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Yellow Ginko leaves in the sun

Un comunismo con fe en el Espíritu

por Eberhard Arnold

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  • Carlos Parada

    No es utopía sino que mandamiento. Quien tiene el Espíritu de Jesús, tarde o temprano llegará a vivir la comunidad... Lo contrario es un oxímoron.

Para Arnold la comunidad era la respuesta a todos los problemas de la vida. Y él creía en la comunidad no debido a ninguno de los mandamientos bíblicos, sino porque sentía que la misma vida de Jesús —y el testimonio de todo el Nuevo Testamento— lo indicaban. Pero no se detuvo en el mero reconocimiento intelectual, y ni siquiera espiritual, de esta verdad; sino que más bien la persiguió hasta el punto de la realización práctica. El resultado fue la comunidad: comunidad de bienes y comunidad de espíritu. En esta conferencia pronunciada en el Club Tolstoi, Viena, Austria en noviembre de 1929, concuerda en que los movimientos sociales de su día han identificado correctamente a varios problemas reales, para después indicar un camino mejor que la revolución política.

La humanidad se debate en la agonía, al borde de la muerte, y el signo más obvio de esta enfermedad mortal es la propiedad privada. La raíz de la propiedad es la separación y la desintegración, la decadencia y la corrupción. Estos males surgen a través del autoaislamiento, por medio del egoísmo de la voluntad codiciosa. La propiedad privada destruye las relaciones que tenemos entre nosotros y con Dios.

La propiedad privada es la raíz del asesinato, la causa de la guerra, el origen de la competencia cruel en los negocios. Lleva a la prostitución y al matrimonio por dinero, que son realmente lo mismo, y es la causa de la falta de honradez en los negocios y de cualquier otra clase de mentira. Toda nuestra economía está basada en la codicia, en el afán de lucro y la intención de ganancia, en el instinto de la autopreservación de las personas y su ansia de mayor poder.

Jesús dijo con razón que si el reino de Satanás estuviera dividido contra sí mismo, hace mucho tiempo que se habría derrumbado. Pero nuestra economía capitalista altamente desarrollada no se derrumba, porque las fuerzas demoníacas de la codicia trabajan de común acuerdo entre sí. Todas ellas siguen la misma línea. De esta manera los poseedores se convierten en poseídos.

La propiedad privada es la raíz del asesinato, la causa de la guerra, el origen de la competencia cruel en los negocios.

Cuando una esfera de la actividad humana establece sus propias leyes, sin respetar todas las demás, se convierte en un ídolo. Entonces estamos regidos por demonios; la vida se desgarra y termina hecha añicos. Este culto a los ídolos —el culto al dinero y a la propiedad— es la maldición de nuestro siglo.

Los hombres defienden su egotismo colectivo explicando que no quieren su propiedad para sí mismos sino para sus mujeres e hijos. Dicen que no hacen la guerra para proteger su propiedad privada, sino para proteger sus vecindarios, pueblos o países. Pero un hombre que ama a su esposa e hijos ama su propia carne. Y el amor a la familia o al clan propios, al igual que la lealtad a la tribu, nación, estado e incluso clase social propios, no es otra cosa que egotismo colectivo.

Para hablar con franqueza: me opongo al nacionalismo y al patriotismo; me opongo a las leyes de la herencia. Me opongo al dominio de clase de los poseedores de propiedades y a la lucha de clases del proletariado. Me opongo al sistema de partidos. ¿Por qué hay fuerzas armadas? ¿Por qué hay tribunales de justicia? ¿Por qué hay una milicia? Existen sólo para proteger la propiedad, esa cosa aislada que está desvinculada de todo lo demás y condenada a la muerte.

Hemos caído en un estado de desintegración; hemos caído de Dios. Y permaneceremos perdidos mientras los factores decisivos en nuestra vida sigan siendo la voluntad codiciosa, su lucha por la existencia, sus pretensiones, derechos y privilegios egoístas. La maldición que pesa sobre nosotros, esta vida arruinada, ha sido aceptada como normal e incluso como tolerable. ¡Debemos ser liberados de la maldición de la vida sin espíritu y sin Dios!

El mundo natural que nos rodea nos muestra el camino hacia la solución. Toda forma de vida se mantiene por el sol, por el aire, por el agua, por la tierra y sus recursos. ¿Y a quién le fue dado el sol? A todos. Si hay una cosa que la gente tiene en común es el don de la luz del sol. Pero, como dijeron los primeros huteritas: «Si el sol no estuviera colgado tan alto, hace mucho tiempo que alguien lo habría reclamado como propiedad suya».

El deseo de poseer propiedades, de tomar para nosotros cosas que de ninguna manera nos pertenecen, se extiende a todo lo que está a nuestro alcance. El aire se vende y se compra ya como artículo de consumo, por razones de salud. ¿Y qué sucede con el agua y la fuerza hidráulica? ¿Por qué tiene que estar la tierra fraccionada en manos privadas? ¿Acaso hay alguna diferencia entre ella y el sol? No; la tierra pertenece a quienes viven en ella. Dios la creó para ellos, pero algunos individuos se han adueñado de ella. Privare significa robar. Así pues, propiedad privada significa propiedad robada: ¡propiedad robada a Dios y a la humanidad!

Jesús es el amigo de la humanidad y, por consiguiente, el enemigo de la propiedad privada. Él quiere que la gente tenga vida verdadera. Él atacó el impulso de la autopreservación y el privilegio. Él renunció a todo y se hizo no sólo el más pobre sino también el más humilde, pues fue contado entre los criminales. No se reservó nada para sí mismo. No tuvo dinero propio: su comunidad itinerante tenía una bolsa común.

Él dijo con toda claridad que quienes siguen el impulso de autopreservación están perdidos. Los que tratan de guardar su vida la perderán. Los que no dejan todo lo que tienen no pueden venir conmigo. Vende todo lo que tienes y dáselo a los otros. Quédate sólo con un manto y da todo lo demás. Si alguien te pide una hora de trabajo, dale dos. No acumules posesiones. No te aferres a derechos y privilegios.

Mi fe reside sólo en ese comunismo que tiene fe en el Espíritu.

Incluso Nietzsche dijo que Jesús confronta la vida falsa con la vida verdadera. Pero ¿qué es la vida? ¿Y qué es la verdadera vida que tenemos que llevar? Un cuerpo está vivo sólo cuando todos sus órganos funcionan como una unidad. La vida es unidad coherente en movimiento. La vida es inseparable de la unidad —unidad de voluntad, de sentimiento y de pensamiento— y no puede existir fuera de ella. Y la humanidad estará unida sólo cuando esté dirigida por el espíritu de comunidad, cuando cada individuo trabaje por el bien de todos.

Si queremos la comunidad tenemos que querer el espíritu de comunidad. Por esta razón rechazo la sociedad llamada comunista. Mi fe reside sólo en ese comunismo que tiene fe en el Espíritu. El alma colectiva de la comunidad es el Espíritu Santo. En este Espíritu la iglesia comunidad es unánime y está unida, es rica en dones y poderes.

No obstante, tenemos que recordar que, de la misma manera que la unidad del cuerpo no se puede mantener sin sacrificio, así también la unidad de la comunión demanda sacrificio para su mantenimiento. Si esta comunidad pudiera perdurar sin ningún sacrificio por parte de sus miembros, no sería nada más que la gratificación del sí mismo. Los individuos en la comunidad tienen que estar preparados para sacrificarse ellos mismos y todos sus poderes.

Este es el verdadero amor: que entregamos nuestra vida por nuestros hermanos y hermanas. Y ésta es la única manera de pertenecer a la iglesia. Si lo comprendemos, entenderemos el mensaje que es la afirmación de la vida: no la renuncia por causa de la renuncia, sino la liberación por causa del nuevo nacimiento, liberación que hace pasar del engaño a la realidad, de lo no esencial a lo esencial. Entonces estaremos unidos en la mesa en común, como invitados en un banquete de bodas.

Yellow Ginko leaves in the sun
Contribuido por Eberhard Arnold Eberhard Arnold

Eberhard y su esposa Emmy estaban desilusionados por el fracaso del establecimiento - especialmente de las iglesias - para ofrecer soluciones a los problemas de la sociedad en los turbulentos años después de la Primera Guerra Mundial.

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