Muchas personas piensan que sus oraciones no sirven si no se expresan con suficiente claridad, o no explican con exactitud lo que quieren decir, o no se pronuncian con bastante fuerza ante Dios con la debida seriedad. Pero, cuando esto sucede, la oración se convierte en algo tan exagerado que incluso nuestro Salvador lo prohíbe.

Obviamente, Jesús no desea desanimarnos al orar. Su punto es que cuando oremos tengamos un sentido de proporción. Una vez que hayamos orado debemos permanecer tranquilos. Tenemos que ser como el agricultor que ha sembrado su semilla. La ayuda vendrá cuando permanezcas tranquilo en fe. También en tu enfermedad o con otras necesidades, aprende a permanecer tranquilo y busca el reino de Dios.

Podemos expresar nuestras necesidades al Padre con pocas palabras, sin hacer un drama, y descansar seguros de que Dios ya sabe lo que necesitamos y lo que hará para ayudarnos. No tenemos que explicar con muchos detalles nuestras peticiones al Señor, ni tratar de asegurarnos de que sepa nuestras necesidades. Dios conoce incluso los asuntos más insignificantes y los lleva directo a su corazón. Podemos acudir a él mirando hacia el cielo, sin pronunciar palabras, o lo podemos hacer incluso cuando oramos por algo concreto y tangible, o por algo que específicamente nos preocupa. Tal vez comprendamos, que lo que pensábamos que necesitábamos, en realidad no es necesario, y que podemos encontrar una salida justo en medio de las condiciones actuales.

Aprende a permanecer tranquilo y busca el reino de Dios.

Esto no significa que simplemente dejemos que sucedan las cosas, como si todo llegara por cuenta propia sin que lo deseáramos. Tampoco debemos lanzar una petición breve y apresurada a los pies del Señor. Cuando lo hacemos, perdemos muy fácilmente de vista a Dios, asumiendo que todo viene a nosotros sin su ayuda, y nos olvidamos de darle gracias. Luego dejamos de tener un corazón creyente y como consecuencia dejamos de ser verdaderos hijos de Dios.

Jesús dijo: «Antes de que se lo pidan». Por tanto, necesitamos darle a conocer nuestras peticiones, de lo contrario no recibiremos muchas cosas que nos podría haber dado. A Dios nunca le desagrada cuando venimos ante él con nuestras peticiones más sinceras. Un hijo verdadero pide por todo, sabiendo que Dios está dispuesto a escucharlo. Debemos traer todas nuestras cargas y necesidades ante él, porque por lo menos esto nos ayuda a estar mucho más conscientes de que Dios es quien da todas las cosas.

Dios siempre tiene en mente nuestros intereses. Él recibe nuestras diversas necesidades con preocupación paternal, esperando con entusiasmo que vengamos ante él. No nos ha olvidado. Y cuando somos tentados a pensar que lo hace, con mucha más razón debemos recordar que todo lo sabe y cuida de nosotros. De hecho, sabe mucho más de nosotros y nuestras necesidades que nosotros mismos. La oración simple y confiada es suficiente para conmover su corazón, te concede algo de la plenitud de su compasión, y te salva de toda clase de temores y dificultades.


Extracto del libro El Dios que sana