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    Los nuevos maltusianos

    Los pesimistas demográficos proponen que tener hijos amenaza el medio ambiente. Están equivocados.

    por Lyman Stone

    lunes, 26 de septiembre de 2022

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    En 1824, un joven médico estadounidense, librepensador y ateo, llamado Charles Knowlton fue encarcelado por exhumar cadáveres y disecarlos con fines de investigación médica. En lugar de frenarlo, esta experiencia le sirvió para estimularlo en sus esfuerzos. En 1832, había publicado un libro titulado Fruits of Philosophy, que fue empleado como guía de referencia para sus pacientes en la zona rural de Massachusetts. Proponía tratamientos para algunas dolencias que iban desde la infertilidad hasta la impotencia o los embarazos no deseados. El conocimiento científico moderno sugiere que sus métodos de anticoncepción eran de dudosa eficacia, pero el punto clave es que proporcionaban a las personas una guía clara diciéndoles que podían controlar su propia fertilidad. El libro fue declarado obsceno, y Knowlton pasó otra temporada en la cárcel por el delito de haberlo distribuido. Pero desde 1800 a 1850, las tasas de natalidad en Massachusetts cayeron desde aproximadamente 5.4 hijos por mujer a casi 3.3.

    Del otro lado del Atlántico, otros movimientos estaban fermentando. Thomas Malthus, un clérigo anglicano y economista de renombre, había publicado la primera edición de su Ensayo sobre el principio de la población en 1798. Recibió excelentes críticas, pero en esos días sin internet llevaba algún tiempo que las ideas se difundieran. Finalmente, fue en la sexta edición aumentada, publicada en 1826, donde se presentó el argumento completo de Malthus acerca de que el crecimiento de la población inevitablemente agotaría los recursos físicos del planeta, lo que conduciría a la miseria, el vicio y la depresión económica. Esta edición sería leída y citada con entusiasmo por futuras generaciones e influiría en el pensamiento de Charles Darwin y otros biólogos tempranos.

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    db Waterman, Parecía una idea genia, collage y acrílico sobre papel, 2019 Todo el arte de db Waterman. Usado con permiso.

    Cuando Malthus hablaba de “vicio” como una de las posibles fuerzas que frenaban el crecimiento de la población humana, tenía un punto de vista particular acerca de lo que quería expresar. Ciertamente, consideraba la guerra y el asesinato como limitadores demográficos, pero los categorizaba de un modo más generalizado como “miseria”. El vicio específico que Malthus tenía en mente como limitador demográfico era el libertinaje sexual. Es decir, su preocupación no solo radicaba en que los humanos murieran de hambre, sino en que, si lográbamos evitar la hambruna, fuera a través del vicio (es decir, control de la natalidad, aborto y diseminación de enfermedades venéreas) en lugar de la virtud (abstinencia). Específicamente dice: “Las relaciones sexuales promiscuas, las pasiones antinaturales, las violaciones al lecho conyugal y las artes indebidas para ocultar las consecuencias de las relaciones irregulares, claramente están incluidas bajo el título de vicio”.

    Para Malthus, por lo tanto, una de sus grandes preocupaciones era que la superpoblación condujera a las personas a usar la anticoncepción y a tener mucho sexo con fines no reproductivos. Lejos de ser coconspiradores, Malthus y Knowlton difícilmente podrían haberse opuesto más uno al otro, filosóficamente hablando. Sin embargo, a partir de estas dos facetas bastante diferentes —un ateo de Massachusetts que robaba cadáveres y era un entusiasta del control de la natalidad y un economista británico y sacerdote anglicano preocupado por el exceso de indecencia sexual— nació un movimiento. Ese movimiento, aunque parezca curioso, ha tomado el nombre del hombre que más incómodo se hubiera sentido con ello: maltusianismo.

    Llevó algún tiempo para que el maltusianismo se fusionara en una ideología significativa. En efecto, las ideas económicas de Malthus conformaron la terrible respuesta británica a la Gran Hambruna en Irlanda, lo que empeoró el hambre en ese lugar (Malthus favoreció las Leyes de Cereales que intensificaron las condiciones de hambruna). Más allá de eso, sus escritos influyeron en el establecimiento de un sistema de censo británico desde 1801 en adelante, con el propósito expreso de dar seguimiento al crecimiento demográfico. Pero una idea sistemática referida a una preocupación por la superpoblación era inimaginable a principios del siglo XIX en Inglaterra, donde se disponía de pocos medios prácticos para evitar el crecimiento demográfico.

    Ningún país en Europa tuvo un descenso sostenido de la natalidad entre 1800 y 1870 con excepción de Francia, donde los cambios culturales iniciados por la Revolución Francesa condujeron a menores tasas de natalidad. Pero en la década de los setenta, llegó la hora del maltusianismo. Malthus y Knowlton habían muerto tiempo atrás, pero sus ideas y especialmente sus libros perduraban. La difusión de las ideas acerca de la selección natural y la evolución habían modificado la actitud pública en lo referente a la cuestión demográfica; se había vuelto aceptable hablar —de manera abstracta, por supuesto— acerca de quién debía tener bebés y quién no. En las décadas de los cincuenta y los sesenta, Inglaterra tenía una robusta sociedad civil secular que desafiaba la preeminencia de la religión organizada.

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    db Waterman, Freestyler, collage y acrílico sobre papel, 2021

    En 1876, dos secularistas británicos, Charles Bradlaugh y Annie Besant, volvieron a publicar Fruits of Philosophy, el libro de Knowlton, para el público británico. Inmediatamente fueron silenciados por las leyes de censura y antiobscenidad. A medida que el espectáculo de los tribunales avanzaba, tenía amplia cobertura en la prensa popular, lo que atraía una enorme cantidad de lectores, así como atención pública a lo largo del Imperio Británico. Y allí donde los periódicos cubrían el proceso judicial, las ventas de Fruits of Philosophy se disparaban y las tasas de natalidad se desplomaban. A pesar de ofrecer escasa información científica directa acerca del control de la natalidad, de algún modo el juicio Bradlaugh-Besant tuvo éxito en la reducción de la natalidad.

    La investigación académica reciente ha confirmado que esta asociación es más que una coincidencia: la exposición a la cobertura de los medios del juicio Bradlaugh-Besant probablemente redujo la natalidad. En aquellos distritos ingleses donde los periódicos cubrían el caso de manera intensa se produjo un descenso más acelerado de la natalidad después de 1877. Los colonos anglófonos en Canadá y en Sudáfrica tuvieron un descenso en la natalidad, que no fue compartido por sus vecinos francófonos o de habla neerlandesa. Los inmigrantes que recién habían llegado a Estados Unidos también fueron testigos de un descenso en la natalidad, y lo mismo sucedió en Australia. Allí donde llegaban las noticias sobre Bradlaugh-Besant, la natalidad caía.

    La fuerza impulsora de esta disminución no fue la influencia directa del libro de Knowlton ni el contenido del juicio. Se trató de una señal cultural: ¡está bien evitar quedar embarazada! ¡Está bien evitar la concepción! Prácticamente de un día para el otro, la antigua ortodoxia había sido derrocada, y todo el mundo estaba hablando acerca de este nuevo asunto: limitación de la natalidad. (Es probable que las personas confiaran en prácticas que, aunque no fueran infalibles, a menudo podían ayudar a evitar la concepción). Mientras tanto, Bradlaugh y Besant crearon un nuevo grupo de interés social para llevar adelante la obra que habían iniciado al publicar Fruits of Philosophy. Llamaron a su grupo la Liga Malltusiana.

    Desde 1877 hasta 1930, las tasas de natalidad se desplomaron en toda Europa y en lugares con asentamientos europeos, como Australia y Estados Unidos. A partir de una tasa de natalidad de siete niños por mujer después de la guerra de 1812, en Estados Unidos se descendió a una tasa de 2.2 niños por mujer al llegar a 1930. En aquellas partes de Estados Unidos donde había asentamientos europeos más antiguos, como Massachusetts, las tasas de natalidad cayeron por debajo de la tasa de reemplazo en el entorno de 2.1 hijos por mujer.

    Esta disminución fue, en su mayor parte, impulsada por mejoras en la educación, la transición desde la agricultura, un aumento en la urbanización y la reducción en la mortalidad infantil. La ideología maltusiana no puede haber sido la causa de todo. Pero el ritmo exacto de la disminución fue, en muchos lugares, desencadenado por fuerzas culturales específicas, incluyendo el intento maltusiano de sembrar el miedo en la población. Y, al llegar 1920, la Liga Maltusiana se había asociado con Marie Stopes para inaugurar una clínica permanente de planificación familiar en Londres, la primera de su clase en el mundo.

    Pero entonces sucedió algo extraño. A finales de los treinta y a principios de los cuarenta, las tasas de natalidad aumentaron en todo el mundo. Los investigadores continúan debatiendo acerca de cuál fue la causa del Baby Boom, aunque la explicación más probable es que haya sido una mezcla de recuperación económica desde la Gran Depresión junto con los despliegues y las disrupciones provocados por la guerra. A lo largo del mundo desarrollado, en países que previamente habían tenido —o estado cerca de— tasas de natalidad “maltusianas”, los nacimientos alcanzaron su pico. Mientras tanto, las tasas de mortalidad en los países en vías de desarrollo estaban comenzando a disminuir, y la población del hemisferio sur comenzó a aumentar. Los gobiernos coloniales hicieron esfuerzos inhumanos para contener a las poblaciones locales, pero finalmente fallaron. Los estados recientemente independizados adoptaron una serie de políticas, algunas pronatalistas, algunas no. Al llegar la década de los setenta la mayor parte de los países en vías de desarrollo del mundo había adoptado explícitamente posturas antinatalistas. En efecto, parecía haberse creado un consenso global: había demasiados humanos. Eso iba a causar un desastre. La población humana era una bomba de tiempo. Las predicciones de Malthus pudieron haber estado equivocadas en el siglo XIX, pero estaban destinadas a volverse realidad en el siglo XX.

    artwork of a child jumping in a puddle

    db Waterman, Lluvia de diciembre, collage acrílico y dibujo sobre papel, 2019

    El más célebre de esos pronósticos nefastos fue Population Bomb, el libro de Paul Ehrlich, publicado en 1968. Basado en los antiguos y recurrentes temas maltusianos, el libro sugería que el actual crecimiento de la población causaría una hambruna extendida en las siguientes décadas. En lugar de eso, gracias a la innovación científica y agrícola, la hambruna ha estado disminuyendo por décadas, incluso cuando la población global se ha más que duplicado.

    Pero, en tanto tales pronósticos han demostrado estar equivocados con el paso de un siglo al siguiente, persiste la idea de que las vidas humanas individuales no deberían ser creadas, porque la tierra no puede cargar con ellas. Hoy, los miedos acerca del cambio climático y el rol que la superpoblación puede tener en derivarnos hacia una catástrofe ecológica futura motivan a algunas personas a no tener hijos. Una investigación reciente conducida por The New York Times descubrió que un tercio de las mujeres en edad reproductiva dice que los miedos ante el cambio climático están entre las razones por las cuales no han tenido hijos aún. Mientras tanto, grupos como Birthstrike alientan a las mujeres a tomar lo que podría ser llamado la “opción de Lisístrata”: un boicot a tener hijos hasta que mejoren las políticas referidas al clima.

    Estos movimientos, por lo general, son solo una encarnación moderna del mismo maltusianismo de siempre. No son una fuerza cultural nueva y no hay razón para estar preocupados por que representen un nuevo pesimismo acerca de la vida humana.

    Hubo un consenso global: había demasiados humanos. Eso iba a causar un desastre.

    Pero hay un nuevo y más preocupante tipo de maltusianismo. Por ejemplo, en 2019, durante una emisión en directo para sus seguidores, Alexandra Ocasio-Cortez, miembro de la Cámara de Representantes, preguntó de modo retórico si sería una actitud responsable tener hijos, teniendo en cuenta cómo el clima iba a alterar la vida de esos hijos. Este argumento puede sonar similar al maltusianismo convencional, pero en realidad es radicalmente diferente: no discute que la superpoblación sea mala para la sociedad, sino que el mundo futuro será tan malo que la vida de un niño que nazca hoy puede no valer la pena. La sociedad occidental ha sostenido históricamente varios tabúes con respecto al suicidio, y tiende a valorar el optimismo y la esperanza y, por lo tanto, este tipo de nihilismo ha tendido a ser culturalmente infrecuente. Pero se está volviendo más habitual. Por ejemplo, David Benatar, el filósofo antinatalista, ha sido merecedor de una semblanza en The New Yorker y ha dado su opinión —“a favor de no nacer”— también en muchas otras publicaciones.

    Estos debates están llegando al público. En cinco estudios que conduje y para los que encuesté a ocho mil mujeres estadounidenses cuyas edades iban de los dieciocho a los cuarenta y cuatro años, descubrí que aproximadamente una en veinte está de acuerdo con que “sería mejor para la mayoría de las personas si nunca hubieran nacido”. Cada vez que escribo sobre natalidad, alguien inevitablemente responde por Twitter algo como lo que sigue, con alguna variante: “Pero ¿te das cuenta de cuán malo es el mundo? ¿Quién querría nacer en un lugar así?” La fuente de la maldad varía. A veces es el cambio climático. A veces son los republicanos. A veces son los inmigrantes y a veces son los socialistas. Gente de toda índole tiene sus motivos para fundamentar por qué sería mejor no haber nacido jamás, pero lo impactante es cuán libres parecen sentirse más y más estadounidenses para expresar que la vida es esencialmente mala, que en la gran escala del ser la inexistencia es mejor que la existencia. Este es un cambio cultural muy real; muestra un movimiento hacia nuestro proceso de convertirnos en una sociedad de desesperanza.

    Responder adecuadamente a la desesperanza antinatalista puede ser desafiante. Los conservadores intentaron silenciar a los maltusianos y, al hacerlo, solo les dieron más publicidad. Pero, en tanto el efecto del antiguo maltusianismo era posibilitar a las personas que disminuyeran su fertilidad hasta alcanzar aproximadamente ese deseo de dos o tres hijos que muchas tienen, el nuevo maltusianismo no concuerda con los objetivos familiares ampliamente compartidos.

    Una amplia variedad de estudios, con muchas metodologías diferentes en la estructura de las preguntas, ha mostrado repetidamente que en Estados Unidos y, de hecho, en prácticamente todo el resto del mundo desarrollado, la mayoría de las mujeres desean dos o tres hijos, aproximadamente uno más que los que realmente están teniendo en promedio. Los regañones antinatalistas están impulsando una ideología y un estilo de vida que no muchos desean verdaderamente. Pero el resultado es que vacían del apoyo social necesario para alcanzar soluciones pronatalistas que estimularían a las personas a lograr el tamaño de familia deseado. Solo toma que haya unos pocos objetores muy ruidosos y activos para envenenar el pozo contra los tipos de cambios en las políticas que podrían hacer la vida familiar más alcanzable para más personas.

    Lo impactante es cuán libres parecen sentirse más y más estadounidenses para expresar que la vida es esencialmente mala, que en la gran escala del ser la inexistencia es mejor que la existencia.

    Más concretamente, la premisa básica del nuevo maltusianismo está tan equivocada como la antigua. Un niño nacido hoy no tiene motivos para esperar una vida de distopía apocalíptica. En tanto los pronósticos varían, los escenarios más pesimistas que pude encontrar, tales como un informe de 2021 del Swiss Re Institute, sugieren una contracción económica de un veinte por ciento. Eso podría significar una pérdida importante de la calidad de vida, pero solo dejaría a la humanidad tan pobre como a finales de los noventa. Unos modelos más centristas sugieren que el crecimiento económico puede continuar a lo largo del siglo XXI, incluso con un calentamiento significativo. Habrá problemas, pero la vida continuará, siempre y cuando deseemos que así sea.

    Y, sin embargo, algo falta en esta refutación a los nuevos maltusianos. Los argumentos referidos a las preferencias en materia de natalidad y PIB son áridos y tecnocráticos; para llegar al corazón de lo que está mal, no simplemente erróneo, en la visión antinatalista, debemos mirar con más profundidad. Debemos hacernos una pregunta más importante. 

    Si un niño nacido en un mundo con un ingreso veinte por ciento más bajo va a llevar una vida que no valdrá la pena ser vivida, ¿qué se puede decir de los pobres que hoy viven, o que han vivido en otros momentos de la historia? ¿Esas personas no deberían haber nacido? ¿Sus vidas tienen un valor inferior? Una porción pequeña, aunque significativa de personas responde estas preguntas diciendo: , la vida de los pobres no vale la pena ser vivida. Esto nos trae de vuelta al malo y viejo maltusianismo, el movimiento de control demográfico con sus aplicaciones racistas y eugenésicas. La única vida que no vale la pena ser vivida es la vida de esta idea, que continúa resurgiendo a lo largo de la historia y merece ser sofocada de una vez y para siempre.

    En efecto, en tanto las dificultades siempre son más grandes para los más pobres, el control demográfico, como nunca, extiende su brazo sobre los débiles: son los uigures quienes hoy enfrentan el genocidio en China, no los han. En Perú, los hablantes de quechua fueron sometidos a la esterilización forzada, no la élite urbana. En Estados Unidos, los puertorriqueños han sido blanco de una intervención antinatalista hace no muchas décadas. En todo el mundo, las mujeres más pobres expresan su deseo de tener más hijos, y así, cualquier esfuerzo hecho con respecto al control de la población inevitablemente implica hacer las más dramáticas y coercitivas intervenciones en la vida de aquellos con la voz política más pequeña. El problema de la pobreza no es que los pobres sean demasiado multitudinarios, sino que las multitudes son mantenidas en la pobreza, especialmente por los sistemas de inequidad política. La idea de que las limitaciones a los nacimientos aliviarán la vida de los pobres es otro mito de superación: una mujer yemení que tiene un hijo menos sigue viviendo en un país asolado por la guerra, sin acceso a la educación y sin alimentos suficientes. El mundo ante ella puede ser aterrador, pero sus problemas más grandes tienen poco que ver con una cuestión de números.

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    db Waterman, Brillante II, media mixta, 2019

    Si, la humanidad está quebrada y sufriente, y es destructiva; aun así, vale la pena seguir adelante. La humanidad, en efecto, tiene fallas; casi nunca hace las cosas debidamente; crea nuevos problemas para sí misma todo el tiempo. Aun así, vale la pena preservarla. Podemos hacerlo con cualquier cantidad de cambios de políticas. Pero el modo principal para asegurar que la humanidad perdure es teniendo hijos. Podemos decidir entregar la luz de la vida como nos fue entregada a nosotros. Podemos responder con una confesión clara en hechos, así como en palabras: la vida humana vale la pena.

    Esto no significa que todos deban tener un número determinado de hijos, o ninguno. Hay una cantidad de razones médicas o situacionales según las cuales las personas pueden renunciar a tener hijos. Mi punto es simplemente que el argumento de los nuevos maltusianos de la actualidad, es decir, que la vida está a punto de volverse insoportable, está fáctica y moralmente equivocado, incluso cuando se vuelve cada vez más frecuente.

    A menudo está fomulado en términos climáticos. Pero, a menudo, se explica en otros términos: la cultura se ha vuelto demasiado hostil; la política, demasiado intrincada; o la economía, demasiado desfavorable para las familias. Los argumentos cambian, pero, en última instancia, la respuesta es la misma. Es la respuesta de Qoheleth a todos aquellos que desesperan: nada nuevo hay bajo el sol; disfruta de tu cónyuge, tus hijos y el mundo tal como es. Si, es efímero: todo lo que se nos da lo es.

    Ya antes hubo culturas hostiles. Los hebreos en Egipto desafiaron a sus opresores y, debido a su fertilidad, se volvieron demasiado numerosos para ser controlados. Ya ha habido políticas inabordables y, aun así, los judíos en el cautiverio de Babilonia construyeron casas, se casaron e iniciaron familias manifestando su fe en un Dios que cumpliría sus promesas. Ya ha habido malas economías y, aun así, a través de la edad de las tinieblas, las luces de la cristiandad no se extinguieron, y en innumerables hogares de campesinos y de iglesias rurales de Europa, la catequesis de la vida que triunfa sobre la muerte continuó. Su ejemplo contrarresta la desesperación.

    Quizá el texto cristiano moderno definitivo acerca de la desesperación y, por lo tanto, acerca de las razones cristianas para tener esperanza, es La enfermedad mortal (1849), de Søren Kierkegaard, una reflexión extensa sobre aquella ocasión cuando, ante la grave enfermedad de su amigo Lázaro, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. El prefacio de Kierkegaard sugiere que la enseñanza cristiana “debe guardar cierta similitud con la alocución que el médico hace junto a la cama del enfermo”. Continúa diciendo que la verdadera enfermedad de la que Jesús estaba hablando no era la de Lázaro, sino la desesperación que aflige tantos corazones humanos y, en esa instancia, la desesperación de aquellos que no tenían fe en que Jesús pudiera levantar a Lázaro de entre los muertos. Esta desesperanza, dice Kierkegaard, es verdaderamente la enfermedad que lleva a la muerte: abandonar la esperanza de vida, porque crees que las cosas simplemente no pueden mejorar. La fe, el antídoto, asegura —a veces con razón, aunque a veces sin ella— que esto puede hacerse: la vida puede ser vivida.

    Las dificultades que enfrente un niño nacido en 2022 no serán triviales. Además del cambio climático, la cambiante geopolítica, el cambio tecnológico y el demográfico, solo para mencionar algunas, habrá dificultades que no podemos prever ni imaginar. Los niños que nacen hoy con certeza beberán de algún cáliz, como lo han hecho todos antes que ellos. Pero contra estos desafíos está la esperanza de la vida misma.


    Traducción de Claudia Amengual

    Contribuido por LymanStone Lyman Stone

    Lyman Stone investiga la familia, la natalidad y cómo los cambios sociales y económicos afectan la población. Es Director de Investigación para la consultoría Demographic Intelligence, investigador del Institute for Family Studies, y miembro del grupo de estudio Cardus.

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