez más escéptico. Por cuanto el abuso no solo daña a aquellos que lo padecen, sino que también hace que otros, asqueados moralmente, se alejen de la Iglesia. Esto implica que algunas personas rechacen a Cristo por aquello que ha sido hecho en su nombre.

La Iglesia también tiene una necesidad acuciante de reacomodar su enfoque, arrepentirse por haber sucumbido continuamente a las tentaciones del poder, la relevancia y el control. A Juan Calvino le gustaba decir que la mente humana es una fábrica de ídolos, y la Iglesia demasiado a menudo confirma ese aforismo. En este punto es imposible no recordar la caída de grandes grupos de la derecha cristiana, especialmente los pentecostales y carismáticos, hacia el apoyo incondicional a la idolatría a Trump, las teorías conspirativas, la hostilidad hacia las medidas de salud pública y la visión apocalíptica en los últimos años. Tal como sucede con el evangelio de la prosperidad, la fe cristiana se reduce a una especie de técnica para alcanzar el éxito político o personal. Resulta escandaloso que el término “evangélico” cada vez más signifique un conjunto de posturas políticas en lugar de un foco puesto en el evangelio de la abrumadora gracia de Dios, no solo para aquellos que lo rechazan, sino también para aquellos que lo aceptan. Por otra parte, las fantasías levemente cristianizadas de dominio político no solo son una tentación de las masas evangélicas. La fantasía de las élites del “integralismo” o “nacionalismo cristiano” muestra que los intelectuales protestantes y católicos conservadores son igualmente capaces de ser seducidos por sueños de poder político.

Fotografía de Sherman Cahal. Usado con permiso.

La corriente tradicional, también, manifiesta una voluntad de sustituir el contenido del evangelio por un programa político. Resulta ser un programa político más agradable que el de aquellos asaltantes al Capitolio que tocaban el shofar en aquel 6 de enero, pero la socialdemocracia o el antirracismo (con todo el valor que puedan tener) sencillamente no son el evangelio. Y, en efecto, la corriente tradicional ostenta la dudosa distinción de tener líderes que, en nombre de la relevancia, explícitamente desplazan la fe cristiana lejos del reconocimiento de la muerte del Dios-hombre Jesucristo hacia objetivos políticos completamente mundanos.

Hay otras muchas cosas de las que la Iglesia tiene la desesperada necesidad de arrepentirse: desde la vergonzosa aquiescencia de las más grandes Iglesias protestantes canadienses ante el rápido avance del régimen de eutanasia hasta la prolongada complicidad de las Iglesias estadounidenses en cada aspecto de la sórdida historia de racismo de ese país. Tales pecados no refutan el evangelio, sino que demuestran la gran necesidad de este.

Lo que aúna todo esto ―y que representa mi más profunda esperanza y deseo para la Iglesia norteamericana― es que necesitamos ser recentrados en la buena nueva de Dios revelada a nosotros en Cristo Jesús, para dejar atrás nuestros pecados favoritos y nuestros sustitutos preferidos del evangelio ante lo que es real: que Dios, el creador del cielo y la tierra, ha elegido ser para nosotros en Cristo Jesús; que, por la vida, muerte y resurrección de Cristo nos concede el perdón de nuestros pecados y la vida nueva, de manera tal que podamos seguir a Jesús ahora y, transformados a su imagen, adorarlo para toda la eternidad. Puesto que, al final, es Jesús ―no los diversos fracasos de las instituciones que llevan su nombre― quien hace que la Iglesia valga la pena. Esa es la razón por la que me rehusé a abandonar una Iglesia que a menudo se siente herida de muerte: por cuanto creo que Dios estableció la Iglesia para que fuera el medio por el cual recibamos la salvación que Jesucristo conquistó para nosotros.

En las escenas de la crucifixión, Juan el Bautista es a menudo (y de manera anacrónica) representado con un dedo extendido que señala a Cristo. A esto, ni más ni menos, está llamada la Iglesia: a dejar de lado las distracciones y las tentaciones, y siempre y en todas partes señalar a Jesús. Esto es lo que una Iglesia cristiana reparada en Estados Unidos haría.


En la tarde del 9 de abril de 1906, el ministro William J. Seymour, de ascendencia afro, y otras siete personas estaban orando en la calle Bonnie Brae en Los Ángeles, California. De pronto, algo increíble sucedió: fueron arrojados al piso y luego se pusieron de pie alabando a Dios y hablando en lenguas extrañas. Pronto, llegaron otros para ver este hecho extraño y maravilloso. A medida que las personas se iban reuniendo ―hombres y mujeres, de origen racial diverso―, también iban experimentando cambios. Las personas caían al piso, comenzaban a decir palabras extrañas que no comprendían y eran sanadas de sus enfermedades. El grupo reunido encontró un edificio en la calle Azusa donde, durante unos tres años, mantuvo un avivamiento. La prensa secular y la religiosa no sabían qué hacer con una concurrencia cristiana interracial con historias locas de milagros y del poder del Espíritu Santo conducida por un predicador negro y pobre. Pero el Avivamiento de la Calle Azusa impulsó el movimiento pentecostal, y millones de cristianos en la actualidad dan testimonios similares del poder del Espíritu Santo que renueva su vida y la de sus respectivas Iglesias.


Afortunadamente, no carecemos de ejemplos que indican que la Iglesia está siendo renovada, reparada y reformada. Las anécdotas que narran la historia de la Iglesia en los recuadros que acompañan este artículo son solo algunos de los muchos ejemplos de Dios que llama a su Iglesia a ser fiel. En efecto, estudiar la historia de la Iglesia constituye un recordatorio saludable de que, si bien de algún modo son únicos, los problemas que la Iglesia enfrenta hoy son similares a aquellos que otros cristianos han enfrentado fielmente en su época. Los padres y madres del desierto en los siglos III y IV y los grandes reformadores de la vida religiosa de la Alta Edad Media tienen mucho para decir acerca de lo que significa la existencia dentro de una Iglesia que se siente corrupta, mundana y desenfocada en Jesús, tal como, de forma diferente, lo hacen los líderes de las reformas católica y protestante del siglo XVI. Los cristianos que se preguntan cómo existir en calidad de minoría dentro de una sociedad más amplia que considera tontas las demandas cristianas podrían tener mucho que aprender de las Iglesias ortodoxas orientales que han sobrevivido bajo la ley musulmana en África y Medio Oriente. Si la Iglesia reparada es un vestigio desde un punto de vista demográfico de lo que fue en la cúspide de la cristiandad, aún puede ser más fiel y estar más enfocada en las cosas de Dios.

¡Y ni siquiera tenemos que mirar hacia el pasado! Si el cristianismo parece estar debilitándose en Occidente, hay otras partes del mundo donde las cosas lucen de un modo muy diferente. La vitalidad del pentecostalismo del África oriental y el crecimiento del cristianismo en China bajo condiciones de persecución estatal deberían llenarnos de esperanza.

Creo que dicha restauración o renovación es posible incluso para la Iglesia norteamericana. Estoy entusiasmado con la evangelización, el discipulado y el establecimiento de iglesias. Y me alegra saber que otros ministros y laicos, jóvenes y viejos, sienten lo mismo. En nuestra Iglesia decadente y con dificultades aún hay demasiadas historias de vidas transformadas por el poder del Espíritu Santo como para creer que Dios nos ha abandonado, incluso si nuestras serias dificultades actuales bien podrían ser el juicio divino por nuestros pecados y fracasos. En efecto, Dios promete estar presente siempre que dos o tres estén reunidos en su nombre, en su Palabra y en sus sacramentos, incluso en las iglesias que se sienten abandonadas. La Iglesia puede ser un lío, ¡pero las promesas de Dios son para siempre! Y afortunadamente, la reparación de la Iglesia estadounidense no depende de nosotros, sino que se apoya totalmente en el poder de Dios. Sin duda, deberíamos estar arrepintiéndonos de nuestros fracasos y reenfocándonos en Jesús, asumiendo las tareas de evangelización y discipulado. Pero lo que es aún más crucial es orar a Dios para que envíe a su Espíritu Santo sobre nosotros. Es cierto: nuestra Iglesia a menudo se siente como la Iglesia de Sardes descrita en el Apocalipsis. “Conozco tus obras; tienes fama de estar vivo, pero en realidad estás muerto”. Pero escuchen la buena nueva: ¡adoramos a un Dios que levanta a los muertos!”.

No sé qué me depararán los siguiente cuarenta (Dios lo quiera) años de ministerio. No sé cómo lucirá el cuerpo de la Iglesia cuando me retire, o cuántas de las congregaciones que me han nutrido a lo largo del camino aún existirán. A veces se vuelve demasiado pesado cargar con semejante crisis. Pero Jesús hace que todo valga la pena. Entre las pruebas del ministerio actual, tengo muchas historias preciosas acerca de la gracia, el poder, la ternura y el amor de Dios, tanto en mi vida como en la vida de aquellos a quienes he servido como pastor. Nuestro Dios es bueno y fiel, incluso cuando nosotros somos infieles. Parafraseando el antiguo himno, su gracia ha traído su Iglesia hasta aquí y su gracia la llevará de vuelta a casa.


Traducción de Claudia Amengual