Los vientos de Pentecostés comenzaron a soplar la noche anterior a la muerte de Jesús. Allí, en sus últimas horas de enseñanza a sus discípulos y amigos, Jesús les habló de la venida del Espíritu: “Si no me voy, el Consolador no vendrá” (Jn 16:7). Aunque meses antes ya había advertido a sus discípulos de que iba a ser traicionado y asesinado y que tres días después resucitaría, ellos no lo entendieron. Así que esa noche en el aposento alto, no es de extrañar que tampoco pudieran comprender del todo lo que significaría estar llenos del Espíritu Santo. A medida que su velada de compartir la cena de Pascua se desmoronaba en el incomprensible arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní, la promesa del Espíritu debió de parecerles muy lejana.
Solo podemos imaginar las emociones y los pensamientos agitados, las cabezas palpitantes y la respiración ansiosa de los discípulos de Jesús en esas horas entre la noche del jueves en Getsemaní y la madrugada del domingo. Debieron de ser horas traumáticas: vivieron violencia que amenazaba sus vidas, huyeron para salvar su pellejo, presenciaron la tortura y la muerte de su amigo más querido y tocaron fondo en la vergüenza y el horror por su propia cobardía. La esperanza por la que habían renunciado a sus hogares, carreras y comunidades durante los últimos tres años quedó destrozada. Sus expectativas de gloria se hicieron añicos. A pesar de las reiteradas enseñanzas de Jesús sobre lo que iba a suceder, en la oscuridad, la sangre y los gritos de aquellas horas, es probable que sus palabras se desvanecieran de sus mentes, reemplazadas por miedo, desesperación y confusión.
¿Y dónde estaba María esa noche? ¿En qué momento se dio cuenta de que había llegado la hora de su hijo? Sabemos que al día siguiente estaba en el Gólgota, al pie de la cruz a la que su hijo estaba clavado (Jn 19:25), tan cerca como podía estar. ¿No era María, más que nadie, quien soportaba el peso de esta calamidad?
La mañana de Pascua lo cambió todo: la muerte se convirtió en vida; la derrota, en victoria; la vergüenza, en gloria; la oscuridad, en luz. Pero este cambio radical el domingo de madrugada fue tan impactante y difícil de comprender como la terrible experiencia del viernes. El regreso de Jesús a su comunidad de seguidores sí trajo alegría y asombro, pero también fue claramente un momento para asimilar todo lo que habían pasado y lo que había cambiado.
Los días posteriores a la resurrección de Jesús fueron dulces, sin duda, pero también impredecibles. Jesús estaba con ellos, pero no como antes. Pasaron varias semanas; algunas personas lo vieron, otras no. Él y sus discípulos continuaron compartiendo comidas; él continuó enseñando, abriendo sus mentes de nuevas maneras. Tuvo algunas conversaciones muy privadas y continuó refinando la comprensión que sus seguidores tenían de su reino. Y, de repente, se fue.
Albrecht Dürer, Pentecostés, de Pequeña pasión, xilografía, c. 1510.
Su ascensión puede haber dejado a su grupo de fieles con más preguntas que respuestas, pero les dio algo que hacer. Mientras se aferraban al mandato y la promesa finales de Jesús —“No salgan de Jerusalén, sino esperen el don que mi Padre prometió, del cual les he hablado” (Hch 1:4)—, se reunieron para orar. Esperar era orar. Juntos. Aquel aposento alto se fue llenando poco a poco de discípulos, de las mujeres que habían apoyado a Jesús y de María y la familia de Jesús (Hch 1:12-14). Las instrucciones de Jesús no habían incluido un plazo para esta espera. Ese elemento de incertidumbre encendió una fe activa. Día tras día, se dedicaron a orar juntos. Día tras día, esperaban. ¿Qué esperaban? La venida del Espíritu Santo; eso lo sabían, pero no tenían claro cómo la experimentarían. Día tras día, se volvían juntos hacia Dios, orando en medio del tumulto, las incertidumbres, las alegrías y los anhelos de las semanas transcurridas desde la Pascua.
María también estaba allí, en aquel aposento alto. ¿Cuáles fueron sus oraciones durante esos días de espera? Estaba lejos de la visita del ángel en Nazaret y de la sombra del Espíritu (Lc 1:26-38), pero, sin duda, los años de recordar esos acontecimientos asombrosos dieron fruto allí, en este aposento alto. Su sufrimiento ante la cruz, su alegría por la resurrección de Jesús y su maravilla ante su ascensión debieron de haber fundamentado silenciosamente sus oraciones en ese momento.
Su presencia en el aposento alto con los demás creyentes suele ser central en el arte cristiano de Pentecostés. La vemos entrar en esta nueva etapa de intimidad con Jesús junto con sus seguidores. El testimonio de las escrituras sobre su presencia allí es significativo, pues ella fue la primera en ser llena del Espíritu, llena y desbordante; cubierta por la sombra y empoderada con nueva vida. Solo ella conocía lo que podría ser dado a todos. Ella fue la primera en haber esperado y orado, meditando sobre el misterio del inminente nacimiento de Jesús. Tenía años de experiencia guardando en su corazón acontecimientos desconcertantes. Conocía la vergüenza del embarazo fuera del matrimonio, del parto humilde, de huir de su país por la noche. Seguramente cargaba con el horrible peso de saber que los bebés de otras madres habían sido masacrados tras su huida a causa de su hijo. Conocía el exilio, la falta de hogar y la incertidumbre. También conocía la alegría de la presencia divina y la certeza del llamado de Dios.
En muchos sentidos, María es clave para comprender esas horas de oración antes de la venida del Espíritu. Aquella que oró “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1:38) nos guía una vez más en este camino de fe. Su arraigo en la comunidad y su participación en las oraciones de expectativa común nos enseñan cómo atravesar nuestras propias experiencias de sufrimiento y angustia, de fe y espera, de esperanza y pérdida, de cuestionamiento y búsqueda. Con ella, nos unimos a la comunidad y a la oración comunitaria. Oramos con expectativa y con incertidumbre; con esperanza y alegría y con las heridas de la pérdida y el anhelo; con el dejar ir y con el recibir.
Oramos, como María, para ser llenos del Espíritu, por el aliento de Cristo en nuestras almas. Fuego y viento, ardiendo y soplando, infundiendo e iluminando, concibiendo el cuerpo de Cristo en el mundo, dando a luz la vida de Cristo en nosotros, llevando la esperanza de un peso eterno de gloria.
Traducción de Coretta Thomson