Ni siquiera sabíamos qué era moderación. Cómo se sentía. No trabajábamos simplemente; respirábamos nuestro trabajo, lo tragamos, éste nos convirtió. Nos quedábamos tarde, llevábamos trabajo a casa – y aunque trabajábamos tantas horas, nunca era suficiente.

No fumábamos simplemente; prendíamos un cigarrillo sólo para darnos cuenta de otro ya humeando en el cenicero.

Comprábamos cosas que no necesitábamos, de catálogos deslumbrantes que llegaron a nuestro buzón: pedimos tres veces más de lo que nosotros podíamos utilizar, y luego pedimos tres veces más de lo que nuestros niños podían utilizar.

No comíamos simplemente; nos atracábamos. Solamente habíamos ganado tres libras de peso desde el año pasado, decíamos. Tres libras no es mucho. Pero la verdad habíamos ganado más o menos lo mismo en cada uno de los veinticinco años desde el bachillerato; no hicimos la cuenta.

Redecorábamos salas donde los muebles no estaban en mal estado. Tirábamos ropa solamente porque estaba fuera de moda. Bebíamos vino aun cuando tomando medicina, la etiqueta nos prohibía beber alcohol. ‘Siempre ponen eso en la etiqueta.’ les decíamos a nuestros hijos cuando preocupados nos cuestionaron acerca del aviso. Sabíamos que se preocupaban porque nos amaban y necesitaban. Que inocentes eran; rápido les decíamos para tranquilizarlos: ‘No te hace daño si tienes cuidado.’

Fotografía de Valentin Lacosta.

Creíamos que era importante ser buenos con nosotros mismos, conllevando a pensar que era peligroso decir que ‘no’ a nosotros mismos; por cualquier cosa, en cualquier momento. Es malo para la salud reprimir los deseos. Trabajo mucho, decíamos; Merezco un lujito. Así, nos dábamos un lujo cada día.

Si era peligroso para nosotros desear y no tener, era aún más peligroso para nuestros niños. Ellos nunca deben experimentar el anhelo de algo sin tenerlo de inmediato. Los amargará, nos decíamos. Entonces anticipábamos sus necesidades y deseos. Les comprábamos ambos la muñeca y la bicicleta, y por sacar buenas notas, les comprábamos sus propios teléfonos.

En algunos momentos, al llegar a casa al final del día o al despertar temprano en el silencio de la madrugada, estábamos un poco intranquilos sobre el exigente sentido de derecho que caracterizaba nuestras vidas. Nos preguntábamos si trabajar como locos y comer como puercos, no serían dos caras de una misma moneda – mejor dicho, dos postes entre los cuales zigzagueábamos perdidamente. Probablemente que sí, decidíamos en estos momentos. De repente vimos todo con claridad: Mis comodidades materiales me dominan – mi horario, mi trabajo, mis bienes, mis apetitos. Yo no los domino; me dominan a mí Probablemente que sí. Claro que sí. Así es. Entonces despertábamos temprano para hacer veinte sentadillas. Al día siguiente ya había pasado el momento; no hicimos ninguna.

Después de momentos así, quedábamos inundados de autodesprecio. Eres débil. Indulgente contigo mismo. No tienes carácter acerca de tu trabajo y todo lo demás. No tienes límites. Te volverás ineficaz. Nos molestábamos por esas últimas palabras, tomábamos aire y nos poníamos a la defensiva insistiendo en nuestra competencia, en el respeto que merecíamos por todo nuestro duro trabajo. Buscábamos a otros con vidas atestadas de manera semejante, y los encontrábamos. ‘Así es la vida’ nos decíamos uno al otro, en el tren, en el restaurante. ‘Así es la vida moderna. Tal vez algunos tengan tiempo para medir las cosas a cucharaditas.’ Nuestras voces destilaban desprecio para aquellos que tenían tiempo para hacerlo. Nos poníamos a la defensiva aunque nadie nos hubiera acusado de nada. Pero a mí no. A nadie que tenga vida. Yo tengo vida. Yo trabajo duro; juego duro.

¿Cuándo ocurrió el choque entre nuestros apetitos y las necesidades de nuestras almas? ¿Sufrió alguien un infarto de corazón? ¿Se nos despidió del trabajo, como uno de tantos miles considerados superfluos? ¿Algún niño querido se alejó y aburrió, o se enfrió y silenció un matrimonio? O, ¿fue por obra de la gracia infinita de Dios, que encontramos el coraje para enfrentarnos con la verdad y, por primera vez, ni vacilar ni ofrecer excusas? ¿Cómo logramos saber que estábamos muriendo lentamente, sin reconocerlo, y que la única manera para regresar a la vida era soltar todos los paquetes y comenzar de nuevo, llevando únicamente lo que realmente necesitamos?

Nos esforzamos. Estamos sobre cargados. Anímanos, O Salvador sin hogar, sin salario y sin bienes. Tú llegaste desnudo y desnudo te vas. Así es también para nosotros; para todos nosotros.


Este artículo es traducción de un extracto de Bread and Wine: readings for Lent and Easter.