La doctora Alice von Hildebrand fue filósofa y teóloga católica. Fue esposa del filósofo alemán y activista antinazi Dietrich von Hildebrand. Enseñó filosofía en Hunter College durante treinta y siete años, hasta su jubilación en 1984, y es autora de varios libros. Nació en Bélgica y llegó a los Estados Unidos en 1940, donde murió en enero de 2022. Este artículo es un extracto traducido de una entrevista realizada en 2011.

Todos tenemos lados ciegos. Recuerdo a mi marido hablando del día que Cristo visitó Jericó. En la entrada había un hombre ciego gritando y llorando, "¡Ayuda! ¡Ayúdame!", Cristo fue hacia él y le preguntó "¿Qué quieres?" y él respondió "Que yo pueda ver". Estar físicamente ciego es una cosa terrible y por eso, este hombre pidió poder ver físicamente. Él sabía que era ciego. Nosotros estamos moralmente ciegos y el problema es que no lo sabemos.

La gente vive tan confundida y es que la ceguera moral es un cáncer de nuestra sociedad. Casi nunca voy a la ciudad de Nueva York, sin embargo, fui hace un par de semanas y cuando uno ve la moda de hoy, uno no puede evitar pensar "estar ciego tiene sus ventajas" y también estar sordo. Como bien sabemos, no tener hijos es muy triste, porque los niños son una de las mayores bendiciones de la vida. No obstante, si actualmente tuviera yo un hijo, creo que viviría en constante temor de que pudiera ver tanta pornografía. Cuando yo era niña, ni siquiera sabía que eso existía y, desde luego, no recuerdo haberla visto. Pero ahora está en todas partes, se encuentra tan solo al visitar un centro comercial. ¿Cómo podemos proteger a un niño inocente, hoy en día?

Jesús nos dice: "¡Ay de los que engañan a estos niños pequeños! Sería mejor para ellos tener una piedra de molino colgada alrededor de su cuello" (Mt. 18:6). Esto es lo que está sucediendo: los niños ven la televisión y tienen acceso al Internet, y ¿a qué están expuestos? A la ¡Pornografía!

No hay quién pueda reparar un problema que existe, si la persona involucrada no quiere verlo. En la ciudad de Nueva York yo lo viví durante miles de horas enseñando filosofía como maestra universitaria. Si yo hubiera enseñado francés, mi lengua materna, no habría sido difícil, porque si alguien hubiera levantado la mano en desacuerdo conmigo, habría hecho el ridículo, porque yo sé francés y ellos no. Pero hablar sobre la verdad, el comportamiento, la justicia o la pureza es difícil, porque la gente se lanza a decir: "Esa es su opinión, yo no estoy de acuerdo".

Irradiemos la paz de Dios hasta que las personas finalmente nos pregunten, "¿Cuál es tu secreto?".

La universidad donde yo enseñaba era básicamente una institución atea, yo tenía que tener mucho cuidado con lo que decía, porque si decía algo que apenas oliera a cristiano, se me podría culpar de enseñar religión y no filosofía. Una vez di a entender como hecho, que el amor debe ser un vínculo permanente entre un hombre y una mujer, y no la búsqueda superficial de diversión. Un estudiante levantó su mano y declaró: "No estoy de acuerdo, yo estoy disfrutando un gran momento y ella también. ¿Qué hay de malo en eso?" ¿Qué más podía yo decirle? O puedes ver o no puedes. Porque, si siendo joven duermes todas las noches con distintas personas y a veces es divertido y otras veces no, será muy difícil convencerte de que está mal. Cuando se está moralmente ciego, simplemente no se puede ver.

Realmente necesitamos a los profetas del Antiguo Testamento. Sin embargo, muchas personas no quieren escuchar la verdad. Cuando la bomba atómica fue inventada, en los años 40, me dije: "Ahora más que nunca el hombre va a pensar que es un Dios". Hoy en día hemos "progresado" al punto de creer que podemos controlar todo. En el Génesis, Dios dijo: "Que exista". El hombre, por el contrario, dice: "Que no exista". Cuando salgo a mi terraza donde puedo ver la ciudad de Nueva York, a veces pienso: "Si algún loco quisiera, podría hacer estallar todo esto en un minuto". Oprimiendo un botón, solo quedaría polvo, cenizas y cucarachas, que al parecer podrían sobrevivir una explosión atómica.

Así que, podemos destruir el mundo y nos engañamos pensando que un día podremos crearlo, cuando logremos realmente vencer la muerte. Somos reyes, somos dioses, por eso nuestro mundo está amenazado de muerte. Fue Satanás quien dijo: "Serán como Dios".

Entonces, ¿qué vamos a hacer? ¿Cómo podemos ayudar a que otros vean? No es con predicación. La predicación es un camino muy arriesgado, porque la gente te acusará de sentirte superior a ellos. Yo creo que la mejor solución es la oración. Tenemos que orar por los demás, porque nadie puede obligar a otro a ver las cosas de manera diferente. Así mismo, tenemos que mirarnos a nosotros mismos. Yo me encuentro al final de mi vida y sé que hay ciertas cosas acerca de mí misma que no veo. Para ver mis propias faltas necesito una de las virtudes más valiosas que nos enseñan los evangelios: "Humildad". ¿Y quién nos enseña la humildad? Cristo, hijo de Dios que se hizo hombre para compartir nuestra débil naturaleza humana. Él conoció el sufrimiento, la angustia y el miedo.

Oremos por el mundo. Oremos, porque este es un tiempo crítico. Cuando Jesús nos habla del fin de los tiempos, dice que las personas vivirán en desobediencia, gran confusión y cosas horribles sucederán (Lc. 21; Mt. 24; Mc. 13). Y realmente parece que está hablando de la actualidad.

Sin embargo, hay esperanza. Sigo creyendo que la mejor manera de ayudar a los demás es tratar de irradiar realmente lo que la gente quiere y no tiene: "paz y alegría". Tratemos de forma muy modesta irradiar esa paz que Dios nos quiere dar. Sigamos luchando por esto hasta que las personas finalmente nos pregunten, "¿Cuál es tu secreto?". Entonces quizás, ellos puedan comenzar a ver.


Este artículo se publicó por primera vez en 2012. Traducción de Coretta Thomson.