Las preguntas iluminan. Cuando son particularmente buenas, proyectan luz sobre todos a su alrededor: el que pregunta, el preguntado, y los testigos. Aunque la pregunta no se conteste, una respuesta se vuelve aparente. Las respuestas más reveladoras suelen encontrarse en cómo eludimos la vulnerabilidad que ciertas preguntas nos provocan.

Jesús sabía el poder de las buenas preguntas mejor que nadie. Sus palabras más memorables solían pronunciarse con la expectativa de obtener una respuesta, sacando la verdad de la boca de sus oyentes. Ya fuera con sus discípulos más cercanos o con sus antagonistas más despiadados, Jesús utilizaba preguntas para establecer su identidad revelando nuestros conceptos erróneos.

En su sermón en el templo durante la fiesta de los tabernáculos, dice:

“¿No es verdad que Moisés les dio a ustedes la ley? Sin embargo, ninguno de ustedes la obedece. ¿Por qué quieren matarme?” “La gente le contestó: ¡Estás endemoniado! ¿Quién quiere matarte?” (Juan 7:19-20)

En este punto del ministerio de Jesús las quejas han sustituido al asombro como respuesta principal a su presencia milagrosa. Ha llegado a la fiesta en secreto, sabiendo que los líderes religiosos buscan su muerte. El escenario ya está puesto para su eventual juicio ante Pilato. Sin embargo, el tono confrontativo de Jesús ahora se extiende más allá de las autoridades, hacia “la gente”. Comienza a cuestionar sus intenciones cuando les pregunta, en voz alta, lo que hasta ese momento solo habían discutido en secreto las autoridades religiosas: “¿Por qué quieren matarme?”.

En el evangelio de Juan, “la gente” cumple una función importante. Jesús está aquí hablándole a un conjunto de personas que asisten al festival en los templos de Jerusalén, un grupo diverso, que hasta ahora reacciona de forma diversa ante él. Sin embargo, la gente debe ser entendida como más que solo otro personaje en la historia; son un espejo que nos refleja. Sus preguntas, respuestas, y su presencia representan la curiosidad y las tendencias autoprotectoras de la humanidad. “¿Por qué quieren matarme?” no debe ser leído solamente como una apelación en un juicio durante el momento de más tensión de un festival religioso, sino también como una acusación mordaz que revela nuestra propia ceguera voluntaria hacia nuestra complicidad en la violencia.

A medida que Juan narra las palabras de Jesús, somos incluidos en esas imágenes dramáticas como conspiradores entre la gente; pero solo si nos atrevemos a ser juzgados por la severidad de su pregunta. Identificarnos con la gente es necesario para que las palabras de Jesús revelen la condición de nuestros corazones. En última instancia, la profundidad de nuestra formación como seres semejantes a Cristo está determinada por la sinceridad con que nos hacemos la misma pregunta que Jesús dirige a la gente: “¿Por qué quieren matarme?”.

¿Por qué es una pregunta tan difícil de abordar? En el evangelio de Juan, los cuestionamientos de Jesús tienen dos funciones primarias. Primero, elevan la conversación gradualmente hacia un entendimiento más profundo de su identidad, haciendo que sus discípulos dejen de verlo como un simple maestro y pasen a reconocerlo como el Mesías y el Hijo de Dios. Segundo, generan instancias irónicas, y revelan el contenido de los corazones de sus oyentes de manera dramática. La pregunta de Jesús a la gente del templo cumple esta doble función, elevar y revelar, impulsando su historia hacia la cruz al situar los impulsos violentos de la gente en el centro de su mensaje.

Ivan Ilyich Glazunov, ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Óleo sobre lienzo, 1994. Album / Alamy Stock Photo.

Esto se ve de forma más clara cuando recordamos la capacidad de Jesús para conocer los pensamientos de quienes lo rodeaban. Jesús al preguntar no busca claridad para sí, porque ya conoce la respuesta. Su pregunta da a otros la oportunidad de ver dentro de sí mismos aquello que tienen escondido, o que no han podido reconocer. Al ser enfrentados con una pregunta tan vulnerable en su formulación, tan severa en su contenido y, sin embargo, tan notablemente sencilla en su franqueza, no queda espacio para que la gente escape de su violencia interior. Jesús es aquel cuyas preguntas dan a luz encuentros con la realidad que nuestros corazones pueden no estar listos para aceptar, pero tarde o temprano tendrán que afrontar.

Entonces, ¿cómo puede ser que nosotros, la gente y los lectores modernos, querramos matar a Jesús?

Para alcanzar un lugar donde podamos recibir esta pregunta y comenzar a responderla, primero debemos considerar la respuesta de la gente a Jesús, una respuesta que contiene nuestros miedos más básicos y posturas más defensivas: “¡Estás endemoniado! ¿Quién quiere matarte?”

Mediante la invalidación de Jesús, la gente busca dictar los términos en los que su verdad invade sus vidas. Esta interacción destaca la identidad de Jesús como juez. La presencia de Jesús confronta nuestra oscuridad, una oscuridad que contrasta con “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Juan 1:9). Su presencia llena de luz es precisamente el medio por el cual viene a juzgarnos; no mediante prisiones y verdugos, sino dando a conocer lo desconocido y haciendo público lo oculto.

Nuestra adicción a la violencia (una enfermedad que negamos una y otra vez) queda al descubierto ante la luz de Jesús, que revela todas las cosas. Lo que revela la pregunta de Jesús, en última instancia, son los métodos a los que recurrimos instintivamente cuando la luz revela lo que está oculto: expulsamos y desacreditamos las amenazas mediante chivos expiatorios, en este caso acusando a Jesús de estar poseído por el demonio.

La invocación del demonio como defensa frente a las acciones desafiantes de Jesús no aparece únicamente en el evangelio de Juan (vea Mateo 12:24 y Lucas 11:15). Tampoco es un caso particularmente novedoso de comportamiento humano. Chivos expiatorios de este estilo yacen dentro de nuestra historia colectiva: ya sea la persecución de comunidades judías durante períodos de crisis europeas, la acusación de brujería contra mujeres “sospechosas” en los orígenes de los Estados Unidos, o incontables otras ocasiones. El antropólogo cristiano Rene Girard ha iluminado famosamente el rol del chivo expiatorio a lo largo de la historia humana, reconociéndolo como un medio principal por el cual las comunidades han intentado deshacerse de su miedo colectivo, ya sea identificando, culpando, o expulsando personas consideradas responsables por estos disturbios, sin importar la evidencia que mostrara lo contrario. Estos individuos culpados son, a menudo, quienes carecen del poder de las masas (los pobres, inmigrantes, minorías, etc.); y eso los vuelve receptores convenientes de la culpa.

Sin embargo, en el Evangelio, Jesús se convierte en el chivo expiatorio, el barco que carga todo nuestro miedo colectivo. El chivo expiatorio, usualmente el sacrificio pasivo, aquí se convierte en el agente de la moralidad, exponiendo nuestros intentos fallidos de mantener la comunidad a través de la violencia. Al exponernos de esta manera, Jesús se rehúsa a vengarse de nosotros por nuestra violencia. Esto, según Girard, es lo que hace a la fe cristiana tan decididamente extraña, tan diferente y llena de gracia.

Aunque nuestra urgencia por descalificar las voces acusatorias es muy fácil de reconocer (especialmente en otros), situarnos en la gente que rechazó y condenó a Jesús es particularmente difícil. Esta dificultad surge, en parte, de poder abordar esta historia con la ventaja de la perspectiva, dos milenios luego de su inscripción. Sabiendo cómo termina la historia de Jesús, nos vemos tentados a merodear este texto como simples observadores del drama , eligiendo no involucrarnos en los instintos defensivos de la gente.

Pero, incluso si evitamos identificarnos con ella, al fin y al cabo, somos la gente. Al imitar sus motivaciones empleando lenguaje moderno, nuestras respuestas a la pregunta de Jesús podrían perfectamente ser:

“¿Por qué tendría la necesidad de matar a alguien?”

“Al vivir en una paz relativa, ¿por qué tendría que recurrir a la violencia para asegurarme de que mis necesidades se cumplan?”

“Como persona conocida por tener una personalidad agradable, ¿cómo podría alguien acusarme de vivir violentamente?”

“¡¿Cómo te atreves a asociarme a mí, una persona de bien, educada y civilizada, con esos que lastiman a otros para salirse con la suya?!”

 Por más que intentemos alejarnos de nuestros antiguos antepasados, nuestras respuestas modernas no contrastan brillantemente con la gente en Juan 7. Por el contrario, dentro y a través de la gente, continuamos la práctica del chivo expiatorio en nombre de nuestra propia supervivencia. Y, sin embargo, al igual que la gente del templo, Jesús nos encuentra incluso antes de ser totalmente conscientes de nuestras tendencias más oscuras. El chivo expiatorio consciente, Jesucristo, elige redimirnos de nuestra violencia en vez de buscar venganza por ella. La muerte y resurrección de Jesús hacen innecesaria la autoconservación violenta para nuestra propia salvación o la de la humanidad. A la luz de esta gracia peculiar, debemos reconocer y rechazar repetidamente las tácticas de chivo expiatorio.

Sin embargo, ¿cómo es que matamos a Jesús? Nos vemos tentados a debilitar la pregunta de Jesús en tanto se vuelve contra nosotros. Preguntamos, “seguramente no quiera decir matar de forma literal, ¿no? Esto debe ser interpretado metafóricamente, dado que ¿cómo una persona del presente puede matar a un hombre del siglo I? ¿Cómo podemos, ciudadanos del reino de la paz, matar a aquel que está sentado a la derecha del Padre?”

Como receptores modernos de esta historia antigua, reconstruir su aplicabilidad puede sernos una tarea genuinamente difícil. ¿Quizás podemos recontextualizar la pregunta de Jesús para que “matar” se entienda como “dañar” o “insultar”? Sin embargo, debemos reconocer y resistir la tentación de convertir estos textos en aceptables a costa de descartar sus implicaciones más graves en relación con la violencia real. Esta es la violencia en la que estamos implicados incluso cuando nos mantenemos a varios grados de distancia de los actos en sí. Ceder ante este error nos ciega, no solo ante los asesinatos que se producen en nuestras comunidades más cercanas, sino, más aún, ante la violencia que tiene lugar a muchos grados de longitud de nosotros.

Podemos creer que, como personas religiosas bajo la tutela de Jesús, somos esencialmente no violentos. Pero mientras nuestros estilos de vida permitan la existencia de la crueldad, no logramos escapar de la acusación de Jesús. De hecho, en vez de preguntar si somos capaces de violencia, la pregunta de Jesús presupone la violencia inherente de nuestros corazones. La responsabilidad de matar no se limita a aquellos que aprietan el gatillo o inyectan la dosis letal o matan de trabajo a obreros empobrecidos. Se propaga a través de una sociedad que dócilmente permite la división de las comunidades humanas a través del racismo, la pobreza y el militarismo (los tres males sociales de Martin Luther King) en aras de la comodidad, la riqueza y la protección.

Nuestra tarea no es recontextualizar los textos bíblicos por el bien de la accesibilidad moderna. Por el contrario, el desafío es leer estos textos atemporales de forma fresca y honesta, lo que significa en Juan 7 aceptar que la gente es un espejo que revela cómo y dónde nuestra apatía nos ha cegado de la violencia del mundo y la nuestra propia.

Pero ¿es realmente Jesús a quien matamos cuando inconscientemente (o conscientemente) nos beneficiamos de la violencia impuesta sobre otros? Si tomamos en serio la presencia de Jesús en y no meramente su identificación con los pobres, sedientos, forasteros, desnudos, prisioneros (Mateo 25:35-36), la respuesta es un rotundo sí. Estos grupos son precisamente aquellos a quienes “la gente”, sea cual sea la forma que adopte en nuestras sociedades, suele asignar el papel de chivos expiatorios.

A sabiendas del rechazo de Jesús por el poder terrenal y su compañerismo con los marginados, podemos decir que las fuerzas que continuamente aplastan a los humildes también matan a Jesús cuando extinguen vidas humanas para justificar sus campañas de construcción del mundo. Cualquier intento de responder a la pregunta de Jesús que aleje su persona de nuestra carne humana no solo fracasa en reconocer la naturaleza de la presencia de Cristo en el mundo, sino también la amenaza de violencia que se entreteje a lo largo de la historia bíblica y humana. Aunque prefiramos no reconocer esta realidad, nuestro desapego no altera el hecho de que personas que recientemente habitaban nuestras comunidades como vecinos están detenidas en campos y prisiones extranjeras. Y por la gracia de Dios, tampoco es menos cierto que Jesús se sitúa en estos casos de violencia tanto como lo hace a la derecha del Padre, a pesar de nuestra indiferencia.

Como discípulos que responden a la pregunta de Jesús en Juan 7, nos corresponde resistirnos a suavizar la acusación de asesinato mientras ampliamos el alcance de quién es Jesús en el mundo. Hacer esto mantiene unidas las realidades de nuestra complicidad en la violencia y de la presencia sufriente de Cristo entre los chivos expiatorios. Al igual que con la gente, nuestras excusas de ignorancia se marchitan bajo la luz purificadora del juicio de Jesús.

Aunque la reacción de la gente demanda nuestra atención, no estamos condenados a imitar su respuesta. La distancia que inicialmente nos impide identificarnos con ellos en esta historia también nos habilita a apreciar nuestra nueva vida en el contexto de la muerte y resurrección de Jesús. Ahora podemos recibir el juicio como la misericordia del amor encarnado de Jesús. Y, sin embargo, nuestro deber va más allá del mero reconocimiento. La misericordia de Dios se niega a originar una neutralidad pasiva hacia las formas en que Jesús es continuamente asesinado en barrios de todo el mundo.

Envueltos en la ilusión de la no violencia, abrir nuestros ojos y ver al mundo como verdaderamente es (y no como nos hemos ingeniado convenientemente para que sea) puede abrumar nuestros sentidos de repente. Este es el resultado de la ceguera voluntaria a lo largo del tiempo. Sin embargo, nuestra transformación para ser semejantes a Cristo nos requiere abrir los ojos y recibir la luz terrible y piadosa que Jesús nos ofrece. Frederick Buechner señala de manera inquietante en su colección Secret in the Dark: “Si existe un terror hacia la oscuridad porque no podemos ver, también existe un terror hacia la luz porque podemos ver. Existe un terror hacia la luz porque gran parte de lo que vemos en la luz, sobre nosotros mismos y sobre nuestro mundo, preferiríamos no ver”.

En Jesús y a través de él, nuestra ceguera ante los planes violentos se transforma en la luz cegadora de su juicio. Sin embargo, esta última ceguera no nos inmoviliza de forma permanente. No: pasa, dejando clara la presencia de Cristo en el contexto de nuestro mundo violento.


Traducción de Micaela Amarilla Zeballos