La verdadera educación no puede ser forzada, un niño tiene que desear aprender. Este anhelo a menudo está encerrado profundamente en su interior, y la tarea del maestro es descubrirlo y fomentarlo.

Pero la enseñanza probablemente nunca antes ha sido tan difícil como ahora. Cada día, muchos niños pasan más horas con quienes los cuidan que con sus propios padres. Con frecuencia los niños provienen de hogares divididos y llegan a salones de clases que no tienen mucho personal ni muchos recursos. Estos niños entran al salón con actitudes rebeldes y defensivas, bloqueando a los maestros por el temor de ser traicionados por otra figura más de autoridad.

Sin embargo, la función del maestro ahora es más importante que nunca, y la parte más crucial de su

trabajo no es académica. Tenemos que dejar que los niños sean niños por el mayor tiempo posible. Necesitan tiempo para inhalar y exhalar. Necesitan jugar. Los niños no son computadoras o robots que pueden ser programados de acuerdo con nuestros deseos; tienen un corazón y un alma, no solo un cerebro.

Friedrich Froebel, quien creó el concepto del kindergarten o jardín de niños, fue un educador alemán del siglo XIX, cuyo don más notable fue su habilidad para ver la vida a través de los ojos de un niño. Por eso, casi 200 años después, su filosofía educativa tiene sentido para cualquiera que ame a los niños. Cuando él acuñó el término kindergarten, literalmente quiso decir «un jardín de niños», donde cada niño es cultivado e instruido con el mismo amor y cuidado que se le da a una planta. Él sabía que los humanos son seres esencialmente creativos y compasivos, y que la educación debe involucrar el desarrollo de esos rasgos de la personalidad.

Froebel hablaba frecuentemente sobre la importancia del juego de los niños: «Un niño que juega meticulosamente y con perseverancia, hasta el límite del cansancio físico, será un adulto con determinación, capaz del autosacrificio por su propio bienestar y el de los demás».

He escuchado esta cita toda mi vida, pues mi madre, Annemarie, era tataranieta-sobrina de Froebel. Mis padres a menudo hablaban sobre su percepción de la niñez. De hecho, la escuela de Froebel en la pequeña aldea alemana de Keilhau fue dirigida por la familia de mi madre por muchos años, hasta que los nazis la expropiaron para uso militar.

Mi madre mantuvo viva la visión de Keilhau durante los años de guerra, mientras su familia emigraba de Alemania a Inglaterra, luego a Paraguay y finalmente a Estados Unidos. Debido a su compromiso hacia esa herencia educativa, mis propios hijos y nietos y muchos otros más se han beneficiado del enfoque de Froebel. Y hemos visto que sí funciona.

En Froebel’s Educational Laws for All Teachers, el educador James Hughes condensa mucho de la sabiduría de Keilhau en pensamientos que son fáciles de entender hoy:

Froebel se opuso a todo sistema que magnificara el conocimiento a expensas del niño, y su vida entera fue una protesta contra los procesos de «estampar y moldear» de los maestros que fallaban en reconocer lo sagrado de la individualidad del niño. Lo que él valoraba no era el poder, sino el poder creativo. Él apuntaba a que sus pupilos hicieran mucho más que simples «máquinas» y, como él mismo lo expresó tan bien, hacer de ellos «personas libres, independientes y pensantes».

En Finlandia y otros países europeos, los niños sólo comienzan la instrucción académica a la edad de siete años. Estos estudiantes tienen el menor número de horas en el salón de clases en el mundo desarrollado, pero sus notas se han mantenido constantemente en la mayor clasificación de la educación mundial al final de sus años de escuelas públicas. En estos países simplemente se entiende que hasta los siete años de edad los niños aprenden mejor cuando están jugando; para el tiempo que ellos finalmente entran a la escuela, están deseosos de aprender en un ambiente más formal.

Existe también un mayor respeto público por los maestros que en Estados Unidos, además de ser mayor

la remuneración. Hay una profunda verdad en el pensamiento de Platón: «Lo que se honra en un país también se cultiva». ¿Qué es lo que realmente se honra en nuestro país? ¿Es la formación de corazones y mentes de los niños? ¿O es su preparación en una carrera?

Froebel, en su obra The Education of Man, escribe:

Protege a la nueva generación; no permitas que crezcan en la inconciencia y el vacío emocional, ajenos al buen trabajo duro, la introspección y análisis sin hechos, o acciones mecánicas sin reflexión y consideración. Guíalos para que se aparten de la nociva carrera tras las cosas externas y la dañina pasión por la distracción… Yo educaría a seres humanos en cuyos corazones están unidos la tierra y el cielo, que tienen sus pies firmes enraizados en la tierra de Dios, y que con sus cabezas alcanzan incluso hasta el cielo para contemplar la verdad.

Cada niño es diferente. Cada uno tiene un conjunto exclusivo de habilidades, creadas para un propósito especial. ¿Entonces, por qué imponer a la fuerza un estándar educativo común para todos? Sabemos que los niños aprenden mejor a través del juego, pero el juego también produce alegría, satisfacción y espreocupación por los problemas cotidianos. En nuestra cultura frenéticamente sobrecargada, todos los niños deben tener derecho a jugar.


Este artículo está extraído del capítulo ‘El juego es el trabajo de los niños,’ del libro Su nombre es hoy. Leer más…

Imagen: Joe Mabel, Wikimedia Commons