Desde mi niñez, los seis días “entre los años” —es decir, entre el Día de Navidad y el Año Nuevo— han sido para mí el momento supremo del año. A mis hermanas y a mí nuestros padres nos enseñaron lo vital que es para la vida espiritual aprovechar este tiempo para distanciarnos del trabajo cotidiano y las preocupaciones inmediatas; para juntarnos en familia, frenar el ritmo y reflexionar sobre cuáles son las cosas más importantes.

¿Qué mejor momento para reparar viejos agravios y sanar heridas antiguas; para dejar atrás los remordimientos; para hacer las paces y empezar el nuevo año con una consciencia limpia y un corazón libre?

Al mirar el año que está a punto de terminar, mi esposa Verena y yo nos damos cuenta de cuánto nos ha dado Dios. ¿Podemos agradecerle todo, tanto lo bueno como lo malo? Este año ha estado particularmente lleno de desafíos; sin embargo, por medio de estas pruebas, la vida se ha vuelto más profunda y más conmovedora que nunca.

Este es un momento también para mirar hacia delante. No me refiero a las metas para el Año Nuevo, que son, como todos sabemos, fáciles de hacer pero casi nunca las cumplimos. Más bien me refiero a cuáles son nuestras esperanzas y deseos para el año venidero: para nosotros y nuestras familias y para nuestro mundo. ¿Qué traerá el nuevo año para los refugiados sirios, para aquellos afectados por la guerra, los huracanes y los terremotos? Frente al sufrimiento abrumador, en gran parte provocado por el hombre, rogamos para que Dios intervenga en la historia. La antigua súplica: “qué venga tu reino” arde en nuestros corazones con más urgencia que nunca.

NASA, ESA, y el equipo Hubble Heritage (STScI/AURA)

Este momento “entre los años” se vuelve cada vez más significativo para mí con el paso del tiempo. Acercándome al final de la vida, la mirada hacia atrás  es más amplia y rica en matices. Y espero no solo otro año o década, sino la eternidad.

Todos nosotros, sin importar en qué etapa de la vida estemos, deberíamos aprender a vivir a la luz de la eternidad. Según nos dan a entender las sagradas escrituras, la eternidad no se trata de una vida sin fin tal como la conocemos; la que conocemos aquí pronto acabará. La eternidad es una vida nueva, libre de los poderes destructivos de la muerte, una vida plena donde reina el amor. La promesa de una vida eterna tiene menos que ver con la duración del tiempo y más que ver con cierto tipo de vida: una vida de paz, compañerismo y abundancia. Y esa vida puede comenzar ahora.

Dios quiere recibirnos y darnos la bienvenida a todos en su reino, pero tenemos que comenzar a trabajar hacia allí aquí en nuestra vida terrenal. Tal actitud o modo de vida se podría llamar "vivir en presencia de la eternidad", en la que nuestra mente y corazón se preparan para el mundo venidero, mientras existimos corporalmente en éste.

Dios nos creó a cada uno de nosotros para este mundo, pero también nos creó para la eternidad y tiene algo en mente para cada uno de nosotros.

Vivir ante la eternidad significa no acumular tesoros en la tierra, sino en el cielo (Mateo 6:19–20). Vivir ante la eternidad significa saber que no sólo vivimos de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4) y significa saber que Jesús nos da el agua viva: "Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna" (Juan 4:13–14).

Al entrar al ocaso de nuestra vida, mi esposa y yo a menudo nos hemos preguntado qué es lo verdaderamente importante. Una y otra vez, hemos entendido que debemos prepararnos, lo mejor que podamos, para el momento en que Dios nos llame, y ayudar a otros cuando enfrenten la muerte: estar a su lado y ayudarles a cruzar el puente desde este lugar al próximo.

Nos vendría bien a todos hacernos esta pregunta, sin importar la edad que tengamos. La juventud es una de las épocas más maravillosas de la vida, sin embargo, sus alegrías sólo serán plenas cuando los jóvenes empiecen a darle importancia a la eternidad. Lo mismo va para la vejez: puede estar marcada por el dolor, la soledad y la depresión si no nos damos cuenta de que en vez de estar confrontando nuestra mortalidad, nos estamos acercando a la inmortalidad.

Nuestra vida sería muy poca cosa si verdaderamente se tratara sólo de lo que experimentamos, tocamos y vemos, pero la eternidad es inconmensurable. Si vivimos ante la eternidad, veremos que es mucho más real que cualquier cosa en este mundo visible. Como escribe Pablo: "Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido" (1 Corintios 13:12).

Dios nos creó a cada uno de nosotros para este mundo, pero también nos creó para la eternidad y tiene algo en mente para cada uno de nosotros. Vivir ante la eternidad nos da la oportunidad de conquistar la muerte ahora, aún antes de morir físicamente. Nos puede ayudar a comprender cómo Dios está obrando en la vida de cada uno. Nos puede dar la fortaleza para seguir su camino de servicio, amor y perdón, para que podamos prepararnos en primer lugar para nuestra muerte y en última instancia para la vida eterna.


Este artículo se basa en el capítulo “Un nuevo comienzo” del libro La riqueza de los años.