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    Mi niño del tambor

    por Elrena Evans

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    Yo quisiera poner a tus pies, algún presente que te agrade Señor,

    mas tú ya sabes que soy pobre también, y no poseo más que un viejo tambor

    Ropopom pom.

    Ropopom pom.

    El año antes de que mi hijo recibiera su diagnóstico, me dijo que «El niño del tambor» era su canción navideña favorita. Tenía cinco años y estaba en el jardín de niños.

    —¿Por qué te gusta? —le pregunté, pues a mí nunca me había llamado la atención esa canción—. ¿Quién toca el tambor para un bebé recién nacido?

    —Porque tiene un tambor —dijo—.


    Era una Navidad difícil. Mi hijo estaba lleno de hiperactividad, parecía incapaz de controlarse a sí mismo de ninguna manera, y ni mi esposo ni yo sabíamos cómo ayudarlo. Los psicólogos nos habían dado montones de etiquetas y recomendaciones, pero nada de lo que intentábamos parecía hacer una diferencia.

    En noviembre le pidieron que dejara la escuela, la escuela cristiana a la que asistían sus dos hermanos mayores, y donde su hermana menor comenzaría el año siguiente. La misma escuela donde yo cursé la escuela preuniversitaria y me gradué, y de la que mi familia, que me adoptó cuando era adolescente, ha sido parte en una forma o en otra desde 1965.

    Le pidieron a mi hijo que se fuera de la escuela porque no se podía controlar a sí mismo, ni sus palabras, ni sus pies y puños. Grita en la clase, me decían. Hace garabatos en sus papeles. Golpea y se echa a correr.

    Así que tiene que irse, nos dijeron. «Empaca tus crayones y marcadores, tu bata de pintar, todos tus útiles escolares —que mi esposo pacientemente identificó con su nombre al comienzo del año—, y vete a casa. Limpia tu pupitre y vete. Ya no eres bienvenido en nuestra escuela.»

    A mí me destituyeron de mi cargo como madre asistente del jardín de niños.

    También nos dijeron que todavía teníamos que pagar la matrícula.


    «¿Voy a volver a la escuela hoy?»

    Mi hijo hace la pregunta todas las mañanas, y no sé cómo responder. Por supuesto, la respuesta es «no», y puedo decírselo hoy, pero no sé cómo ayudarle a entender que la respuesta seguirá siendo «no» mañana, y pasado mañana, y después de pasado mañana.

    «Pero alguien en mi clase cumple años esta semana —me dice—, vamos a comer pastelitos.»

    Ellos van a comer pastelitos —pienso dentro de mí— no . ¿Cómo le dices a tu hijo que no es bienvenido en su propia escuela?

    Diciembre avanza y mi hijo da vueltas por la casa, golpeteando su tambor: ropopom pom, ropopom pom. Si hubiera estado en Belén, la noche en que Jesús nació, de seguro hubiera traído su tambor para tocarle al bebé. Hubiera golpeteado su tambor con todo su corazón, un pequeño sincero pero inadaptado le traería el mejor regalo que pudiera para honrar al bebé rey.

    Para distraerlo de su constante pregunta —«¿Voy a volver a la escuela hoy?»— ponemos música de Navidad y sacamos todos los adornos de la época navideña. Pero las figuritas del nacimiento hechas a mano, las coronas, ángeles y árboles de Navidad estampados a mano, que mis dos hijos mayores hicieron cuando fueron al jardín de niños, casi me desarman. Mi hijo nunca tendrá esas cosas, nunca las colgará en el árbol, y nunca recordará con su hermano y hermana la Navidad cuando tenía cinco años. Cada pequeña estrella parece gritar todo lo que le quitaron.

    «¿Por qué esto me ha atormentado? —le pregunto a una amiga—. Lo sacaron del jardín de niños. ¿Acaso no es el fin del mundo?» No entiendo lo profundo de mi reacción. He experimentado muchos golpes duros en mi vida, he pasado por verdaderos traumas. Soy una luchadora, una sobreviviente, si me tumbas, me levanto como puedo. ¿Por qué esta cosa comparativamente pequeña está teniendo tanto impacto en mí?

    «Porque esto no te está pasando a ti —me dice—, le está pasando a tu hijo.»

    Compro los materiales para hacer mis propios adornos navideños con él en casa, pienso copiar los mismos que tenemos de la escuela, pero me doy cuenta de que no puedo hacerlo. El fieltro, las pinturas y la diamantina, las estrellas doradas, todo se queda en una bolsa dentro del closet, y eventualmente también guardo los adornos de mis hijos mayores.

    «¿Cuándo voy a volver a la escuela? ¿Cuándo empieza el programa navideño?» Mi hijo ha cambiado temporalmente su tambor por una rueda de cascabeles, que trajo a casa para ensayar para el programa navideño, antes de que lo mandaran a casa para que no volviera. El jardín de niños está aprendiendo «Jingle Bells» en español, y mi hijo canta entusiasmado, agitando sus cascabeles:

    ¡Cascabeles, cascabeles, tra la la la la

    Que alegría todo el día, que felicidad, Ay!

    Luego hace una pausa, y añade: Ropopom pom, ropopom pom.

    ¿Cuándo es el programa navideño?», pregunta de nuevo, y le ofrezco jugar su juego favorito, Connect Four, en vez de darle una respuesta. Durante los días y semanas previos a la Navidad, jugamos mucho Connect Four. Puede ganarme incluso cuando realmente trato de ganar.


    «Pero se suponía que debíamos decir juntos nuestro versículo», insiste mi hijo de ocho años, cuando le digo que su hermano no va a regresar al servicio de Navidad. No está dispuesto a aceptar lo definitivo de lo que ha pasado, que su hermano, su compañero, su mejor amigo, no va a estar en el servicio navideño para recitar la historia bíblica con los grupos de jardín de niños, primero y segundo grados de primaria. Mi hijo de ocho años, ahora en segundo de primaria, ha estado esperando este momento desde que estaba en el jardín de niños, cuando calculó que este sería el año en que recitaría su versículo con su hermano.

    «Mami, he estado esperando —me dice—. Llevo esperando tres años». ¡Y se sabe bien el versículo, lo aprendió todo!

    Es cierto. Entremezclado con ropopom pom, ropopom pom, mi hijo de cinco años puede recitar todo el pasaje.

    «¿No podrían dejarlo volver solo por un día? ¿Solo para el servicio? Me suplica, con lágrimas brillando sobre sus mejillas en las luces del árbol de Navidad. «Solo quiero que recitemos juntos nuestro versículo.»

    Y tengo que decirle que no. No creo que lo dejen hacer solo eso.

    A medida que esta realidad cala poco a poco en mis hijos, todas las cosas que mi hijo extrañará se presentan como una letanía de duelo. El servicio de Navidad. El drama navideño en el jardín de niños. La excursión al planetario. El evento de disfraces en el día del Dr. Seuss. Cantar en la comida del Día de la Madre. Ya que la escuela tiene tanta importancia en nuestra vida, sus tradiciones se han vuelto también nuestras.

    Lloramos. Y mi hijo sale corriendo por la habitación para golpetear su tambor: ropopom pom, ropopom pom.


    «Ni siquiera puede hacer una casita de pan de jengibre», le digo a una amiga. El hacer casitas de pan de jengibre es la parte más memorable del año en el jardín de niños, y me inscribí como voluntaria, tal como lo había hecho con mi hijo mayor y mi hija antes que él. «Teníamos una tradición», le digo, mientras borro el evento de mi calendario, luego borro todos los días especiales del jardín de niños en medio de un mar de lágrimas.

    «Creo que necesitas una nueva tradición», dice ella.

    Hay algo de sabiduría en esto. Le llamo a mi hermano y le pregunto si le gustaría traer a sus hijos para hacer casitas de pan de jengibre con nuestra familia, y el día es un jubileo de risas, niños y dulces. Observo a mi hijo, saltando arriba y abajo con emoción, mientras contempla las montañas de dulces esparcidos en la mesa, y luego ya tranquilo mientras coloca con cuidado las piezas de dulce en su casita.

    Cuando los niños terminan y hemos arreglado todas las casitas en una pequeña aldea, mi cuñada nos mira a mi hermano y a mí, y nos dice: «Creo que ustedes dos necesitan hacer una casita de jengibre, porque nunca tuvieron oportunidad de hacer algo así cuando eran niños».

    Me siento un poco tonta, pero me coloco en la silla para poner el glaseado en los muros de las casitas. Me detengo en una pieza de dulce o dos, luego caliento para el proyecto. Cuando terminamos, mi hermano y yo, añadimos nuestras casitas a la aldea, todas juntas llegan a diez, casi se ve como un salón de clases.

    Muy bien, les digo. Acabamos de iniciar una tradición.


    «¿Todavía vas a venir a verme cuando diga mi versículo?», pregunta mi hijo de ocho años. Claro que sí, le digo. Mi esposo tomará el día libre en su trabajo para quedarse en casa con nuestro hijo de cinco años, y yo voy a ir sola al servicio navideño. Voy a ir porque sé que esta va a ser una de las cosas más difíciles que mi hijo de ocho años ha tenido que hacer.

    Me paro hasta atrás del gimnasio lleno para que pueda verme, y miro sus ojos buscando ansiosamente hasta que me encuentra. Lo saludo y se ve aliviado. Recita su versículo, sin su hermano, y su voz atraviesa sobre los asistentes de la asamblea. Cuando termina su versículo, le hago una gran sonrisa y lo saludo de nuevo mientras los niños se vuelven a sentar.

    Lo logramos. Pero cuando los preescolares vuelven al escenario para la canción de Navidad, empiezo a desmoronarme. Me apoyo contra la pared al extremo del gimnasio, los sollozos sacuden mi cuerpo, llorando por el niñito que no está allí, que nunca más estará allí. 


    Un día antes de Navidad hago clic en el sitio web de la escuela, y ahí, en la página principal, está mi hijo, al que se le pidió que se fuera. Él me está apuntado a mí, su cabello rubio se le alborota por el viento; la imagen perfecta de un niño de escuela feliz. La brecha entre esa foto y nuestra realidad se ensancha como una falla tectónica.

    Luego lo veo en el boletín escolar. Después en la revista de alumnos. Fotografías distintas, todas resaltan su cabello rubio y su hermosa sonrisa. La administración de la escuela no quiere que mi hijo se siente en sus salones de clase, pero parece que no tienen ningún problema en usar su imagen para publicitar su escuela.

    Un día, en las instalaciones de la escuela, veo una nueva serie de cuadros con fotografías que cuelgan en la pared de los pasillos, cada una presenta un valor diferente de la escuela. Y ahí está mi hijo, al frente y en el centro, en la foto titulada: «Comunidad».

    El texto proclama: «Nuestros valores en acción. Amigos en el juego, amigos en el aprendizaje; nuestros estudiantes más jóvenes viven y aprenden los conceptos básicos de comunidad en cada día de escuela».

    Con excepción de aquellos que no se adaptan, pienso yo, mientras observo el rostro sonriente de mi hijo. Con excepción de aquellos que son diferentes. Excepto de aquellos a los que se les dice que se vayan. La escuela tiene miles de fotos en su base de datos, ¿no podrían haber escogido otra? Quizá una tomada después de que sacaron a mi hijo de su comunidad.

    Pienso en pedirle a la escuela que quite la foto de mi hijo, que lo elimine de su sitio web, de las revistas y los envíos postales, que lo quite de su publicidad de la misma manera que ellos se aseguraron de sacarlo de la escuela. Pero no lo hago. Porque realmente no quiero que lo borren, ni que quiten su foto, ni que discretamente bajen el marco de la pared y tapen el hoyo que queda. Lo que quiero es pintarrajear la foto, marcarla con un marcador fino, escribir en ella con tinta indeleble lo que pasó. No quiero que mi hijo se desvanezca en la nada. Quiero que sean testigos de este dolor, que sepan cuánto me ha costado.


    La Navidad se apaga con la entrada del año nuevo, del día de San Valentín, con la llegada de la primavera. Mi hijo mayor trae a casa golosinas de los días festivos en la escuela, volando por la puerta, y agarrando sus bolsas de papel marrón. «No comí nada —le anuncia a su hermano—. ¡Lo guardé todo para ti!»

    Cuando cumplía seis años, mi hijo me dice que quiere un pastel de rana. Comencé a buscar pasteles de rana en Internet. Cuando hago clic le pregunto: ¿Por qué ranas?

    A mi maestra del jardín de niños le encantan las ranas —me dice—. Le voy a dar mi pastel de cumpleaños a ella. Quizá si hacemos un pastel de rana, me va a volver a querer y permitirá que regrese.

    Lo dice muy convencido, pero sus ojos azul grises se ven serios.

    Apago la computadora y le digo a mi hijo: «Aquí hay una lección de vida. Cuando una mujer te diga que te vayas y no vuelvas más hasta que hayas cambiado para ella, nunca regreses. Corre como el viento y busca a alguien que te ame por lo que eres. ¿De acuerdo?».

    «Está bien, mami», me dice.

    No hagamos el pastel de rana.


    El servicio de pascua se aproxima en el horizonte, en el último servicio mis hijos habían tenido que recitar juntos sus versículos. Puedo sentir la ansiedad de mi hijo mayor, pero espero a que saque el tema. Un día aparece a mi lado mientras estoy doblando la ropa.

    «Mami, ¿mi hermano va a regresar? ¿Vamos a poder decir juntos nuestro versículo?»

    Me hundo en la mecedora, donde arrullaba a todos mis bebés cuando eran pequeños. Por mi cara sabe que la respuesta es no. Se desploma en mis piernas y se suelta a llorar. ¿Por qué mami? ¿Por qué?» Entre sollozos, repite una y otra vez: «Solo quiero que recitemos juntos nuestro versículo. Ya esperé tres años».

    Le llamo a su maestra de segundo grado y le digo que quizá no vamos a ir al servicio de pascua este año. Pero mi hijo decide ir. En el fondo, creo que también podría ser un luchador.

    Al terminar el versículo de pascua comienzo a aplaudir, más fuerte que todos los demás padres. De repente me transporto de vuelta al servicio de pascua del año pasado, cuando a la maestra de primer grado de mi hijo mayor, que siempre dirigía a los niños en su versículo, le pidieron dejar la escuela debido a diferencias pedagógicas. Un grupo dedicado de padres de la escuela había quedado devastado al ver que a esta maestra, una de las mejores y más brillantes del plantel, le dijeron que se fuera. Al terminar el versículo del servicio de pascua, los padres comenzaron a levantarse en todo el gimnasio, aplaudiendo y expresando su solidaridad con esta maestra a la que se le pidió que se fuera.

    Ese año, yo había estado de pie en la parte de atrás, meciendo al bebé para que se durmiera en el portabebés. Quería pararme para expresar mi apoyo, pero ya estaba de pie. En vez de eso aplaudí tan fuerte que una abuela ya mayor se volteó para mirarme y hacer un gesto para que me callara, señalando a mi bebé dormido como si yo no supiera que estaba allí. Aplaudí todavía más fuerte. Porque mi bebé podría volver a dormirse, pero a esta maravillosa maestra nunca se le permitiría regresar.

    El pasado y el presente se mezclan en mi mente, y todavía estoy aplaudiendo. Aplaudo por mi hijo que está parado al frente del gimnasio, aplaudo por mi hijo que no está. Aplaudo por la maestra a la que le pidieron que se fuera, y por todos los niños que no están aquí, por todos los que han sido expulsados, silenciados, separados de comunidades, donde niños que podrían tocar un tambor para el rey recién nacido no son bienvenidos.

    Aplaudo hasta que me duelan las manos, batiendo una contra otra como si mantuviera el ritmo de un tambor, un tambor que ahora yo también quiero tocar en solidaridad con todos los niños tamborileros de todas partes.


    Han pasado cuatro años desde que expulsaron a mi hijo del jardín de niños. Después de mucha oración y discusión, decidimos sacar también de esa escuela a nuestra hija mayor. Nuestros hijos menores nunca asistieron. Nuestro hijo mayor decidió quedarse y terminar la escuela primaria, porque a pesar de todo lo que pasó, esa escuela es donde se sentía más seguro.

    Mi hijo menor ha encontrado un hogar en nuestra escuela pública local, donde recibe los servicios de educación especial y el apoyo que necesita, y donde, mucho más importante, es realmente amado y cuidado. Estamos aprendiendo cómo ayudarlo a adaptarse a su mundo, y aprendiendo cuando el mundo, o por lo menos su escuela, necesita aprender cómo adaptarse a él. He llegado al punto donde siento que puedo tomar esta historia y sostenerla en mi mano, como un globo de nieve. Puedo agitar el globo y ver el remolino de dolor a su alrededor como copos de nieve, cegándome de nuevo, antes de que se asienten... pero siempre se asientan.

    Seguimos con la tradición de las casitas de pan de jengibre. Sacamos todos los adornos de Navidad. Mi hijo nunca recitará su versículo en la escuela, pero nos lee la historia de la Navidad todas las noches en adviento, su voz clara resuena sobre el mundo frío, brillando con resplandor como una estrella.

    «El niño del tambor» sigue siendo su canción navideña favorita.


    Traducción y adaptación de Raúl Serradell

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    Contribuido por Elrena Evans

    Elrena Evans es editora de Evangelicals for Social Action. Es autora de la antología de cuentos This Crowded Night y coautora de la antología de ensayos Mama, Phd: Women Write About Motherhood and Academic Life.

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