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¿Qué hacer con un Jesús muerto?
¿Podemos soportar la verdad del cadáver, empapado en sangre y manchado de sudor, de un Salvador asesinado?
por J. D. Peabody
jueves, 02 de abril de 2026
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¿Qué hacer con un Jesús muerto?
Esta pregunta impactante se encuentra en el fondo del Viernes Santo, desafiándonos a hacer una pausa y reflexionar sobre ella. Hasta que José de Arimatea presentó su petición a Pilato, los discípulos no habían hecho ningún plan para el entierro. ¿Cómo podrían hacerlo? Todavía estaban conmocionados, atormentados por todo lo presenciado, incapaces de creer que esto realmente hubiera sucedido. Solo José tuvo el ánimo para plantear la cuestión tan práctica y espeluznante del cadáver del Señor y qué hacer con él.
Nadie quiere ser el enterrador de un Cristo crucificado.
Danos, más bien, al que está vivo. Ese es el Jesús que causó tanto revuelo, tanto positivo como negativo. El Jesús vivo hizo afirmaciones audaces. Cambió el tiempo. Silenció a los demonios. Sanó enfermedades. Avergonzó a los líderes religiosos, enfureció a los guardianes de las normas, deleitó a las multitudes y amó al mundo.
No era fácil ignorar al Viviente.
Incluso el Jesús moribundo exigía una respuesta, atrayendo las miradas de los espectadores, las burlas de sus enemigos y la fe de los desconocidos. El Jesús moribundo seguía citando las escrituras y acogiendo a un ladrón, cuidando de su madre y haciendo temblar la tierra. Mientras perdía la vida, seguía infundiendo vida a quienes le rodeaban.
Por supuesto, también está el Jesús resucitado, que nunca deja de captar nuestra atención. Nos emocionamos con cada historia que contó en el camino a Emaús; cada sílaba, una chispa de reconocimiento. Saltaríamos con gusto por la borda con Pedro y nadaríamos hasta el Señor, que está de pie en la orilla. Hemos saboreado la esperanza, el poder, la alegría y la transformación que su ser resucitado sigue emanando. Esa versión de Jesús es la que más nos conmueve.
Carl Bloch, Descendimiento de la cruz, óleo sobre lienzo, 1886.
Pero ¿qué hay que decir sobre un Jesús muerto? Cuando la voz queda silenciada y el espíritu se ha ido, y solo queda el caparazón, la personalidad incomparable ya no puede provocarnos, desafiarnos ni consolarnos. Un Jesús muerto solo puede ser una ausencia presente, una carga espantosa, un sobrio recordatorio de un sueño que no solo se ha ido, sino que ha sido golpeado, magullado y destrozado.
Ni siquiera se rescató a sí mismo. Ahora parecía incapaz de aliviar la agonía de sus amigos desanimados, y mucho menos, de cambiar el mundo. Ahora, él mismo necesitaba ser levantado, llevado y llorado.
Entonces, ¿qué haces? Si eres José de Arimatea, aceptas lo inaceptable. En este punto de la narración del evangelio, José tomó una decisión muy personal. Saliendo de las sombras de su discipulado secreto, se arriesgó a la ira de sus compañeros y le preguntó audazmente a Pilato si podía encargarse del cuerpo de Jesús. Con el miedo al juicio, ahora ahuyentado por su amor a Cristo, abrazó, demasiado cerca como para sentirse cómodo, los restos de un Salvador sin vida, empapados de sangre, manchados de sudor y pesados como el plomo.
En lugar de retroceder horrorizado ante la visión, José abrazó la cruda realidad, sintiendo todo su peso físicamente, mientras bajaba el cuerpo de Jesús de la cruz y le daba lo único que podía ofrecerle: su propia tumba.
El cadáver de Jesús fue depositado en el espacio destinado al cadáver de José.
José no tenía ninguna expectativa respecto a este cuerpo. No lo reclamó por lo que pudiera hacer por él. Su fe aún no era tan grande como para creer que pudiera haber algo más, algo más allá de un funeral. Pero, aun así, quería honrar esta muerte, conectarse con ella, envolver su significado en su propia existencia.
La tumba de José no podía ocultar la brutalidad de la cruz ni revertir sus horribles consecuencias. No podía hacer que la crucifixión fuera menos que una devastación total. Pero ese espacio resultó ser lo suficientemente grande como para contener la atrocidad del viernes y el silencio del sábado, hasta que el domingo pudiera reescribir el final para José y para todos los demás.
¿Qué vamos a hacer con este Jesús muerto? Le ofrecemos nuestras propias tumbas, nuestras propias zonas muertas.
Preferimos no verlo allí, tendido en la losa destinada a ti y a mí. Preferimos no escuchar las palabras “Este es mi cuerpo, que es entregado por ti”, mientras se nos ofrece el cuerpo y la sangre para que los tomemos. Porque preferimos no admitir que necesitábamos tal ofrenda.
Pero él siempre es Emmanuel, incluso en la muerte. Dios con nosotros en nuestras más profundas incapacidades.
Se necesitó un Jesús completamente muerto para llegar hasta el alcance total de la Caída en los confines más lejanos de la experiencia humana. No bastaría ni un poco menos.
¿Nos atrevemos a abrazarlo tan cerca como para sentirnos incómodos? ¿Podemos soportar la verdad de un Salvador asesinado que decidió no resistirse, que sufrió la injusticia y la culpa y la vergüenza y la incomprensión y la burla y el abuso y el abandono y la impotencia del mundo entero?
Cuando permitimos que esa parte de la historia entre en nuestra historia, descubrimos que los últimos ritos no son la última palabra. Es solo cuestión de tiempo hasta que él reciba cualquier sepulcro que le ofrezcamos y lo transforme.
Es por sus heridas que somos sanados. Compartir su muerte nos lleva, en última instancia, a compartir todo lo que viene después, cuando él resucita nuestros cuerpos mortales junto con el suyo.
Por eso, deposita tus miedos a sus pies sin vida y marcados por los clavos. Dale tu propia tumba, tu propio dolor, tu propia muerte. Luego, espera. Ya verás.
Traducción de Coretta Thomson