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    Ukrainian refugees waiting for trains at the Lviv Railway Station

    ¿Los cristianos tienen la responsabilidad de proteger?

    Según Michael Budde, a muchos cristianos les gustaría un Cristo que les permitiera matar.

    por Elias Crim

    lunes, 05 de septiembre de 2022

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    Tengo edad suficiente para recordar la escalada mes a mes de nuestra intervención en Vietnam a medida que la fiebre de la guerra ganó a Estados Unidos. Hoy, la administración Biden todavía está dando marcha atrás en las conversaciones acerca de una zona de exclusión aérea sobre Ucrania, pero un creciente coro de voces quiere más. ¿Quizá una invasión de las fuerzas de la OTAN, después de todo? Digamos, una invasión lanzada desde Polonia, si ese país u otro aliado de la OTAN se ve amenazado.

    Un nuevo libro de Michael Budde demuestra la complejidad de tales asuntos mientras vemos a los presentadores de las noticias entrevistar con entusiasmo a los altos mandos del ejército retirados acerca de las maravillas de los misiles Stinger y Javelin y (lo más genial de todo) la tecnología de drones. ¡Nuestra nación se está uniendo de nuevo! (Viene a la mente el título del libro que Chris Hedges publicó en 2014, La guerra es una fuerza que nos da sentido, en su versión al español).

    Un amigo de Budde lo describió una vez como “el católico más anabautista que he conocido”. Estoy de acuerdo y, como prueba de ello, distribuyo ejemplares de su obra acerca de la captación del cristianismo estadounidense por parte del consumismo capitalista, acerca de desmitificar y reubicar el martirio dentro de las prácticas diarias de la iglesia y acerca de la identidad cristiana como solidaridad eclesial.

    Ukrainian refugees waiting for trains at the Lviv Railway Station

    Refugiados ucranianos esperan la salida de los trenes en el terminal de Lviv, marzo de 2022 Vladyslav Sodel / Alamy

    Su nueva compilación de ensayos, Foolishness to Gentiles: Essays on Empire, Nationalism, and Discipleship, se pregunta si la decadencia imperial estadounidense arrastrará al cristianismo estadounidense con ella; acerca del papel del “posterior desarrollo” de la iglesia; acerca de Dorothy Day como “la santa patrona del anarquismo”; y acerca de temas de violencia y venganza en la cultura popular.

    En las últimas semanas, en mi cabeza ha estado sonando un ensayo, “Killing with Kindness”, mientras veíamos la destrucción de Ucrania, una antigua comunidad cristiana, causada por un líder político que es un seguidor de lo que históricamente es una rama de esa misma comunidad cristiana. (Que nos hayamos acostumbrado al espectáculo de cristianos que matan cristianos es uno de los temas principales en la obra de Budde).

    Budde comienza por señalar de manera sombría que en las últimas décadas el registro de violaciones masivas a los derechos humanos, limpieza étnica y otros crímenes contra la humanidad han llevado a muchos expertos en ética, de tradiciones y regiones variadas —partidarios del pacifismo cristiano y de similares tradiciones a favor de la guerra justa—, a decidir que las conjeturas generales en contra de la guerra y la violencia pueden y deben ser dejadas de lado.

    En otras palabras, explica Budde, para estos expertos en ética la protección de los inocentes está por encima de la soberanía de los estados bajo la ley internacional, así como de la prohibición explícita de matar que surge de los relatos del evangelio sobre Jesús. Valerse de las fuerzas armadas en casos como esos es un acto de amor cristiano que somos convocados a respaldar, teniendo en cuenta las lecciones de Ruanda, ISIS y —como vemos cada hora en nuestras pantallas— los crímenes de guerra que están aconteciendo en Ucrania. De ese modo, llegamos a adoptar la doctrina que ahora se conoce como Responsabilidad de Proteger (R2P), suscrita en 2005 por los estados miembros de la ONU. La ONU define R2P como el “compromiso político para terminar con las peores formas de violencia y persecución; [procurando] acortar la brecha entre las obligaciones preexistentes de los estados miembros según el derecho internacional humanitario y de los derechos humanos y la realidad que enfrentan poblaciones con riesgo de genocidio, crímenes de guerra, limpieza étnica y crímenes contra la humanidad”.

    Por lo tanto, R2P es, en primer lugar, un marco secular que intenta minimizar, aunque no renunciar a, la fuerza letal, con el que los expertos en ética cristianos y los cuerpos eclesiásticos se han comprometido. He aquí la impresionante afirmación de Budde acerca de este asunto tenso:

    Este libro no es un intento por convencer a las personas de que Jesús preferiría que sus seguidores no usaran la fuerza letal, incluso por una buena causa. En lugar de eso… pretendo dar a los cristianos una muestra de lo que están comprando cuando ratifican la legitimidad de incluso una pequeña cantidad de fuerza letal, incluso en el más razonable de los casos. Ellos quieren un Cristo que les permita matar, así que les estoy dando especialmente eso, especialmente cuando piensan que están ratificando algo distinto.

    De manera importante, Budde distingue entre la lógica de los estados y la de los cristianos. No dice a los estados qué hacer y qué no, sino que les dice a los individuos cristianos y a la iglesia que deben rechazar cualquier apoyo al uso de la fuerza militar consagrado en R2P y estructuras similares.

    Budde reconoce que personas como él, “que insisten en que Jesús realmente quería decir lo que dijo en el sermón del monte y en otros lugares, esto es, que los cristianos no deberían matar a personas ni siquiera por una buena causa”, son generalmente consideradas poco realistas, desconectadas de las realidades de sufrimiento y opresión en el mundo. En respuesta, ofrece algo de realismo en sentido contrario para que el lector haga sus consideraciones:

    • A la hora de la verdad, a los actores estatales “en su mayoría, les importa un comino” la ética. Las distinciones y los discernimientos hechos por los cristianos no cambian —ni cambiarán— materialmente las decisiones tomadas por personas comprometidas en acciones militares.
    • Las aventuras militares, incluyendo aquellas llevadas a cabo bajo los auspicios de R2P, sucederán o no con independencia de lo que decidan los líderes cristianos: “No tenemos ninguna influencia en esas áreas”.
    • Ha habido algunos logros en el área de la no violencia del evangelio en el siglo pasado: la deslegitimación de la guerra como una parte aceptable del arte regular de gobernar; la oposición a algún tipo de tácticas y armas; la aceptación de la objeción de conciencia; la elevación del pacifismo cristiano como una posición defendible en la iglesia. Al apoyar el uso de la posibilidad de matar en los contextos “limitados” y “restringidos” descritos en R2P y “sus parientes teológicos”, los cristianos bien pueden borrar esos logros y todos los avances a los que podemos aspirar en el futuro. Algunos académicos, señala Budde, abogan por la incompatibilidad entre la teoría de la guerra justa y R2P, y ofrecen enfoques conocidos como pacificación justa o vigilancia justa (aquí cita el trabajo de Gerald Schlabach y Tobias Winright). “Si la iglesia se afiliara a esas aventuras, una vez más estaría embetunada con la brocha del homicidio religiosamente sancionado, y el evangelio una vez más será mostrado como una farsa”.
    • R2P y sus parientes teológicos presuponen la importancia moral de la escala, es decir, que hay una magnitud de sufrimiento y de muerte suficiente para impulsar a los cristianos a dejar a un lado sus escrúpulos con respecto a matar. Entonces, ¿a cuenta de quién, se pregunta el autor, debería uno cargar la muerte de 250,000 personas en Libia después de la “exitosa” intervención de R2P y el derrocamiento del régimen de Gadafi?

    Uno de los problemas de Budde con la doctrina R2P implica su escepticismo acerca de hasta qué punto las intervenciones militares para “proteger” poblaciones en riesgo han sido la justificación para perpetrar ataques colonialistas o neocolonialistas sobre países más débiles. (Podemos pensar en las atrocidades del rey Leopoldo en el Congo, la invasión de Hitler a Checoslovaquia para “proteger” a las minorías alemanas, la invasión de Estados Unidos a Granada en 1983, la guerra rusa contra Georgia en 2008, la invasión de la OTAN a Libia en 2011). La verdad es que R2P opera como una fuerza asimétrica en el mundo, un privilegio de los poderosos.

    Y luego está la imposibilidad práctica de limitar el uso de la fuerza en las aventuras de R2P una vez iniciadas, y de supervisar los resultados de manera tal de cumplir con las promesas hechas, en especial, aquellas referidas a cuestiones de cambio de régimen.

    Budde plantea una pregunta más provocativa aún: ¿Quiénes serán los agentes de la fuerza letal empleada en materia de R2P cristianamente infligida? ¿Qué instituciones los proveerá, los entrenará y los socializará con respecto a las actitudes y disposiciones necesarias para volverse soldados eficientes?

    Después de todo, a pesar de la sabiduría convencional, “es muy difícil obligar a la mayoría de las personas a matar a otras personas”. La investigación acerca del combate en el teatro europeo de la Segunda Guerra Mundial indica que solo 15 a 20 por ciento de los tiradores individuales eran capaces de disparar su arma contra soldados enemigos desprotegidos, incluso a riesgo propio. Esta “extrema renuencia a matar”, señala Budde, confirma las investigaciones que llegan tan lejos como la Guerra de Secesión y las investigaciones que siguieron. Todo esto ha supuesto un obstáculo para la acción y la ambición del estado, según explica Budde.

    ¿Es posible matar con amor?

    La respuesta es, de un modo sencillo, una serie de procedimientos de entrenamiento cuya finalidad es deshumanizar tanto a los enemigos como a los propios soldados. Esto requiere que, al final del servicio, haya que hacer otros esfuerzos para rehumanizar a los mismos soldados. El análisis que Budde hace de la literatura referida a esta “socialización del combate” y su conexión con el abuso extendido de civiles, incluyendo aquel perpetrado por las fuerzas de paz de la ONU, vuelve la lectura escalofriante.

    Budde concluye su ensayo con una prescripción amarga y mordaz: “Si uno es serio con respecto a llevar adelante intervenciones armadas de forma tal que respeten las convicciones cristianas que aquí se describen, sugiero que no se tenga otra opción más que traer de vuelta las órdenes militares religiosas, ejércitos explícitamente cristianos”, como los caballeros templarios y los caballeros hospitalarios, para recibir entrenamiento “en consonancia con la pacificación justa o con los principios de R2P compatibles con los principios cristianos de la guerra justa”, de manera tal de hacer realidad la antigua propuesta de Agustín: que los cristianos deben aprender a matar con amor.

    He aquí el fragmento más famoso de Agustín acerca de si la muerte y el matar en la guerra son las peores cosas que pueden suceder a un cristiano (de Contra Faustum Manichaeum):

    Por cuánto, ¿a qué se atribuye la culpa de la guerra? ¿Acaso es porque algunos hombres, que de todos modos van a morir, son asesinados para que otros puedan ser domesticados para vivir en paz? Esta censura es propia de los hombres cobardes, inescrupulosos. El deseo de herir, la crueldad de la venganza, la intención belicosa e implacable, la ferocidad de la rebelión, las ansias de dominio y motivos similares, esos son los culpables de la guerra.

    Agustín coloca la intención y la disposición interior en el centro de la elección entre la guerra justa y el simple asesinato. En otros fragmentos, Budde señala, Agustín del mismo modo transforma los mandatos del evangelio contra la violencia en órdenes que deben ser obedecidas solo en el propio corazón. “Matar puede ser un acto de caridad, y la tortura puede ser una expresión de amor correctivo”.

    El sobrio comentario de Michael Budde sobre estos asuntos desgarradores nos desafía a preguntarnos si matar por razones cristianas no es siempre “una contradicción al nivel de una reacción visceral que debería ser explorada, en lugar de enterrada bajo un montón de discurso exculpatorio”. Si tan solo pudiéramos encontrar o crear espacio suficiente en medio del estruendo de los acontecimientos mundiales para que esas cuestiones fueran escuchadas y exploradas.


    Traducción de Claudia Amengual

    Contribuido por

    Elias Crim es fundador del blog colectivo Solidarity Hall y editor del boletín Ownership Matters. Escribe de manera regular para las revistas America, Front Porch Republic y Strong Towns.

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