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Lejos de los compromisos y la sombra

por Eberhard Arnold

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El siguiente ensayo, escrito en 1925, es la respuesta de Arnold a los líderes del Movimiento Juvenil Alemán, que habían criticado sus esfuerzos en pro de la comunidad como productos del «autoengaño, la insensatez y la locura». Los miembros de la comunidad de Sannerz habían renunciado a todos los derechos de propiedad privada y sostenían que el camino del amor, la paz y la no violencia podía resolver todos los problemas de la guerra y la injusticia social. Rechazaban la reforma por considerarla ineficaz y defendían que era preciso construir una nueva sociedad desde los cimientos.

Sin embargo, quienes los criticaban sostenían que, aun cuando fuera posible evitar el desempeño de cargos públicos o el recurso a la ley, todos estaban atados al sistema de opresión y al sistema tributario porque todos tenían que usar el dinero, al menos para comprar comida. Ellos justificaban tomar la vida «para salvar quizá a miles de compatriotas» y defendían la guerra como «pecado responsable». Además, argumentaban que el cuerpo y el espíritu eran contrarios y no se podía lograr la armonía entre ambos, que una vida de no violencia en la edad moderna era «absurda», y que los seres humanos no podían nunca «deshacerse de su propia sombra». Un cierto Max Dressler llegó incluso a afirmar que «las demandas de Jesús no son realmente demandas en el sentido real de la palabra» y que «uno no puede hablar de discipulado sin compromisos».

La respuesta de Arnold a estas afirmaciones se basa en el Sermón del monte y en la Primera Carta de Juan.

Tenemos que afrontar la cuestión de los compromisos, porque se plantea en todas partes y preocupa a un número cada vez mayor de personas responsables. En ella está latente el problema fundamental de la vida: la cuestión del mal y de la muerte. El mal y la muerte son tan opresivos que el bien y la vida se ven constantemente amenazados por ellos. Pero es aterrador ver una apatía y un compromiso crecientes con las tinieblas, eludir el dilema de vida y muerte.

¡No se puede pactar ningún compromiso con el mal! La palabra «compromiso» tiene su origen en el lenguaje legal. Es un convenio entre las partes en disputa, la única solución cuando el conflicto legal no se puede resolver.

La experiencia del amor divino ha de tener consecuencias en la vida práctica.

La cuestión es si se puede o no se puede reemplazar esta justicia legal por una justicia superior: la justicia del corazón de Jesús tal como se revela en el Sermón del monte. Esto significa que, cuando nos encontramos frente a la amenaza de una batalla legal, nosotros, que deseamos el camino de vida y amor, tenemos que renunciar a todo y permitir que nuestros adversarios se lo lleven todo. Si lo hacemos, no nos enfrentaremos con demandas duras, sino con oportunidades para el amor y la alegría.

Ésta es la noticia de la vida nueva: que la alegría excluye el homicidio; el amor no odia a nadie; la verdad no puede pactar ningún compromiso con la mentira; el corazón sólo permanece puro cuando no hace concesiones. Dios no establece ningún acuerdo con mammona. La alegría en la vida y el amor a todos no tolera ningún compromiso con el mal, ninguna concesión a la indiferencia egoísta o a la injusticia asesina, porque el amor toca todas las cosas y cambia todas las relaciones. Éste es el mensaje del reino, la naturaleza de las palabras de Jesús. Aquí está su corazón.

Todo movimiento que brota de Dios apunta a este camino. Pero cada vez que se renuncia al camino de Cristo, esos movimientos empiezan a morir. Y este proceso de muerte alcanza su etapa final cuando ya no se lucha más con la muerte, cuando se abandona la lucha por la vida y la gente se rinde sin resistir a la sombra de la muerte, cuando el materialismo y la mediocridad logran establecerse, y nosotros evitamos la lucha a la que Jesús nos ha llamado. Esta muerte amenaza a todo movimiento.

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Hoy las personas tratan de vivir a la vez sobre la base de la ley y la gracia. Se dice que la vida no violenta es absurda aunque Jesús la vivió. La gente se opone con una actitud inflexible, diciendo que eso es legalismo y fanatismo. Afirman el materialismo sin reservas, están encaprichadas con el pecado y se esmeran en mostrar que nunca pueden liberarse de él. Y parece que les importa poco el hecho de que el compromiso sea mayor o menor, lo cual muestra a las claras cuán lejos están del camino.

¡Sólo el amor experimentado en el perdón total del pecado puede darnos la salvación! En esta atmósfera dejan de existir los legalistas «debes» y «no debes». Nunca se subrayará esto suficientemente. No obstante, la experiencia de este amor ha de tener consecuencias en la vida práctica. A quienes se les perdona mucho, aman mucho. Y ¿cómo podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano o a la hermana a quienes vemos?

Sólo hay un camino: el camino del amor que procede del perdón y tiene su esencia en el perdón. Este camino es el discipulado absoluto de Jesús, que no pacta ningún compromiso con nuestra época fría y sin amor. Esto no significa que quienes están seducidos por el amor nunca pacten compromisos, sino más bien que el amor que los ha cautivado no puede pactar compromisos. Si se cometen actos malos, proceden de la depravación y la debilidad de carácter. Pero cuando el amor toma de nuevo el control de la situación, reaparece la meta más alta y el corazón vive de nuevo, pleno y resplandeciente. Las palabras de Jesús nos devuelven el poder del amor perfecto.

La Primera Carta de Juan describe esta actitud sin componendas: el que afirma que no tiene pecado es un mentiroso. Se nos dice esto para que no pequemos. Pero si pecamos, tenemos un abogado que expía el pecado de todo el mundo. El que permanece en él no peca. Si alguno peca, entonces en este pecado esa persona no lo ha visto ni lo ha conocido. «Sabemos que somos hijos de Dios y que el mundo entero está bajo el control del maligno.»

Los que defienden el pecado muestran que se han extraviado y han perdido de vista a Jesús. Ni lo ven ni lo reconocen. Hay una gran diferencia entre hacer el mal, y volverle la espalda y olvidarlo. Para Pablo era esencial dejar todo atrás y correr con resolución hacia la meta. Ciertamente él siempre supo con claridad —y dio testimonio de ello con energía— que no estaba libre de pecado. Pero para él el perdón de Cristo significaba liberación del error y del mal. Pablo fue un luchador con armadura completa que peleó contra el mal e incluso contra la misma muerte.

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Es significativo que el amor incondicional no tiene nada que ver con la pusilanimidad o la indecisión ante la batalla. Por el contrario, los que están llenos de vida y sujetos al amor tienen que luchar hasta la muerte. Donde tienen que librar su batalla, con la mayor severidad, es dentro de sí mismos, contra todo lo que es perjudicial para la vida, hostil a la comunidad y a Dios. Sin embargo, nunca pueden ser duros con los demás, aunque quizá parezca severa su lucha con amor apasionado y vivo contra el mal en otros y en los asuntos públicos. Y su lucha no puede seguir siendo un asunto privado; tiene que convertirse en una oposición pública contra todo mal en todas las situaciones humanas y sociales.

Es un error decir que los que trabajan por amor de esta manera son moralistas e incluso legalistas. Su actitud hacia la gente y las instituciones ha sido definida por la meta del reino de Dios. Su ética estará determinada por la naturaleza del Hijo del hombre y sus seguidores, por la verdad del amor y por la voluntad del corazón de Dios. Deben vivir una vida de amor en la actitud del mundo futuro y en la perfección de Dios, porque no hay otra vida.

Esto nos lleva a un tema antiguo: la perfección. Ciertamente nosotros no estamos libres de pecado. Pero hoy la gente habla sobre la necesidad del mal y la común esclavitud de la humanidad en la culpa, y esto lleva a consentir la implicación en la culpa. Resulta irónico que la gente descarte la paz mundial de la que los profetas dan testimonio. Rechazan la eliminación del gobierno proclamada en el Apocalipsis de Juan y la transformación del orden social presente a través de la iglesia comunidad. Desechan la comunidad como expresión del verdadero amor.

Jesús no pacta ningún compromiso con nuestra época fría y sin amor.

El hecho de que desdeñen todas estas cosas muestra que ya no adoptan una actitud contraria al mal. Evitan la elección decisiva que Jesús representa: Dios o mammona. Han dado la espalda a la claridad de Jesús, que nos reta a decir «sí» o «no», sin que quepa una respuesta intermedia. Han aceptado una situación paradójica en relación con Dios; todo lo que pueden decir en su vanidad es «sí y no» o «no y sí» simultáneamente. ¡Tenemos que luchar contra esto!

Ellos nos presentan un desafío: «¿Acaso quieren librar una batalla general contra toda clase de mal?». Y nosotros respondemos: «Sí, exactamente de eso se trata». Para esto vino Jesús al mundo; él nos llamó y nos envió a luchar contra todo mal en todas las cosas. Él vino a destruir las obras del diablo. ¡Dios es luz y en él no hay tinieblas!

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Contribuido por Eberhard Arnold Eberhard Arnold

Eberhard y su esposa Emmy estaban desilusionados por el fracaso del establecimiento - especialmente de las iglesias - para ofrecer soluciones a los problemas de la sociedad en los turbulentos años después de la Primera Guerra Mundial.

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