Y si nuestro error es haber creído que los clásicos
Eran solo para nosotros y no para ellos.
Y si nuestro error es haber creído que los clásicos
No eran para nosotros, sino solo para ellos.
Y si nuestro error es haber creído que los clásicos
No nos permitían vernos o a nadie más que a nosotros
En la historia de la humanidad.

Y si nuestro error es haber creído que los clásicos
Decían que todos debían verlos como nosotros los vemos
Y si nuestro error es haber creído que los clásicos
Decían que todo aquel que se me parece se parece a ellos
Y si nuestro error es haber creído que los clásicos
Decían que todos en ellos lucían de la misma manera
Y si nuestro error es haber creído que los clásicos
Decían que solo había un color y una cultura
Y no una intersección de la humanidad entera.

Y si nuestro error es haber creído que los clásicos
Decían lo que no decían
Enseñaban lo que no enseñaban
Representaban lo que no representaban
Si los empleamos mal
Y no “vimos” toda la humanidad en ellos.

Estamos inmersos en una batalla por los clásicos. Hay una facción que argumenta que los clásicos están en la raíz del sufrimiento racial de nuestro país. Pero permítanme revelar la verdad de cómo ha sido crecer siendo una mujer negra cristiana en Estados Unidos. Puedo proporcionar una nueva perspectiva acerca del papel que han jugado los clásicos en mi vida y en la de mis ancestros. Más allá de pelear por demostrar su importancia general para la sociedad, mi objetivo es demostrar que esta idea —que los clásicos están en la base de nuestras crisis raciales— está fundamentada en una falacia. Son las personas que han utilizado mal los clásicos quienes son racistas, no los clásicos en sí mismos (la Biblia incluida). Mi esperanza es demostrar a otros cómo los clásicos han sido utilizados como una herramienta de liberación para los afroestadounidenses. Consideré que, para lograrlo, el testimonio más creíble sería el mío. ¿Por qué es necesario esto? En la introducción a su libro The Battle of the Classics, Eric Adler dice que los clasicistas deben “reunir diversos tipos de argumentos para evitar que sus disciplinas desaparezcan. Circunstancias diferentes —y diferentes audiencias— requerirán el uso de tácticas diferentes”. Esto encuentra eco en mí: mi testimonio es esa táctica. A través de ejemplos tomados de mi vida y a través del ejemplo de mis ancestros, demostraré cómo los clásicos son una parte importante de la narrativa afroestadounidense y cómo, si los suprimimos, corremos el riesgo de suprimir una parte integral de la historia afroestadounidense.

Cómo la fe moldeó mi viaje hacia los clásicos

Cuando yo era muy pequeña, mi mamá y mi papá renovaron su compromiso con Cristo. Su nueva conversión fue bastante particular y cada parte de ese proceso constituye un cimiento de quien hoy soy. Mi papá tiene raíces profundas en la Iglesia de Dios en Cristo y, cuando se casó con mi mamá, ella se unió a esa confesión. Luego, a través de una sanación milagrosa —le habían dicho a mi madre que jamás caminaría, pero Dios la sanó—, los dos renovaron su fe. Esa renovación los llevó a reevaluar su fe y las escrituras. Iniciaron un estudio profundo de la Palabra de Dios y llegaron a sentir que Dios los estaba llamando a un camino de fe más sencilla, y que la iglesia tradicional no era lo que Dios quería para ellos. Comenzaron a invitar a amigos, familiares y vecinos para que los acompañaran en el estudio profundo de la Palabra en el sótano de su casa.

Esta pequeña reunión en torno a la Biblia no tenía nada de especial. No había sentimentalismo ni “rituales”; solo un grupo de personas que leían atentamente y analizaban desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Mi mamá y mi papa decían que querían ser como los bereanos, quienes “… eran más receptivos (…) pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las escrituras para ver si estas cosas eran así” (He 17:11). Más allá de este proceso mis padres buscaban la Palabra por su cuenta y adquirían la claridad que necesitaban para vivir una vida cristiana. Y al igual que los bereanos, el pequeño grupo de personas que estudiaban la Palabra comenzó a crecer y crecer. Las personas comenzaron a reevaluar su vida espiritual o a ser salvos. A partir de ese pequeño grupo se formó The Washington Christian Center, la iglesia en la que crecí desde mis dos años hasta el presente. La iglesia no tiene coro ni sotanas ni cuellos, nada de la típica pompa eclesial. Se trata simplemente de un pequeño grupo de personas que se reúnen tres veces por semana para orar, alabar y adorar. Y lo más importante, para estudiar la Palabra de Dios bajo la guía de un pastor. Mis padres sentían que la iglesia primitiva como estaba descrita en los Hechos de los apóstoles era el plan de acción que Dios quería que siguieran.

Leo los clásicos para encontrar a mi pueblo y leo para ver cómo los textos se conectan con mi vida.

Este proceso de lectura, estudio y enseñanza de la Palabra tal como es dada influyó en cómo mis padres comenzaron a pensar en materia de raza, dentro de un contexto bíblico. Mi mamá y mi papá no solo tenían la capacidad de leer el texto antiguo de la Palabra atentamente para ellos mismos, sino que también nos enseñaban a mi hermano y a mí a hacer lo mismo. Y esa práctica se extendió a nuestra forma de leer todo lo demás. Ese tipo de entrenamiento nos fue de mucha ayuda, por cuanto asistimos a escuelas predominantemente blancas cristianas desde finales de los setenta hasta principios de los noventa. En esas escuelas mi hermano y yo recibíamos regularmente la enseñanza de que Dios había maldecido a las personas negras y que la esclavitud era la voluntad de Dios para salvar a esas personas negras. Aquellas escuelas a las que asistíamos no se daban cuenta de que nuestros padres pasaban cada día mostrándonos cuánto ama Dios a las personas negras. Nos mostraban con detalle la presencia africana en las escrituras y nos enseñaban la verdad acerca de la maldición de Cam (Gn 9), tantas veces presentada falsamente como una justificación bíblica de la esclavitud y el racismo. Muchas veces, cuando mis padres nos estaban enseñando esto, mi padre solía decir: “Cuando vayan a la escuela y su maestra intente hablarles de la maldición de Cam, muéstrenle las escrituras y corríjanla”. A menudo hacía oír mi voz en la clase cuando estos mitos nos eran presentados y sostenía mis ideas a partir de las escrituras, incluso siendo un niño de diez años. Por supuesto que varias veces acabé enviada al rincón o a la oficina del director, pero me habían enseñado que buscara en las escrituras atentamente de manera tal de conocerlas por mí misma y así saber cuál era mi lugar en la Palabra en tanto persona de ascendencia africana.

Mi hermano y yo leíamos todo de esa manera atenta. En nuestra casa rara vez nos valíamos de comentarios o de explicaciones ajenas de la Biblia. Teníamos como regla que, antes de que pudiéramos bajar a desayunar, debíamos haber leído un conjunto de versículos que se nos habían asignado y haber escrito una explicación acerca de lo que esos versículos decían y cómo se aplicaban a nuestra vida. Eso sucedía a diario y aún lo hacemos hoy. Mientras leíamos, siempre estábamos atentos a cada vez que una persona del continente africano era mencionada en la escritura. No porque quisiéramos que todo el mundo en la Biblia fuera negro, sino porque la mayoría de las iglesias, las publicaciones cristianas, los campamentos cristianos, y demás, no describían a personas de color en la Biblia (algo que aún sucede), y mis padres querían que nuestra mente accediera a la verdad de la Palabra y que supiéramos que nosotros en tanto pueblo somos parte del amor y del plan de Dios. Es esta historia la que explica por qué mis padres fueron atraídos hacia la educación clásica. Los conectaba con su deseo de conocer la verdad acerca de la historia de la humanidad. Con su foco puesto en la cronología histórica y en la lectura profunda de textos antiguos, descubrieron una filosofía educacional que les proporcionó otro canal a través del cual podrían atender a la comunidad afroestadounidense. Me sorprendí cuando decidieron abrir una escuela cristiana de estudios clásicos para estudiantes afroestadounidenses, pero ahora, mirando atrás, todo tiene sentido. Fue durante mi trabajo en esa escuela a lo largo de diez años que me enamoré de los clásicos y adquirí una valoración profunda de la vida y del ministerio de mis padres en la iglesia y en la educación cristiana.

Comparto mi experiencia de crecimiento para poner de manifiesto cómo este tipo de educación está en la raíz de por qué me siento atraída por los clásicos y no estoy influenciada por la controversia constante que los rodea. Tengo plena conciencia de cómo los clásicos y la Biblia han sido utilizados históricamente para oprimir a mi pueblo y para promover las ideologías de la supremacía blanca. Sin embargo, del mismo modo en que se me enseñó a leer las escrituras atentamente para descubrir lo que es verdadero, así leo los clásicos. Leo todo de este modo: leo para encontrar a mi pueblo y leo para ver cómo los textos se conectan con mi vida. Como resultado, cuando leo los clásicos no me siento inclinada a que no me agraden por el modo en que muchas personas blancas han hecho un mal uso de ellos. Los leo para mí y me formo mis propias opiniones sobre ellos.

Dominio público

Un error clásico

La Biblia presenta una bella imagen de la diversidad de la época antigua. Incluso si uno no es un cristiano o incluso si uno cree que la Biblia es una colección de mitos, aun así, refleja la diversidad de la época. Sin embargo, los clásicos han sido utilizados históricamente para dividirnos, otorgando a un grupo superioridad por encima de otro. Los blancos han cometido este error y los negros también, en parte intentando aprender los clásicos para separarse del resto de su propia raza. Para mí, los clásicos no respaldan la noción de un grupo intelectual de élite dentro de la raza blanca ni respaldan la idea de que los clásicos representan una raza blanca de élite superior a toda la humanidad. Los clásicos son sencillamente parte de la historia de la humanidad y nos abren una ventana hacia una época lejana en el tiempo, pero de la que aún podemos aprender. Los clásicos nos conectan con las raíces de todos nuestros ancestros y, si uno es cristiano, podrá incluso sentir cómo los clásicos nos acercan a los mismos inicios de la unidad que se formó con la humanidad en la creación.

A pesar de toda la historia que está detrás de cómo los clásicos han sido utilizados como una herramienta de opresión, no podemos echarles la culpa. Pero nos volvemos hacia el corazón de los educadores que nos los presentan y deseamos que aprendan a compartir el mundo clásico como un espacio de invitación que da la bienvenida a todos. Aunque soy nueva en el mundo académico de los clásicos, no soy nueva en lo que respecta a su enseñanza. Tanto en la universidad como en los cursos de primaria y secundaria me he valido de la misma estrategia, es decir, enseñar toda la historia. Quiero decir que en lo que respecta a la enseñanza de los clásicos, estoy enseñando sobre la antigüedad grecorromana, pero también estoy enseñando acerca de cómo las personas negras se han liberado a través de la lectura de estos textos. Estoy enseñando acerca de cómo los clásicos han sido utilizados para moldear las filosofías de muchos activistas y hacedores de cambio negros. Por ejemplo, enseño sobre el viaje de Martin Luther King Jr. hacia los clásicos, de los que se valió para moldear su filosofía con la que guio el movimiento de derechos civiles. Enseño cómo Huey P. Newton leyó La república de Platón y encontró la inspiración para liberar a las personas negras. Cito a Anna Julia Cooper que se valió de los clásicos para ayudarse a animar a las personas negras a través de la educación. En la actualidad, estoy profundizando en las civilizaciones africanas que se cruzaron con la Grecia y la Roma antiguas y desde ese punto he creado para mis alumnos una perspectiva acerca de los clásicos. Esa perspectiva es única porque comenzamos el viaje con ellos viéndose a sí mismos en el texto.

La época de la antigüedad grecorromana sin duda tenía sus vicios, pero el concepto de “negro” y “blanco” no está allí.

Si miras de cerca los clásicos, verás que la mayoría de los continentes aparecen mencionados en los textos antiguos: África, Medio Oriente, Asia. Cuando estudiamos los clásicos y desplegamos la diversidad que hay en ellos, todos los estudiantes aprenden a ver a través de una lente de inclusión y diversidad. Dejamos de ver este cúmulo de conocimiento como “perteneciente” a cualquier grupo de personas y comenzamos a verlo como algo que es para todos nosotros.

Sócrates demuestra el valor existente en el aprendizaje clásico cuando se involucra en un diálogo sobre la virtud, la amistad y la sociedad humana. Aristóteles también vive de un modo más significativo el aprendizaje clásico al ejercitar su capacidad de asombro para comprender la esencia de los seres vivos. Cuando los clásicos son solo utilizados para dividir un grupo de otro, colocando a uno como superior al otro, nos decepcionamos ante la vacuidad de ese objetivo final. Sin embargo, cuando nos enteramos de que Frederick Douglass leía los clásicos para obtener la inspiración y la retórica que le permitían luchar contra la esclavitud y la opresión a través de la oración, descubrimos mucho más sentido en este tipo de aprendizaje clásico. El aprendizaje clásico debería tener un propósito de servir a la humanidad, de conectar a la humanidad y de inspirar a la humanidad. Utilizarlo para el orgullo y el beneficio personales es una completa mala utilización y una interpretación errónea de su propósito.

De cómo la Biblia llama a la unidad

Una de las razones principales por las que me siento atraída a utilizar los clásicos para unirnos es porque una y otra vez en las escrituras vemos los intentos de Dios para unir a las personas. Un ejemplo perfecto del deseo de Dios de alcanzar la unidad racial es la historia de Pedro y Cornelio. En Hechos 10 Pedro es instruido por Dios para que se acerque a un romano llamado Cornelio y le dé la bienvenida a la fe cristiana. Pedro duda. Dios hace que Pedro tenga una visión, que algunos consideran el modo en que Dios nos dice que podemos comer lo que deseemos, pero, en realidad, es una orden de no considerar a ninguna raza de personas como inferior y de que todos somos bienvenidos a la fe en Jesucristo. Después de la visión, Pedro no se levanta para asar unas lonchas de jamón, sino que dice: “En verdad comprendo que Dios no hace excepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (He 10:34-35). Incluso antes de que Pedro tuviera esa visión, en los primeros capítulos de los Hechos de los apóstoles hay ejemplos repetidos de las acciones intencionales de Dios para asegurarse de que el evangelio llegara a cada continente. En el día de Pentecostés, los discípulos salieron de inmediato y hablaron con personas de todos los continentes en su propia lengua (He 2:5-11).

Dios inició el crecimiento de la iglesia primitiva a través de un esfuerzo intencional para dar la bienvenida a la diversidad y celebrarla. Cuando leo esto, no pienso en el dolor del racismo por el que atravesé. Solo pienso que cualquiera que mencione el nombre de Cristo está obligado a dar la bienvenida a la diversidad y a buscar la unidad racial en el cuerpo de Cristo. De modo pues que toda mi pasión hacia la sanación racial nace de haber estudiado la Palabra y de haber notado el deseo de Dios de que esto fuera así.

Puesto que las historias de la Biblia revelan una intersección con la antigüedad grecorromana y con muchas de las antiguas civilizaciones, siento que las escrituras inspiran mi utilización de los clásicos como una herramienta para alcanzar la unidad. El modo en que todas las naciones se unen en torno a la fe en Jesús revela que todos podemos unirnos en torno a los clásicos, porque ellos cuentan la historia humana.

Los clásicos en mi mano

A medida que Dios comenzó a hacerme sentir su deseo de que en la iglesia hubiera sanación racial y unidad, empecé a orar para que Dios me mostrara lo que podía hacer para obedecer su Palabra al respecto. Poco después de haber orado, recordé cuando Moisés se paró ante la zarza ardiente y se sintió inseguro sobre una tarea tan monumental como guiar a todo Israel fuera de Egipto. Dios le dijo: “¿Qué es eso que tienes en tu mano?” (Ex 4:2). Entonces me pregunté: “Anika, ¿qué es eso que tienes en tu mano?” Inmediatamente pensé en los clásicos. Al principio, puede parecer algo tan distante de cualquier tarea hecha con la sanación racial, pero si se piensa un poco, los clásicos nos hacen un hermoso regalo. Siento que podemos usar los tiempos antiguos como un modelo que nos muestra cómo podemos unirnos. Cuando pienso en todas las historias que están en la Biblia y en el modo en que Dios muestra cómo la humanidad se encontraba tan entrelazada, podemos ver qué es posible. Pienso también en los textos clásicos y en cuán conectados están a los hechos bíblicos. Pienso en Publio Terencio Africano, un respetable escritor de comedias en la antigua Roma, a pesar de haber sido un esclavo traído desde África. Siento que podemos valorar las contribuciones de todas las personas, sin importar de qué entorno étnico o socioeconómico provengan. Y los clásicos nos muestran que hubo un tiempo en que esto se vivía así. La Biblia nos muestra lo mismo.

El mundo en que vivimos es muy diferente a aquellos tiempos, pero aún podemos abrir un texto clásico y encontrar un nuevo mundo donde la segregación racial no existe. W. E. B. Du Bois comparte sus sentimientos en el siguiente fragmente tomado de Las almas del pueblo negro:

Me siento con Shakespeare y él no se avergüenza. Me muevo tomado del brazo de Balzac y de Dumas a través de las fronteras raciales donde los hombres sonrientes y las mujeres cordiales se deslizan en salones dorados. … Convoco a Aristóteles y a Aurelio y al alma que desee, y se acercan amablemente sin desprecio ni desdén. Así pues, desposado con la Verdad, moro por encima del Velo. ¿Es esta la vida que nos envidias, caballerosa nación estadounidense? ¿Es esta la vida que anhelas cambiar por la fealdad color rojo apagado de Georgia? ¿Tanto temes, no sea que al mirar detenidamente desde este alto Pisgah, entre filisteos y amalecitas, divisemos la Tierra Prometida? (486)

La época de la antigüedad grecorromana sin duda tenía sus vicios, pero el concepto de “negro” y “blanco” no está allí. Qué terrible tergiversación de este cúmulo de conocimiento enseñarla como si el elitismo y el racismo estuvieran asociados con los estudios clásicos. Sin embargo, qué hermoso ser capaces de leer textos no contaminados por el racismo tal como lo conocemos. Frank Snowden, el gran clasicista y exdirector del Departamento de Estudios Clásicos de la Universidad de Howard, dice en su libro Before Colour Prejudice: “Las impactantes similitudes en el cuadro completo que emergen de un examen de las fuentes principales —egipcias, griegas, romanas y del cristianismo primitivo— señalan una imagen muy favorable de los negros y de las relaciones entre blancos y negros, que difiere notoriamente de aquellas que se han desarrollado en sociedades con más conciencia racial”. Esta cita revela por qué cuando Frederick Douglass, W. E. B. DuBois o Anna Julia Cooper leyeron los clásicos, no sintieron el dolor de la sociedad racista en la que vivían. Ellos, junto con tantos otros afroestadounidenses y personas de color, se sintieron liberados y aceptados cuando leyeron esos textos por sí mismos.;

Recordé el mundo mágico del que habla DuBois, donde junto con Aristóteles y otros bailan en “salones dorados”. Recordé que eso era lo que yo sentía cuando los leía por primera vez y a medida que me involucraba con personas que no lucían como yo, en torno a la “Johnnie Table” mientras era una estudiante de posgrado en St. John´s College. Recordé cómo mis estudiantes se sentían cuando los guiaba por el mismo viaje a través de esos textos. Inspirada en la estrategia del Espíritu para crear una iglesia diversa, ofrezco la experiencia de estudiar los clásicos a través de la lente de la diversidad, con el propósito de unir a la humanidad como Cristo quiso unir a la iglesia. Eso es lo que tengo en mis manos para ofrecer a cualquiera que desee abrir su corazón y su mente a recibir una nueva perspectiva del estudio y la enseñanza de los clásicos. Espero que podamos enmendar los errores cometidos en la enseñanza y el aprendizaje de los clásicos valiéndonos de ellos como herramienta para construir un puente entre las razas.


Traducción de Claudia Amengual