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    Deborah Batt, Rural Decay, detail. Painting of geometric shapes in green, blue, and gold.

    ¿Qué hay más allá del capitalismo?

    Una exploración cristiana

    por David Bentley Hart

    February 17, 2020

    Otros idiomas: Deutsch, 한국어, العربية, français, English

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    • Omar Rodriguez Suarez

      En su artículo sobre el capitalismo estoy de acuerdo que un capitalismo salvaje no es bueno, pero un capitalismo sabio y socializado si es mucho mejor que el comunismo. La historia y los hechos demostraron que wiston churchil tenía razón al definir al comunismo como la filosofía del fracaso, el credo de los ignorantes y la repartición igualitaria de la pobreza, miseria, hambre y pérdida de libertades individuales y colectivas. Para prueba tenemos a venezuela, Cuba, Nicaragua etcétera. En los paises comunistas los dirigentes son millonarios y el pueblo aguantando hambre y miseria. Si no se genera riqueza, no se puede repartir o hacer caridad cristiana. Definitivamente un ciego sabe que no ve un comunista. Es muy triste que utilicen a Jesús Cristo y sus enseñanzas para querer imponer su ideología comunista que se demostró que es una desgracia en los paises que adoptaron ese sistema comunista. Utilizan los idiotas útiles para subir al poder y poder enriquecerse ellos y el pueblo que aguante hambre. El verdadero Cristiano es el que trabaja y hace caridad cristiana con lo que produce,y no como los comunistas que les gusta quitarle al que ha trabajado para enriquecerse ellos.que tristeza que utilicen a Jesus Cristo y su palabra para imponer una ideología y un sistema que fracaso a lo largo de la historia. Que Dios los bendiga y perdone por su ideología de dictaduras comunistas. La verdad es que tengo familia en Venezuela que la están pasando muy mal gracias a ese sistema comunista que promueven en ese país...tambien viví en las islas cayman a 180 millas al sur de Cuba y tuve la oportunidad de hablar con los refugiados cubanos qué llegaban a Cayman y la verdad la vida que llevaban era muy triste. Y definitivamente no puedo estar de acuerdo con un sistema ateo que niega la fe cristiana y todo lo referente a Dios, son sistemas autoritarios y dictaduras comunistas que no buscan sino el bien de los que están en el poder y su modus operandi es empobrecer para someter, y someten para redireccionar la vida de las personas que pierden toda ilusión, separan familias desaparecen personas y toman sus vidas por una filosofía marxista leninista que es y será un fracaso y solo causa dolor.

    El capitalismo no puede conciliarse con las enseñanzas de Jesús de Nazaret, así afirma David Bentley Hart, traductor del Nuevo Testamento. Cristo condenó no solo codiciar las riquezas, sino su misma posesión, y los primeros seguidores de Jesús fueron comunistas por voluntad propia. Con las fuerzas tecnológicas del mercado dominando nuestro mundo, ¿será todavía posible una verdadera economía cristiana? ¿Qué hay, si acaso hay algo, más allá del capitalismo?

    1. ¿Qué es el capitalismo?

    «El comercio es, en su esencia, satánico. Comercio es el reembolso de lo prestado, es el préstamo hecho con la estipulación: págame más de lo que te doy.» (Baudelaire, Mon cœur mis à nu).

    No tengo una respuesta completamente satisfactoria a las preguntas que motivan estas reflexiones, pero sí creo que el enfoque correcto de las respuestas puede percibirse con bastante claridad si primero nos tomamos el tiempo para definir nuestros términos. Después de todo, en estos días, especialmente en Estados Unidos, la palabra capitalismo se ha convertido en una palabra ridículamente amplia y combinada para describir todas las formas imaginables de intercambio económico, por muy primitivas o rudimentarias que sean. Sin embargo, considero que aquí lo empleamos en un sentido más preciso, para indicar una época en la historia de las economías de mercado que comenzó en serio tan solo hace unos siglos. Capitalismo, como muchos historiadores lo definen, es el conjunto de convenciones financieras que tomaron forma en la era de la industrialización, y que gradualmente remplazaron el mercantilismo de la era anterior. Como Proudhon lo definió en 1861, es un sistema en el que, como regla general, los que con su trabajo producen ganancias, ni poseen los medios de producción ni disfrutan de los beneficios de su trabajo.

    Deborah Batt, Rural Decay. Painting of geometric shapes in green, blue, and gold.

    Deborah Batt, Deterioro Rural, detalle
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    Esta forma de comercio destruyó en gran parte el poder contractual de la mano de obra calificada y libre, anulando los gremios artesanales, e introduciendo en su lugar un sistema salarial de masas que redujo el trabajo a una mercancía negociable. De esta manera, creó un mercado para la explotación de mano de obra barata y trabajadores desesperados. También fue crecientemente instigada por políticas gubernamentales que reducían las opciones de los desfavorecidos a la esclavitud salarial o a la indigencia total (como en los cercados británicos de los bienes comunes a partir de mediados del siglo xviii). Todo esto, además, necesariamente implicaba un cambio en el predominio económico de la clase mercantil —proveedores de bienes contratados y producidos por mano de obra independiente, propiedades subsidiarias o pequeños mercados locales—, a los inversionistas capitalistas que producen y venden sus bienes. Y esto, con el transcurso del tiempo, evolucionó hacia un sistema corporativo completamente consumado que transformó las sociedades por acciones de principios del comercio moderno en motores para generar inmensos capitales en el nivel secundario de la especulación financiera: un mercado puramente financiero donde la riqueza se crea y se disfruta por los que no la trabajan arduamente, ni tampoco se esfuerzan, sino que más bien se dedican a una incesante circulación de inversiones y desinversiones, como una especie de juego de azar.

    Por esta razón, se podría decir que el capitalismo ha alcanzado su expresión más perfecta con el auge de la corporación comercial de responsabilidad limitada, una institución que permite que el juego sea jugado en abstracción incluso si los negocios invertidos son finalmente exitosos o fracasan. (Uno puede lucrar tanto de la destrucción de medios de subsistencia como de su creación.) Tal corporación es una entidad verdaderamente insidiosa: Ante la ley, goza del estatus de persona jurídica —un privilegio legal antiguamente otorgado solo a asociaciones «corporativas» reconocidas por proveer bienes públicos, como universidades o monasterios—, pero bajo la ley se requiere que se comporte como la persona más despreciable que se pueda imaginar. Casi en todas partes en el mundo capitalista (en Estados Unidos, por ejemplo, desde la decisión de 1919 en Dodge v. Ford), se requiere que una corporación de esta clase persiga no otro fin que las máximas ganancias para sus accionistas; cualquier otra consideración queda prohibida —por ejemplo, un cálculo de lo que constituyen ganancias decentes o indecentes, el bienestar de los trabajadores, causas caritativas que podrían desviar las ganancias, o lo que sea—, para descartarla de este afán.

    La corporación por tanto está moralmente atada a la amoralidad. Y todo este sistema, obviamente, no solo permite, sino que depende positivamente de inmensas concentraciones de capital privado y una discrecionalidad dispositiva sobre su uso, lo más libre posible de cargas por regulaciones. También permite la explotación de recursos materiales y humanos en una escala masiva sin precedentes. Inevitablemente desemboca en una cultura de consumismo, porque debe cultivar el hábito social del consumo extravagante por encima de la mera necesidad natural o incluso (de la supuesta) necesidad natural. No basta con satisfacer los deseos naturales; una cultura capitalista debe buscar incesantemente fabricar nuevos deseos, a través del recurso a lo que Juan llama «la codicia de los ojos» (1 Juan 2:16b).

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    Deborah Batt, Aldea urbana, detalle
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    Lo mínimo que hay que admitir es que el capitalismo «funciona». Es decir, que produce enorme riqueza, y se adapta con notable plasticidad incluso a los cambios más abruptos de las circunstancias culturales y materiales. Cuando se tambalea, aquí o allá, ha desarrollado nuevos mecanismos para prevenir que se cometan una y otra vez los mismos errores. Por supuesto, no produce una distribución equitativa de la riqueza, ni podría hacerlo. Una sociedad capitalista no solo tolera, sino requiere positivamente, la existencia de una clase paupérrima, no únicamente como una reserva valiosa de mano de obra, sino también porque el capitalismo depende sobre una economía de crédito estable, y una economía de crédito requiere de cierta reserva de deudores permanentes cuya pobreza —por medio de prácticas predatorias de préstamos e intereses— puede convertirse en capital por sus acreedores. La insolvencia perpetua de los trabajadores pobres y de la clase media baja es una fuente inagotable de ganancias para las instituciones de las que depende la clase inversora.

    También se puede admitir que, de vez en cuando, los enormes beneficios cosechados por los pocos pueden redundar en beneficio de los muchos; pero no existe una regla fija para tal efecto, y generalmente sucede todo lo contrario. El capitalismo puede crear y enriquecer o destruir y empobrecer, como justifica la prudencia; puede promover la libertad y equidad o instigar la tiranía e injusticia, según lo dicte la necesidad. No tiene un apego natural a las instituciones de libertad democrática o liberal. Carece por completo de una naturaleza moral. Es un sistema que no se puede abusar, sino solamente practicar con mayor o menor eficiencia. Pero, por supuesto, visto desde cualquier perspectiva moral inteligible, lo que está más allá de la distinción entre el bien y el mal es, en esencia, malo.

    Por todas estas razones, me parece sabio que hayamos escogido preguntarnos no qué viene después del capitalismo, sino más bien qué hay más allá de él. Por lo que puedo ver, lo que viene después del capitalismo —es decir, lo que se deriva de él en el curso natural de las cosas— no es nada. Esto no se debe a que crea que el triunfo del estado burgués del mercado corporativo constituya el «fin de la historia», el resultado racional final de alguna dialéctica material inexorable. Mucho menos imagino que la lógica del capitalismo ha ganado el futuro y que su reinado está destinado a ser perpetuo. De hecho, sospecho que es, a largo plazo, un sistema insostenible.

    Mi convicción se basa, más bien, en un simple cálculo de la desproporción entre el apetito infinito y los recursos finitos. Por su naturaleza, el capitalismo es una psicosis monstruosamente cancerígena, una que al final de cuentas, si se deja a su suerte, reducirá todo el orden natural a un desierto: despojado, devastado, envenenado, profanado. Todo el planeta ya está inmerso en una atmósfera de partículas microplásticas, envuelto en una capa espesa de emisiones de carbono, anegado en inundaciones de metales pesados y toxinas. Y no tengo ninguna expectativa de que cualquier impulso contrario —como el instinto de supervivencia, una sana congruencia ética, una preocupación por la naturaleza, una reverencia espontánea por la gloria de la creación— impedirá significativamente su avance hacia tal colapso final inevitable.

    En su esencia el capitalismo es el proceso de asegurar ventajas materiales efímeras a través de la destrucción permanente de su propia base material. Es un sistema de consumo total, no simplemente en su sentido comercial, sino también en el sentido de que su lógica necesaria es el nihilismo más puro, un compromiso con la transformación de la plenitud material concreta en un valor inmaterial absoluto. Por lo tanto, espero que —salvo la aparición, en un ángulo indirecto, de alguna agencia adventicia que lo contrarreste— el capitalismo no habrá agotado sus energías intrínsecas hasta haber consumido el mundo mismo. Eso marcaría, de hecho, su triunfo final: la entrega total de los últimos residuos intratables de lo meramente bueno intrínsecamente en la eternidad pitagórica impalpable del valor de mercado. Y cualquier fuerza capaz de interrumpir este proceso tendría que venir del más allá.

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    Deborah Batt, Comunidad, detalle
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    II : Más allá del capitalismo

    «Sabemos que a los judíos se les prohibía investigar el futuro... Esto no implica, sin embargo, que para los judíos el futuro se haya convertido en un tiempo homogéneo y vacío. Porque cada segundo de tiempo era la puerta estrecha por la que el Mesías podría entrar.» —Walter Benjamin, Theses on the Concept of History (Tesis sobre el concepto de historia).

    El horizonte último de ese «más allá», para ser sincero, no es difícil de imaginar. Es más o menos lo mismo que toda sensata voluntad racional anhela, casi como una especie de trascendencia: el histórico día de reposo, anarquía idealizada, comunismo puro, una realidad humana y terrestre donde el deseo de poseer no pueda encontrar nada a que aferrarse porque nada se puede retener, y nada deleitable o útil está fuera de alcance, y todas las cosas se comparten en una comunidad de amor racional. Incluso el ingenuo neoliberal que cree en la economía de la oferta es, sin saberlo, un anarco-comunista en sus intenciones más profundas y trascendentales; en algún lugar profundo dentro de él duerme un pequeño Pyotr Kropotkin, y sueña con un mundo purgado de codicia y violencia. Todo el mundo anhela un paraíso terrenal, el Edén como el final de la historia y no como su comienzo irrecuperable.

    Pero el Edén no es la cuestión dialéctica de la historia, el fruto final de una racionalidad oculta operando por sí misma y a través de las contradicciones aparentes de la finitud. Está más allá en todos los sentidos. Se manifiesta en el tiempo solo como un juicio escatológico sobre el presente, una constante reminiscencia del buen orden de la creación que siempre hemos traicionado. Lo conocemos principalmente como condena, y solo en segundo lugar como una esperanza sustentadora. Y cómo traducir ese juicio en una agencia inmanente a la historia, lo suficientemente poderosa para alterar el dominio del capital antes de que no quede nada que pueda salvarse, es la gran pregunta de todo el pensamiento político de cualquier sustancia verdadera en el mundo moderno.

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    Dime, ¿realmente buscas sacar riquezas y ganancias financieras de los destituidos? Si esa persona tenía los recursos para hacerte todavía más rico ¿por qué vino a tu puerta para mendigar? Vino en busca de un aliado pero encontró un enemigo. Vino en busca de medicina, y tropezó con veneno. Aunque tienes la obligación de remediar la pobreza de alguien así, en lugar de eso aumentas la necesidad, buscando una cosecha en el desierto.

    Basilio de Cesarea, Contra los que prestan con intereses

    Además, es una cuestión que los cristianos no pueden evitar. Ciertamente, la historia social e institucional de la iglesia nos da pocas esperanzas de que muchos cristianos hayan estado muy conscientes de ello. Pero, ya sea que les importe o no reconocer todas las implicaciones de su fe, los cristianos están obligados a afirmar que este juicio escatológico ya se ha manifestado en la historia, y en una forma política, social y material muy particular. En muchos sentidos, el Evangelio de Juan es especialmente inquietante con respecto a la absoluta e inexorable urgencia del veredicto divino sobre toda estructura mundana de pecado. Ahí la escatología se convierte casi del todo inmanente. En ella Cristo pasa por la historia como una luz que revela todas las cosas por lo que son; y es nuestra reacción a él —nuestra capacidad o incapacidad de reconocer esa luz— lo que nos muestra a nosotros mismos. Haberle visto es haber visto al Padre, y rechazarle es reclamar al diablo como padre de uno. Nuestros corazones están al desnudo, las decisiones más profundas de nuestro ser secreto son puestas al descubierto, y somos expuestos por lo que somos, lo que hemos hecho nosotros mismos.

    Pero en realidad no es solo el Evangelio de Juan el que nos dice tanto. La alegoría de la gran escatología de Mateo 25, por ejemplo, también lo dice. En el Evangelio de Juan, el no reconocer a Cristo como el verdadero rostro del Padre, el que viene de lo alto, es la condenación, aquí y ahora. En Mateo, el no reconocer el rostro de Cristo —y por lo tanto el rostro de Dios— en los desposeídos y oprimidos, los sufridos y despojados de sus derechos, es la revelación de que uno ha elegido el infierno como su hogar. Todas nuestras obras, como dice Pablo, serán probadas por el fuego, y aquellos cuyas obras fallan la prueba pueden salvarse solamente «como por el fuego». El Nuevo Testamento tampoco nos deja dudas sobre cuáles son las prácticas políticas y sociales que solo pueden pasar por ese juicio sin ser consumidas en su totalidad.

    Sea lo que sea, el capitalismo es, ante todo, un sistema para producir tanta riqueza privada como sea posible, derrochando cuanto sea posible de la herencia común de la humanidad en los bienes de la creación. Pero Cristo condenó no solo una preocupación malsana por las riquezas, sino también la adquisición y la acumulación de las riquezas como tales. El ejemplo más obvio de esto, que se encuentra en los tres Evangelios sinópticos, es la historia del joven rico y el comentario de Cristo sobre el camello y el ojo de la aguja.

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    Deborah Batt, Residencia 10, detalle
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    Pero uno puede buscar en muchos pasajes de los Evangelios para confirmarlo. Cristo quiere decir claramente lo que dice cuando cita al profeta: ha sido ungido por el Espíritu de Dios para predicar las buenas nuevas a los pobres (Lucas 4:18). Para los prósperos, las noticias que les trae son decididamente desagradables: «Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su consuelo! ¡Ay de ustedes los que ahora están saciados, porque sabrán lo que es pasar hambre! ¡Ay de ustedes los que ahora ríen, porque sabrán lo que es derramar lágrimas!» (Lucas 6:24-25). Como Abraham le responde al rico que clamaba desde el infierno: «Amigo, recuerda que durante tu vida terrena recibiste muchos bienes... Pues bien, ahora... a ti te toca sufrir» (Lucas 16:25 BLPH). Cristo no solo demanda que demos libremente a todos los que nos piden (Mateo 5:42), con tal prodigalidad que una mano ignora la generosidad de la otra (Mateo 6:3); prohíbe explícitamente acumular riquezas terrenales —no simplemente acumularlas con obsesión desmedida—; sino más bien almacenar solamente tesoros en el cielo (Mateo 6:19-20). A todos los que le siguen les dice «Vendan sus bienes y repartan el producto entre los necesitados» (Lucas 12:33 BLPH), y declara explícitamente: «cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:33). Como dice María, parte de la promesa del Señor es que «A los hambrientos los colmó de bienes, y a los ricos los despidió con las manos vacías» (Lucas 1:53). Por supuesto, Santiago lo dice de manera más impresionante:

    Ahora escuchen, ustedes los ricos: ¡lloren a gritos por las calamidades que se les vienen encima! Se ha podrido su riqueza, y sus ropas están comidas por la polilla. Se han oxidado su oro y su plata. Ese óxido dará testimonio contra ustedes y consumirá como fuego sus cuerpos. Han amontonado riquezas, ¡y eso que estamos en los últimos tiempos! Oigan cómo clama contra ustedes el salario no pagado a los obreros que les trabajaron sus campos. El clamor de esos trabajadores ha llegado a oídos del Señor Todopoderoso. Ustedes han llevado en este mundo una vida de lujo y de placer desenfrenado. Lo que han hecho es engordar para el día de la matanza. (Santiago 5:1-6a)

    Dicho de manera simple, los primeros cristianos eran comunistas (como nos relata Hechos sobre la iglesia de Jerusalén, y como revelan ocasionalmente las epístolas de Pablo), no como un accidente de la historia, sino como un imperativo de la fe. De hecho, al preparar mi propia traducción reciente del Nuevo Testamento, hubo muchas ocasiones cuando encontré difícil no traducir la palabra koinonia (y términos relacionados) como algo similar a comunismo. Evité hacerlo no por alguna duda respecto a la idoneidad de la palabra, sino en parte porque no quería asociar por accidente las prácticas de los primeros cristianos con el estado centralizado de los «comunismos» del siglo xx, y en parte porque la palabra no es adecuada para captar todas las dimensiones —moral, espiritual, material— del término griego como lo emplearon evidentemente los cristianos del primer siglo. Sencillamente no puede haber duda, de que fue central al evangelio que ellos predicaron, la insistencia en que la riqueza privada e incluso la propiedad privada eran ajenas a la vida compartida en el Cuerpo de Cristo.

    Durante la era patrística, los grandes teólogos de la iglesia todavía estaban conscientes de esto. Y, por cierto, a través de la historia cristiana la provocación original de la iglesia primitiva ha persistido en comunidades monásticas aisladas y ocasionalmente ha irrumpido en movimientos locales «puristas»: franciscanos espirituales, no poseedores rusos, el movimiento del Obrero Católico, el Bruderhof, y otros más.

    Por supuesto, están muy bien todas las pequeñas comunidades intencionales comprometidas con alguna forma de colectivismo cristiano. En la actualidad, quizá sea la única forma en la que sea del todo posible cualquier práctica comunitaria verdadera de la koinonia cristiana primitiva. Pero también pueden ser una tremenda distracción, especialmente si su aislamiento y dependencia simultánea del orden político más amplio se confunde con una realización suficiente de la política cristiana ideal. Entonces, cualquier crítica profética que puedan ejercer sobre su sociedad se convertirá, en las mentes de la mayoría de creyentes, en una mera vocación especial, tanto ejemplar y valiosa —quizá incluso una presencia sacerdotal santificadora dentro de la iglesia en general—, pero todavía posible solo para unos pocos, y ciertamente no un modelo de política práctica.

    Aquí radica el peligro más grave, porque la plena koinonia del Cuerpo de Cristo no es una opción que se pueda establecer junto a otras alternativas igualmente plausibles. No es un ethos privado ni una afinidad electiva. Es un llamado no a la retirada, sino a la revolución. Verdaderamente entra en la historia como un juicio final que sin embargo ya ha sido realizado; es inseparable de la afirmación extraordinaria de que Jesús es Señor sobre todas las cosas, que en la forma de vida que ha legado a sus seguidores la luz del reino verdaderamente ha irrumpido en este mundo, no como algo que surge en el curso de un largo desarrollo histórico, sino como una invasión. El veredicto ya ha sido emitido. La palabra final ya ha sido declarada. En Cristo, el juicio ha llegado. Entonces, los cristianos son aquellos que ya no son libres de imaginar o desear cualquier orden social, económico o político distinto a la koinonia de la iglesia primitiva, ninguna otra moralidad compartida en comunidad que no sea la anarquía del amor cristiano.

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    Ustedes ricos, ¿hasta dónde van a llevar su frenética avaricia? ¿Son ustedes los únicos que habitan en la tierra? Desde el principio la tierra fue para todos en común, estaba destinada para ricos y pobres por igual; ¿qué derecho tienen de monopolizar el suelo? La naturaleza no sabe nada de los ricos; todos son pobres cuando los da a luz. Ropa, oro y plata, alimento, bebida y techo, todos nacen sin ellos; desnudos los recibe en su tumba, y nadie puede encerrar sus acres allí.

    Ambrosio de Milán, Sobre Nabot

    Deborah Batt, Further Development, detail. Painting of geometric shapes in red, blue, and brown.

    Deborah Batt, Desarrollo subsiguiente, detalle
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    Por supuesto, la relevancia política de esta verdad —por lo menos con respecto a la acción en el presente— todavía debe buscarse. Como dije al principio, no tengo una respuesta lista a la mano. Pero, como dije también, por lo menos podemos definir nuestros términos. Y ciertamente podemos identificar qué realidades políticas y sociales deben ser aborrecibles a la conciencia cristiana: un ethos cultural que no solo permite sino que fomenta una vida de incesante adquisición como una especie de bien moral; un régimen jurídico al servicio del imperativo corporativista de la máxima ganancia, sin importar los métodos empleados ni las consecuencias producidas; una política de crueldad, división, identidad nacional, o cualquiera de las incontables maneras que ideamos para demarcar la esfera de lo es legítimamente de «nosotros» y no de «ellos».

    Ante todo, debemos emprender una visión del bien común (por cualquier medio caritativo que podamos) que suponga que la base de la ley y la justicia no sea el derecho inviolable a la propiedad privada, sino más bien la verdad más original enseñada por hombres como Basilio el Grande, Gregorio de Nisa, Ambrosio de Milán y Juan Crisóstomo: que los bienes de la creación pertenecen a todos por igual, y que la inmensa riqueza privada es un robo; pan robado a los hambrientos, ropa despojada a los desnudos, dinero hurtado a los destituidos.

    Pero cómo llevar a cabo una verdadera política cristiana en esta hora —por lo menos, asumiendo que esperamos alterar realmente la forma de la sociedad—, representa toda una cuestión más difícil, y una que quizá seremos capaces de abordar solo si hemos realmente aprendido a desengañarnos y deshacernos de las premisas materiales que el capitalismo nos ha enseñado a albergar durante muchas generaciones.

    Aun así, a la luz del juicio que en Cristo irrumpió en la era humana, a un cristiano se le permite anhelar y esperar en última instancia no por otra sociedad que la verdaderamente comunista y anarquista, en la manera muy especial en que la iglesia primitiva lo fue en ambos sentidos. Incluso ahora, en el tiempo de espera, quien realmente no imagina una sociedad así, ni desea que se haga realidad, no tiene la mente de Cristo.


    Traducción de Raúl Serradell

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    ¿No se llama ladrón a la persona que despoja a otra de la ropa para vestirse? Y los que no visten a los desnudos cuando tienen el poder de hacerlo, ¿no se les debería llamar igual? El pan que estás reteniendo es para los hambrientos, la ropa que guardas es para los desnudos, los zapatos que se están pudriendo en desuso son para los que no tienen nada, la plata que guardas enterrada en la tierra es para los necesitados.

    Basilio de Cesarea, Derribaré mis graneros

    Contribuido por

    David Bentley Hart es filósofo, escritor, traductor y comentarista cultural.

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