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Palm fronds against the sky

Amor y salvación

por Johann Heinrich Arnold

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La voluntad de Dios es que todos los seres humanos sean redimidos y que ninguno se pierda. Pero los Evangelios también dicen muy claramente que ninguno de nosotros será salvo, a menos que experimentemos el nuevo nacimiento por medio del Espíritu Santo, a menos que pasemos por el arrepentimiento y la conversión y encontremos la fe. Y Jesús, quien tiene un amor más grande que cualquier hombre, habla con claridad de la perdición. Aunque Dios es todopoderoso, y aunque su voluntad expresa es que todos sean salvos, no fuerza su voluntad sobre nosotros, su naturaleza es la del cordero: Cristo; y la paloma: el Espíritu Santo. Así que depende de nosotros como individuos, si nos abrimos o no ante la gracia del nuevo nacimiento. Sin embargo, primero debemos ser humildes y quebrantados, ya que el nuevo nacimiento no es posible sin el juicio severo. El juicio de Dios es amor.

En Romanos 8, Pablo habla de la salvación de los elegidos o los escogidos. Uno podría preguntarse: «¿Qué pasará con los demás? ¿También serán salvos?». Pedro aclara esta pregunta en su segunda carta, cuando escribe: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan». Está claro, entonces, que la voluntad de Dios es que todos, incluyendo sus enemigos, puedan arrepentirse y encontrar la salvación. Pero podemos resultar culpables por jugar con su paciencia.

La sola idea de la perdición de todo pecador es muy difícil de aceptar y de reconciliar con el amor de Jesús, como lo reveló tan poderosamente en la cruz del Gólgota. Pero nadie que siga atado al pecado podrá entrar en el reino de Dios, de lo contrario el mundo seguiría dividido y con maldad. No entendemos la plenitud del amor de Dios. Sin embargo, sabemos que Jesús llevó los pecados del mundo entero y que él permanece delante del trono de Dios. Su sacrificio por la redención del mundo es el punto central. Jamás debemos perderlo de vista.

Cuando era niño siempre pensé que algún día las masas —la clase trabajadora— cambiarían para acercarse más a Dios. Quizá fui influenciado por muchos anarquistas, socialistas y socialistas religiosos que se quedaron en nuestra casa. Pero cuando ya fui mayor, leí en el libro de Apocalipsis cómo las copas de la ira, una tras otra, se derramarían sobre la tierra, y que a pesar de eso los hombres no se arrepentirían. Esto fue muy duro para mí. No podía aceptar la idea de que solamente una fracción muy pequeña de la humanidad fuera a salvarse. Eso iba en contra de toda mi manera de pensar. Escudriñé la Biblia —los profetas y el Nuevo Testamento— con esta cuestión en mente.

La voluntad de Dios es que todos los seres humanos sean redimidos y que ninguno se pierda.

Cuando leí el Evangelio de Juan, encontré el lugar donde Jesús dice que el juicio vendrá a la tierra: «El juicio de este mundo ha llegado ya, y el príncipe de este mundo va a ser expulsado. Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo». No sé cómo lo hará Jesús, pero sí creo que él atraerá a todas las personas hacia sí mismo, y que él no murió en la cruz solamente por unos pocos. Jesús dice que el camino a la verdad es estrecho y que poca gente lo encuentra, que la mayoría de la gente andará por el camino ancho que conduce a la perdición. Indiscutiblemente esto es verdad, pero sería terrible si pensáramos que ya encontramos el camino estrecho, sin amar a aquellos que van por el camino ancho.

En la parábola de las diez vírgenes, Jesús no estaba hablando del mundo, sino de los cristianos. Todas las que fueron a recibir al novio eran vírgenes; es decir, todas eran cristianas. Pero cinco de ellas eran sabias y cinco eran insensatas. Todas tenían el envase externo, es decir, la vasija. Pero no todas tenían aceite. El aceite del cual habla Jesús es el Espíritu Santo, la vida que viene de Dios, y solo cinco de ellas lo tenían.

Si amas muy profundamente a alguien, no le tendrás miedo. De la misma manera, si amas de verdad a Jesús, no le temerás. No puedes servir a Jesús por temor.

Derramar agua sobre una persona, o sumergirla en agua, por sí mismo no sirve para la salvación. «La circuncisión es la del corazón, la que realiza el Espíritu, no el mandamiento escrito. Al que es judío así, lo alaba Dios y no la gente». Esto es un punto importante: la fe no consiste en mandamientos escritos. Pablo se refería a la ley de Moisés, pero en la actualidad también podemos ser esclavizados por leyes escritas, este es uno de nuestros dilemas. Jamás debemos renunciar a la libertad del Espíritu, solo en él podemos encontrar la paz con Dios.

Incluso si no entendemos completamente los pensamientos de Pablo en cuanto a la salvación, el corazón y el sentido de sus palabras son muy fáciles de entender: los fariseos cumplían la ley, pero aun así eran hipócritas orgullosos, mientras que «sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige».


Extraído y traducido de Discipleship (en inglés)

Palm fronds against the sky
Contribuido por J. Heinrich Arnold Johann Heinrich Arnold

Johann Heinrich Arnold, conocido por sus libros que han ayudado a muchos a seguir a Cristo en su vida diaria. Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre cabal que daba la bienvenida cariñosa a cualquiera persona abrumada, invitándola a tomar un cafecito y platicar.

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