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    A rude man taking up too many seats on a train.

    Ora por esas personas molestas

    Es difícil despreciar a alguien después de interceder por él.

    por William Law

    jueves, 15 de enero de 2026

    Otros idiomas: English

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    Que la intercesión es una parte importante y necesaria de la devoción cristiana es muy evidente en las escrituras. Los primeros seguidores de Cristo parecen apoyar todo su amor y mantener todas sus relaciones y su correspondencia mediante oraciones mutuas, unos por otros.

    San Pablo, ya sea en escrituras a iglesias o a personas en particular, muestra que su intercesión por ellos es perpetua, que son el tema constante de sus oraciones. Así, a los filipenses: “Cada vez que pienso en ustedes, le doy gracias a mi Dios. Siempre que oro, pido por todos ustedes con alegría” (Fil 1:3-4). Aquí vemos no solo una intercesión continuada, sino realizada con tanta alegría que muestra que la oración era un ejercicio de amor en el que se regocijaba enormemente.

    Su devoción también se extendía a personas concretas; así, lo vemos en el siguiente versículo: “Timoteo, doy gracias a Dios por ti, al mismo Dios que sirvo con la conciencia limpia tal como lo hicieron mis antepasados. Día y noche te recuerdo constantemente en mis oraciones” (2 Tim 1:3). Los apóstoles y los grandes santos no solo beneficiaban y bendecían de este modo a iglesias particulares y a personas privadas, sino que ellos mismos también recibían bendiciones de Dios por medio de las oraciones de los demás. Así, dice San Pablo a los corintios: “Ustedes nos están ayudando al orar por nosotros. Entonces mucha gente dará gracias porque Dios contestó bondadosamente tantas oraciones por nuestra seguridad” (2 Co 1:11).

    A rude man taking up too many seats on a train.

    Fotografía de Beth Dixson / Alamy Stock Photo.

    Esta era la antigua amistad de los cristianos, que unía y cimentaba sus corazones, no por consideraciones mundanas o pasiones humanas, sino por la comunicación mutua de bendiciones espirituales, por las oraciones y las acciones de gracias a Dios unos por otros.

    Fue esta santa intercesión la que elevó a los cristianos a un estado de amor mutuo que superaba todo lo que se había alabado y admirado en la amistad humana. Y cuando el mismo espíritu de intercesión vuelva a estar presente en el mundo, cuando el cristianismo tenga el mismo poder sobre los corazones humanos que tenía en ese entonces, esta santa amistad volverá a estar de moda, y los cristianos volverán a ser la maravilla del mundo, por el amor extraordinario que se profesan unos a otros.

    Una intercesión frecuente ante Dios, suplicándole fervientemente que perdone los pecados de toda la humanidad, que los bendiga con su providencia, los ilumine con su espíritu y los lleve a la felicidad eterna, es el ejercicio más divino en el que puede participar el corazón del hombre.

    Por lo tanto, una vez que hayas acostumbrado tu corazón a realizar seriamente esta santa intercesión, habrás hecho mucho para rendirlo incapaz de rencor y envidia, y para que se deleite naturalmente en la felicidad de todos.

    Este es el efecto natural de una intercesión general por todos. Pero los mayores beneficios se obtienen cuando nuestras oraciones atienden a casos particulares que nuestra situación y nuestra condición en la vida nos exigen más específicamente.

    No hay nada que nos haga amar tanto a alguien como orar por él.

    Debemos tratar a todas las personas como vecinos, según se presente la ocasión; sin embargo, como solo podemos vivir en la sociedad de unos pocos y, por nuestro estado y condición, estamos más particularmente relacionados con algunos que con otros, cuando nuestra intercesión se convierte en un ejercicio de amor y cuidado por aquellos entre quienes nos ha tocado vivir, o que nos pertenecen en una relación más cercana, entonces se convierte en el mayor beneficio para nosotros mismos y produce sus mejores efectos en nuestros corazones.

    No hay nada que nos haga amar tanto a alguien como orar por él; y cuando puedas hacerlo sinceramente, habrás preparado tu alma para actuar con toda amabilidad y cortesía hacia esa persona. Esto llenará tu corazón de generosidad y ternura, lo que te dará un comportamiento mejor y más dulce que cualquier cosa que se llame buena educación y buenos modales.

    Al considerarte un defensor de tus vecinos y conocidos ante Dios, nunca te resultará difícil estar en paz con ellos. Te resultará fácil soportar y perdonar a aquellos por quienes has implorado, particularmente, la misericordia y el perdón divinos.

    Si todas las personas, cuando sienten los primeros indicios de resentimiento, envidia o desprecio hacia los demás, o si en todos los pequeños desacuerdos y malentendidos, en lugar de complacer sus mentes con pequeñas reflexiones mezquinas, recurrieran a una intercesión más particular y extraordinaria ante Dios por aquellas personas que han despertado su envidia, resentimiento o descontento, esta sería una forma segura de impedir el crecimiento de todos los temperamentos poco caritativos. [. . .]

    Cuando en cualquier momento encuentres en tu corazón movimientos de envidia hacia cualquier persona, ya sea por su riqueza, poder, reputación, erudición o ascenso; si en ese momento te dedicas inmediatamente a tus oraciones y ruegas a Dios que le bendiga y le prospere en aquello mismo que ha despertado tu envidia; si expresas y repites tus peticiones en los términos más enérgicos, suplicando a Dios que le conceda toda la felicidad que pueda recibir del disfrute de ello, pronto descubrirás el mejor antídoto del mundo para expulsar el veneno de la pasión tóxica de la envidia.

    Esto sería tal triunfo sobre ti mismo, humillaría y reduciría tanto tu corazón a la obediencia y el orden, que el diablo incluso temería tentarte de nuevo de la misma manera, al ver que la tentación se ha convertido en un medio tan excelente para enmendar y reformar el estado de tu corazón.

    Además, si en algún momento tuvieras alguna pequeña diferencia o malentendido con un familiar, un vecino o cualquier otra persona, deberías orar por ellos de una manera más extraordinaria que nunca, suplicando a Dios que les conceda toda la gracia, la bendición y la felicidad que puedas imaginar; habrás tomado el método más rápido posible para reconciliar todas las diferencias y aclarar todos los malentendidos. [. . .] No es posible que tengas mal humor o muestres un comportamiento descortés hacia alguien por cuyo bienestar te preocupas tanto como para ser su defensor ante Dios en privado.


    Traducido por Coretta Thomson de William Law, A Serious Call to a Devout and Holy Life (Grand Rapids, MI: Christian Classics Ethereal Library). 

    Contribuido por WilliamLaw William Law

    William Law (1686-1761) fue un autor y sacerdote de la Iglesia Anglicana cuyos escritos influyeron en William Wilberforce y Charles y John Wesley.

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