Plough Logo

Shopping Cart

  Ver carrito

Subtotal:

Caja
A couple walking on the beach in the evening

El hombre, la mujer y el misterio de Cristo

por Russell D. Moore

0 Comentarios
0 Comentarios
0 Comentarios
    Enviar

En 2014, Roma fue testigo de una extraordinaria reunión de cuatrocientos intelectuales y líderes religiosos de todo el mundo, convocados en un coloquio internacional para hablar sobre la complementariedad del hombre y la mujer en el matrimonio. El nuevo libro de RIALP La vida bella incluye dieciséis de estos discursos.

El poeta Wendell Berry respondió a la utopía tecnológica del cientificismo naturalista con una observación que me pa­rece que encuadra toda la discusión de lo que significa afirmar la complementariedad entre hombre y mujer en el matrimo­nio. Su comentario fue que ninguna civilización debe decidir si verá a las personas como máquinas o como a personas. Si somos criaturas, argumentaba, tenemos significado, sentido y dignidad, pero junto con todo eso poseemos límites. Si nos consideramos máquinas, veremos el mito de Fausto de nuestro propio poder ilimitado y de nuestra habilidad para reinventar incluso lo que significa ser humano.

Creo que la cuestión que se encuentra en el núcleo de las controversias con las que se enfrenta toda cultura sobre el sen­tido del matrimonio y la sexualidad es la siguiente: ¿Hemos sido creados -como dicen las Escrituras Hebreas y Jesús de Na­zaret- como «varón y mujer» desde el principio, o estas catego­rías son arbitrarias y obstinadas? ¿Nuestros cuerpos, nuestros sexos, y nuestra conectividad generacional tienen algo que ver con la persona que estamos destinados a ser, y por lo tanto limitan nuestra habilidad para recrearnos y nos imponen res­ponsabilidades respecto a los que vienen detrás de nosotros?

Todos los que estamos aquí somos muy diferentes. Ve­nimos de distintos países, algunos con tensiones entre ellos. Pertenecemos a diferentes religiones, a veces con grandes di­vergencias en lo que creemos sobre Dios y el sentido de la vida. Pero todos los que nos encontramos en esta habitación tenemos al menos una cosa en común: no aparecimos en la existencia a partir de la nada, sino que cada uno puede rastrear sus orígenes hasta llegar a un hombre y una mujer, una madre y un padre. Reconocemos que el matrimonio y la familia son asuntos de importancia pública, no solo de nuestras diversas comunidades eclesiales o diferentes teolo­gías. Como el matrimonio forma parte del orden creado y es el medio del desarrollo humano, no solo es el escenario de los deseos y los apetitos individuales. Admitimos que el matrimonio y la diferencia sexual sobre la que se constru­ye, se basan en un orden natural que conlleva derechos y responsabilidades que no han sido diseñados por un estado humano, y por lo tanto no pueden ser redefinidas por nin­guna autoridad humana. No es casualidad que las cuestiones sobre el matrimonio y la familia susciten semejante debate, ya que nuestras conciencias, y nuestro ser, atestiguan que estos asuntos son de la máxima importancia respecto al modo en que deberíamos vivir.

El sentido del cosmos

Como cristiano evangélico, vengo a este debate con las pre­ocupaciones sobre el bien común y el progreso humano, pero más allá de estos bienes meramente naturales tengo una inquie­tud todavía más profunda por lo que creo que es el sentido de todo el cosmos: el evangelio de Jesucristo. Todos nosotros debemos unirnos para conservar la verdad sobre el matrimonio como unión complementaria entre hombre y mujer. Pero aña­diría que, con eso, hay una urgencia cristiana muy peculiar por la que las iglesias deben dar testimonio de estas cosas.

El apóstol Pablo escribió a la Iglesia de Éfeso que el alfa y la omega del universo es personal, que el patrón y el obje­tivo del universo se resume en lo que él llamó «el misterio de Cristo» (Ef 1, 10). Un aspecto clave de este misterio revelado es que la estructura de la familia no es una expresión arbitraria de la naturaleza o de la voluntad de Dios. El matrimonio y la familia son arquetipos, iconos del propósito de Dios respecto al universo. Cuando el apóstol se refiere al relato del segundo capítulo del Génesis sobre el orden de la creación, donde se explica por qué el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer y ser una carne (Ef 5, 31), escribió sobre una cuestión que todo ser humano puede ver, incluso sin la revela­ción divina. Después de todo, las culturas humanas han muer­to por diferentes razones, pero ninguna porque la gente haya olvidado tener relaciones sexuales. El impulso hacia la unión marital es poderoso, tanto que se puede sentir de modo salvaje, como el fuego. En la teología cristiana de Pablo se cumple esta verdad universal porque la unión de una carne apunta más allá de sí misma a la unión de Cristo y de su Iglesia.

En nuestra perspectiva, el misterio del evangelio nos expli­ca por qué «no era bueno» para el hombre estar solo, y por qué Adán no fue diseñado para subdividirse como una ameba.

Necesitaba a alguien como él, ninguna de las bestias del campo era «adecuada». Pero al mismo tiempo tenía que ser alguien diferente a él. El uno en el otro, el hombre y la mujer forman una unión orgánica, como una cabeza con un cuerpo. Entonces, Dios crea a la humanidad a su imagen como hom­bre y mujer, con identidades masculinas y femeninas que se corresponden y completan la una a la otra. No hemos sido creados como «Cónyuge A» y «Cónyuge B», sino como hom­bre y mujer, como madre y padre. La masculinidad y la femini­dad no son aspectos del orden caído que deban ser superados, sino parte de lo que Dios declaró desde el principio que era «muy bueno» (Gn 1, 31).

Un hombre es creado para centrarse en los otros, para darse a su familia. El gobierno en el diseño de Dios no es como el de un faraón tiránico, sino como el del sacrificio de Cristo. Jesús dijo a su iglesia, en sus doce pilares originales de fundación, que no les llamaría siervos sino amigos (Jn 15, 15). La rela­ción entre el esposo y la esposa no es la de un negocio o la de un cuadro de organización corporativa, sino la de una unidad orgánica. Cuanto más se santifican juntos un hombre y una mujer en la Palabra, más se moverán y actuarán juntos —como un sistema nervioso o un cuerpo—, suavemente, sin esfuerzo, de modo holístico. Son una carne, cooperación a través de la complementariedad. Y en su vida juntos, como en la de Cristo y su Iglesia, su amor es dador de vida; incluso, cuando Dios quiere, de él emana una nueva generación.

Un patriarcado diferente

Los debates actuales sobre si el matrimonio es un bien, si los niños necesitan madre y padre, y sobre si la expresión sexual debería ir unida a la realidad de la alianza entre hombre y mujer, vienen de una lectura distinta del universo, que asu­me una comprensión completamente diferente de la ecología humana. La cultura occidental ahora celebra la sexualidad in­formal, la cohabitación, el divorcio sin culpa, la redefinición de la familia y el derecho al aborto como parte de la revolución sexual que rasgó viejos sistemas patriarcales.

Pero la revolución sexual no es en absoluto una liberación, sino simplemente la imposición de un tipo de patriarcado dife­rente; que da poder a los hombres para que persigan la fantasía darwinista del depredador alfa-masculino, enraizado en los va­lores de poder, prestigio y placer personal. ¿De verdad alguien cree que esto beneficiará a las mujeres o a los niños? Vemos a nuestro alrededor el naufragio de la sexualidad como autoex­presión, y todavía veremos más. Y los riesgos no son solamente sociales o culturales sino profundamente espirituales.

Cada cultura ha reconocido que la sexualidad es algo más que el mero ardor de las terminaciones nerviosas, que hay algo miste­rioso en ella, en la unión de dos seres. En la perspectiva cristiana evangélica, no existe en absoluto un encuentro sexual informal cuando hablamos en términos espirituales. El apóstol Pablo nos advirtió que los pecados de la persona sexualmente inmoral no están solo en contra de otro sino «en contra de su propio cuerpo» (1 Co 6, 18). Comparó la unión espiritual entre Cristo y el cre­yente con la unión del acto sexual. Incluso el que se «une a una prostituta se hace un cuerpo con ella» escribió, citando el Génesis.

El acto sexual, misteriosamente, forma una unión real y personal. La inmoralidad no es simplemente una «travesura», sino un sermón que predica un evangelio diferente. Por eso atenta contra la sexualidad «libre» del matrimonio, ya que la unión de un hombre y una mujer no llevan, en último térmi­no, al tipo de liberación que prometen. Y ahí está nuestro reto y nuestra oportunidad para el futuro.

La buscó «donde estaba»

En el evangelio de Juan, Jesús encuentra a una mujer sama­ritana al lado del pozo de Jacob. Al relato de su conversación sigue inmediatamente aquel de otro diálogo con un líder religio­so llamado Nicodemo. El contraste no puede ser más pronun­ciado. Nicodemo era hijo de Israel, mientras que la mujer era de la despreciada Samaria. Nicodemo era un modelo moral (de lo contrario no habría llegado al departamento de enseñanza); la mujer era una ruina moral de indiscreciones. Nicodemo llegó de noche; ella al mediodía. Jesús puso a los dos frente al Evangelio, un evangelio lleno, como dijo Juan, de «verdad y gracia» (1, 17).

La mujer quería hablar de muchas cosas, desde los argumen­tos bíblicos sobre Jacob hasta los argumentos teológicos sobre la adoración del templo, pero Jesús le dijo, de modo significativo: «Ve a buscar a tu marido y vuelve» (4, 16). Las dos partes de esa frase eran necesarias. Quizá algunos piensen que Jesús no debe­ría haber abordado la cuestión sobre su estado matrimonial o su inmoralidad sexual. Según ellos, tendría que haberla buscado «donde estaba». Pero Jesús se dio cuenta de que era precisamen­te aquí «donde se encontraba». Sin referirse al pecado, no podía extender la invitación a la misericordia. El evangelio, nos dijo, no es para los justos sino para los pecadores.

Verdad y gracia

Muchos dicen que nuestros contemporáneos no nos escu­charán si contradecimos los supuestos de la revolución sexual. Debemos conciliar, o al menos evitar mencionar exactamente lo que creemos sobre la definición del matrimonio, sobre los lími­tes de la sexualidad humana, sobre la naturaleza buena y creada del género; y hablar en términos espirituales más genéricos.

Ya hemos escuchado esto antes, y de hecho se repite en cada generación. A nuestros antepasados les dijeron que la gente moderna no aceptaría las afirmaciones milagrosas de las antiguas creencias de la iglesia, y que para salirles al encuen­tro «donde estaban», debían subrayar el contenido ético de las Escrituras, «la regla de oro», y quitar énfasis a escándalos como los partos virginales, las tumbas vacías, y las segundas venidas. Las iglesias que siguieron ese camino están ahora más muertas que Enrique viii. Resulta que la gente que no quiere el cristianismo tampoco quiere el sucedáneo del cristianismo. Es más, las iglesias que alteraron su mensaje adoptaron lo que el teólogo presbiteriano J. Gresham Machen identificó correc­tamente como una religión diferente. Lo que está en juego es ahora igual de grave. Tirar por la borda o minimizar la ética sexual cristiana es abandonar el mensaje que Jesús nos dio, y no tenemos autoridad para hacerlo. Esto equivaldría a abandonar el amor al prójimo. No podemos ofrecer al mundo el medio evangelio de un universalismo que tiene como objetivo un ata­que quirúrgico que exime del juicio de Dios esos pecados que tememos que estén demasiado de moda para referirnos a ellos.

La unión entre la verdad y la gracia es la misma tensión bíblica de la que han surgido mil herejías. El evangelio nos dice que Dios es a la vez «justo y justificador del que tiene fe en Jesús» (Rm 3, 26). La Escritura nos advierte que, abandona­dos a nosotros mismos, todos seremos arrancados de la vida de Dios, que ninguno merece la gloria de Dios. También nos dice que nuestra sola esperanza es unirnos a otro, ser escondidos en la justicia de Jesucristo, crucificado para salvar a los pecadores y elevado por el poder de Dios, que recibió a través de la fe. Siempre hay «evangelios aguados» que buscan evitar ya sea la justicia o la misericordia de Dios.

Por una parte está el antinomismo etéreo de los que buscan la buena noticia dejando a un lado la ley y la justicia de Dios. Pero ese evangelio, cercenado por la justicia de Dios, no es evangelio en absoluto. De hecho, esta visión sugiere que nos podemos acercar a Dios sin arrepentimiento, que nos podemos aproximar a Jesús como un vehículo para llegar al cielo, pero no como Señor, que podemos continuar en el pecado y la gracia abundará (Rm 6, 1). La respuesta bíblica no puede ser más fuerte: «¡Dios lo prohíbe!».

Por otra parte, también existe la igualmente peligrosa tenta­ción que enfatiza la justicia de Dios sin la invitación a la mise­ricordia. El evangelio cristiano nos dice que se ofrece la vida a cualquier pecador arrepentido, y junto a esa existencia, un hogar al que pertenecemos, con hermanos y hermanas, y un lugar a la mesa de un alegre banquete de bodas. Por eso Jesús dijo las dos cosas a la mujer: «Ve a buscar a tu marido» y «vuelve». Y lo mismo debemos hacer nosotros.

Agua para Samaria

Jesús fue a Samaria intencionadamente. Sus discípulos San­tiago y Juan querían, aparece en otro lugar del evangelio, arra­sar esos pueblos con fuego del cielo. Pero Jesús habló de agua, de agua viva que podía saciar la sed para siempre. La sed es un tipo de desesperación; el salmista utiliza el lenguaje del agua en el desierto para expresar el deseo de Dios. Vivimos en una cultura obsesionada con el sexo, y este abstraído de la alianza, de la fidelidad, de las normas morales trascendentales. Pero más allá de esta obsesión parece haber un grito de algo más.

Con la búsqueda de la excitación sexual, el hombre y la mu­jer realmente no están buscando sensaciones bioquímicas o res­puestas a las terminaciones nerviosas. Buscan desesperadamente no solo el sexo, sino a lo que apunta esta relación: algo que saben que existe pero simplemente no son capaces de identificar. Están sedientos. Como dijo el novelista Frederick Buechner: «La lujuria es el ansia de sal de quien se está muriendo de sed».

La revolución sexual no puede cumplir sus promesas. La gen­te busca un misterio cósmico, un amor más fuerte que la muerte. No saben expresarlo, y quizá les horrorizaría saberlo, pero están buscando a Dios. La revolución sexual lleva al aburrimiento del sexo desprovisto de misterio, de la relación desprovista de alian­za. La cuestión para nosotros, mientras pasamos a través de la Samaria de la revolución sexual, es si tenemos agua para Samaria, o si solo tenemos fuego. En el despertar de la decepción que con­lleva el libertinaje sexual, debe haber un nuevo discurso sobre co­sas más permanentes: la alegría del matrimonio entre un hombre y una mujer como realidad permanente, conyugal, de una carne. Debemos dejar iluminado el camino de las viejas sendas.

La gracia común y el misterio del evangelio

Esto significa que debemos expresar y encarnar una vi­sión del matrimonio. No podemos capitular en estos asuntos. Prescindir del matrimonio es suprimir un misterio que apun­ta al mismo evangelio. Pero también debemos crear culturas donde la humanidad no se defina por estereotipos, sino por un liderazgo sacrificado y dirigido al otro en nombre de la propia familia y la comunidad. Tenemos que crear culturas en las que las mujeres no se valoren por su disponibilidad sexual y atractivo para los hombres, sino por el tipo de fide­lidad y valentía que describió el apóstol Pedro en una «hija de Sara» (1 P 3, 6). Debemos trabajar para el bien común, en contraste con los carnavales de libertinaje sexual que hay a nuestro alrededor; hablar del significado de los hombres y las mujeres, las madres y los padres, el sexo y la vida. Tenemos que levantarnos contra la voluntad de poder que reduce a los niños a productos que deben ser manufacturados y molestias que se deben destruir.

Y, mientras lo hacemos, tenemos que hablar públicamente de lo que está en juego. Nuestros vecinos sin religión o de religiones diferentes no reconocen la llamada del misterio del evangelio. El matrimonio es una gracia común, y debemos ha­blar en sus propios términos de por qué hace daño abandonar el matrimonio normativo y la familia.

Pero como cristiano, también estoy obligado a hablar de la convicción de la Iglesia sobre el matrimonio. Lo que se pertur­ba cuando dejamos atrás el designio creador sobre la institu­ción matrimonial y la familia no es solo el progreso humano, sino también la imagen del profundo misterio que define la existencia del pueblo de Dios: el evangelio de Jesucristo. Con este convencimiento nos posicionamos, y no hablamos con los puños cerrados o con un apretón de manos, sino con él cora­zón abierto de quien tiene un mensaje y una misión.

Y mientras lo hacemos, recordaremos al mundo que no so­mos trozos de carne sino, más bien, criaturas que dependen de la naturaleza y de la naturaleza de Dios. Debemos hacerlo así, con la confianza de los que saben que, al otro lado de nuestras guerras culturales, hay una contrarrevolución sexual esperando nacer otra vez.

A couple walking on the beach in the evening
Contribuido por Russell Moore Russell D. Moore

El Rvdo. Dr. Russell D. Moore es presidente de la Comisión Bap¬tista del sur de libertad religiosa y ética, la entidad baptista oficial que se encarga en esa región de los asuntos sociales, morales, y éticos. Habla con frecuencia sobre teología, cultura y política pública, y a menudo lo citan o publica en los medios principales de la nación. Bloguea con regularidad en Moore To the Point y es autor o editor de cinco libros y columnista de la Prensa Baptista. Moore es ministro ordenado, que ha servido como pastor y presidente en varias iglesias baptistas del sur y ha sido cuatro veces miembro del Comité de Resoluciones SBC.

0 Comentarios