María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. “¿Por qué lloras, mujer?” le preguntaron los ángeles. “Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto” les respondió. Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él. Jesús le dijo: “¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?” Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo: “Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.” “María,” le dijo Jesús. Ella se volvió y exclamó: “¡Raboni!” (que en arameo significa: Maestro). (Juan 20:11-16, NVI).

En el Evangelio hay algo especialmente entrañable que nos da mucho en que reflexionar. Jesús no se quedó escondido después de resucitar de entre los muertos. Jesús está cerca y se revela, aunque no sea de una manera en que lo vemos con nuestros propios ojos y lo escuchamos con nuestras propias orejas. No obstante, podemos sentir qué tan cerca que está.

¿A quién se le aparece Jesús? Considera a Maria, por ejemplo. Ella buscaba al Señor, a quien había perdido, y lo encontró. Es igual hoy: hay muchos que creen haber perdido al Salvador. Por cualquier razón, Jesús está muerto para ellos. Pero si continuamos buscando, si buscamos a pesar de la pérdida y nos dirigimos a Dios en oración, aquel a quien hemos perdido dejará que lo encontremos. Él nunca está lejos de los que buscan. Jesús siempre está cerca de los corazones que buscan. Quienes creen haber perdido a Jesús son, en realidad, los mismos en quien Jesús tiene una alegría especial. Aquellos son los que él está buscando.

Pero nota que María no sólo buscaba lo que había perdido; estaba llorando. Estaba sobrecogida en sus llantos. Y Jesús se conmovió por sus lágrimas para revelarse a ella. Jesús ve a María llorando y mira dentro de su corazón que está profundamente afligido. Él ya no puede mirar más, y por eso se revela a ella en un instante.

Tal vez podemos imaginarnos el dolor de María. Era grande; más grande que el de la mayoría de la gente. Es difícil imaginarse un dolor más grande que la de creer que uno ha encontrado lo que buscaba, y luego ser decepcionado de repente. Fue algo amargo y difícil para María. No podía hacer más que llorar. Pero entonces llega el Salvador y dice, “¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?” La respuesta inicial de María no la ayudó mucho; así que Jesús la acerca a sí mismo con una sola palabra, “María”. Sí, ella escucha su nombre. Y entonces se le abren los ojos; en un instante, todo cambia. Ella es conocida.

¿Qué nos dice esta historia? Una cosa es que Jesús se acerca particularmente a aquellos que lloran, especialmente si sus lágrimas brotan por causa de sus anhelos más altos: si son lágrimas del espíritu, lágrimas para la paz del corazón porque uno no puede encontrar la tranquilidad interior, o porque uno se siente tan oprimido y falto de un consolador, un ayudante.

Jesús siempre se acerca a quienes lloran así. Por eso, podemos asegurarnos de que cuando vemos a alguien que llora, Jesús está cerca. Por eso deberíamos tener alegría de estar con aquellos que lloran, porque así nosotros entramos inmediatamente en la compañía de Cristo. Él también está allí. Sólo nos dañamos a nosotros mismos, si evitamos y nos alejamos de la gente que está triste, oprimida, apenada y llorando. Cuando tenemos miedo de conmovernos por la pena de otros, cuando evitamos a las personas que están dolidas y desesperadas, tenemos miedo del mismo Jesús. En realidad, lo negamos en lugar de encontrarlo exactamente donde se encuentra.

Cuando llegamos al lado de aquellos que lloran, frecuentemente pasa que llevamos a Jesús a ellos, aun si no lo sentimos nosotros mismos. A veces lo único que podemos hacer es empatizar, y así sentir nuestra propia pobreza espiritual, o por lo menos nuestra incapacidad de ofrecer consuelo. Pero es precisamente aquí donde se acerca Jesús. Cuando estamos conmovidos, cuando nos atrevemos a llorar junto con la gente que ruega consuelo, es entonces que llevamos al Salvador. Sus poderes calmantes y reconfortantes se revelan imperceptiblemente.

Es increíble cómo, después que uno ha pasado tiempo con alguien quien tiene el alma afligida, se enjuagan las lágrimas, se alegra el corazón, y se siente algo bueno y correcto—una comprensión profunda y mutua que quita el escozor. Percibimos que el resucitado está presente, llamando por el nombre a quienes lloran. No estamos desamparados.

Es maravilloso que cuando dos personas lloran juntas, las mismas lágrimas llevan consuelo y sanación. El precioso Salvador ciertamente está cerca. Él ha resucitado y, ¿para quién? Claro que es para nosotros quienes sentimos desesperadamente solitarios o solos. ¿Por qué no creemos que él esté allí cuando meramente echamos una mirada hacia él o lo anhelamos? Porque de cierto, el Señor sabe nuestros nombres. Él conoce nuestros pensamientos, nuestros problemas y nuestras debilidades. Él no dice meramente “hermano” o “hermana”, sino mejor nos llama personalmente: “María”. Él nos conoce totalmente, hasta contar nuestros cabellos.

Qué consuelo es saber que el más alto, quien ascendió desde la cruz hasta el trono de Dios, está lo más cerca de quienes de nosotros que ya hemos perdido la esperanza de consuelo. No somos demasiado pequeños, débiles, o pecaminosos para él. Él es nuestro hermano que nos ama. Y cuando tal hermano nos gobierna, ¿quién puede seguir en la desesperación? Si lo creemos, tendremos el resucitado con nosotros con todo su amor, su misericordia y su poder.


Extraído y traducido de un sermón, “El Resucitado, nuestro hermano,” dado por Blumhardt en 1858.

Foto: Anita Peppers