“Toda religión humana está en oposición al evangelio. Es una ascensión hacia el Dios eterno y perfecto. Arriba, arriba—eso es su llamado. Dios está en las alturas y nosotros aquí abajo; y ahora vamos a elevarnos por medio de nuestros esfuerzos morales, espirituales y religiosos, fuera de las profundidades terrenales y humanas, hasta las alturas divinas.”
—Emil Brunner

“Alturas divinas”—sí, allí la mayoría de nosotros quiere estar: esa esfera dichosa donde todo está bien y puro y bueno y santo, donde se nos quita todo lo que nos agobia y abruma. ¿No es eso de lo que se tratan la religión y la espiritualidad: encontrar a Dios y nuestro destino eterno más allá de la prisión del tiempo y sufrimiento efímeros? ¿No anhelamos todos ser apoderados por lo infinito, absoluto y perfecto—observar lo verdadero, bueno y bello, desinhibidos en paz y gloria?

Puede ser que añoremos el paraíso. Pero el evangelio, las buenas nuevas en Cristo, son que Dios vive en otro lugar. El Dios vivo y verdadero, el en quien vivimos y movemos y existimos, mora y reina en las oscuras profundidades de nuestra existencia, aquí y ahora.

La grandeza de la majestad de Dios, no está en el terreno de lo eterno. Dios es Emmanuel, “Dios con nosotros”, y aún más, ¡él es uno de nosotros! El Verbo se hizo carne, y en la carne se revela la gloria de Dios (Jn 1:14). Tal gloria, en su pequeñez incomprensible, sobrepasa nuestro entendimiento. Según escribe el apóstol Juan, los suyos no lo reconocieron ni lo recibieron.