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    La misión depende de la fe viva

    por Johann Heinrich Arnold

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    No podemos eludir el mandamiento de la misión. Para que una iglesia permanezca viva, debe enviar misioneros, quizá de dos en dos, como en la iglesia primitiva o como los anabautistas del siglo xvi. La ciudad debe establecerse sobre un monte y la luz debe alumbrar. ¿De verdad el mundo reconoce por medio de la iglesia actual que el Padre envió a Jesucristo al mundo? ¿Acaso no tenemos una responsabilidad enorme? Las últimas palabras de Jesús a sus discípulos fueron: «Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado».

    Nuestro anhelo profundo como hermandad es que podamos alcanzar a otras personas que andan en búsqueda. Pero esto no significa que todos debemos salir y hablar con la gente sobre nuestra fe. La misión tiene que ser dada por Dios en una forma ardiente, genuina, de manera que nos guíe hacia aquellos que quieren escuchar. No podemos solo predicar a la gente. Buscamos una relación personal y cercana con ellos, algo que no se puede hacer con medios humanos. Solo Dios nos puede dar la palabra apropiada en el momento oportuno para la persona indicada.

    En la iglesia primitiva, había dos condiciones importantes para la misión: los creyentes eran de un corazón, mente y alma, y estaban arrepentidos.

    Anhelamos tener contacto con más gente, pero todos nuestros deseos y anhelos deben surgir de un mismo deseo: que en cualquier hora, en cualquier lugar, no se haga nuestra voluntad sino la de Dios. Debemos someternos voluntariamente a esto. Los últimos años nos han demostrado —o debieron habernos demostrado— nuestra incapacidad, nuestro pecado y nuestra impotencia. La misión depende de que nuestra fe sea una fe viva.

    Cuidémonos de no salir en misión con la fuerza humana. Hay suficiente predicación en el mundo; muchas personas salen por su propia voluntad y predican. Estoy del todo en favor de la misión, pero solo si es la voluntad de Dios la que nos mueve, y no nuestros propios egos.

    En la iglesia primitiva, donde la misión verdadera estaba viva de una manera especial, había dos condiciones importantes: los creyentes eran de un corazón, mente y alma, y estaban arrepentidos. Debemos encontrar esta unidad de corazón, mente y alma, y debemos encontrar la humildad y el arrepentimiento de Pablo.

    Es poco probable que haya otro día de Pentecostés, donde miles sean bautizados en un solo día. Pero deseamos que las semillas de Jesús se siembren en nuestra sociedad corrupta, aun si depende de Dios que las semillas germinen en plantas y den fruto. Los doce apóstoles lograron mucho, pero se les envió con la autoridad de Cristo. Nada como eso ha ocurrido otra vez desde aquel entonces.

    Este es el carácter de la misión apostólica: sin coacción, sin presión, sin persuasión.

    Sé que la misión no puede ser forzada, pero tengo un enorme deseo de que se siembre la semilla, que las personas despierten, amen a Jesús y guarden sus palabras. Entonces él vendrá a ellos y morará con ellos.

    Jesús envió a sus apóstoles bajo el símbolo del cordero. Cualquiera que haya estado bajo presión, especialmente la presión religiosa, sabrá por qué lo hizo. Se vuelve todavía más claro si se piensa en la paloma, que es el símbolo del espíritu de Dios. Su naturaleza es confiada e inocente, sin ninguna fuerza, presión o mal, incapaz de atacar o anular la libre voluntad del otro. El Espíritu descendió sobre Jesús en forma de paloma. Este es el carácter de la misión apostólica: sin coacción, sin presión, sin persuasión. La personalidad más fuerte nunca debe anular a la más débil; debe ser inofensiva como una paloma. Sin embargo, junto con las palabras de Jesús, sean «sencillos como palomas», dice «sean astutos como serpientes».

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    Contribuido por J. Heinrich Arnold Johann Heinrich Arnold

    Johann Heinrich Arnold, conocido por sus libros que han ayudado a muchos a seguir a Cristo en su vida diaria. Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre cabal que daba la bienvenida cariñosa a cualquiera persona abrumada, invitándola a tomar un cafecito y platicar.

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