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Footprints in sand, Parque del Plata, Uruguay

Reconcíliense con Dios

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Eso quiere la Iglesia: inquietar las conciencias, provocar crisis en la hora que vive. Una Iglesia que no provoca crisis, un evangelio que no inquieta, una palabra de Dios que no levanta roncha —como decimos vulgarmente—, una palabra de Dios que no toca el pecado concreto de la sociedad en que está anunciándose, ¿qué evangelio es ése? Consideraciones piadosas muy bonitas que no molestan a nadie, y así quisieran muchos que fuera la predicación. Y aquellos predicadores que por no molestarse, por no tener conflictos y dificultades evitan toda cosa espinosa, no iluminan la realidad en que se vive. […]

Aquí entre nosotros, hermanos, somos pecadores, yo el primero. He ofendido al Señor. Pero gracias a Dios escuchamos un día su llamamiento que señaló nuestro pecado y en vez de ensoberbecernos y enconcharnos en nuestro orgullo y calumniar a la Iglesia porque me molesta, acepto mejor ese mensaje. Aquel día, esta oveja descarriada que fui yo, que pudo ser cada uno de ustedes, humildemente se acercó al Señor y le pidió perdón, gracias a que una palabra que me reprendió, gracias a que hubo alguien que me echó en cara que no debía de ser así. Este es el papel de la Iglesia: no prescindir de las circunstancias y decirle a los hombres su propio pecado para que se arrepientan.

-16 abril 1978

Soy un Ministro de esa Iglesia de la reconciliación. A este propósito me alegró mucho una sugerencia que me llegó: la Iglesia no solo debe denunciar sino que debe de anunciar también una esperanza. Y me gustaría como una esperanza la coincidencia con otras opiniones, la opinión de la Iglesia. Y es, por tanto, la necesidad de abrir a un diálogo sincero, las diversas opiniones. Yo invito pues, a que no se piense que la única solución es la violencia. Por eso hago un llamamiento al diálogo sincero, a la reconciliación en nombre de Dios como lo hace San Pablo.

Llamo a la oligarquía a colaborar con el proceso del pueblo. Son principales protagonistas en esta hora de cambios, y de ustedes depende en gran parte el cese de la violencia. La reconciliación, hemos dicho, tiene una gran relación con la tierra y si se dan cuenta que están poseyendo la tierra que es de todos los salvadoreños, reconcíliense con Dios y con los hombres, cediendo con gusto lo que vendrá para paz del pueblo y paz de sus propias conciencias.

-16 marzo 1980

Hay crisis en el corazón de cada cristiano; y yo les digo, queridos hermanos, si en este momento un cristiano en El Salvador no siente esta crisis, no ha reflexionado lo que significa el mensaje de Dios y la siembra de Dios en el mundo. Muchos ya han superado la crisis y se han comprometido con el Reino de Dios. Muchos la han superado en sentido contrario, se han instalado en sus comodidades y más fácil es decir: la iglesia es comunista, ¿quién la va a seguir? Pero algunos, si están en crisis, no saben qué hacer. La culpa no es de Dios ni de la Iglesia. La culpa es de la libertad de cada uno, que tiene que resolver en su propia conciencia, con quién está. Y Dios nuestro Señor le está ofreciendo los frutos maravillosos si se deja sembrar esta cepa que producirá maravillas de racimos, los frutos de la vida eterna. Este es el plan de Dios, por eso la Iglesia es la viña donde el reino de Dios siempre estará en crisis. Dichosos los que sienten y viven la crisis y la resuelven por un compromiso con nuestro Señor.

La Iglesia no solo debe denunciar sino que debe de anunciar también una esperanza.

Me alegra mucho que precisamente en esta hora de crisis, muchos que estaban dormidos han despertado y por lo menos se preguntan dónde está la verdad. Búsquenla, San Pablo nos da el camino con la oración, con la reflexión, apreciando lo bueno. Son criterios maravillosos. Donde está lo noble, lo bueno, lo justo, por allí va Dios. Si además de esos bienes naturales está la gracia, la santidad, los sacramentos, la alegría de la conciencia divinizada por Dios (Fil 4:6-8). Por allí va Dios.

-8 octubre 1978

Todo el que oye la Palabra de Dios y la pone en práctica, construye sobre roca. Pero el que oye la Palabra de Dios sólo por curiosidad, por literatura, por interés, y peor todavía si es por pesquisar a ver qué dice el Obispo, a ver si lo cogemos en algo, estos construyen sobre arena. Y cuando llegue la hora tremenda del juicio de Dios, ese si juzgará, el que me va a juzgar a mí también de lo que estoy diciendo, y a Él si le tengo miedo. Y trato de temerle, para decir sólo lo que Él quiere que diga, aunque los hombres no quieren que diga lo que estoy diciendo.

-4 junio 1978

Pero ese Dios no es un Dios que no lo podamos encontrar. Esto es lo más bello: que Dios se hizo hombre y salió por los caminos de los hombres para encontrarse con ellos. En Cristo está la justificación de Dios; Cristo es el Dios que perdona, el Dios que justifica; Cristo es el Dios que ha venido, no a condenar, sino a perdonar (Jn 3:17); Cristo es el pastor; que anda buscando a las ovejas descarriadas para que vengan a formar la alegría de su rebaño, que es el de los justificados. A nadie excluye, con qué tristeza decía: «Tengo otras ovejas que no están en este redil, y es necesario traerlas» (Jn 10:16). Este es el corazón de Cristo. Corazón de Dios que palpita en un corazón humano. Amor infinito del Señor que, por todos los caminos de la vida de cada uno de ustedes y mía, nos anda siguiendo, nos anda buscando, y cuánto más extraviados andemos, cuánto más perdidos de la fe nos encontremos, cuánto más orgullosos o idólatras de las costas vanas estemos, allí está cerquita el Señor, ofreciéndote la justificación, y diciéndote: «De nada te sirve tener mucho dinero, tener mucho poder, tener mucho lujo si no estás convertido a Dios; si no te da Dios la justificación, eres el más pobre de los miserables. Sin la justificación de Dios todo es apariencia. Es esa justicia íntima, la que Dios te está ofreciendo; o sea, en un lenguaje más moderno: La Gracia, el perdón, la reconciliación con Dios, de parte de Él no hay dificultad para reconciliarse con Él».

-11 junio 1978

Footprints in sand, Parque del Plata, Uruguay
Contribuido por photo of Archbishop Oscar Romero Óscar Romero

Monseñor Óscar Arnulfo Romero, intrépido defensor de los pobres y desamparados, alcanzó renombre mundial durante sus tres años como arzobispo de San Salvador. Se murió por la bala de un asesino en 1980.

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