En 1917, el sociólogo alemán Max Weber dio un discurso conmovedor en la Universidad de Munich a un salón lleno de estudiantes y docentes. La temática era qué hacía falta para lograr una carrera exitosa con la ciencia como profesión; Weber era un hombre severo y un científico orgulloso, que creía que solo aquellos que se dedicaran en cuerpo y alma al ideal científico debían perseguirlo. Pero la conferencia de Weber, “La ciencia como vocación”, raramente se recuerda por sus consejos de carrera; más bien, lo que ha permanecido es la visión de la vida moderna que sirvió de marco a sus consejos. “El destino de nuestro tiempo” declaró famosamente Weber, está caracterizado por ser “racionalizado e intelectualizado y, sobre todo, el desencanto del mundo”.

Las apasionadas reflexiones de Weber sobre el “desencanto” se han convertido en referencias fundamentales de la tradición sociológica. Pero su influencia se extiende mucho más allá, animando un sentimiento amplio y común sobre el mundo. Que el mundo moderno esté “desencantado” se ha convertido en una especie de cliché. Y, como muchos clichés, la verdad a la que apunta ha quedado sepultada bajo capas de malentendidos.

Weber es conocido por plantear una visión trágica de la modernidad; la tragedia radica en la intersección de dos hechos. El primero es la supremacía de la ciencia y la tecnología en las instituciones modernas. Y el segundo es la profunda necesidad humana de un sentido moral trascendente.

El mundo moderno está moldeado por las fuerzas de la ciencia y la tecnología. En cada dominio de nuestras vidas, ya sea lo que comemos y consumimos hasta cómo viajamos y trabajamos, confiamos en la tecnología. Nuestra sociedad es una basada en la domesticación de la naturaleza para nuestros propios fines instrumentales; a través de la ciencia y la tecnología buscamos dominar el mundo. Weber observaba que, debido al inmenso poder instrumental que ha desatado la ciencia, esta asume un rol desmesurado en los debates públicos sobre lo que es verdadero o bueno. La modernidad, señaló, institucionaliza un espíritu de cálculo racional a costa de los valores sustantivos.

Entonces la tragedia del desencantamiento moderno surge del hecho de que, a pesar de todo su poder instrumental, la ciencia no puede brindar el consuelo metafísico o moral que los seres humanos necesitan de forma tan desesperada. Weber afirma, citando a Tólstoi: “La ciencia carece de sentido puesto que no tiene respuesta para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir”. Aquí yace el predicamento moderno: la ciencia y la tecnología nos han dado un poder práctico sin precedentes, pero han eliminado las fuentes de sentido moral de las que depende el desarrollo humano.

La teoría de la secularización y sus debilidades

En el campo de la sociología, la teoría de la secularización (la descripción del declive de la religión en el mundo moderno) está profundamente en deuda con Weber. De hecho, no sería injusto decir que la teoría es meramente un refinamiento y expansión del discurso de Weber en Munich. Los teóricos de la secularización ven el declive del cristianismo en occidente principalmente como un resultado del proceso de “desencantamiento”; esto es, la creciente autoridad de la ciencia, del reemplazo del ritual religioso por la tecnología, y la codificación de la racionalidad instrumental que abarca las instituciones modernas.

Max Weber, 1918. Science History Images. Alamy Inc.

La teoría de la secularización considera que la ciencia y la tecnología socavan y desplazan las creencias y prácticas cristianas. Un campesino cristiano de la época premoderna, ante una sequía, rezaba para que lloviera; ahora, el campesino simplemente enciende unos regadores. Pero me cuesta creer esta versión. La creencia en fantasmas, hadas, y espíritus sigue estando muy extendida en el siglo XXI; nuestro mundo dista mucho de ser un paraíso racionalista, como dejan claro las encuestas de Pew. Incluso, muchos cristianos, tanto históricamente y como en el presente, no han tenido problemas para reconciliar la ciencia y la religión. De hecho, según la socióloga Elaine Howard Ecklund, los científicos profesionales alrededor del mundo combinan metódicamente la práctica científica rigorosa con la fe personal. La ciencia propiamente entendida no se pronuncia sobre la cuestión del significado moral y por ende no puede decirnos a qué valores o proyectos debemos comprometernos. En este sentido, la ciencia simplemente no puede reemplazar a la religión.

Lo que la historia de Weber pasa por alto es que el declive del cristianismo se debe menos al auge de la ciencia que a la pérdida de popularidad de lo que el sociólogo de Notre Dame, Christian Smith, denomina “cristianismo tradicional”.

Cuando los occidentales pensamos en “religión”, tendemos a pensar en iglesias, curas, pastores, entre otras cosas. Es decir, asociamos la “religión” con los tipos de cristianismo que han sido históricamente dominantes: el protestantismo convencional en Estados Unidos, el anglicanismo en Reino Unido, el catolicismo en Francia; el cristianismo tradicional. Desde la Ilustración, aunque con su punto álgido en la década de 1960, el cristianismo tradicional (“la religión”) pasó a ser considerado en todo Occidente como antimoderno, opresivo e intelectualmente cuestionable. Para la juventud contracultural, “la religión” representaba todo lo que estaba mal en el mundo. Los baby boomers no estaban en contra de la religión o del sentimiento espiritual (como lo demuestra el florecimiento del movimiento New Age), sino que se oponían a la “religión” (una vez más, el cristianismo tradicional). Esto explica por qué la verdadera caída en la asistencia a la iglesia no comienza en el siglo XIX con el auge de la ciencia, sino en los 60.

Anne Desmet, Babel/Vesuvius, linograbado, xilografía, grabado y collage sobre papel, 2002. Usado con permiso.

En su libro recientemente publicado Why Religion Went Obsolete: The Demise of Traditional Faith in America (Por qué la religión quedó obsoleta: el ocaso de la fe tradicional en Estados Unidos), Smith refuerza esta tesis y la profundiza considerablemente. Sostiene que el declive del cristianismo tradicional en Estados Unidos tiene muy poco que ver con la difusión de la ciencia. Por el contrario, tiene mucho que ver con la consolidación de una cultura decididamente anticristiana. Desde este punto de vista, el mundo en el que vivimos es menos posreligioso que pos “religioso”. Muchos modernos (especialmente los jóvenes) han rechazado el cristianismo tradicional como una vía viable hacia la salvación. Consideran que los valores y virtudes cristianos son anticuados y aborrecibles. Rechazan las creencias y prácticas cristianas, no porque sean irracionales, sino porque pasaron de moda.

Pero nuestros anhelos religiosos no se desvanecen fácilmente. Weber creía que el impulso religioso deriva del hecho de que los humanos necesitamos marcos de sentido que nos motiven, guíen nuestro comportamiento y den un propósito a nuestras vidas. Sin ellos, experimentamos nada menos que un terror existencial. Cuando cada uno de nosotros se despierta por la mañana, se enfrenta a la pregunta: ¿A qué voy a dedicarme? Responder esta pregunta, dice Weber, es intrínsecamente religioso, pues presupone una fe en algo que nos trasciende. Los seres humanos necesitamos una soteriología: una explicación del sentido último de la vida, un marco moral imperativo, una promesa de salvación. Para Weber, debido a la difusión de la ciencia en la modernidad, esta necesidad se ve frustrada para la mayoría de las personas contemporáneas. Sin embargo, una vez más, no desaparece, ni puede hacerlo. Entonces, ¿qué pasa con ella?

Si tomamos en serio a Weber, llegamos a la conclusión de que el desencanto conduce inevitablemente al reencanto. Si los hombres estamos destinados a buscar la salvación, es poco probable que podamos tolerar un orden “desencantado” durante mucho tiempo. No: buscaremos la salvación en algo porque... bueno, eso es precisamente lo que hacemos.

Por eso la teoría de la secularización, a pesar de su perspicacia, está profundamente equivocada. Es cierto que el mundo moderno está impregnado de ciencia y tecnología; la racionalización y la intelectualización se han abierto paso en casi todos los ámbitos de la vida humana, desde la política social hasta nuestra vida sexual. Sin embargo, lejos de estar totalmente “desencantado”, el siglo XXI está furiosamente encantado: las fuentes plurales de salvación se multiplican y compiten por nuestras almas. La modernidad es menos un páramo secular que un campo de batalla de dioses en guerra. Son demasiados para nombrarlos a todos, pero destacan cuatro contendientes: el yo, el trabajo, la política y la tecnología.

En búsqueda de los dioses de la modernidad

El primer dios de la modernidad es el yo. Un legado del romanticismo es la preocupación por la inmanencia, la subjetividad, los sentimientos internos y la expresividad. Los románticos contemporáneos buscan la experiencia pura y la autenticidad personal. Su fin soteriológico es la autorrealización. Convertirse en el “verdadero yo” es el mandamiento moral principal de la modernidad secular.

La búsqueda romántica por salvarse a través de la autorrealización es más evidente en el crecimiento de quienes se autoidentifican como “espirituales, pero no religiosos”. Al rechazar la “religión”, las personas que se definen como espirituales pretenden, no obstante, rechazar el conformismo, el dogmatismo y el colectivismo, que asocian (con razón o sin ella) con el cristianismo tradicional. Por otro lado, se dice que la “espiritualidad” es expresiva, abierta de mente, e individual. Para sorpresa de nadie, el grupo de personas “espirituales, pero no religiosas” tiene estrechos vínculos históricos con los movimientos de liberación de la década de 1960, desde el feminismo hasta la liberación gay. Estos movimientos, a su manera, promovían y compartían la soteriología de la autorrealización, sentando las bases para lo que el filósofo Chales Taylor denomina nuestra “cultura de la autenticidad” de la modernidad tardía. Hoy, cuestionar el carácter sagrado de la autenticidad personal constituye una herejía.

Desde luego que a los cristianos nos importa y nos debe importar la autenticidad. Es más, la sacralización del yo ha sido fundamental para la difusión de la creencia en los derechos humanos. Sin embargo, la búsqueda de la autorrealización ha tomado en los últimos años un rumbo extraño y sombrío.

En la izquierda gnóstica, el ideal de la autorrealización ve a todas las tradiciones y normas de la sociedad como opresivas y tiránicas, como encasillar a las personas en categorías que no se ajustan a la percepción que tienen de sí mismas. Esto es lo que lleva a un gran número de jóvenes a oponerse no meramente a normas restrictivas de género, sino que a la creencia mundana de que el sexo es binario. Desde la perspectiva de una autoafirmación sin límites, las categorías de “hombre” y “mujer” solo pueden vivirse como imposiciones violentas. Si las normas sociales entran en conflicto con los sentimientos íntimos de cada uno, entonces hay que descartar esas normas.

 Muchas personas rechazan las creencias y prácticas cristianas, no porque sean irracionales, sino porque pasaron de moda.

Irónicamente (y aterradoramente), la devoción nietzscheana por la autoafirmación descarada está ganando terreno en la derecha política. El gran error de la izquierda fue asumir que la sacralización de la subjetividad apoyaría naturalmente fines progresistas. Sin embargo, como pone de manifiesto la popularidad de voceros "vitalistas” como Bronze Age Pervert, la izquierda no tiene el monopolio de la soteriología de la autorrealización. Si Dios y el yo son uno, la moralidad es lo que uno decide que sea. Para la extrema derecha, la auténtica autorrealización exige que los fuertes hagan lo que quieran, mientras que los débiles sufren lo que les corresponda.

Aquí nos encontramos con otro dios que lucha por dominar: el trabajo. Lo que le da al trabajo su carácter redentor se debe, en parte, a su relación con la riqueza. En el capitalismo moderno, el dinero adquiere un carácter místico. Desde luego que en todas las épocas la riqueza se ha confundido con una bendición divina. Pero en las altas sociedades estratificadas, la riqueza es tanto un símbolo de estatus como un pase de acceso a la aceptación social. Carecer de riqueza puede significar una muerte social. Sin embargo, especialmente para las clases medias altas bien educadas, el trabajo no solo es meramente valioso por la prosperidad que promete; cada vez más se considera como una fuente de significado moral trascendente. En una encuesta realizada en 2018 sobre qué da sentido a sus vidas, el 48 % de los estadounidenses con ingresos elevados y estudios universitarios afirmaron que era su trabajo.

Si bien interpretar que la labor de uno tiene un valor espiritual no es algo ajeno al cristianismo, estaría errado interpretar estos resultados como una supervivencia de la ética protestante. Tal como lo nota el escritor Derek Thompson, la tendencia en años recientes no es considerar la carrera profesional de uno como algo en consonancia con la vocación religiosa, sino más bien sustituir la religión por el trabajo (lo que él denomina “trabajismo” (workism)). En la misma línea, la socióloga de Berkeley Carolyn Chen sostiene en Work Pray Code (Trabajar, rezar, programar) que, en lugar de dedicar sus vidas a una congregación religiosa, como solía ser la norma en Estados Unidos, las clases medias-altas se dedican cada vez más a sus trabajos, en gran detrimento de sus familias, amistades, vecindarios y comunidades.

La búsqueda romántica por salvarse a través de la autorrealización es más evidente en el crecimiento de quienes se autoidentifican como “espirituales, pero no religiosos”. 

Para aquellos que dudan que el trabajo sirva como una fuente de salvación, recordemos que para Weber la religión es la pregunta: ¿A qué debo dedicarme? Vivimos en un mundo donde las clases profesionales y directivas buscan desesperadamente la redención mediante la productividad, la superación personal y el logro constante: una línea más en el currículum, un título más, un cargo más. Uno espera que la promesa de la salvación esté justo a la vuelta de la esquina. Además, en la era de la IA, la amenaza de la condenación en forma de desempleo se vuelve demasiado real. La búsqueda moderna de la optimización personal es una tarea interminable; la optimización presupone un fin último. ¿Optimización para qué? Para ganar más dinero, para producir más, para lograr más. Pero ¿con qué fin? El dios del trabajo se cierne como un capataz, siempre presente pero nunca satisfecho.

Otro dios que anhela nuestra lealtad es la política. Solo necesitamos recordar los movimientos utópicos que atravesaron el siglo XX, alimentados por este deseo mundano de la salvación: el comunismo en la izquierda, el fascismo en la derecha. En el corazón de la soteriología de la política está la creencia de que la redención religiosa puede y debe ser alcanzada a través de la lucha política.

El término “woke” (progre) suele ser usado de manera peyorativa, y muchos críticos se han burlado del fenómeno haciendo analogías con la religión. Pero la analogía garantiza nuestra consideración. El decano del antirracismo, Ibram X. Kendi, confiesa en las primeras páginas de su éxito de ventas de 2019, Cómo ser antirracista, que su fervor por la justicia social proviene directamente de su educación en la iglesia negra y de las aspiraciones soteriológicas que esta cultivó en él. Independientemente de lo que se pueda decir al respecto, esto ejemplifica a la perfección la transferencia de los anhelos religiosos a los políticos, un proceso que se ha convertido en algo habitual tanto en la izquierda como en la derecha.

En el “encantado” siglo XVI, católicos y protestantes libraron una guerra para defender sus compromisos teológicos. Hoy, algunos millenials o generación Z apenas saben la diferencia entre el catolicismo y el protestantismo. Pero pregúntales si estarían dispuestos a salir con alguien de la tribu política opuesta y correrá sangre. No son preguntas acerca de la naturaleza de Dios que fomentan las “guerras religiosas” contemporáneas, son las preguntas sobre género, raza e inmigración.

A medida que los políticos se han convertido en una fuente dominante de salvación, la polarización es el resultado natural. Si la redención de nuestras almas depende de estar en la corriente política “correcta”, entonces el descuerdo político se vuelve intolerable. Además, el mesianismo político eleva las expectativas de la democracia a niveles insoportables. Cada elección se convierte en una cuestión de salvación o perdición.

Anne Desmet, La Torre de Babel en pedazos (Homenaje a Bruegel), 1999, xilografía y linograbado sobre papel. Usado con permiso.

Hay un último dios moderno que compite por nuestra adoración: la ciencia. Mucho de “La ciencia como vocación” consiste en la advertencia de Weber a sus colegas científicos de que no busquen en la ciencia lo que, en última instancia, esta no puede ofrecer: un sentido moral. De este modo, en Weber se puede encontrar una poderosa crítica a los elogios de Richard Dawkins sobre el sentido inherente de la ciencia. A pesar de sus defectos, Weber fue admirablemente coherente; el verdadero valor, argumentaba, exigía que los modernos se resistieran a “encantarse” con la ciencia y la tecnología (lo que equivale al “cientificismo”).

Hemos fallado espectacularmente en seguir el consejo de Weber. Nuestra sociedad no es una meramente “racionalizada”; es atravesada por un utopismo tecnológico que trata a la ciencia y a la tecnología como las únicas rutas a la salvación personal y colectiva. Esta tecno-utopía es sumamente aparente en Sillicon Valley, donde los autonominados pastores del progreso tecnológico como Elon Musk y Marc Andreessen usan su desmesurada riqueza y poder para arrastrarnos a un futuro de su propia autoría. Pero vive de la misma forma en los supuestos de sentido común que llevan a muchos a confundir lo virtual con lo real, a caer hechizados ante cada nuevo dispositivo, y a tratar a la adopción tecnológica como una ley de hierro de la naturaleza. Una de las grandes falacias de la teoría de la secularización ha sido su incapacidad para ver que la ciencia y la tecnología están llenas de significados morales y religiosos, que funcionan como anclas míticas de la narrativa ilustrada del progreso perpetuo, mientras damos rienda suelta a nuestra grandiosidad prometeica, casi sin límites.

El aspecto más paradójico de la deificación moderna de la tecnología es que, aunque comienza como una promesa de emancipación humana (de la escasez, la enfermedad y la mortalidad), termina en deshumanización. La motivación para alcanzar la inteligencia artificial general (IAG) es transformar a los humanos en dioses, como admiten con premura nuestros señores de la industria tecnológica. Lo que nunca se menciona es que alcanzar esto implicaría deshacernos de todo lo que nos hacer verdaderamente humanos, desde nuestra fragilidad y dependencia hasta nuestra capacidad de amar y morir. Por eso el dios de la tecnología es, quizá, el más peligroso de todos, dado que nos llama a traicionar nuestra propia humanidad.

Hoy, algunos millenials o generación Z apenas saben la diferencia entre el catolicismo y el protestantismo. Pero pregúntales si estarían dispuestos a salir con alguien de la tribu política opuesta y correrá sangre.

Estos son algunos de los dioses que batallan por nuestras almas en esta era del “desencantamiento”. Por supuesto, como siempre ha sido el caso, estos dioses pueden encontrar una causa común (y, de hecho, lo hacen), forjando alianzas de vez en cuando. Pero, como todos los dioses, sufren de celos y ambiciones imperiales: desean nuestra lealtad exclusiva.

Los cristianos pueden leer esto y pensar: “estos no son dioses, sino ídolos”. No estaría en desacuerdo, pero la perspectiva sociológica de Weber nos ayuda a arrojar nueva luz sobre nuestra condición actual y darnos cuenta cuántos cristianos, sin saberlo, están adorando en esos altares; un hecho responsable en gran medida por disminuir la estatura moral de la iglesia. En cualquier caso, cuando nos quitamos las gafas sociológicas, seguimos enfrentados a, como dice Weber, “las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir”.

Ha habido rumores sobre un renacimiento cristiano, sobre la juventud reuniéndose de nuevo en las iglesias. ¿Cómo deberíamos tomarnos eso? Como nota el comentarista religioso Ryan Burge, decir que hay un renacimiento religioso en curso entre los jóvenes es una afirmación extraordinaria, que requiere evidencia extraordinaria para probarse. Dicha evidencia irrefutable no existe, al menos por ahora. Por supuesto, todo es posible, pero concuerdo con Christian Smith en que habitamos una cultura adversa y extraña a la del cristianismo tradicional. Así que, aunque puedo imaginarme absolutamente un renacimiento religioso sucediendo, no confío en que vaya a ser cristiano en ningún sentido reconocible.

Esto no equivale a decir que la piedad cristiana genuina no se encuentra en ningún lado. Se trata de sugerir que ser un cristiano comprometido en el siglo XXI es ser profundamente contracultural. En el mundo que habitamos hoy en día, vivir según el evangelio requiere convicción basada en principios, disciplina coordinada, y una comunidad con propósito. En cierto sentido, la tarea es mucho más dura de lo que fue alguna vez. Y este es, de hecho, un pensamiento serio. Pero vale la pena recordar que el cristianismo emergió en un mundo no muy distinto al nuestro, donde dioses celosos peleaban por nuestra atención y lealtad. Por lo tanto, en un sentido más profundo, seguir los pasos de Jesús no es más difícil hoy que lo que siempre ha sido.


Traducción de Micaela Amarilla Zeballos