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    Gestación subrogada

    Una perspectiva cristiana

    por Alexander Haines

    lunes, 07 de febrero de 2022

    Otros idiomas: English

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    Este año, una mujer que en su infancia se hizo famosa como “Baby M” cumplió sus treinta y cinco.

    En 1983, Mary Beth Whitehead, un ama de casa, y su esposo Richard, un recolector de basura, se declararon en quiebra. Un año más tarde, Mary Beth respondió a un anuncio del Centro de Infertilidad de Nueva York:

    SE BUSCA MADRE SUBROGANTE

    Pareja imposibilitada de tener un hijo y dispuesta a pagar USD 10,000 más gastos a una mujer que geste al hijo del esposo. Concepción por medio de inseminación artificial. Respuestas confidenciales.

    En febrero de 1985, la señora Whitehead firmó un contrato según el cual acordaba asumir los potenciales riesgos de salud, no fumar ni beber ni consumir drogas y someterse a amniocentesis o aborto a solicitud del hombre con cuyo esperma sería inseminada. A cambio de esto, no recibiría dinero en caso de que la concepción no se produjera, y recibiría USD 1,000 si la concepción se producía, pero sufría un aborto espontáneo o si la criatura nacía muerta, y USD 10,000 si daba a luz a una criatura y renunciaba a los derechos parentales.

    En julio de 1985, concibió a través de inseminación artificial con el esperma de Bill Stern, a quien ella estaba contractualmente obligada a entregar a la criatura. Pero después de haber dado a luz el 27 de marzo de 1986, Mary Beth Whitehead rompió el contrato. Dio a la criatura —una niña— un nombre diferente al estipulado por Stern, registró a su propio esposo como padre y, un día después de haber entregado a la niña a los Stern, regresó, desconsolada, y les solicitó tenerla por una semana, a lo que ellos accedieron.

    De hecho, retuvo a la niña —bautizada como Sara Elizabeth Whitehead— por mucho más que una semana. Los Whitehead eludieron un intento policial de quitarles a la niña y entregárselas a los Stern, y huyeron de Nueva Jersey a Florida, donde iniciaron constantes mudanzas, lo que implicó que se quedaran en quince moteles distintos durante un lapso de veinte días. Sospechaban, y con razón, que eran objeto de una búsqueda. Los Stern habían contratado a unos detectives privados quienes, junto con la policía de Florida, estaban buscándolos.

    Al llegar el mes de julio, ansiosa y estresada por el miedo constante de que le quitaran a su bebé, Mary Beth Whitehead llamó a Bill Stern y le pidió que suspendiera la búsqueda. Desvariando y desconsolada, dijo que incluso llegaría a matarse o a matar a la niña. Antes de dos semanas fue ingresada en un hospital y su esposo llevó a Sara a casa de los padres de la señora Whitehead. Poco después, la policía de Florida tomó a la bebé en custodia y la regresó a Nueva Jersey donde podía llevarse a cabo un juicio de custodia.

    El juez Harvey Sorkow dictó una sentencia según la que el contrato de subrogación era legal sobre la base de que “la negativa a hacer cumplir estos contratos [maternidad subrogada] y la prohibición de efectuar pagos en dinero constituiría una interferencia inconstitucional con la libertad de procrear, por cuanto impediría que las parejas sin hijos obtuvieran los medios para formar una familia”. La única sección del contrato que el juez Sorkow consideró ilegal fue la que prohibía a Mary Beth Whitehead abortar a la criatura antes de nacer.

    La sentencia fue apelada y la Suprema Corte de Nueva Jersey sancionó unánimemente con dureza al juez Sorkow por haber ordenado que se le quitara a la niña a Mary Beth Whitehead antes de una audiencia:

    No sabemos de, y no podemos concebir, ningún otro caso en el que se esperara que una madre perfectamente apta entregara a su criatura recién nacida, quizá para siempre, y luego se le dijera que era una mala madre por no haberlo hecho.

    La corte dictaminó que el contrato en sí mismo no era legal según un derecho constitucional a procrear; era ilegal según la ley de Nueva Jersey, que prohibía la venta de niños en el proceso de adopción.

    [Se trata] de la venta de una criatura o, como mínimo, la venta del derecho de una madre a su hijo, siendo el único factor atenuante que uno de los compradores es el padre. Casi todo lo malo que motivó la prohibición del pago de dinero en conexión con la adopción se da aquí.

    La corte estableció que Mary Beth Whitehead era la madre legal y le otorgó derecho de visita, en tanto dio la custodia exclusiva a Bill Stern, en virtud de una mayor estabilidad hogareña.

    Preparando el camino a la subrogación

    En tanto hay casos documentados que pueden rastrearse hasta Abraham de hombres que fecundaban a mujeres fuera del matrimonio con el propósito de engendrar a un heredero, la práctica era infrecuente e incluso menos frecuentemente reconocida en Estados Unidos hasta mediados de los setenta. Algunos emprendedores audaces establecieron agencias para gestionar acuerdos de subrogación, pero antes de eso, las tendencias en la cultura estadounidense prepararon el terreno para el debut público de la subrogación.

    En su libro de 1999, Bioethics, Scott B. Rae y Paul M. Cox señalan que “los acuerdos vinculados a la reproducción tales como la maternidad subrogada no implican tecnologías nuevas ni particularmente complejas, a pesar de que hay acuerdos que involucran la FIV [fertilización in vitro]. Lo que es nuevo en la práctica de la subrogación son los abogados y los contratos en el área de la procreación”.

    Para el sistema judicial de Nueva Jersey, el asunto no era si está bien o mal que una mujer conciba y lleve en su vientre a una criatura a cuyos derechos parentales renunciará y a la que entregará a alguien más. El asunto era si ella es libre de suscribir un contrato o no. Si lo es, entonces, el estado debe hacerlo cumplir, incluso si ella cambia de idea. De hecho, puede ser una obligación constitucional para el estado el hacer cumplir los contratos de subrogación para proteger la “libertad de procrear” —un derecho inherente a la procreación—, tal como el abogado de los Stern argumentó y con lo que el juez Sorkow estuvo de acuerdo.

    La tecnología ha sido decisiva para incentivar la aceptación de la subrogación. Al colocar la inseminación (y, más recientemente, la fertilización en sí) en el ámbito médico, lo que antes había pertenecido exclusivamente al ámbito privado de las personas involucradas en la concepción, se aleja cada vez más de cualquier acto íntimo. La inseminación artificial bajo dirección médica no solo hace de la combinación del esperma y el óvulo un proceso clínico, sino que también hace que la relación de los padres biológicos esté definida por contrato sin el desorden ni la riqueza de la vida familiar.

    Lo que es nuevo en la práctica de la subrogación son los abogados y los contratos en el área de la procreación.

    El ideal doméstico (o el ídolo, en algunos casos) de los cuarenta y los cincuenta había declinado y, en tanto la filosofía feminista y el movimiento feminista como un todo habían avanzado hacia la comprensión y la promoción de las diferencias de las mujeres con respecto al otro sexo, en la clase profesional estadounidense se daba una tendencia a considerar a las mujeres no solo iguales en dignidad, sino idénticas a los hombres en lo que respecta a su actitud, todo lo cual adecuaba a las mujeres a las normas que hasta el momento habían sido masculinas.

    Desde esta perspectiva, la maternidad se volvió algo idéntico a la paternidad en un sentido genérico, una condición que antes se entendía representada por el padre. Esto generó una opinión degradada acerca del tiempo durante el que una mujer cursaba su embarazo: una aberración en la vida de las mujeres de la clase profesional (por cuanto hubiera sido una aberración en la vida masculina, considerada la norma), aunque percibida como normal para las mujeres amas de casa o desempleadas de las clases bajas. Si los roles de la mujer podían ser divididos desde un punto de vista médico en aspectos separados que comprenden el óvulo, el útero y la crianza de los hijos, entonces la maternidad (en el sentido del último de esos aspectos) podía entonces ser idéntica a la paternidad (en un sentido estrictamente masculino).

    La comprensión del matrimonio cambió de un modo similar y pasó de ser un pacto dentro de una comunidad que lo refuerza a ser percibido cada vez más ampliamente como un contrato, y, además, como un contrato rompible. Si esa relación íntima podía ser establecida y finalizada sobre una base contractual legal, ¿sería posible que la concepción también se llevara a cabo por contrato?

    Con la libertad para suscribir contratos, la tecnología para superar obstáculos y las nuevas concepciones de maternidad y familia como respaldo, ¿qué oposición a la subrogación podía haber?

    La ambigüedad protestante

    En mayo de 1988, el llamado Task Force on Life and the Law de Nueva York, un equipo especial destinado a abordar asuntos sanitarios complejos, dio a conocer el informe que le había sido encomendado: “Paternidad subrogada: análisis y recomendaciones para una política pública”. Siete de los veintiséis miembros de ese cuerpo especial eran ministros religiosos y el informe incluyó un análisis minucioso de los enfoques de los grupos religiosos.

    Las feministas se encontraron en la inusual posición de coincidir con la postura del Vaticano y argumentaron que en la subrogación había algo degradante para la dignidad de la mujer. En contraste con el juez Sorkow, no consideraban que hubiera un derecho individual a tener un hijo, sino solo un derecho a intentarlo. El catolicismo romano y los movimientos judíos más importantes habían asumido posturas claras, aunque estas podían no haber sido comunicadas con eficacia a los laicos. Pero en lo concerniente a los protestantes, “pocas confesiones protestantes han alcanzado o expresado conclusiones firmes acerca de la paternidad subrogada”.

    En aquel momento, la adhesión religiosa no era un indicador de las opiniones acerca de la subrogación. Ser bautistas, luteranos, pentecostales, presbiterianos o católicos romanos no significaba ninguna diferencia en la probabilidad de que alguien estuviera a favor de la subrogación. En Dearborn, Michigan, Noel Keane, el abogado que redactó el primer contrato formal de subrogación en Estados Unidos y también hizo los arreglos para para la concepción de Baby M, declaró que entre los padres que tenían la intención de buscar estos servicios de subrogación la porción más grande se autoidentificaba como protestante: 46 % de hombres y 33 % de mujeres. En tanto, 49 % de las aspirantes a ser madres subrogantes se identificaba como protestante.

    La dignidad humana de las mujeres y los bebés

    El podcast feminista de Free Birth Society lo expresó sin rodeos: “Para comprar a un bebé, primero debes alquilar a una mujer”. En tanto la subrogación altruista ha sido representada en series populares como Friends y Viaje a las estrellas: espacio profundo nueve, donde ofrece una explicación conveniente para el embarazo real de una de las actrices, en la realidad es infrecuente. Y, pese a que la mayoría de las madres subrogantes manifiesta un deseo de dar a otra mujer la posibilidad de experimentar la maternidad, según un estudio llevado adelante por un psiquiatra de Michigan, nueve de cada diez madres subrogantes dijeron que el dinero era un “factor necesario”.

    Lo que sucede mientras una madre lleva a una criatura en su vientre no es un servicio; es un proceso milagroso que trasciende nuestra fortaleza y sabiduría humanas y no podemos replicarlo. No es un trabajo como arar un campo, escribir un artículo o hasta cuidar al hijo de otra persona. Es algo profundamente personal e incluso espiritual, tal como Eva exclama al nacer su primer hijo en Génesis 4: “Por voluntad de Jehová he adquiridovarón”. Una mujer cristiana cree que el Espíritu Santo vive en ella y que su cuerpo es el templo de Dios, un sitio de adoración y santidad. ¿Ese templo debería ser vendido o alquilado?

    Todas las personas están hechas a imagen de Dios y tienen un valor inherente. Podemos practicar el comercio sin violar ese valor: una mujer puede vender lo que produce en su granja o su creación artística sin perder nada de lo que le es personal e inherente. Pero aquello que se valora en una mujer alquilada como subrogante no es su habilidad con un pincel o su diligencia para desmalezar y regar, sino el hecho de tener un útero. No se la trata como al jardinero, sino como a la misma tierra.

    black and white photo of a babys hand with a hospital bracelet

    Fotografía de Phakphoom Srinorajan

    El contrato de subrogación que firmó Mary Beth Whitehead contenía dos disposiciones típicas de contratos de ese tipo: un requisito de someterse a amniocentesis a pedido del padre, y otro de abortar, también a pedido del padre. Curiosamente, el juez Sorkow objetó otra disposición que prohibía a la señora Whitehead abortar por decisión propia, pero no mostró desacuerdo con la disposición que le exigía abortar si el señor Stern se lo ordenaba.

    El señor Stern se amparó en la disposición que permitía una solicitud de amniocentesis y, en noviembre de 1985, la señora Whitehead se sometió al procedimiento contra su voluntad. El propósito de la amniocentesis es detectar la posible existencia de una discapacidad o de una enfermedad genética, y generalmente resulta en que la madre es aconsejada a abortar, a pesar de que el procedimiento tiene un alto porcentaje de falsos positivos. En la subrogación, este razonamiento se vuelve incluso más explícito. Tal como sucedió con el caso de la señora Whitehead, los contratos pueden mencionar anormalidades genéticas o congénitas en el feto como el fundamento explícito para solicitar un aborto. La razón para tales disposiciones es clara: se valora a la criatura como un producto que, al igual que otros productos por los que se paga, se espera esté a la altura de los requisitos.

    Esto tampoco es un asunto teórico. Además de los abortos practicados a madres subrogantes por decisión del futuro padre, hubo un caso de una criatura nacida de una madre subrogante, alquilada por la agencia de Noel Keane en Dearborn, que fue llevado a la justicia en enero de 1983. La criatura padecía microcefalia y ni el futuro padre ni la madre subrogante estaban dispuestos, al principio, a cuidarla o asumir algún tipo de responsabilidad. Cuando se presionó al futuro padre para que tomara decisiones con respecto a su hijo, este solicitó que el hospital suspendiera la atención de emergencia más básica inclusive. Para evitar esto el hospital y la madre subrogante libraron una batalla judicial, que ganaron, y ella y su esposo asumieron el completo cuidado parental de su hijo, quien sobrevivió. A su vez, ella inició un juicio contra el señor Keane y el equipo médico que había estado a cargo de la inseminación artificial luego de que se supo que la enfermedad de su hijo había sido causada por una enfermedad de transmisión sexual contagiada por el futuro padre, quien no había sido sometido a ningún análisis que pudiera detectarla. En su defensa, según informó The New York Times, “el señor Keane y los médicos argumentan que no tienen ningún deber legal de proteger a la madre subrogante ni al niño”.

    Los defensores de la subrogación comercial sostienen que la madre subrogante recibe un pago por el servicio que presta, con la implicación de que la gestación y el parto son simplemente tareas normales propias de la actividad laboral comercial. Esto reduce su cuerpo y su ser más personal a algo que puede ser comprado y vendido como un medio para un fin. Pero esto es solo parte de la historia: la realidad es peor. La madre subrogante recibe un pago no por el uso de su cuerpo, sino por vender un producto a compradores ávidos: su hijo.

    La subrogación comercial intercambia dinero por un ser humano. Esto viola las leyes de adopción que prohíben e incluso criminalizan el hecho de pagar a alguien para que renuncie a sus derechos parentales. Pero también ofende la moral del cristianismo bíblico, que concibe a la persona con un valor inherente, y la deshumanización y la mercantilización de la persona como una afrenta no solo a la dignidad de esa persona, sino a la dignidad del Dios a cuya imagen esa persona fue creada. Tal como lo expresó un editorial de Christianity Today: “Lo que Cristo ha adquirido a un precio infinito no debería ser comercializado”. Esto se refiere tanto al niño comprado por los futuros padres, como a la madre subrogante, cuyo vientre es mercantilizado.

    Procreación y matrimonio en la iglesia

    La relación entre hombre y mujer ejemplifica el orden de la vida dado por Dios, una unión que hace de dos personas una sola carne para afrontar dificultades y alegrías, y, a veces, aunque no siempre, para tener hijos juntos. Cuando la vida compartida del matrimonio se practica dentro de la comunidad eclesial, se refleja en una vida compartida más amplia. La esterilidad y la incapacidad para adoptar, si bien son dolorosas, pueden ser soportadas no solo con la ayuda de un cónyuge, sino con la ayuda de otros. En lugar de buscar la emancipación de los hechos naturales mediante el alquiler de otra persona que permita su procreación genética, aquellos cristianos estériles o incapaces de adoptar pueden procurarse relaciones que no requieran un contrato con otros que comprendan sus cargas, en el seno de una comunidad donde su deseo de amar y criar a niños pueda coincidir con niños que necesiten modelos afectuosos.

    La gestación subrogada se vale de un tipo de pacto matrimonial contrahecho, como su contrato para la procreación. En tanto la concepción bíblica del matrimonio incluye a una esposa y a un esposo, cada uno con autoridad sobre el cuerpo del otro (1 Cor 7:4), los contratos de subrogación otorgan al futuro padre autoridad sobre el cuerpo de la madre subrogante. Este fragmento de pacto matrimonial, no correspondido por el padre y adquirido en una transacción comercial, es equivocado y aberrante.

    Las parejas imposibilitadas de concebir o adoptar a menudo se sienten comprensiblemente afligidas ante su incapacidad para continuar la familia o experimentar las alegrías de la paternidad. Pero, finalmente, ¿para eso son los hijos? Las parejas casadas que tienen hijos pueden también descubrir que los hijos no son suficientes para cumplir con la tarea de dar plenitud y significado a la vida de sus padres. Las parejas que se encuentren en cualquiera de esas dos situaciones pueden necesitar ser reorientadas hacia el propósito inicial que Dios tuvo para su vida: glorificarlo y gozar de él. En este punto, las iglesias protestantes a menudo han luchado para afirmar la diversidad de roles en la iglesia.

    El ajustarse al ideal estadounidense de la familia nuclear con hijos se ha constituido a veces en una regla no tácita. Esta adecuación a una norma cultural externa ha debilitado el testimonio de la iglesia en tanto estructura comunal que incluye a personas de toda condición social. Cuando las normas culturales cambiaron y surgieron nuevas estructuras familiares, la iglesia luchó para articular la defensa de una norma que había adoptado por razones más culturales que teológicamente arraigadas. Es posible que la iglesia católica romana, con sus sacerdotes, monjas y monjes célibes, así como el judaísmo ortodoxo, con sus estrictas definiciones de parentesco, estuvieran mejor preparados para resistir una nueva ráfaga de viento en las normas culturales populares; de hecho, ya estaban por fuera de ellas.

    Restituyendo la maternidad a su legítimo lugar

    Después del nacimiento de Baby M, Mary Beth y Richard Whitehead la llevaron a casa y la hicieron bautizar por un sacerdote católico romano con el nombre de Sara Elizabeth Whitehead. A pesar de que esto no necesariamente violaba los términos del contrato de subrogación, ciertamente violaba su espíritu según el cual la señora Whitehead debía renunciar a todos los derechos parentales. Existía un conflicto entre las exigencias del contrato de subrogación y lo que ellos, en tanto católicos romanos, entendían como la exigencia de Dios de llevar a su hija para ser bautizada. Con respecto a su hija, ¿la madre subrogante debía obedecer el contrato que había suscrito o debía obedecer a Dios?

    En el caso de Baby M, a ninguna de las mujeres involucradas se les otorgó la posibilidad de reclamar la custodia. Mary Beth Whitehead no fue considerada no apta, pero aun así se le negó la custodia sobre la base de su reacción emocional ante el hecho de que le quitaran a su hija y su situación de relativa pobreza. Pero Betsy Stern, quien estaba casada con el padre y sería quien se quedaría en casa con la bebé que recibiría el nombre de Melissa Stern, solo hubiera podido hacer un tenue reclamo para obtener la custodia en caso de que se hubiera divorciado de su esposo. En lugar de considerar la maternidad como algo inherente y singularmente significativo, el valor comparado de la estabilidad y la riqueza triunfó sobre el valor de la maternidad.

    Lo que sucede mientras una madre lleva a una criatura en su vientre no es un servicio; es un proceso milagroso que trasciende nuestra fortaleza y sabiduría humanas y no podemos replicarlo.

    En el caso de Baby M, así como en el caso de la mujer que dio a luz un niño con microcefalia, las agencias de subrogación afirmaban que no tenían la obligación de ni la inclinación a promover el bienestar de la madre y operaban en consecuencia.

    Después del parto, Mary Beth Whitehead no se comportó según los más altos estándares de conducta. Rogó a los Stern que le permitieran tener a la niña solo por una semana más y luego cambió de opinión. Incumplió y deliberadamente obstaculizó la acción policial. Huyó del estado, indujo a su esposo a abandonar su trabajo, se mudó de lugar en lugar y llegó a sugerir por teléfono al padre de la niña la posibilidad de suicidio o asesinato. Incluso bajo juramento se mostró reacia a contar toda la verdad. La sentencia judicial determinó su culpabilidad en todos esos hechos. Pero antes de su gestación subrogada ella no había actuado así. Ella no habría actuado de ese modo si, en febrero de 1985, no hubiera firmado un contrato para ser fecundada y gestar a una criatura con respecto a la cual prometió renunciar a sus derechos parentales.

    Las sentencias del juez Sorkow y la Suprema Corte de Nueva Jersey buscaron el mejor interés de la niña al concederle la custodia total a Bill y Betsy Stern. Esa decisión —trágica en lo que respecta a la devaluación de la maternidad y a la separación de la bebé de su madre— al menos estuvo basada en la búsqueda del bien de la niña. El contrato de subrogación ni siquiera había llegado a tanto.

    No debería ser una sorpresa que los contratos de subrogación permitan al futuro padre ordenar una amniocentesis para confirmar la calidad del producto que ha pactado a cambio de una suma significativa, y a ordenar su eliminación a través de un aborto en caso de no satisfacer los requisitos deseados. Se trata de una clara consecuencia de la deshumanización de la criatura y de la madre subrogante, cuya voluntad en el proceso no cuenta, más allá de la elección de renunciar a tener autoridad sobre su cuerpo y su hijo mediante la firma inicial del contrato.

    No es tarde para tomar posición

    La subrogación a escala comercial comenzó en 1976 con la organización de Noel Keane. Tras el caso de Baby M, un clamor público generó una cantidad de proyectos de ley en las legislaturas estatales. Unos pocos se convirtieron en ley. Al llegar 1989 los cambios estaban limitados a Luisiana y Michigan, que aprobaron prohibiciones a la subrogación comercial, y a Nevada, que la legalizó. Desde entonces, ha habido un aumento sostenido en las subrogaciones. Solo en 2013 hubo más de tres mil embarazos de madres subrogantes por FIV. Aun así, incluso hoy, en la mayoría de los estados el entorno legal para la subrogación tradicional permanece turbio. Mientras Florida, Virginia y el estado de Washington la han declarado legal, en muchos estados termina en un proceso de adopción, haciendo que la compensación sea aún oficialmente ilegal, a pesar de que, con frecuencia, esto no se hace cumplir.

    La legalidad no está establecida. Las opiniones tampoco son definitivas. Las perspectivas acerca de la maternidad subrogada jamás encajaron bien con las afiliaciones partidistas o religiosas. Y en muchos casos esas opiniones no se sostienen con fuerza. Las opiniones y las leyes pueden ser cambiadas.

    A pesar de que las iglesias protestantes en Estados Unidos han perdido oportunidades de compartir verdades y valores bíblicos desde los ochenta, existe la posibilidad de admitir ese error y corregirlo. Las iglesias pueden encontrar la voz que olvidaron que tenían y retomar el llamamiento de sus confesiones, su Biblia y su Dios. La cultura estadounidense necesita enterarse de la dignidad inalienable de las personas en tanto creadas a imagen de Dios, lo que vuelve impensable permitir la mercantilización de los cuerpos de las mujeres y que los niños sean inspeccionados y desechados o comprados. Y hasta los cristianos necesitan que les recuerden que el matrimonio es el lugar destinado por Dios para la propagación y la crianza de los hijos.


    Este artículo se publició por primera vez en 2021. Traducción de Claudia Amengual.

    Contribuido por

    Alexander Haines es pastor de la First Presbyterian Church en Howell, Michigan, EE. UU. Vive con su esposa y sus hijos en una pequeña chacra.

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