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    Jesús, el príncipe de paz

    Si confiamos en el verdadero Rey, no necesitamos de otros reyes que nos proporcionen la paz y la seguridad.

    por Antonio González Fernández

    miércoles, 16 de noviembre de 2022
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    • montse grau

      Excelente artículo. Muy esclarecedor. Muchas gracias por publicarlo.

    Lectura extraída de El Mesías de Dios: Ensayo de cristología (Sal Terrae, 2022)

    El príncipe de paz

    La indagación de la actitud de Jesús ante la violencia requiere una aclaración previa del concepto de violencia. No llamaremos “violenta” a cualquier acción que modifique el tono vital de las personas. Usaremos violencia en un sentido más restringido, en relación con aquellos tipos de acción que hieren físicamente a las personas, hasta el extremo de poner en peligro sus vidas. Por ello, no entendemos por violencia el que Jesús usara un lenguaje que pudiera considerar se ofensivo, como cuando el Evangelio de Mateo habla de los escribas y fariseos como “sepulcros blanqueados” (Mt 23:27). Tampoco entendemos por “violenta” la protesta de la viuda ante la puerta del juez injusto tal como es descrita en la parábola de Jesús, por más que las protestas de la viuda le pudieran causar molestias al juez (Lc 18:1-8).

    Tampoco diremos que la acción profética de Jesús en el Templo, expulsando a los mercaderes, fuera exactamente una acción violenta. Aunque las traducciones usuales del pasaje del Evangelio de Juan al castellano han solido dar la idea de que Jesús empleó un azote de cuerdas contra las personas, la traducción más exacta del pasaje desde el griego indicaría más bien que Jesús usó ese azote para expulsar a las ovejas y a los bueyes fuera del recinto (Jn 2:15).1 El hecho de que Jesús impidiera durante un tiempo limitado el paso de objetos por el Templo (Mc 11:16) tampoco es una acción violenta en el sentido restringido que aquí le hemos dado a la expresión. Las mesas y los asientos fueron volcados, y posiblemente muchas personas poderosas se molestaron por la acción de Jesús. Sin embargo, parece que nadie resultó herido, y la acción fue lo suficientemente reducida en su magnitud como para que los soldados romanos que vigilaban el Templo se abstuvieran de intervenir.

    Jesús en el Templo por Alessandro Maganza

    Jesús en el templo, Alessandro Maganza (s. XVI).

    La renuncia de Jesús a la violencia física enlaza con tradiciones profundamente arraigadas en Israel, que entendía la liberación del Éxodo como un acontecimiento en el que el pueblo no tuvo que recurrir a las armas, porque Dios libraría sus batallas.2 De ahí, como vimos, el llamamiento constante a reducir las tropas (cf. Jue 7; Dt 17:14-18). Los profetas, que criticaron la introducción de la monarquía y que culparon a los reyes de Israel de haber sido los principales responsables de la injusticia y de la idolatría que llevaron al pueblo a la ruina, fueron también capaces de vislumbrar una futura liberación que no tendría lugar «con arco, ni con espada, ni con guerra, ni con caballos y jinetes» (Os 1:7; cf. Zac 4:6). En los textos proféticos de Isaías se habla de un futuro “príncipe de paz” que liberará a su pueblo como en la batalla de Madián, es decir, como hizo Gedeón, reduciendo los ejércitos. Las botas de los guerreros y los mantos sangrientos de los soldados serán quemados, y su reinado paz no tendrá fin (Is 9:2-7 [1-6]). Es interesante observar que, en la reflexión de los Libros de las Crónicas sobre la historia de Israel, David no fue digno de edificar el Templo de Dios, por haber derramado mucha sangre (1 Cr 22:8). Desde este punto de vista, habría una tensión entre la esperanza en un “hijo de David” que liberara violentamente al pueblo de Dios y la idea común en el tiempo de Jesús de que el Mesías tendría que reorganizar el Templo de Jerusalén. También sabemos que en el propio tiempo de Jesús se emprendieron protestas pacíficas por parte de multitudes judías, que en algunos casos tuvieron un notable éxito, como en el caso de los estandartes paganos colocados por Pilato en Jerusalén.3

    Por supuesto, no todos los pacifismos obedecen al mismo tipo de motivaciones. Como dijimos, podría haber pacifismos puramente circunstanciales, basados en que no se dan las condiciones adecua das para una rebelión violenta. Puede haber pacifismos puramente pragmáticos, basados en la defensa de los propios intereses. Así, por ejemplo, Flavio Josefo nos dice que los sumos sacerdotes, en las situaciones de tensión entre las multitudes y los invasores romanos, solían actuar como mediadores para evitar el conflicto, el cual no les interesaba “por las muchas posesiones que tenían”.4 Existen otros pacifismos que tienen una motivación ética, como podría ser el respeto de la vida o el respeto al otro. Se pueden pensar también motivaciones jurídico-políticas, como la necesidad de salvaguardar la seguridad jurídica. En el caso de Jesús, hay motivaciones de orden teológico. Por una parte está la confianza en Dios: si Dios libra las batallas de su pueblo, la reducción del ejército al estilo de Gedeón puede llevarse al límite, prescindiendo de todo ejército. Dios cuidará providentemente de su pueblo (Lc 12:28; Mt 6:30). Por otra parte, Jesús apela al comportamiento no impositivo de Dios: los miembros del reinado de Dios son hijos e hijas del Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos. Del mismo modo, los hijos e hijas de Dios buscarán también ser perfectos y misericordiosos, como su Padre es perfecto y misericordioso (Lc 6:36; Mt 5:48).

    Es primeramente a los pequeños y oprimidos, y no a los poderosos, a los que Jesús convoca a ser “hacedores de la paz”.

    Como ya vimos, la imitación de la conducta de Dios por parte de los hijos de Dios enlaza directamente con la idea de Jesús de que el reinado de Dios ya está presente y actuando en la historia. La irrupción del reinado de Dios implica la irrupción en la historia del comportamiento mismo de Dios. El reinado de Dios está ya presente des de ahora, y no en el futuro, cuando los “buenos” y “justos” gobiernen sobre Israel. Esto marca una diferencia con otras concepciones mesiánicas. Todos los judíos del siglo primero sabían perfectamente que la era mesiánica sería una era de paz, tal como habían anunciado los profetas (Miq 4:1-3; Is 2:1-5). En los tiempos mesiánicos, el lobo habitará con el cordero, y el leopardo con el cabrito, la violencia des aparecerá, “porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar” (Is 11:6-9; Hab 2:14). Ahora bien, cabe pensar que para conseguir esa era de paz es necesario derrotar primero a todos los violentos, destruyéndolos por la fuerza de las armas.5 Se trata del mito de la “violencia redentora”, muy común en la cultura contemporánea: los “buenos” destruyen violentamente a los “malos”, que son los culpables de perturbar la paz, y después de esa destrucción violenta se restaura la paz.6 Lo que ese mito no dice es que los “buenos”, para vencer de esa forma, tienen que ser tan violentos como los “malos” o más. Por eso, quien quiere vencer de esta manera suele aspirar al poder político y militar de un Estado. La paz vendrá después de que los “buenos” hayan logrado finalmente el poder. La perspectiva de Jesús es distinta. El reinado de Dios no es solamente futuro, sino también presente, pues Dios ya reina sobre una red fraternal de personas, familias y casas. Las semillas del reinado ya están presentes. Y esto significa entonces que la era de ya ha comenzado. Y, por lo tanto, ha comenzado el comportamiento pacifico, propio del reinado de Dios.

    Jesús no solo piensa la paz “desde ahora”, sino también “desde abajo”. Si se confía en el verdadero Rey, no se necesita de otros reyes que nos proporcionen la paz y la seguridad. La paz comienza ya ahora, entre sus seguidores. Tampoco se trata de pactar con la “paz romana” para mantener en ella los propios privilegios, como hacían los sumos sacerdotes. Jesús piensa desde los pequeños, desde los humillados y ofendidos, a quienes, según él, pertenece el reinado de Dios. Nos lo dicen sus ejemplos. Una viuda pobre que presiona continua pero pacíficamente a un juez injusto para que defienda su causa (Lc 18:1-5). Una persona que, ahogada por sus deudas, tiene que entregar el manto a su acreedor. O alguien que recibe una bofetada en la mejilla derecha, sugiriendo un golpe con el revés de la mano, y por tanto aludiendo al trato despectivo de los poderosos a sus jornaleros o esclavos (Lc 6:29; Mt 5:39-40). Del mismo modo, la persona obligada a llevar la carga “una milla” alude, incluso con la misma terminología (el griego milion viene directamente del latín), a la costumbre de los ejércitos romanos de obligar a los campesinos locales intenso, ya desde a cargar con sus pertrechos esa distancia (Mt 5:41). Es primeramente a los pequeños y oprimidos, y no a los poderosos, a los que Jesús convoca a ser “hacedores de la paz” (Mt 5:9).

    Resistencia pacífica

    Esto nos muestra que el pacifismo de Jesús no es un irenismo ingenuo que ignora el carácter conflictivo de la sociedad o que no toma partido en ese conflicto. Se trata más bien, como estamos viendo, de una estrategia de resistencia por parte de sus seguidores. Y es que Jesús cuenta con que su proyecto se enfrentará a la represión violenta. Como vimos, en su anuncio del reinado de Dios, Jesús llama a los ricos a renunciar sus propiedades, y les considera prácticamente autoexcluidos del reinado de Dios (Mc 10:17-29 par). Jesús dirige duras palabras a los que tienen riquezas, a los que están saciados, a los disfrutan de la vida, de la admiración y de las adulaciones que de los demás (Lc 6:24-26). Su proyecto del reinado de Dios no era algo especialmente atractivo para los ricos y poderosos, que más bien se sentirían amenazados. Jesús no duda en llamar “zorro” al rey Herodes Antipas, ni en asegurarle que continuará con su actividad a pesar de las amenazas de muerte (Lc 13:31-33).7 Cuando Jesús ordena a sus seguidores que amen a sus enemigos (Lc 6:27; Mt 5:44), no está diciéndoles que no tengan enemigos, sino que, por el contrario, está dando por supuesto que sus seguidores experimentarán las persecuciones y la violencia. Para amar a los enemigos es necesario tener enemigos.

    Desde este punto de vista podemos entender la afirmación de Jesús según la cual el reinado de Dios sufre violencia desde los días de Juan el Bautista, y los violentos lo arrebatan (Mt 11:12; cf. Lc 16:16). No se trata, como se pensó antiguamente en algunos círculos, de una exigencia ascética para poder entrar en el reinado de Dios. Ciertamente, no faltan advertencias sobre la necesidad de cargar con la cruz para seguir a Jesús (Lc 14:27; Mt 10:38). Ahora bien, no es de eso de lo que habla este texto. Los términos griegos empleados se refieren claramente a la violencia ejercida contra el reinado de Dios.8 El reinado de Dios, como realización de una fraternidad real en el compartir intenso, ya desde ahora y desde abajo, es, sin duda, molesto para los poderosos. Muchos no lo aceptarán, e incluso las propias familias se pondrán en contra de los seguidores de Jesús (Lc 12:51-53; Mt 10:34-36). La comensalía abierta de Jesús, que rompe las divisiones tradicionales entre buenos y malos, entre justos y pecadores públicos, entre puros e impuros, cuestiona las estructuras sociales tradicionales e introduce inseguridad y desconcierto. En este sentido, no cabe duda de que el reinado de Dios conlleva una novedad desestabilizadora y se expone a la persecución violenta. Los seguidores de Jesús serán insultados, perseguidos, calumnia dos y apartados de la sociedad (Lc 6:22; Mt 5:11). Sin embargo, la respuesta de los discípulos no habrá de ser la violencia, sino asumir esas persecuciones, sin “pagar con la misma moneda”. En realidad, solamente una desestabilización que está dispuesta a cargar con la violencia del sistema cuestiona verdaderamente el sistema sin necesidad de crear un nuevo sistema violento que sustituya al antiguo.

    Cuando una persona golpeada por sus superiores pone la mejilla izquierda, o cuando un deudor llevado ante la justicia entrega al acreedor no solo la túnica que se le pide, sino todas sus ropas, o cuando un centurión romano se encuentra con que los campesinos quieren ir una milla más con él, ciertamente el oprimido está haciendo patente la injusticia del opresor (Mt 5:39-41; cf. Lc 6:29-30). Además, el opresor se ve en ciertos apuros. No es fácil golpear despectivamente con el reverso de la misma mano en la otra mejilla. La Torá obligaba a los acreedores a devolver la ropa antes de la puesta del sol (Ex 22:26). Por eso no sería agradable para un tribunal encontrarse con una persona desnuda, sobre todo teniendo en cuenta que la desnudez, para los judíos, podía avergonzar más al que la veía que al que la practicaba (Gn 9:21ss). Las legiones romanas tenían órdenes de no exigir más de una milla a los campesinos de los territorios ocupados. En todos estos casos, el opresor queda confundido por la reacción del oprimido, y se ve posibilitado para reconocerlo como una persona, a la que no puede seguir pegando, a la que tiene que pedir que se ponga la ropa en lugar de quitársela o a la que hay que pedir que, por favor, deje de transportar los pertrechos del ejército imperial.9 Del mismo modo, el enemigo es amado de una manera real. El amor al enemigo no es un sentimiento meramente interno que pudiera ser compatible con su destrucción física violenta. El amor al enemigo es un comportamiento concreto con el enemigo que no lo destruye, sino que lo confunde al tiempo que le da la oportunidad de comportarse de otra manera.

    El pacifismo de Jesús no es un fin en sí mismo, sino un ingrediente esencial de la reconstitución de Israel como pueblo bajo el reinado de Dios.

    De este modo, el pacifismo de Jesús no es un fin en sí mismo, sino un ingrediente esencial de un proyecto más amplio, que es la reconstitución de Israel como pueblo bajo el reinado de Dios. Un reinado en las casas, sin aspiración a la monarquía, y un reinado que ya irrumpe en el presente, es un reinado que se realiza pacíficamente. Ahora bien, el hecho de que el pacifismo no sea un fin en sí mismo no significa que su renuncia a la violencia sea algo puramente pragmático, que se justifica en función del fin que se pretende. No se trata de una utilidad pragmática, sino de una coherencia práctica. La renuncia a la violencia física es coherente con otros aspectos del reinado de Dios, como son la afirmación de que ese reinado ya ha llegado, o el carácter no estatal del pueblo de Dios. La renuncia al Estado es parte de la renuncia a la violencia, y la afirmación de que el reinado ya está presente implica vivir ya en la actualidad de la paz mesiánica, incluso cuando se sufre la violencia. De nuevo: los que ya son hijos de Dios imitan a Dios, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y por ello hacen la paz (Mt 5:9). En cambio, el recurso a la violencia significaría reconocer que el reinado de Dios no ha llegado, y que no es posible comportarse todavía como hijos del Padre celestial.

    En esta perspectiva, la no violencia no se justifica por ser más eficaz o exitosa, sino porque renunciar a ella sería renunciar al proyecto de Jesús en su conjunto. Esto no obsta para que sea posible reflexionar sobre el tipo de resultados que puede proporcionar esta estrategia. Si los oprimidos quieren triunfar mediante la violencia, tendrán que adquirir una capacidad de hacer violencia semejante a la de los opresores, con la consecuencia de que terminarán por ser muy parecidos a ellos. Es lo que sucede en el relato de Jesús sobre el espíritu inmundo que regresa después de ser expulsado: la situación final es semejante a la inicial o peor (Lc 11:24-28; Mt 12:43-45). De sirve poco que el rey mesiánico expulse al Imperio romano si al final el rey mesiánico constituye un imperio semejante al de Roma. Desde este punto de vista, el enemigo no es solamente alguien al que puedo amar y convertir. El enemigo es un don, porque, cuando lo amo, me veo imposibilitado para seguir sus propios métodos, para acabar siendo cada vez más parecido a él. El enemigo es un don, porque cuando lo amo descubro que en el fondo somos muy parecidos. Entonces, en lugar de pretender destruirlo, tendré que preocuparme más bien por tener una casa donde aquello que antiguamente nos dominaba no pueda nunca dominar.

    Todo esto nos permite concluir que, cuando Jesús habla de no resistir al malvado (Mt 5:39), no se refiere simplemente a una pasividad e indiferencia ante el mal. Hay una pretensión positiva de vencer al mal, tanto en los demás como en uno mismo. El término que el Evangelio emplea para llamar a no “resistir” (anthistemi) tiene el matiz de enfrentamiento, de confrontación, y sugiere una equivalencia entre los dos polos del conflicto. Esto es lo que se trata de evitar. La verdadera victoria no consiste en la imposición de un polo sobre el otro, sino en la transformación de ambos. Eso es precisamente lo que pretende el proyecto de Jesús sobre el reinado de Dios: un reino al revés, que invierte la lógica presente en todos los reinos de la tierra. Hay otros términos en el Nuevo Testamento, que se suelen traducir como perseverancia (hypomoné) y paciencia (makrothymia), con los que el cristianismo primitivo expresó el tipo de resistencia propugnado por Jesús. Una resistencia que está dispuesta a cargar con el mal y que tiene la grandeza de ánimo (eso significa literalmente makrothymia) necesaria para amar creativamente al enemigo. Algo que no se puede hacer con el espíritu de los reinos de este mundo, sino con el espíritu de Jesús.


    Lectura extraída de El Mesías de Dios: Ensayo de cristología (Sal Terrae, 2022)

    Notas

    1. Literalmente, el texto se puede traducir diciendo que Jesús “echó a todos del Templo, tanto las ovejas como los bueyes”. En griego, el todos (pántas) seguido de te... kai... sirve normalmente para especificar quiénes son “todos” y los traductores suelen seguir siempre este principio, menos en este caso; cf. J. H. YODER, The Politics of Jesus, 43n.
    2. Cf. Ex 14:14; Dt 3:22; 20:40; Jos 23:10.
    3. Cf. F. JOSEFO, Antigüedades de los judíos, 18:3; La guerra de los judíos, 2:9.
    4. Cf. F. JOSEFO, La guerra de los judíos, 16:2.
    5. En los Salmos de Salomón se dice que el rey mesiánico no confiará en ca ballos, jinetes ni arcos, ni atesorará oro y plata para la guerra. Pero parece que esto solamente es posible una vez que ha derrotado a todas las naciones paganas y las ha situado bajo su dominio (cf. 17:26-36).
    6. Cf. W. WINK, Engaging the Powers, Minneapolis 1992, 13-31.
    7. Zorro en castellano actual significa alguien astuto y taimado. Es posible que en el contexto de Jesús tuviera el sentido de alguien de poco peso e importancia, pero que aun así puede hacer mucho daño (Neh 4:3; Cant 2:15). Una posible alusión a Herodes Antipas como títere de Roma.
    8. Cf. J. L. ESPINEL, El pacifismo del Nuevo Testamento, Salamanca 1992, 25-84. También E. Käsemann, Ensayos exegéticos, 184-185.
    9. Seguimos la exposición de W. WINK en su libro The Powers That Be: Theology for a New Millenium, New York 1999, 98-111.
    Contribuido por

    Antonio González Fernández ha enseñado en distintas universidades de Europa, América Latina y Estados Unidos. Es director de Estudios y Publicaciones de la Fundación Xavier Zubiri, enseña en el Centro Teológico Koinonía y se congrega en una comunidad anabaptista.

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