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Re-formando la Iglesia

por George Weigel

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Ecclesia semper reformanda: la iglesia siempre reformándose. Bueno, por supuesto. Pero en la actualidad, como siempre, la pregunta es: ¿qué constituye una reforma auténtica en la iglesia? Quizá una historia rabínica, narrada en The Cardinal, una novela católica popular de la década de 1950, nos ayude a enfocar la cuestión.

La escena, descrita por el autor Henry Morton-Robinson, tiene lugar en un hotel de Nueva York, donde se realiza un encuentro inicial para promover la reconciliación ecuménica y el diálogo interreligioso, una especie de parlamento de religiones. Tras la presentación de numerosas declaraciones insustanciales hechas por distintos clérigos cristianos, un rabino ya anciano se levantó y contó una historia.

Se cuenta que había un rey, que poseía un precioso diamante, al que atesoraba más que otra cosa en el mundo. Un día, por desgracia, un sirviente descuidado dejó caer el diamante, el cual se dañó profundamente como resultado. Los mejores joyeros del reino fueron convocados al palacio; pero, a pesar de sus mejores esfuerzos, no pudieron reparar el diamante del rey. Sin embargo, un día, un joyero, excepcionalmente hábil, andaba por el reino y se enteró de la triste condición del diamante del rey. Ofreció voluntariamente sus servicios y, gracias a su maravillosa y casi milagrosa habilidad, logró grabar una preciosa rosa sobre el diamante, convirtiendo la parte más profunda y severamente dañada en el tallo de la rosa.

En la novela, el rabino no explicó la parábola, pero su significado debe ser bastante evidente para un apropiado entendimiento de ecclesia semper reformanda. Toda reforma verdadera en la iglesia tiene que ver con lo más profundo y fundamental en la iglesia: la «forma» o constitución, es dada por Cristo el Señor a la iglesia. Esa «forma» profunda es la raíz de la que puede transformarse en renovación y reforma la deformación de la iglesia.

Es decir, la reforma cristiana auténtica no es cuestión de inteligencia humana, y mucho menos de determinación humana. Si la iglesia tiene la voluntad de Cristo y está empoderada por el Espíritu Santo, entonces la reforma auténtica significa recobrar —hacer una fuente de renovación— un aspecto u otro de la «forma» de la iglesia que se ha perdido, dañado, malentendido u olvidado. La reforma auténtica significa retroceder y traer al futuro algo que se ha perdido en el presente de la iglesia. La auténtica reforma eclesial siempre es re-forma.

Detail from The Annunciation Window, Chartres Cathedral
Vitral de la Anunciación, Catedral de Chartres
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Un ejemplo reciente

Este proceso de re-formar la iglesia lo podemos ver en el Concilio Vaticano II y la adopción de la libertad religiosa en el catolicismo de fines del siglo xx, y en el proyecto de recuperación intelectual que preparó el camino para la Declaración sobre la libertad religiosa del Concilio.

Por una serie de razones, que incluyen la Reforma y las guerras de religión, la teoría católica de Iglesia-Estado, de la era moderna temprana, favoreció un estado confesional en el que la autoridad política estaba unida con la autoridad espiritual, y el Estado apoyaba, promovía e incluso en algunos casos defendía e imponía con la fuerza las verdades de la Iglesia católica. Para reforzar este acuerdo institucional existía una justificación: «el error no tiene derechos». El resultado final fue lo que llegó a conocerse como el modelo «tesis-hipótesis». El acuerdo preferido, en el que la Iglesia católica disfrutaba tanto la protección legal como el apoyo financiero del estado, fue la «tesis». En contraposición a ella estaba la «hipótesis»: el estado confesionalmente neutral, que podía ser tolerado si eso era lo que requería la necesidad histórica.

Varios nuevos desarrollos han puesto en cuestión este modelo de tesis-hipótesis. La secularización en Europa en los siglos xix y xx no había disminuido en los países donde la iglesia todavía gozaba del favor del estado. Existe la experiencia atípica de los Estados Unidos, donde el estado confesionalmente neutral ha resultado ser muy bueno para la iglesia, que ha crecido y prosperado mientras que en Europa las iglesias establecidas están decayendo. Al grado que los reformadores católicos han comenzado a pensar lo que alguna vez se creía impensable: que quizá el establishment es una trampa y engaño. Si el establishment debilita la vitalidad evangélica de la iglesia, quizá el matrimonio entre la autoridad política y la espiritual no fue tan buena idea después de todo. Al mismo tiempo, la noción de que el «error no tiene derechos» comenzó a ser criticada por teólogos que insistían que las personas tenían derechos, incluso cuando sus creencias fueran erróneas.

La reforma auténtica significa retroceder y traer al futuro algo que se ha perdido en el presente de la iglesia.

Sin embargo, por encima de todo, la reforma de la teoría católica Iglesia-Estado, que resultó en la Declaración sobre la libertad religiosa del Concilio Vaticano II, se debió a una recuperación de una verdad del evangelio que se había perdido en el curso de la historia: el acto de fe, para que sea auténtico, debe ser un acto libre. Una fe coaccionada no es fe, o en el mejor de los casos es una fe falsa. «Dios desea ser adorado por personas que son libres», como señala la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en su Instrucción sobre libertad cristiana y liberación.

Ese entendimiento de la naturaleza de la fe —la aceptación libre de la oferta de amistad y comunión con el Hijo de Dios— es parte de la «forma» de la iglesia dada por Cristo. La recupera y posteriormente la aplica a la vida social y política contemporánea, haciendo posible la Declaración sobre la libertad religiosa de 1965. La Iglesia católica no adoptó la libertad religiosa como un derecho humano básico porque finalmente hubiera sucumbido ante la teoría política de la Ilustración. La afirmación de la libertad religiosa en la Iglesia católica fue una auténtica reforma que re-formó la teoría católica Iglesia-Estado al recuperar un elemento perdido de la forma constitutiva de la iglesia, y al usar tal elemento como medio para la genuina renovación.

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Regreso al futuro

Como en cada momento en la historia de la iglesia, vivir el lema ecclesia semper reformanda en el siglo xxi implicará un retorno a las fuentes —las raíces—, de la fe cristiana.

Esto significa, en primer lugar, profundizar el encuentro con Jesucristo. Como el papa Benedicto XVI nunca se cansó de repetir, el cristianismo no comienza con una idea o un programa, sino con una persona: la segunda persona de la Santa Trinidad, quien anduvo en los caminos de Emaús de esta era e invita a todos a la comunión de sus amigos. Una iglesia en constante re-forma es una iglesia que siempre busca el rostro del Señor. La comunión con Jesucristo no es solamente el comienzo de la iglesia, sino también el principio de toda reforma auténtica en la iglesia.

Y como enseñaron los padres del Concilio Vaticano II, no menos en sus esfuerzos por devolver la Biblia a su legítimo lugar en la vida de la Iglesia católica, encontrar al Señor significa encontrarlo en su palabra, la Palabra de Dios revelada en la Sagrada Escritura. Porque de tal encuentro aprendemos a ver el mundo correctamente.

El pecado original, podríamos decir, es tanto miopía original como astigmatismo original. Debido al pecado original, vemos el mundo torcido: la miopía original nos da una mirada torcida y estrecha del mundo y de nosotros mismos, mientras que el astigmatismo del pecado original empaña y distorsiona todavía más nuestra visión. Para ver el mundo (y a nosotros mismos) correctamente, necesitamos lentes correctivos. Esos lentes se basan en una inmersión en la Biblia, mediante la cual aprendemos a ver el mundo (y a nosotros mismos) con el enfoque apropiado.

Esto es especialmente urgente en tiempos de confusión cultural como los nuestros. La cultura del yo —la cultura del imperioso ego autónomo, la cultura de la libertad entendida como permisividad y arbitrariedad— envuelve el Occidente del siglo xxi con una densa niebla. Ver a través de esa densa niebla requiere una agudeza visual que el mundo no puede dar. Ver el mundo a través de los lentes bíblicos —por ejemplo: a través de las «inversiones» de las bienaventuranzas— cura nuestras miopías y astigmatismos personales, para que las profundas verdades de la condición humana se manifiesten con un enfoque más claro.

La primera tarea de los predicadores de la iglesia consiste en ayudar a que la gente de la iglesia vea el mundo correctamente a través de los lentes bíblicos, por ello la renovación homilética siempre debe ser parte de cualquier reforma eclesial auténtica. La predicación como terapia, como educación política, o incluso como exhortación moral, ninguna de ellas es adecuada para la tarea homilética en una iglesia reformadora actual. Si buscamos modelos de cómo debe hacerse una predicación expositiva y bíblicamente profunda, debemos buscar en otra fuente de la fe que fue dada una vez a los santos: los sermones de los grandes Padres de la Iglesia. Ellos también trataron de ayudar a su gente a ver correctamente el mundo de la antigüedad tardía, en el que las antiguas certidumbres y las instituciones venerables se estaban derrumbando. Su mundo no fue del todo diferente del nuestro, en el que la verdad se ha vuelto subjetiva y las instituciones que una vez se creyeron inherentes a la condición humana (como el matrimonio y la familia) están siendo deconstruidas. Así que la inmersión en la predicación patrística puede ser una manera de recuperar otro elemento perdido de la forma de la iglesia y convertirlo en una fuente de renovación.

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¿Más pequeña y más pura?

Cuando Joseph Ratzinger fue elegido obispo de Roma el 19 de abril de 2005, tanto los que aplaudieron la decisión del cónclave, como aquellos que la deploraron, desempolvaron sus ejemplares de un pequeño libro de ensayos escritos por el nuevo papa: Faith and the Future, y fueron directo al último capítulo: «What Will the Church Look Like in 2000?» (¿Cómo será la iglesia en el año 2000?). Ahí, tanto los seguidores de Ratzinger como sus críticos, encontrarían pasajes que se han convertido quizá en los más recurrentemente citados de la voluminosa obra de este gran teólogo:

De la crisis de hoy surgirá la iglesia del mañana, una iglesia que ha perdido mucho. Se convertirá en una iglesia pequeña y tendrá que comenzar de nuevo más o menos desde el principio. Ya no será capaz de ocupar muchos de los edificios que construyó en sus tiempos de prosperidad. A medida que disminuya el número de sus adherentes, perderá muchos de sus privilegios sociales. En contraste con la época anterior, será vista mucho más como una sociedad voluntaria, a la que se ingresa solamente por decisión libre. Como una sociedad pequeña, demandará mucho más de la iniciativa de sus miembros individuales... Pero, en todos los cambios que uno podría anticipar, la iglesia encontrará de nuevo su esencia y con plena convicción en lo que siempre fue su centro: fe en el Dios trino, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, en la presencia del Espíritu hasta el fin del mundo...

Sin embargo, cuando haya pasado la prueba de esta depuración, fluirá un gran poder de una iglesia más espiritual y sencilla. Los habitantes de un mundo del todo planificado se encontrarán a sí mismos indeciblemente solos. Si han perdido por completo de vista a Dios, experimentarán el horror absoluto de su miseria. Entonces descubrirán el pequeño rebaño de creyentes como algo totalmente nuevo. Lo descubrirán como la esperanza a la que están destinados, una respuesta que siempre habían buscado en secreto.

Ningún teólogo cristiano serio, y por cierto ningún papa, quiere achicar la iglesia, eso resulta evidente. Pero lo que Ratzinger estaba planteando aquí no era un plan sino la realidad de la ecclesia semper reformanda en el Occidente moderno y posmoderno. El cristianismo transmitido genéticamente —la fe transferida mediante la costumbre étnica— está agotado. Prácticamente nadie en la iglesia del siglo xxi —Ratzinger lo percibió en 1970—, sería capaz de contestar la pregunta: «¿Por qué eres cristiano?», respondiendo: «Porque mi bisabuela nació en Baviera» (o en Guadalajara, o en Cracovia, o en Palermo, o en el Condado Cork o incluso al sur de Boston). La única fe posible bajo las condiciones de la modernidad y la posmodernidad es la fe libremente aceptada por una decisión libre, hecha posible en un encuentro con Jesucristo, el Señor resucitado. Por lo tanto, dondequiera que sobrevivan las instituciones de vida eclesial después de lo que Ratzinger llamó «la prueba de esta depuración» (la cual él creyó que se habría estado desarrollando por más de un siglo), tendrán que reinventarse como plataformas de lanzamiento para la misión, comunidades donde aquellos que han recibido el don de la fe tendrán que aprender cómo compartirla con los demás. Ese don no traerá consigo, como en el pasado, estatus social. Pero aportará algo mucho más importante: brindará esperanza, arraigada en la fe y ejercida en amor.

Lo que la iglesia reformada del siglo xxi más necesita son testigos: hombres y mujeres ardiendo con un celo misionero.

Ambos, el predecesor papal de Ratzinger y su sucesor papal, han compartido esta visión, aunque con énfasis diferentes. Juan Pablo II llamó al catolicismo —y por extensión a todo el cristianismo— hacia una «nueva evangelización», cuya metáfora bíblica fue Lucas 5:4: la iglesia debe abandonar las aguas poco profundas y semisaladas del mantenimiento institucional y, como los discípulos sobre el mar de Galilea, dirigirse «hacia aguas más profundas», hacia las agitadas y turbulentas aguas de un mundo que ha perdido el rumbo. El papa Francisco, en lo que ha llamado el gran documento estratégico de su papado: Evangelii Gaudium (El gozo del evangelio), tocó una nota similar, llamando hacia una «iglesia en misión permanente», en la cual la nobleza de vida mostrada por el «pequeño rebaño de creyentes» de Ratzinger, tocaría las vidas de los que deambulan heridos en el mundo posmoderno, ofreciendo así lo que el mundo ha estado buscando sin darse cuenta: la amistad con Jesucristo, quien es la respuesta a la interrogante que es toda vida humana, y la incorporación en la comunidad de sus amigos.

Todo lo anterior es para decir que la reforma que necesitamos en este quinto centenario de Wittenberg es una iglesia re-formada de santos. La disolución cultural de Occidente excluye la argumentación para convencer a la gente a convertirse a la fe. Muy pocas personas van a dejarse convencer por argumentos religiosos en un mundo que acepta «tu verdad» y «mi verdad», pero no la verdad. Sí, la iglesia necesita teólogos. Sí, la iglesia necesita hombres y mujeres plenamente catequizados que puedan presentar argumentos convincentes, pero lo que la iglesia reformada del siglo xxi más necesita son testigos: hombres y mujeres ardiendo con un celo misionero, porque han sido aceptados por el amor de Cristo y tienen la pasión para compartir ese amor con los demás; hombres y mujeres que ven el mundo a través de una óptica bíblica; hombres y mujeres santificados por los sacramentos; hombres y mujeres que saben, como san Pablo, que las tribulaciones de la era presente están preparando dentro de la ecclesia semper reformanda un «eterno peso de gloria» (2 Corintios 4:17).


Traducción de Raúl Serradell

Contribuido por George Weigel

George Weigel, distinguido catedrático del Ethics and Public Policy Center, es teólogo católico y uno de los intelectuales públicos destacados de EEUU. Ocupa la cátedra William E. Simon de Estudios Católicos en el EPPC.

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