Hace más de una década, con veintipocos años, estaba trabajando con estudiantes universitarios como ministra de una denominación pentecostal. Un día de verano caminaba por el centro de mi ciudad, sintiéndome desalentada por conflictos en el equipo ministerial, la aparente falta de éxito en parte de nuestro trabajo, y la partida inminente de una amiga cercana. En eso, una afirmación súbita, casi imperativa, surgió en mi mente: “Esta noche verás a Chris”. Chris era uno de tantos estudiantes con quienes había estado pasando el tiempo ese verano, discutiendo varios de los problemas que suelen agrandarse para los adultos jóvenes: qué quieren hacer con sus vidas, sus dificultades en las relaciones, preguntas existenciales sobre la fe y la naturaleza de la realidad, y otras. Como no había estado pensando o rezando por Chris ese día en particular, esta interrupción me sorprendió. Sin embargo, como pentecostal que era, rápidamente consideré si este pensamiento pudiera haber sido la voz de Dios.

Me habían enseñado a creer que el Espíritu de Dios todavía le habla al pueblo de Dios; no solo en las escrituras, sino también mediante palabras proféticas y sucesos milagrosos. También me habían enseñado que debía discernir con cuidado lo que creyera que hubiera oído de Dios. No debía asumir que cualquier idea aislada que cruzara mi mente fuera la voz del Espíritu Santo. Decidí esperar y ver si me encontraría a Chris por casualidad, y seguí con mi día, casi olvidándome del asunto. Pero algunas horas después, de camino a una fiesta esa noche, pasé por la plaza de la ciudad, y allí estaba Chris. Nuestra charla fue breve, dado que ambos nos dirigíamos hacia otros lugares. Me fui, sin embargo, con una sensación renovada de que Dios nos estaba cuidando a él y a mí, y me acompañaba durante una etapa difícil de mi ministerio. Me fui creyendo que Dios a veces elige hablar mediante la presencia alentadora del Espíritu Santo, tal como había creído durante años.

Fotografía de Terren Hurst / Unsplash.

Aunque ahora soy anglicana, aún creo que Dios nos habla de esta manera. He llegado a estar en desacuerdo con los pentecostales sobre varios asuntos, pero creo que los dones del Espíritu actúan en la iglesia de hoy en día. Hablo en lenguas. Conozco personas que han sido curadas físicamente. Aunque suele costarme sentir la guía del Espíritu Santo y no atribuirme ningún tipo de don espiritual único, mi trabajo en el ministerio ha contenido ocasionalmente momentos silenciosos y sobrenaturales de aliento, afirmación, guía, y el sorprendente poder de Dios. Estos dones, entendidos como ejemplos del “charismata” mencionado por Pablo en 1 Corintios 12, dan nombre al llamado movimiento carismático. (Esto es distinto al sentido de “carisma” como magnetismo y simpatía personal).

Los testimonios de escuchar o hablar en nombre de Dios suelen enfrentarse a escepticismo, y con razón. Muchos estamos familiarizados con afirmaciones de profecía moderna, experiencias místicas, o revelaciones extrabíblicas tal como son manifestadas por personas de dudosa honestidad: televangelistas, autores de biografías sensacionalistas, figuras cercanas a la política, y otros similares. Dada la naturaleza escandalosa de algunas de estas afirmaciones, puedo entender por qué un observador imparcial podría desdeñarlas como timos en búsqueda de ventaja personal.

¿Están en lo correcto los escépticos en que no hay nada más aquí que inventos para el beneficio propio? ¿O hay una historia más rica de revelaciones y experiencias sobrenaturales cristianas que aún puede encontrar expresión, una historia alternativa a la teología carismática exagerada y politizada que parece caracterizar a buena parte de la religión popular estadounidense de la actualidad?

Los pentecostales y otros carismáticos, para formular su teología de lo sobrenatural, hace tiempo que toman como modelo la iglesia del Nuevo Testamento tal como se la describe en el libro de los Hechos. Los Hechos registran muchas formas de experiencias milagrosas dentro de la iglesia, incluyendo sanaciones, discurso en otras lenguas, profecías (incluyendo predecir el futuro), visiones, y revelaciones personales mediante el Espíritu Santo. Se nos cuenta de una familia de hijas que profetizan, de exorcismos, y otros incidentes sobrenaturales que no se clasifican realmente en ninguna de las categorías anteriores. Las instrucciones de Pablo a la iglesia en Corintio indican que el hablar en lenguas e interpretar las lenguas, así como la profecía por parte de hombres y mujeres, sucedían durante la adoración pública.

En los siglos siguientes, esta expectativa de que las ocurrencias sobrenaturales son parte de la vida común de la iglesia sigue figurando en la obra de algunos teólogos notables. Ireneo, el gran obispo de Lyon en el siglo II, escribió que los verdaderos discípulos de Cristo recibían y ejercitaban dones espirituales, ofrecidos a ellos mediante la gracia de Dios. “Unos real y verdaderamente expulsan a los demonios (...); otros conocen lo que ha de pasar, y reciben visiones y palabras proféticas; otros curan las enfermedades por la imposición de las manos y devuelven la salud; y, como arriba hemos dicho, algunos muertos han resucitado y vivido entre nosotros por varios años.”. Orígenes, por su parte, proclamaba que las maravillas y señales milagrosas aún eran realizadas, aunque de forma más escasa, en las iglesias de su tiempo, y La Ciudad de Dios de Agustín narra varios milagros incluyendo sanaciones y exorcismos.

¿Cómo puede uno comenzar a distinguir entre testimonios carismáticos válidos e inválidos?

Para ellos, y otros teólogos patrísticos, era claro que seguía habiendo dones sobrenaturales del Espíritu en la vida de la iglesia. Estos textos muestran que sanaciones, profecías y otros fenómenos eran vistos como parte del patrón iniciado en Pentecostés. Dichas revelaciones y señales eran dados como fuentes de aliento y visión para la iglesia, pero siempre debían ser confirmados por testimonio bíblico. Este tipo de experiencia sobrenatural no debía suplantar a las escrituras, sino iluminarlas. Tertuliano, por ejemplo, describe la visión sobrenatural de una mujer cristiana; usó esta visión junto a las escrituras, la lógica y referencias contemporáneas para exponer su teología del alma. Agustín describe milagros para ilustrar cómo el poder de Dios estaba aún en ejercicio durante su época: su propósito era que Cristo fuera conocido, y atribuía este mismo propósito a los milagros.

Por supuesto, la historia de la iglesia también tiene sus fraudes y artimañas. Y existen, a su vez, casos ambiguos. ¿Cómo debemos interpretar, por ejemplo, a los profetas de Zwickau del siglo XVI, denunciados como fanáticos por Martín Lutero, y reverenciados como modelos por muchos anabautistas? El pentecostalismo moderno, en su forma teológica más robusta, ha enfatizado las advertencias contra el fraude y una aceptación de que algunos fenómenos son difíciles de ubicar. A William Seymour, el padre del movimiento pentecostal de comienzos del siglo XX, también le preocupaba diferenciar entre los fenómenos falsos y verdaderamente carismáticos. Seymour se unió a la precaución de Lutero y otros contra las señales “falsificadas”, y advirtió a sus seguidores que los testimonios de dones espirituales debían ser probados. Sin embargo, incluso con este aviso, el movimiento pentecostal creció a partir del Avivamiento de la Calle Azusa de Seymour, y hoy en día es la tradición cristiana con crecimiento más rápido en el mundo. Los avivamientos carismáticos han abundado en los siglos XX y XXI: puedo mencionar el Movimiento Vineyard, movimientos de renovación carismática en la Iglesia Católica Romana y otras preexistentes, entre otros. Muchos de estos movimientos han seguido a Seymour tanto en tomar las experiencias sobrenaturales como normativas para los cristianos como en enfatizar la importancia de probar tales afirmaciones contra las escrituras.

Fotografía de Terren Hurst / Unsplash.

Otros, sin embargo, se convirtieron en presas de la teología de la prosperidad, la enseñanza de que Dios asegurará salud y riqueza para los creyentes que ejerciten suficiente fe. Muchos de los líderes carismáticos que aparecen en los medios adoptan una versión de este punto de vista. Paula White-Cain, por ejemplo, hablando recientemente en una iglesia de Miami, prometió que los oyentes que ejercitaran la fe, específicamente mediante aportes económicos, serían bendecidos por Dios y experimentarían “abundancia financiera”. Seymour, por su parte, aunque enseño que la sanación física y el bautismo del Espíritu Santo con la evidencia de hablar en otras lenguas estaban disponibles para los cristianos mediante la redención de Cristo, no patrocinó el tipo de triunfalismo pentecostal que se ha emparentado frecuentemente con el evangelio de la prosperidad en la actualidad.

¿Cómo puede uno comenzar a distinguir entre testimonios carismáticos válidos e inválidos? En el pasado dichas visiones, sanaciones y otras señales que han sido interpretadas como válidas eran reconocidas frecuentemente como con la intención de demostrar la realidad, poder y bondad de Dios al mundo observador, por sobre construir la autoridad singular de un líder humano. Revelaciones como esas deben, por tanto, estar sujetas a las escrituras, interpretadas y comprendidas con las escrituras. Las señales que se creen válidas suelen estar vinculadas con posiciones teológicas ortodoxas por sobre las novedosas; con la santidad de la vida; y, si realizan afirmaciones proféticas, con la precisión. Este último aspecto suele pasarse por alto demasiado seguido en la cultura pentecostal. Uno piensa, por ejemplo, en profetas autoproclamados como William “Dutch” Sheets, quien insistió luego de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2020 que Dios había revelado que los resultados de la elección serían revocados. No ha pedido disculpas; su canal de YouTube aún tiene 360.000 suscriptores.

Si bien este tipo de traspiés del movimiento carismático suelen ser de naturaleza abiertamente pública, los fenómenos sobrenaturales más ortodoxos desde el punto de vista teológico parecen menos propensos a aparecer en el discurso público de la Iglesia. Sin embargo, siguen existiendo ejemplos de desarrollos carismáticos saludables de este tipo. La teóloga anglicana Sarah Coakley, por ejemplo, escribió sobre el trabajo de campo que realizó en dos congregaciones carismáticas de Inglaterra, de diferentes denominaciones. Aunque las iglesias tenían distinta estructura política, composición demográfica y otras características, Coakley señaló que los miembros de ambas congregaciones mencionaban cambios similares, con resonancias bíblicas, como resultado de la experiencia de renovación carismática de sus iglesias. Estas congregaciones experimentaron los cambios especialmente en sus prácticas de oración. Según Coakley, había un sentimiento comúnmente expresado en ambos lugares de que:

las personas habían descubierto de una forma nueva que la oración era una “relación bidireccional”, no solo un monólogo dirigido a Dios, sino que Dios (el Espíritu Santo) ya cooperaba en su oración, animándola desde dentro. Se decía que esto era “lo auténtico, convertirse en un canal para la obra del Espíritu”, una mezcla del anhelo humano por Dios y la intercesión del Espíritu ante el Padre... Con esto surgió entonces la sensación de que la oración “en el Espíritu” se convertía en un hilo conductor de la vida, “una relación que lo abarca todo”, de modo que la oración ya no era una actividad (o un deber) entre otras, sino la fuente de todas las actividades. Así, se decía que la exhortación de Pablo “Orad sin cesar” (1 Tes. 5:17) adquiría un nuevo significado, al igual que la insistencia de Jesús en la confianza, la fe y la seguridad en la oración (“Pedid, y se os dará”, Mt. 7:7), aunque se admitía que uno no siempre obtenía lo que esperaba.

Al igual que en la Iglesia primitiva, los fenómenos carismáticos, cuando se comprenden correctamente, se ven reforzados por las escrituras y sirven para profundizar el culto, la vida de oración y la dependencia del Espíritu de Dios.

Esta renovación de la vida espiritual, en la que la experiencia carismática se armoniza con las escrituras y complementa, pero no sustituye, los medios ordinarios de la gracia, es lo que podemos esperar, ya que el Espíritu de Dios anima, fortalece y purifica a la Iglesia, edificándola y llamándola al arrepentimiento.

En mi propia vida, he sido testigo de la obra silenciosa y sobrenatural del Espíritu. He visto este poder presente en las vidas de mis seres queridos, ya sea en mi padre dándole un consejo que resultó ser acertado a un hombre que no conocía, o de mi marido, relativamente ajeno a los fenómenos carismáticos, quien de repente habló en lenguas por primera vez después de que yo orara por él durante una noche en la que se sentía especialmente perturbado espiritualmente. He tratado de sopesar lo que veo y oigo con cuidado y prudencia, sabiendo que soy humana y propensa al error. Sin embargo, cuando examino la fe y el testimonio de aquellos cristianos que me han precedido, sigo esperando que —a pesar de nuestras debilidades humanas y nuestra propensión a ansiar el poder, el dinero y otras cosas que no deberíamos— la obra sobrenatural de Dios pueda seguir presente entre nosotros, de formas más variadas y extrañas de lo que podríamos esperar.


Traducción de Micaela Amarilla Zeballos