Mientras el hombre seguía aferrado a Pedro y a Juan, toda la gente, que no salía de su asombro, corrió hacia ellos al lugar conocido como Pórtico de Salomón. Al ver esto, Pedro les dijo: «Pueblo de Israel, ¿por qué les sorprende lo que ha pasado? ¿Por qué nos miran como si, por nuestro propio poder o virtud, hubiéramos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su siervo Jesús».

—Hechos 3:11-13a

Muy poca gente comprende cómo Dios puede obrar y cómo puede poner las cosas en orden aquí en la tierra. Solo vemos las cosas desde el punto de vista natural. Nuestra perspectiva educada nos impide ver los milagros.

A pesar de nuestra perspectiva moderna, creo que es muy difícil que alguien no se ponga sumamente feliz, aunque solo lo haga en el secreto de su corazón, si le sucede un milagro. No lo rechazaría, si de repente se recupera de una enfermedad incurable. No, con gusto exclamaría: «¡Es un milagro que esté bien otra vez!». Así es como lo siente en el fondo la mayoría de la gente. En todas partes hay personas que anhelan un Salvador que haga precisamente estas cosas, para las que tiene poco tiempo la llamada medicina moderna.

Martín Malharro, Un rincón de Belgrano.

Todos sabemos que existen ciertas situaciones en las que nos encontramos desvalidos por completo, situaciones en las que todos los poderes humanos conocidos no sirven de nada. Por eso la fe no se puede desarraigar de nuestras vidas. No importa cuanta agua nuestro mundo sofisticado derrame sobre el fuego de la fe, nuestro anhelo de creer brota de una forma o de otra. La fe surge, aunque no le abramos paso, en especial la fe, que está sedienta de señales de Dios más allá de nuestra expectativa y comprensión. Si esta sed no se satisface, la gente recibe el impulso de un poder notable y misterioso para salir a buscar.

Piensen en la multitud de peregrinos que viajan a Tréveris (Alemania) para ver la santa túnica, que se dice posee poderes milagrosos. Amados amigos, el impulso que mueve a millares para ir a Tréveris es básicamente el mismo impulso que motivó a los diez leprosos a acudir ante Jesús. Aunque la meta no es la misma, el poder que los impulsa a todos es el mismo: una sed de algo que no podemos ver ni comprender, pero que simplemente necesitamos.

Una de las mayores tragedias que hoy enfrentamos es que ya no creemos en milagros. No en milagros insólitos o producidos por la ciencia, sino en los milagros que llevan a la gente a Jesús, milagros causados por una verdadera palabra de Dios. ¿Creemos que podemos ser liberados de la enfermedad y la muerte? ¿Creemos que también podemos ser liberados de la confusión inherente a nuestra naturaleza, del pecado y de las necedades de nuestras esperanzas y ambiciones? ¿Creemos que esto es posible? ¿O no es posible o es nada más que una mentira?


Extracto del libro El Dios que sana.