Una de mis actividades favoritas últimamente ha sido sentarme en el balcón de mi pequeño apartamento con mi hijo de un año en el regazo, haciendo nada más que mirar el mundo. A menudo él recién se ha levantado de una siesta y está de un humor bueno y apacible (no siempre está con ese humor). Lo llevo al balcón, lo siento en la falda y juntos simplemente observamos el mundo, notando lo que sucede mientras sucede.

El tiempo en este febrero, al sur de California, tiene algo de primavera temprana. Los árboles aún lucen hojas y el césped es verde; hay pájaros por todas partes y las abejas zumban arriba en los árboles. A veces sopla una brisa fría, aunque refrescante, y el sol es tibio, especialmente en la mañana, pues nuestro apartamento da al este. Así pues, estar al aire libre es sumamente agradable y hay mucho para que un pequeño niño observe.

Cuando mi hijo y yo nos sentamos al aire libre, no hacemos otra cosa más que estar sentados. Dejo mi teléfono adentro e intento no hacer nada más que prestar atención a lo que está ante mí: los pájaros que revolotean alrededor, las ramas de los árboles que se mecen en la brisa, la tibieza del cuerpo de mi hijo en la falda.

Mientras tanto, ante todo, él está más consciente de lo que sucede. Está menos interesado en señalar lo que ve que en simplemente estar sentado y observar. Intento darme cuenta de lo que está viendo. Lo pillo justo cuando gira apenas la cabeza mientras una ardilla trepa rápidamente un árbol, o cuando presta atención al sonido de un auto que acelera en la otra manzana. Juntos, él y yo estamos compartiendo un momento de lo que el difunto maestro zen Thich Nhat Hanh ha descrito como mindfulness, es decir, un estado de atención plena.

No es solo durante sus momentos más tranquilos que veo la capacidad de mi hijo para prestar atención. Cuando está de ánimo juguetón, la misma capacidad surge en su asombro y en su euforia ante todo lo que ve.

Los niños conocen a Dios mejor que los adultos. 

Desde que mi hijo nació, he estado poniendo empeño en practicar mindfulness, en un esfuerzo por comprometerme más deliberadamente con mi vida de oración. En este esfuerzo, no puedo evitar que el ejemplo de mi pequeño hijo me inspire. Los niños muy pequeños acceden más naturalmente al mindfulness que los adultos, quienes están acosados por recuerdos, ansiedades acerca del futuro y pensamiento abstracto. Los niños no llevan ninguna de estas cargas, al menos hasta cierta edad (aproximadamente, al llegar a la secundaria, me atrevo a decir a partir de mi experiencia como maestro). Son, por lo tanto, más capaces de darse cuenta de un modo sencillo de lo que les sucede y de lo que sucede en su entorno en el momento presente. Y ese momento está lleno de asombro para ellos.

Jesús nos enseñó a volvernos como los niños para entrar al reino de Dios, y yo espero que signifique algo como esto: tratar de cultivar la capacidad de atención, que los niños naturalmente poseen, y prestar atención a la maravilla de estar vivo en el momento presente, pues el reino de Dios está contigo ahora.

Por supuesto, en mi condición de maestro, a menudo me he quejado de la falta de capacidad de atención de mis alumnos. Aun así, creo que me expreso incorrectamente cuando formulo una queja como esa. En cierto modo, por supuesto, los niños muy pequeños no pueden sostener la atención necesaria para escuchar una conversación o un monólogo de la extensión que sea. Cualquier maestro que intente enseñar a los preescolares dándoles un sermón está perdiendo su tiempo.

Sin embargo, esto no se debe a una desatención. Los niños a esa edad son ciertamente capaces de grandes hazañas de atención, pero es una atención que está concentrada en lo que está sucediendo en el momento. ¡No son fácilmente distraídos por un intento ajeno de exponer acerca de alguna interpretación!

Fotografía de Melissa Askew Dominio público

A medida que crecen, y de forma natural, los niños acumulan recuerdos, comienzan a pensar sobre el futuro y desarrollan una mayor capacidad de pensamiento racional. Desarrollan emociones más complejas, más conocimiento de sí mismos, un ego más frágil. Todo esto es bueno, pero cada cosa trae sus riesgos.

Sin memoria, por ejemplo, no aprenderíamos de los errores del pasado ni acumularíamos la experiencia necesaria para el pensamiento abstracto y la toma de decisiones prudentes. Al mismo tiempo, la memoria trae consigo el peligro de quedarse en el pasado, en lugar de prestar una completa atención a lo que (o a quien) está ante nosotros. La capacidad de planificar el futuro, algo igualmente importante y necesario para el desarrollo humano, también trae consigo ansiedad ante lo desconocido. El pensamiento racional separa a los seres humanos de los animales; es la base para la exploración científica, la innovación tecnológica y la especulación filosófica. Y, sin embargo, trae aparejado el riesgo de la abstracción, de vivir en un mundo lógico construido por nosotros, que nos distrae de la realidad concreta del momento presente.

Los niños más pequeños aún no han sido amenazados por los peligros de estas facultades, estas potenciales fuentes de distracción. El arte del mindfulness trata realmente de conservar nuestra predisposición infantil original mientras desarrollamos nuestras otras facultades. Estas habilidades más desarrolladas servirán mejor su propósito si podemos mantener hacia el mundo una actitud de niños.

En un ensayo titulado “La inteligencia del amor”, María Montessori escribió con perspicacia que el amor surge naturalmente en los niños. Los adultos no necesitamos enseñar a una criatura cómo amar. Todo lo que ya hace, lo hace desde el amor. ¡Incluso las cosas que un niño hace y que los adultos consideran una molestia están motivadas por el amor! Montessori escribe: “Es un terrible fastidio cuando un niño entra al dormitorio por la mañana para despertar a su padre y a su madre. Pero ¿qué hace que un niño vaya en busca de sus padres apenas se despierta, si no es amor?” En efecto, nosotros, en tanto adultos, quizá tengamos más para aprender de nuestros niños que ellos de nosotros.

A menudo me pregunto si, por este motivo, es posible decir que los niños conocen a Dios mejor que los adultos. No a través de la comprensión, sino simplemente como la bondad que fluye a través de su ser entero. Esta es una forma más primaria, y de algún modo más perfecta, de conocer a Dios. Su experiencia de vida es algo más parecido a la misma esencia de la oración contemplativa. Ellos son los santos entre nosotros. 


 Traducción de Claudia Amengual