My Account Sign Out
My Account
    Ver carrito

    Subtotal: $

    Caja
    pink stucco wall with a blue window shutter

    Un dolor en el ombligo

    Imágenes de Bogotá, mayo de 2020

    por Harold Muñoz

    jueves, 09 de julio de 2020

    Otros idiomas: English

    0 Comentarios
    0 Comentarios
    0 Comentarios
      Enviar

    Días extraños

    Fernanda acaba de llevarse a Tazio. Fernanda es mi pareja. Tazio el perro que adoptamos hace un mes, cuando apenas llevábamos catorce días encerrados en nuestro apartamento. Lo trajimos para que nos hiciera compañía durante el periodo de confinamiento decretado por el gobierno del presidente Ivan Duque —medida con la cual se espera ralentizar el contagio del COVID-19 en Colombia—, y para que cuando todo esto haya pasado, cuando la vida vuelva a la normalidad, si la normalidad vuelve, el perro sea parte integral de nuestra familia. Fernanda se llevó a Tazio porque lo tienen que operar de una hernia. Sin la operación, Tazio corre el riesgo, basta con que haga un movimiento brusco, de vomitar sus vísceras por el ombligo. Se trata de una urgencia. De no ser necesario, preferiríamos no salir a la calle para evitar contagiarnos del nuevo coronavirus.

    Fernanda se puso un tapabocas N95 de 3M —que compró antes de que el mundo se tomara en serio la pandemia que se venía, pues ella es así de precavida—, y guardó en su bolso un tarro de gel antibacterial como si este fuera una de esas armas pequeñas que las espías guardan en bolsillos secretos. Pidió un taxi. Antes de que saliera, le dije: “Todo va a estar bien”.

    a brown dog looking out of a window with a blue shutter

    Fotografía de Gaby Stein (dominio público)

    La habría acompañado. Me habría gustado ser quien dejara a Tazio en la veterinaria, pero de esa forma me habría arriesgado a recibir una multa de novecientos mil pesos —aproximadamente doscientos cincuenta dólares— de la policía. La alcaldesa de Bogotá, Claudia López, decretó una medida absurda que en este tiempo extraño tiene algo de sentido: los días pares pueden salir las mujeres a suplir necesidades como mercar, ir al cajero, al médico, un compromiso en el banco. Los días impares son para los hombres. Solo en caso de extrema necesidad o de algunas excepciones, como sacar a pasear el perro, los hombres pueden salir en los días de las mujeres y viceversa. Con esta medida, según Claudia López, se espera facilitar el trabajo de la policía, quien supuestamente es la responsable de hacer que se cumpla la cuarentena.

    Como era de esperarse, el decreto de López tuvo muchos detractores. Hay quienes hicieron notar que en la realidad es muy difícil de cumplir. ¿Cómo comprobar que un hombre en realidad se ha visto obligado a salir en un “día femenino”? La medida fue calificada de improvisada por buena parte de la opinión pública. Y en mi opinión, puede que lo sea. De hecho, es apenas esperable que lo sea, ¿no? ¿No tienen todas las medidas contra el COVID-19 algo de improvisación? ¿Qué gobierno estaba realmente preparado para esto? Quizás China. Quizás Corea del Norte. No sé. Colombia, en todo caso, no. Colombia, como casi todos los países latinoamericanos, es un país con una economía demasiado frágil y con una problemática social evidente en la cotidianidad. Y todos los problemas del país —en especial el de la pobreza— se agravaron con la pandemia.  

    Dos mundos

    Fernanda vuelve triste luego de dejar a Tazio en la veterinaria, un poco ahogada por el tapabocas, y sudada. La veterinaria está a veinte minutos caminando. Fernanda me relata un poco de lo que vio en la calle: Muchos domiciliarios. Taxis. Hombres en la calle a pesar de ser día par. Personas con tapabocas. Personas sin ninguna medida de protección. “Se siente raro salir”, dice. “Da algo de miedo. Hay mucha gente incumpliendo la cuarentena”.

    Grandes edificios residenciales, conjuntos residenciales, al lado de casas improvisadas, pequeñas, de lata y de ladrillo.

    Fernanda y yo vivimos en Chapinero, una de las veinte localidades que componen el distrito especial de Bogotá. Es un buen lugar, tranquilo. Algo hípster. Caro para nuestro presupuesto de escritores, pero muy bien ubicado. Lo que en una metrópoli como Bogotá es indispensable. Chapinero es uno de los pocos lugares de la capital de Colombia en donde algunas personas se pueden dar el lujo de cumplir la cuarentena, de trabajar desde casa. Fernanda, de hecho, tiene una reunión laboral por Zoom. Se para de la mesa, aún acongojada por lo de Tazio, y va nuestro cuarto, en donde tiene su escritorio. Yo trabajo en el comedor.

    Unos gritos me desconcentran. Me asomo por la ventana. Niños juegan en la calle de mi edificio a pesar de que deberían estar respetando la cuarentena. Está prohibida tajantemente la salida de menores de edad. Son del barrio de al lado, que en realidad es mi mismo barrio: Juan XXIII. Pero el mío y el de al lado parecen dos barrios diferentes. Uno pobre y otro de clase media-alta. Y mi edificio marca la frontera entre ambas realidades. Esto, que puede parecer extraño en otros países en donde ricos y pobres viven en zonas alejadas, es bastante común en las ciudades de Colombia. Grandes edificios residenciales, conjuntos residenciales, al lado de casas improvisadas, pequeñas, de lata y de ladrillo. Barrios exclusivos al lado de “barrios de invasión”, que en la mayoría de los casos se formaron gracias a las migraciones ocasionadas por la guerra interna: gente del campo que llegó a las ciudades huyendo de los ejércitos —guerrillas, paramilitares, narcotraficantes, el Ejército Nacional— que los amedrentaban.

    Gracias a esta particularidad tengo una vista privilegiada de lo que está sucediendo en Colombia. En el barrio rico se siente cierta autoridad gubernamental. La presencia de la policía es constante. La gente permanece en sus casas, cumplen con el confinamiento, y muchos de ellos pueden hacer teletrabajo. En cambio, en el barrio pobre, en donde la ausencia estatal ha sido notoria, la gente sigue su vida en la calle. Puedo verlos jugando fútbol en la cancha que pintaron en el asfalto, o sentados en el andén tomando cerveza, con música a todo volumen.

    Y además están obligados a salir de sus casas para trabajar, ya que en su mayoría son personas que no pueden realizar labores a distancia. Mucho antes de la pandemia, la informalidad laboral era pan da cada día. De aquellos que trabajan en, por ejemplo, construcción o labores domésticas, son pocos los que cuentan con todas las prestaciones sociales, que están afiliados a un sistema de pensiones y de salud. Incluso hay quienes reciben su jornal en efectivo, por lo que ni siquiera tienen una cuenta de banco. Ante la imposibilidad de trabajar, algunos han incumplido la cuarentena para buscarse el sustento. Otros han recibido subsidios y mercados de parte del gobierno nacional y distrital. Los subsidios son más o menos de cien dólares y los mercados son una botella de aceite, arroz, atún, algunas frutas y verduras, jabón. Ambas ayudas no alcanzan para mucho. No son suficiente para que la gente viva encerrada por un tiempo prolongado. Este último detalle, sumado a la ausencia del estado en lugares alejados o precarios, es el principal obstáculo para que haya una cuarentena total en Colombia.

    Las dificultades de la clase media

    La crisis desatada por el COVID-19 no solo afecta a los pobres o a los muy pobres o a los extremadamente pobres —en Colombia incluso la pobreza se puede estratificar— o a los ricos o a los muy ricos o a los extremadamente ricos, que sí han recibido auxilios gubernamentales para sus empresas. El virus se ha esparcido en toda la sociedad, de forma silenciosa, en un país en el que no se cuenta con el número de pruebas necesarias para medir con exactitud el crecimiento exponencial de la pandemia o para realizarle un cerco epidemiológico.

    Fernanda corre la puerta de nuestro cuarto. Se sienta en el comedor. “¿Qué pasa?”, le pregunto al notarla preocupada. Me responde que le acaban de decir que la Universidad de los Andes, en donde trabaja, una de las más importantes y de mayor presupuesto en el país, está considerando bajar el sueldo de sus profesores de planta hasta en un diez por ciento o, si la cosa empeora, congelar los pagos por completo. Esto nos preocupa porque el gobierno no ha anunciado medidas económicas que podrían ser de ayuda como el congelamiento del pago de arriendo o de cuotas hipotecarias; ayudas de verdadera utilidad para la clase media.

    Las ventanas virtuales han demostrado ser verdaderos muros, espejismos insuficientes que nos alejan de los otros.

    Las ventanas virtuales —Zoom, Skype— han demostrado ser verdaderos muros, espejismos insuficientes que nos alejan de los otros. Me he vuelto aún más adicto a las redes sociales. Cada dos o tres minutos, como un tic nervioso, agarro el celular y busco noticias sobre la pandemia. O veo fotos. Videos. Cualquier cosa. Justo acabo de leer un Tweet de una escritora colombiana en el que se plantea una pregunta capciosa sobre la libertad. Decía la escritora que no entiende a aquellos que se quejan de estar en su casa durante la cuarentena. “¿Qué pensaran que es la libertad?”, se pregunta. “¿Qué pensaran que es estar en la casa?”.

    Pero el tema no es el encierro en sí. El problema es la prohibición tajante de salir. La sensación sería muy diferente si, como acostumbrábamos algunos en la cotidianidad de hace unos meses, hubiéramos decidido quedarnos en casa. Porque la facultad de decidir sobre el ritmo y los lugares de nuestra cotidianidad nos hacía sentir libres. En cambio, en esta realidad, estamos a merced de decisiones ajenas. Y nosotros acatamos porque creemos en la promesa de que las cosas van a mejorar, si somos juiciosos. En ese sentido, estamos presos en nuestras casas, que en teoría debería ser un espacio de libertad. Y no sabemos cuándo ni qué juez ordenará nuestra liberación definitiva.

    Un baldazo de realidad

    “En la cárcel de Villavicencio se reportaron 657 contagiados de COVID-19, número que se divide entre presos y guardias”. Leo esta noticia en El Tiempo, uno de los periódicos más importantes del país, y de pronto recuerdo, como si hubiera caído desde los metros que componen la altura de mis berrinches privilegiados, que había personas privadas de su libertad antes de la pandemia. Villavicencio queda al oriente de Colombia, a casi tres horas de Bogotá. Es una ciudad pequeña. La más importante de una región llamada Llanos Orientales, que colinda con Venezuela. La sobrepoblación en la cárcel de la ciudad llega al 97%. Fue diseñada para albergar a 874 internos, pero en la actualidad tiene a 1773 personas. Esta sobrepoblación penitenciaria es otro de los elementos cotidianos de Colombia. Pasa en Villavicencio y se repite en distintas cárceles grandes del país. Con este panorama, era de esperarse que, si el virus llegaba al penal de Villavicencio, se propagase como una especie de fuga interna.

    El nuevo coronavirus ha llegado para acentuar los problemas de siempre.

    El lugar con más casos de COVID-19 en Colombia es Bogotá. Le sigue Cali. En tercer lugar, como si se tratase de una pequeña urbe, está la cárcel de Villavicencio, superando a 23 departamentos de Colombia. El nuevo coronavirus ha llegado para acentuar los problemas de siempre. ¿Qué pasará en departamentos como la Amazonía o el Chocó, en donde ni siquiera hay camas de cuidados intensivos o el suficiente personal médico para hacerle frente a la propagación del virus? Como en tiempo de la colonia española, cuando el sarampión llegó para aniquilar una parte importante de la población nativa del continente, algunos han advertido la posibilidad de que haya un nuevo etnocidio en la Amazonía y el Chocó, en donde hay presencia de comunidades negras e indígenas que en doscientos años de historia no han recibido la consideración real del gobierno nacional.

    Son las tres de la tarde. Recibo una llamada. El timbre del celular también pone en alerta a Fernanda, que se asoma detrás de la puerta de nuestro cuarto. “Hola. ¿Le fue bien?”, le subo el pulgar a Fernanda. “Qué bueno. Muchas gracias. ¿A qué hora podemos pasar por él?”. Tazio acaba de salir de la cirugía, se está despertando de la anestesia. “A las seis de la tarde puedes ir por él”, le digo a Fernanda después de colgar. Ella sonríe, vuelve al cuarto a trabajar.

    Estamos cerca de que ese plazo de cuarentena acabe para nosotros. En unas semanas, después de su última vacuna, podremos llevarlo al parque, dejarlo andar en el césped, introducirlo al amplio mundo que todavía no ha conocido. Podremos acompañarlo sin violar las reglas de la cuarentena decretada por el gobierno, si tomamos las medidas de seguridad necesarias. Qué reconfortante será ver a Tazio, sus paticas en el pasto, mordiendo otra cosa que no sea las manos que quieran tocarlo, inmune a los patógenos que plagan el aparente vacío del mundo.

    Ojalá fuera así también para todos los humanos de Bogotá, esta ciudad de muchas realidades.

    Contribuido por HaroldMunoz

    Harold Muñoz (1992, Cali, Colombia) ganó el premio Nuevas Voces Emecé-Idartes con su novela Nadie grita tu nombre (Emecé, 2014) y escribe para la revista El Malpensante.

    0 Comentarios