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    collage of a young Rwandan student, Richard Kandt, and Immanuel Kant against a map of Rwanda

    Tres Kant y mil calaveras

    Los cuentos de un joven estudiante, un filósofo de la Ilustración y un colonialista cazador de calaveras se entrelazan en Ruanda.

    por Simeon Wiehler

    November 7, 2021

    Otros idiomas: English

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    • Alma Rosa Marmolejo Tecla

      Así es. El trato hacia los animales y otros seres vivos demuestra nuestro corazón. Y nos ayuda y alienta a tratar mejor, a amar a nuestro prójimo. Gracias por ésta hermosa reflexión.

    • Marjorie González

      Saludos. Excelente artículo. Bendiciones

    • M. Guadalupe

      Gracias por presentarme a tu alumno! Él no ha muerto! Estará siempre presente en los lectores de este artículo...

    Hace unos dos años, después de dar una conferencia sobre “construir mejores sociedades”, un estudiante me siguió hasta mi oficina. Tenía un nombre espléndido: Nkurikiyumukiza Kant. (En el sistema de denominación ruandés los dos son nombres, uno africano y el otro cristiano, francés o algo digno de mención. Conozco a varias personas llamadas Clinton, a un Reagan y a muchísimos jóvenes llamados Obama). Kant quería ampliar la discusión acerca de una idea que él había manifestado durante la conferencia: que los ruandeses se habían tratado entre sí con tanta crueldad durante el genocidio porque no amaban a los animales. Si bien es cierto que nadie aquí tiene mascotas y que uno ve una brutalidad repugnante contra los animales en los campos o camino al mercado, no se trata de la crueldad sádica y despiadada que marcó el genocidio de Ruanda en 1994. Es algo más cercano a una insensibilidad conveniente o una incapacidad para identificarse con el potencial de sufrimiento que tienen otras criaturas.

    Yo había eludido su planteo en la conferencia y Kant no había perdido tiempo en citar a su famoso tocayo para que diera testimonio. Aquí está, dijo, dando golpecitos con el dedo en un ejemplar gastado de Lecciones de ética de Immanuel Kant: “Aquel que es cruel con los animales, también se endurece en sus relaciones con los hombres. Podemos juzgar el corazón de un hombre por su trato hacia los animales”.

    Sabía que Kant había recibido su educación secundaria en una institución rural gestionada por el gobierno, que ocupaba un lugar bajo en la clasificación nacional. Como la mayoría de mis estudiantes, era el primero de su familia en asistir a la universidad. En tanto decano de la Escuela de Ciencias Sociales, Políticas y Administrativas, también sabía que estaba a mitad de tabla entre sus compañeros universitarios. Pero sobresalía. Había en él una honestidad que volvía evidente de inmediato que no estaba asistiendo a la principal institución terciaria de Ruanda para tener vida social. Él estaba de verdad interesado en involucrarse, en comprender. Quizá por eso hacía sus preguntas con audacia.

     collage de un estudiante joven ruandes, Richard Kandt, y Immanuel Kant

    Immanuel Kant (1724–1804); Richard Kandt (1867–1918); y un estudiante desconocido de la Universidad de Ruanda contemporáneo de Nkurikiyumukiza Kant, de quien no se pudo hallar ninguna fotografía. Imágenes de domino público

    En mis viajes a través del continente he conocido a muchos como él. Jóvenes inteligentes, curiosos, que absorbían el conocimiento como la marga volcánica roja de Ruanda absorbe las primeras lluvias después de una larga temporada seca, pero con historias familiares cargadas con sufrimiento, distanciamiento y privaciones: el trauma del genocidio, la supervivencia en los campos de refugiados, la guerra y siempre —como una música de fondo— la agobiante pobreza. ¿Cuántos Albert Einstein, Toni Morrison, Nelson Mandela o Immanuel Kant africanos jamás serán conocidos por el mundo, porque abandonaron la escuela primaria para recoger leña o cosechar café de modo tal que sus familias pudieran sobrevivir? No desaparecen, por supuesto. Viven su vida en sus aldeas: el zapatero que es capaz de hacer multiplicaciones complejas en su cabeza instantáneamente, el granjero famoso por los poemas nupciales que crea y memoriza mientras arrea sus vacas, el viejo sabio cuyo consejo ha suavizado conflictos conyugales y terminado con pleitos en la aldea. Conocen el valor de la educación e intentan enviar a sus hijos a la escuela, pero incluso aquellos que alcanzan la enseñanza secundaria enfrentan desafíos importantes. He visitado escuelas secundarias rurales que habían recibido computadoras del gobierno, pero que no tenían electricidad. En otras, los maestros estaban usando computadoras para enseñar y los estudiantes tomaban cuidadosamente nota de qué ícono clicaba el docente. Esos estudiantes rurales llegan a nuestra universidad y me dicen que “conocen” qué es una computadora, pero que nunca han “usado” una.

    Así fue como Kant llegó al campus, deseoso de aprender e inmutable cuando tenía una pregunta o deseaba plantear una cuestión. Tengo la impresión de que esto fastidiaba a otros profesores, pero a mí me gustan la discusión y el debate en el aula, y generalmente me agradaba cuando Kant me interrumpía en mitad de una frase. Esos interludios pedagógicamente aprovechables a menudo ayudan a los alumnos a abordar pensamientos complejos o grandes ideas, pero su intento de asociar el genocidio con cómo los ruandeses consideran a los animales era tan rebuscado y extraño que tartamudeé y lo dejé de lado con una respuesta a medias completamente insatisfactoria.

    En los meses antes de que el coronavirus se volviera una palabra familiar, recordé a Kant y sus animales. Se me había convocado para unirme a un comité que asesoraría acerca de qué hacer con un millar de calaveras ruandesas que habían descubierto almacenadas en un museo de Berlín. Habían sido recogidas por el explorador, siquiatra y gobernador colonial Richard Kandt entre 1901 y 1907, con el doble propósito de definir la diferencia “racial” entre los pueblos Tutsi y Hutu de Ruanda y medir la capacidad craneal para apoyar la aseveración de que los europeos eran más inteligentes que los africanos.

    Las calaveras habían sido reunidas en la mansión del gobernador en Kigali. Habían sido robadas de sitios funerarios saqueados en todo el país, así como del sitio donde se llevaban a cabo las ejecuciones, cerca del palacio del gobernante tradicional, el Mukama, quien continuaba manteniendo una inmensa influencia cultural incluso bajo el colonialismo. El propio Kandt era un administrador eficiente, un hombre despiadado con un enorme apetito por armar grandes colecciones con algunas de sus predilecciones más perversas: serpientes y arañas venenosas, lagartos, pieles de cocodrilo, garras de león. Algunas de sus colecciones están hoy en exhibición en la misma mansión convertida hace poco en museo. Pero su colección de calaveras no se quedó en Ruanda; fue embarcada hacia Berlín, para ser estudiada “científicamente”, y allí fue almacenada y olvidada. Sobrevivió los terribles bombardeos en la Segunda Guerra Mundial y fue redescubierta durante la planificación del recientemente abierto Museo Humboldt en Berlín. Esto generó preguntas incómodas acerca del pasado racista y colonialista alemán y puso en un aprieto diplomático a las relaciones entre Ruanda y Alemania.

    foto del museo Humboldt en Berlin

    El Museo Humboldt en Berlin Dominio público

    Desde el genocidio ruandés, el país ha estado luchando para lidiar con su más reciente legado de horror y trauma. Cada tanto, cuando se excavan cimientos para levantar alguna construcción o cuando un delincuente decide sincerarse, se desentierran fosas comunes o huesos dispersos, pero nadie tenía idea de que hubiera huesos ruandeses en Alemania, mucho menos mil calaveras humanas. Cuando llegó el mensaje de los coordinadores del Museo Humboldt sugiriendo que los profesores de ciencias sociales de la universidad estuvieran presentes en las deliberaciones diplomáticas, se me pidió que también asistiera a los debates.

    En primer lugar, mi camino a Ruanda fue inusual: crecí en las comunidades del Bruderhof en Pensilvania e Inglaterra. Al final de mi adolescencia, sin idea de qué quería hacer con mi vida, acepté un trabajo fuera de la comunidad, que acabó por llevarme a brindar ayuda en una organización ugandesa que atendía a niños en situación de calle. Era 1982. Un año se convirtió en trece años que comprendieron una guerra civil, dos golpes de estado, algunos éxitos y muchos fracasos, buenos y falsos amigos, momentos felices y desesperanza en soledad. Aprendí qué era el miedo y la injusticia más repugnante, que los niños ríen y cantan y juegan incluso en medio de la pobreza más profunda. Y aprendí acerca de la muerte. Mucha muerte.

    También aprendí el idioma y poco a poco me familiaricé con la cultura. Comparada con el Bruderhof, o incluso con la cultura occidental, era una realidad confusa y diferente. Pero una vez observada desde dentro, tenía su lógica y su propio sentido del mundo y de los extranjeros como yo. Entrelazados con todo esto estaban los niños en situación de calle, que se volvieron mi familia ugandesa. La mayoría había sufrido terriblemente durante la guerra, habían perdido su familia, huido de su aldea y terminado en los mercados, los vertederos municipales y al borde de las calles de Kampala. Me daba una alegría profunda ver a tantos de ellos moldear aquellos pedazos rotos y dolorosos en vidas nuevas. Trabajé de modo tal que pudiera ayudar en ese proceso y poco a poco desarrollé planes nacionales ambiciosos para solucionar el problema de los niños en situación de calle completamente, algo que impulsé con todos los involucrados. Una sociedad sana, solía repetir, nunca tolerará que haya cientos de niños mendigando a los automovilistas, robando en los mercados y durmiendo en los porches de la ciudad.

    En 1986, cuando terminó la guerra, pensé que el número de niños de Kampala en situación de calle disminuiría, pero a lo largo de los años siguientes aumentó rápidamente. Ese problema y la incapacidad de respuesta de los colegas de las ONG, los demógrafos del gobierno y un círculo creciente de académicos, finalmente me llevó a estudiar el asunto en la Universidad de Cornell, que me dio acceso a un conocimiento y a una investigación que en aquellos días previos a internet no era posible obtener en Uganda. (Cornell también me dio una beca). Quería saber qué estrategias habían adoptado otros países. Nueva York tuvo en su momento una gran población de niños en situación de calle, así como Londres. ¿Qué hicieron para abordar esto?

    foto de dos niños ruandeses

    Fotografía de Adam Cohn (dominio público)

    Más tarde, mientras llevaba adelante un estudio comparativo —financiado por Fulbright— de los programas para niños de la calle en toda África, conocí en Ruanda a quien sería mi esposa, que dirigía un centro de capacitación vocacional. Nos casamos en 2003 y, cuando finalmente terminé mi doctorado, se abrió una vacante para un cargo docente en la Universidad de Ruanda, una combinación perfecta.

    Ruanda ha adoptado casi toda la solución múltiple que yo había presentado para terminar con el problema de los niños en situación de calle. Esta incluía implementar la educación primaria universal, con obligación de asistencia; exigencia de responsabilidad parental hacia los menores; abolición del trabajo infantil; refuerzo del seguro de salud universal nacional; establecimiento de centros de intervención; y despliegue de un equipo nacional de asistentes sociales tanto para monitorear las calles como para supervisar los programas de reintegración familiar. Todo esto, por supuesto, ha requerido una política a largo plazo y compromisos presupuestales a nivel nacional. Pero los efectos han sido espectaculares. Hoy Ruanda es el único país africano en el que no se ven niños que duermen en la calle. No todo es perfecto, por supuesto —ninguna burocracia lo es—, y la COVID-19 ha agregado más estrés al sistema. Pero en líneas generales funciona. En la actualidad enseño y trato de inspirar a los más brillantes jóvenes, que son los futuros líderes ruandeses, ayudándolos a pensar en cuáles son las mejores formas de resolver problemas sociales, pensar estratégicamente sobre el cambio social e imaginar mejores sociedades (en las que, por supuesto, no hay niños en situación de calle).

    Pero volvamos a esas calaveras.

    Todos en nuestras reuniones estaban de acuerdo en que las calaveras debían regresar a tierra ruandesa y ser respetuosamente sepultadas allí, pero involucrar a la nación en recibir esos restos robados en una época tan diferente, genera situaciones complejas desde el punto de vista cultural, histórico, emocional y religioso. ¿Cómo explicar a una audiencia nacional la fascinación de principios del siglo XX por pseudociencias tales como la craneometría, la frenología o las jerarquías de inteligencia racial? ¿Cómo explicar la crueldad arrogante de la ley colonial europea, bajo la cual un gobernador podía reunir calaveras humanas como si fueran una colección de estampillas?

    En nuestras reuniones discutíamos si el ADN de las calaveras podría ser analizado para establecer vínculos con algún pariente cercano, pero sin un registro nacional de ADN esto resulta improbable. ¿Cuál sería la ceremonia de bienvenida apropiada? ¿Y qué de las prácticas funerarias? Cuando esas calaveras fueron recogidas, los misioneros cristianos no habían logrado convertir a ninguna persona en el país. La religión local no había sido completamente animista: se decía que el Gran Dios, Imana, pasaba sus días viajando alrededor del mundo, pero que de noche siempre regresaba a Ruanda. En el marco de este sistema de creencias los huesos de los muertos eran considerados —como la vestimenta o las sandalias de cuero que todos usaban— los restos desechables de la vida. El espíritu de los muertos no estaba conectado con los huesos, sino guardado en diminutas chozas con techo de paja, detrás de cada vivienda familiar. Se les ofrecía alimento y alcohol para mantenerlos felices (un espíritu infeliz seguramente causaría problemas). Los occidentales, para quienes los huesos humanos mantienen, incluso después de la muerte, algo de la esencia de la persona, podían pensar lo siguiente: tiramos el cabello y las uñas que cortamos, porque percibimos que, una vez cortados, no conservan ninguna esencia humana. En las culturas africanas, si un mechón de cabello o una uña cortada llega a las manos equivocadas, puede ser un medio poderoso para causar estragos en su antiguo dueño. El pelo y las uñas estaban imbuidos de un poder vital; los huesos, no tanto.

    La verdadera oposición al genocidio o al colonialismo, al racismo o a la discriminación no nace de la superioridad moral, sino a través de la humildad profunda que ve la humanidad caída con todos sus defectos y reconoce esa caída humana también en nuestro propio corazón.

    Mucho de esta cultura antigua ha cambiado. En el curso de menos de dos generaciones, el dios del ocupante sustituyó a los dioses locales. Las tradiciones antiguas y los sistemas de creencias se transformaron en disposiciones aceptables para una iglesia colonial poderosa y para las élites gobernantes coercitivas. Esa tendencia continuó en los años posteriores a la independencia. Hoy Ruanda es un país altamente cristianizado; el noventa y cinco por ciento se autoidentifica como cristiano. Y, sin embargo, al momento del trauma nacional, los cristianos ruandeses no se levantaron en defensa del amor, la misericordia y la tolerancia o, al menos, en defensa de una humanidad básica. Durante los tres meses que duró el genocidio de 1994, cristianos de todos los credos salían en fila de la iglesia los sábados de mañana e iban a masacrar a sus vecinos. Los pastores organizaban el asesinato en masa de sus feligreses. Algunos curas mataban a otros curas. Algunas monjas decapitaban a huérfanos. Algunos obispos demolían iglesias donde unos tutsis habían buscado refugio. Todo sobre la base de una división social que representaba acceso al poder, privilegio y estatus. El fracaso de los cristianos (salvo en un número minúsculo de casos aislados) en levantarse en contra de la división social entre hutus y tutsis es aún una mancha en un siglo de esfuerzo misionero en esta parte del mundo.

    En nuestras reuniones en torno al asunto de las calaveras explorábamos cómo enmarcar la discusión nacional acerca de la barbarie colonial y la brutalidad genocida, dos ejemplos de la predilección de la humanidad por el odio y la crueldad inconmensurable. La conversación se ha vuelto una oportunidad para imaginar una salida del infierno. Quizá el “trato a los animales” de Kant tenga algo que decir, no porque la vida animal deba ser valorada como la vida humana, sino porque nuestra actitud al respecto es el reflejo de nuestro ser profundo y nos muestra la verdad de nuestra superficialidad moral, la brecha entre nuestros ideales y nuestras acciones.

    Mapa que muestra la ruta de la expedición de Richard Kandt, 1897–1901

    Mapa que muestra la ruta de la expedición de Richard Kandt, 1897–1901 Dominio público

    Pero hay algo más. El gobernador Kandt deshumanizó a los africanos. Trató a los ruandeses como meros animales cuyas calaveras podían ser coleccionadas. El genocidio deshumanizó a los tutsis. La radio extremista los llamaba “cucarachas” y clamaba que esa “plaga” fuera exterminada. En ambas instancias históricas afrontamos cómo se reduce a jirones lo sagrado de la frágil humanidad, seres humanos equiparados a animales para ser asesinados o coleccionados. ¿Pero nos animamos a asomarnos a este abismo sin afrontar la misma propensión en nuestro propio corazón, la inclinación hacia el mal, donde hemos marginado, menospreciado, subvalorado o lastimado a otros cuya vida es igualmente preciosa a los ojos de Dios? La verdadera oposición al genocidio o al colonialismo, al racismo o a la discriminación no nace de la superioridad moral, sino a través de la humildad profunda que ve la humanidad caída con todos sus defectos y reconoce esa caída humana también en nuestro propio corazón.

    Solo entonces podemos preguntarnos si somos ese cambio sistémico que este mundo necesita. ¿Encarnamos una voluntad compartida de contribuir al bien común para alcanzar lo que el individuo solo no puede? ¿Somos verdaderos buscadores? Puede resultar incómodo contar la verdad profunda sobre nosotros, sobre nuestros confortables mitos y realidades imaginadas, pero sin una búsqueda verdadera el bien no puede crecer y el mal se aferra como musgo a las grietas. ¿Hemos observado el mundo a nuestro alrededor e imaginado lo que podría ser mejor? ¿Y luego lo hemos dicho? ¿Los pequeños actos de nuestra vida cotidiana contribuyen a construir relaciones más fuertes, mejores entornos? ¿Nuestras acciones fortalecen la justicia y realzan lo que es bueno en nuestras comunidades? ¿Perseguimos la paz y nos oponemos al odio incluso en las cosas pequeñas, sabiendo que pequeño sumado a pequeño sumado a pequeño puede volverse bastante grande? ¿Cada uno de nosotros será capaz de decir, cuando la vida se acerque a su final, que se plantó con determinación del lado de lo bueno, que luchó por lo que estaba bien, que se juntó con personas que pensaban de forma similar y que juntos intentamos construir una mejor sociedad?

    Mientras tratábamos de asimilar las distintas capas de significado de aquellas mil calaveras, un virus se estaba diseminando en Wuhan, China, y pronto la universidad sería cerrada, la economía estrangulada, nosotros confinados en nuestro hogar durante semanas y todas nuestras decisiones pospuestas para alguna fecha futura. Qué lección de humildad con respecto a todo aquello que no controlamos en este pequeño planeta nuestro.

    Tuve una interacción más con mi alumno Kant. Un día me tironeó del brazo en el pasillo, justo antes de que la pandemia estallara. Quería discutir su última cita del otro Kant (o, al menos, atribuida a él): “Lo que nos hace ricos no es lo que poseemos, sino aquello de lo que podemos prescindir”. Le dije que aprobaba esa opinión, mientras pensaba que eso era “muy Bruderhof”, y le sugerí que pasara por mi oficina algún día para que la discutiéramos. No sucedió. Unos pocos días después Kant murió en un accidente de autobús en los peligrosos caminos de montaña cerca de Karongi, junto con otros veintiséis pasajeros.

    En momentos como ese uno se siente cercado por la muerte: la muerte de un estudiante inteligente y curioso, un millón de muertes en un genocidio, mil calaveras en una tierra lejana. Pero debemos enfrentarlo con vitalismo: nos involucramos en la gradual reconstrucción posgenocidio de una nación; alentamos a que estudiantes jóvenes imaginen mejores sociedades. Negociamos la repatriación de restos humanos robados, porque nos hemos asomado al abismo de la depravación humana, vislumbramos los contornos del mal consumado y determinamos que en nuestra vida y en las vidas que tocamos debemos defender algo diametralmente opuesto.

    Dar la talla reside en esto: que nuestro respeto por la vida encuentre reflejo en nuestro trato hacia todas las criaturas de Dios, en particular nuestros hermanos y hermanas; que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y no devolvamos mal con mal, sino que nos inclinemos hacia todo aquello que es bueno. O, como mi estudiante Nkurikiyumukiza Kant escribió en su examen del año pasado, con respecto a cómo pretendía ser parte de una mejor sociedad: “Salir al mundo como pacificadores. Ser valientes para aquello que es bueno. No hacer el mal a nadie. Ayudar al débil y al pobre. Tratar a cada uno con respeto”, escribió y agregó una evocación final de la cita de su tocayo: “El cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”. Lo echo de menos.


    Traducción de Claudia Amengual

    Contribuido por SimeonWiehler Simeon Wiehler

    Simeon Wiehler es decano de la Escuela de Ciencias Sociales, Políticas y Administrativas de la Universidad de Ruanda.

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