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    Solidaridad es darse uno mismo

    ¿Puede una monja de clausura ayudar a un mundo que sufre?

    por Sister Dominic Mary Heath, OP

    November 30, 2020

    Otros idiomas: English

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    “En este momento me siento confundida con respecto a qué quiero darle a mi prójimo”. La carta de una amiga plasmó los sentimientos de muchos estadounidenses en esta primavera. Esto sucedió cuando el “Chita jefe” —el único nombre que le he oído usar para el presidente Donald Trump, que también podría ser considerado un término afectuoso— envió los cheques de estímulo. Mi amiga quería donar el suyo; su esposo quería quedárselo ante la perspectiva de un futuro incierto. Mientras tanto, ella estaba preocupada por la posibilidad de que un “egocentrismo agresivo” los estuviera llevando a no tener el suficiente amor por el prójimo.

    “Es gracioso que, entre todas las personas, sea a ti a quien cuento esto”, concluía su carta, “porque creo que tú te has retirado de la sociedad más que mi esposo”.

    A menudo oigo comentarios como ese con respecto a mi vida de clausura en un monasterio dominicano. En tanto monja contemplativa, mis días transcurren alejados del trajín de la sociedad —no me desplazo hacia el trabajo, no voy a la tienda de comestibles, no tengo vacaciones familiares. Y a pesar de eso, aunque para algunos sea difícil entenderlo, como monja tengo una vocación que cumplir en solidaridad con un mundo que sufre.

    En la tradición de la doctrina social católica, solidaridad es una palabra moderna, pero no un concepto nuevo. Basados en la tradición de la ley natural de grandes pensadores como San Agustín y Santo Tomás de Aquino, algunos papas del siglo XX se han referido cada vez más a la necesidad de “amistad”, “caridad social” y una “civilización del amor”. El papa San Juan Pablo II, sobreviviente del terror nazi y de la opresión comunista en su Polonia natal, fue quien comenzó a predicar esta doctrina con urgencia para el nuevo milenio.

    “La solidaridad”, escribió en su encíclica de 1987, La preocupación social, “no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables por todos”

    Todos somos realmente responsables por todos. ¿Qué significa esto?

    Anne Goetze, Pájaro en mano

    Anne Goetze, Pájaro en mano
    Todas las imágenes son cortesía de Anne Goetze

    En el habla cotidiana, solidaridad puede entenderse como cualquier cosa desde sentimientos de amistad hasta el apoyo a una causa preferida.  Apoyar y defender. Eso es la solidaridad, ¿verdad?

    No, exactamente. Tal como lo señala San Juan Pablo II, la solidaridad no es una emoción. Esas experiencias que algunas personas tienen en las redes sociales —pequeños estallidos de indignación justificada, cálidos sentimientos de afinidad en la forma de pensar, la recompensa de sentir que han hecho su parte por cliquear “Me gusta” o “Compartir”—, nones, eso no es solidaridad.

    Tampoco es solidaridad defender cualquier causa. De acuerdo con la definición de San Juan Pablo II, la solidaridad es un compromiso con un estándar objetivo llamado bien común. El bien común no es la suma de intereses individuales, como si lo mejor para la clase fuera que la mayor cantidad de estudiantes se saliera con la suya. Se trata del bien ideal para la sociedad en su conjunto, la suma total de las condiciones sociales que permitan a todas las personas realizarse. Aunque esto no implique ceder ante los intereses individuales, el bien común tiene mucho que ver con la prosperidad de los individuos: “el bien de todos y cada uno”.

    Cultivar la solidaridad requiere de nosotros más que sentimientos cálidos o lealtad incuestionable. Tal como San Juan Pablo II lo dice, la solidaridad implica una elección para lograr “el bien del prójimo con la buena disposición, en el sentido del evangelio, que implica ´perderse´ por el bien del otro en lugar de explotarlo, y ´servirlo´ en lugar de oprimirlo para el provecho propio”. La solidaridad, en este sentido profundo, requiere de nuestra capacidad para darnos de forma libre y sincera a los otros. Es la convicción, que se materializa en la acción, de que soy el guardián de mi hermano y él lo es de mí; lo que se me pide que dé a mi hermano no es otra cosa que a mí mismo.

    Todos somos realmente responsables por todos. ¿Qué significa esto?

    La solidaridad, por lo tanto, tiene que ver con las personas, no con abstracciones. Contempla las necesidades de aquellos con quienes vivo, trabajo y oro, comenzando por el lugar natural de entrega entre las personas “con el apoyo mutuo de esposo y esposa, y en el cuidado que las diferentes generaciones deben dispensarse unas a las otras”. Cuando centra su atención en políticas sociales e instituciones públicas, juzga su buen estado según cuán bien se encuentren aquellos a quienes estas sirven, en especial, los más pobres y vulnerables.

    Lo opuesto a la solidaridad, dice San Juan Pablo II, es replegarnos sobre nosotros mismos: “El hombre se aliena si se niega a trascender y vivir la experiencia de darse y de la conformación de una auténtica comunidad humana orientada hacia su destino final, que es Dios”. Negar la solidaridad a los otros “retirándose” de la sociedad —incluso como monja de clausura— produce una desviación radical de la felicidad humana: “Es a través de la libre entrega de sí mismo que el ser humano se encuentra”.

    Vivo en un monasterio de clausura donde unas veinte mujeres y yo, consagradas a Dios por votos matrimoniales, transcurrimos nuestra vida al servicio de la liturgia divina, la alabanza pública a Dios. La separación de la sociedad es la esencia de la vida monástica. En mi condición de monja, puedo votar en las elecciones y puedo ser convocada para integrar un jurado, aunque eso es solo una pobre descripción de los deberes inherentes a un compromiso con el bien común. (Pero, ¿llevo mi pegatina de “Voté” en el claustro? Definitivamente, sí).

    Para comprender qué significa la solidaridad en el claustro, es importante entender que la autoentrega solidaria siempre es una respuesta a la verdad. “El ser humano no puede entregarse a un plan puramente humano de concebir la realidad, a un ideal abstracto o a una falsa utopía”, dice San Juan Pablo II. La vida monástica no es una elección de vida entre otras. Es una declaración pública acerca de la verdad de quién es Dios y de lo que significa la existencia humana. En palabras vivas dice: este mundo no es suficiente.

    Todos nosotros, cada uno en su vocación propia, necesita razones justas para servir a los otros cuando podríamos usarlos, explotarlos o ignorarlos. Tres razones sobresalen: la dignidad de la persona humana, la realidad del pecado y el significado de la redención.

    Primero, la solidaridad solo puede crecer de la verdad acerca de la persona humana. En el monasterio aprendemos esta lección no a partir de la variedad de nuestras interacciones sociales (no encontrarán monjas en el porche saludando por la tarde a los transeúntes), sino a partir de su intensidad.  Como una vez me dijo una hermana con una sonrisa: “¡Esta es la olla a presión de Dios, y él elige trozos de carne dura!” No es posible que todos nos gusten todo el tiempo, incluyendo a uno mismo, pero es posible amarlos si conocemos la verdad sobre ellos.

    El cristianismo enseña que cada ser humano es un cuerpo vivo y cambiante, organizado por un alma inmortal y racional creada de forma inmediata por Dios. Estamos hechos a imagen divina porque Dios ha elegido compartir su vida interior de conocimiento y amor con nosotros. Todos nosotros compartimos el mismo origen desde Dios y nuestro último final en Dios. Debido a nuestra naturaleza espiritual tenemos necesidades que son más que materiales —un hambre de amor, trabajo significativo y una alabanza a Dios que nos trascienda. Practicar la solidaridad significa un compromiso con “el bien de todos y cada uno” también en esta dimensión espiritual.

    Por contraste, cualquier proyecto social que comprenda mal el concepto de dignidad humana (me vienen a la mente el movimiento de Margaret Sanger y Antifa) puede obtener apoyo, pero continúa siendo en su esencia incapaz de crear solidaridad. “Cuando el ser humano no reconoce en sí mismo y en los otros el valor y la grandeza de la persona humana”, advierte San Juan Pablo II, “se priva de la posibilidad de beneficiarse de su humanidad y de ingresar en esa relación de solidaridad y comunión con los otros para la cual Dios lo creó”.

    Anne Goetze, Alegría

    Anne Goetze, Alegría

    En otras palabras, si consideramos a nuestro prójimo como menos que humano —si los inmigrantes se vuelven objetos útiles y mano de obra barata, si los refugiados y los niños no nacidos son un inconveniente o una amenaza, si los adultos mayores o las minorías raciales son invisibles a nuestros ojos—, no podemos esforzarnos por su bien de un modo genuino. Sea lo que sea que ganemos a corto plazo (más poder, más dinero, más tiempo libre), al final acaba por ser un tipo de muerte para nuestras almas, por cuanto estamos hechos para “la solidaridad y la comunión”.

    Junto con nuestra naturaleza espiritual divina vienen el poder del libre albedrío y la posibilidad de elegir libremente el mal, ese defecto moral llamado pecado. El pecado causa nuestro aislamiento de Dios y de los otros, y produce lo que San Juan Pablo II llama “una herida en el yo más profundo del ser humano”. No hemos perdido la imagen divina ni su dignidad, pero hemos empleado mal el regalo del Padre, al igual que el hijo pródigo que se fue a un país lejano.

    Si una busca un ejemplo de solidaridad entre hermanas, basta con hacer un examen de conciencia mientras se está en la fila esperando la confesión junto con mujeres que conocen los pecados de una mejor que una misma. (¿Las monjas tienen, de verdad, tantos pecados?, se preguntarán. El arzobispo Fulton J Sheen, ya fallecido, habría dicho que “escuchar las confesiones de las monjas es como si te lapidaran a muerte con palomitas de maíz”. Aparentemente pensaba que compensamos la falta de gravedad con cantidad).

    El pecado también complica la imagen de la solidaridad humana. Todos somos realmente responsables por todos; pero cuando todos nosotros fallamos en nuestros pensamientos, palabras y acciones, nuestra “solidaridad” en pecado se vuelve una oscura caricatura de lo que debería ser nuestro compromiso firme y perseverante con el bien. La sabiduría cristiana clásica enseña que cada pecado tiene raíces en uno de los siete capitales: soberbia, lujuria, ira, envidia, gula, pereza y avaricia. De ahí que, incluso aquellos pecados “palomitas de maíz” puedan ser síntomas de grandes heridas en nuestra alma y en nuestras comunidades.

    Es a través de la libre entrega de sí mismo que el ser humano se encuentra.

    La acumulación de pecados de los individuos puede crear injusticias duraderas en nuestras comunidades, que obstruyen el bien común y no son fáciles de reparar; este es el pecado social. La verdadera responsabilidad de males como el racismo, el aborto, el tráfico de personas y el consumismo destructivo tan arraigados en nuestras comunidades radica en los lugares secretos del corazón humano. A menos que reflexionemos acerca de esta verdad, no comprenderemos el valor que tiene un único corazón arrebatado al poder del maligno y entregado a Dios.

    La buena noticia del evangelio es que la falsa solidaridad del pecado ha sido vencida por la verdad de la solidaridad de Cristo con nosotros: Cada uno de nosotros, escribe San Juan Pablo II, “está incluido en el misterio de la redención, y a través de este misterio Cristo se ha unido con cada uno para siempre”.

    Cuando “aquel verbo fue hecho carne” (Jn 1:14), el Hijo eterno asumió personalmente todo lo que somos y tenemos en cuerpo y alma, excepto el pecado. Al mismo tiempo, la dignidad natural de cada persona humana aumentó de forma sorprendente. Ahora estamos unidos a Dios por lazos familiares, por el vínculo de la gracia, íntimamente asociado en la ofrenda de sí mismo que Cristo le hizo al Padre en nombre del mundo, el misterio de su cruz. Suyo es el corazón humano entregado a Dios en nuestro nombre.

    Quién es Cristo y lo que ha hecho moldean el bien común profundamente. El propio significado de la prosperidad humana cambia cuando, por gracia del bautismo, adquirimos una participación creada en la vida no creada de Dios. Así es como la vida divina es el significado más completo posible de la vida humana: “La gracia de Cristo”, dice el Catecismo de la Iglesia católica de 1994, “es la ofrenda gratuita que Dios nos hace de su propia vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla de pecado y para santificarla”.

    La solidaridad al estilo de Cristo requiere mucho, mucho más de nosotros que cualquiera de sus imitaciones baratas.

    La redención también nos revela una nueva forma de practicar la solidaridad. Ahora, a imitación de Cristo y movidos por su gracia, podemos dar la vida por amor a los otros, ya sea como madre, monja o mártir. La solidaridad, por lo tanto, se vuelve una participación en el sacrificio vivificante de Jesús (Jn 12:24).

    “A la luz de la fe, la solidaridad busca ir más allá de sí misma, para hacerse cargo de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad, perdón y reconciliación totales”, explica San Juan Pablo II. “El prójimo debe, por tanto, ser amado, incluso si se trata de un enemigo, con el mismo amor con que el Señor lo ama a él o a ella; y por el bien de esa persona uno debe estar preparado para el sacrificio, incluso el máximo”.  

    La solidaridad que, de este modo, va “más allá de sí misma” en el perdón y en la reconciliación no puede basarse solo en cualquier definición del amor, y ciertamente no en definiciones de moda o terapéuticas. La forma específica a la que se refiere el cristianismo conlleva la impronta radicalmente expiatoria del sagrado corazón de Jesús: cuando una madre como Santa Gianna Beretta Molla da su vida para que su embarazo llegue a término; cuando un sacerdote como San Maximilian Kolbe se ofrece para tomar el lugar de otro hombre condenado a morir de hambre en un búnker de castigo en Auschwitz; y cuando una niña como Santa María Goretti perdona a su asesino y amorosamente lo invita a la conversión.

    Todo este heroísmo, desde los grandes hechos a los actos ignorados de la vida cristiana cotidiana, se alcanza en nosotros por “el mismo amor con el que Dios ama”, infundido en nuestro corazón por el Espíritu Santo. Solo la vida divina puede posicionar nuestra capacidad natural de autoentrega en una trayectoria sobrenatural como esta. La solidaridad al estilo de Cristo requiere mucho, mucho más de nosotros que cualquiera de sus imitaciones baratas. Lo que exige es una santidad real que se vuelve nuestra por medio de la gracia.

    Anne Goetze, El balde azul

    Anne Goetze, El balde azul

    Se trata de que cada uno de nosotros camine por la senda de amorosa autoexpiación de Cristo, sea cual sea su forma de guiarnos. Cuando se accede a esta verdad, se puede comenzar a comprender lo que significa para una monja de clausura la autoentrega solidaria. Esta vida está en el centro de lo que significa amar y sanar a la familia humana, porque todos somos realmente responsables por todos, no solo en esta vida, sino también ante Dios en la próxima: a mí me lo hicisteis (Mt 25).

    La vida de intercesión y adoración en un monasterio recuerda al mundo cuál es su propósito más elevado: buscar a Dios. Esta prioridad es la base y el objetivo de todo aquello que San Juan Pablo II enseñó al mundo sobre la solidaridad. “La cima del desarrollo [social]”, escribe, “es el ejercicio del derecho y del deber de buscar a Dios, de conocerlo y de vivir según ese conocimiento”.

    Quizá sea esto lo que aquellos que están perplejos necesitan oír: La solidaridad escondida es real, porque la vida de la gracia es real. Estamos todos unidos como miembros del cuerpo místico de Cristo, cada uno desde una fidelidad creativa a nuestra propia vocación. Dios lleva su imagen a la perfección en nosotros de forma lenta, ofreciendo mil pequeños modos de seguir a Cristo en solidaridad con nuestro prójimo. Entreguemos, entonces, nuestro corazón demasiado humano a Dios y a los otros.

    Contribuido por Sister Dominic Mary Heath Sister Dominic Mary Heath, OP

    La hermana Dominic Mary Heath, OP, es monja dominicana en el convento Our Lady of Grace Monastery en Connecticut, EE. UU.

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