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De joven, abandoné la universidad, abrí una exitosa agencia de diseño gráfico y publicidad cerca de Washington, DC, y alcancé el sueño americano. Irónicamente, fue por fuera de ese lugar de éxito financiero que pude lograr el sueño. Tenía todo lo que quería; podía ir a cualquier parte; podía comprar lo que deseara. Estaba haciendo USD 150,000 al año. Ajustados a la inflación, unos USD 350,000 actuales. Había trabajado duro para llegar hasta allí, pero en lo más hondo sabía que no merecía lo que estaba obteniendo como remuneración. Sabía de innumerables personas de color o de personas con desventajas económicas que trabajaban más duro que yo y no estaban ganando ese dinero. Esa inequidad básica me hizo sentir muy incómoda. Y a eso se sumaba una sensación de vacío interior.

Quince años antes había experimentado lo que creo puede ser llamado una conversión. Estaba trabajando sola en un cuarto oscuro (un excelente lugar para pensar) y me recuerdo parada allí, abrumada por todas las cosas deshonestas, egoístas y malas que había hecho en mi corta vida. Entre otras cosas, no mantenía ninguna relación con mis padres, tenía una aventura con un hombre casado y mi propio matrimonio había durado ocho meses. Uno a uno vi los rostros de las personas cuya vida había arruinado en mi impulso por salir adelante.

Era atemorizador, pero peor era darme cuenta de que no era capaz de redimirme. Lo había intentado antes, y allí estaba de nuevo, seguida por el rastro de más personas pisoteadas a mi paso. ¿Qué se necesitaba? No quería otra repetición de esa revelación en mi lecho de muerte bajo el peso de otros cincuenta años de relaciones rotas.

En mi desesperación, supliqué ayuda a un Dios que ni siquiera sabía si era real. Como respuesta, se me presentaron con claridad dos alternativas: continuar haciéndome cargo de mis decisiones y manejar sus complicadas consecuencias lo mejor posible o soltar todo y permitir que Dios tomara el control de mi vida. Sin dudas, la última era la menos glamorosa de las dos opciones, pero me decidí por esa.

Fotografía cortesía de la autora.

En mi desesperación, supliqué ayuda a un Dios que ni siquiera sabía si era real.

Fue entonces que yo ingresé en el negocio del diseño con un colega cuáquero. Trabajamos juntos a lo largo de quince años y construimos un negocio próspero. Pero en el proceso, mi dependencia de Dios poco a poco fue sustituida por la autoconfianza, la perspicacia para los negocios y el deseo de alcanzar objetivos financieros siempre más altos. Otra instancia de toma de conciencia me obligó a elegir entre una vida llena de riqueza, aunque también de estrés, o enlentecer el ritmo y recuperar una vida de fe y alegría en Dios. Elegir a Dios significaría abandonar la empresa que yo había construido y de la que yo había sido copropietaria.

Antes de irme, debía arreglar algunos asuntos con mi socio. Eso era complicado: él y su esposa habían sido amigos cercanos y mentores espirituales, pero con el tiempo nos habíamos distanciado.

Llegar a un acuerdo definitivo insumió una cantidad grande de ofertas y contraofertas, pero el resultado fue que acabé pagando USD 50,000 por concepto de impuestos que mi socio debió haber pagado. Cuando me di cuenta de cómo él y su contador habían conspirado para machacarme, me sentí tan llena de ira que no pude dormir por varios días. Por supuesto que se trataba "solo de dinero" y yo no lo necesitaba en ese momento. Pero era mucho dinero, y era mío. Resultaba obvio que no se podía evadir el fisco, así que hice el cheque y confié en un Dios de la venganza.

El viaje hacia el perdón me tomó dos años y fue parte de una búsqueda más profunda de renovación: el camino hacia lo que Tolstói llama la “verdadera vida”. En el trayecto, me topé con nuevos tesoros: vulnerabilidad, humildad, confianza y alegría.

Al final, la renovación que buscaba me costó todo. Vendí mis muebles antiguos, mi casa de veraneo en Nantucket y, luego de eso, mi hogar en McLean. Abandoné mi carrera. Mi vida completa dio un giro nuevo mientras intentaba discernir qué quería Dios que hiciera. Pero a cada paso me sorprendía al darme cuenta de cuán rápido los deseos más profundos de mi corazón eran colmados. Sentí como si me dieran la posibilidad de hacer borrón y cuenta nueva y empezar toda mi vida de cero. Más allá de eso, la experiencia me llevó ―mucho más lejos de lo que jamás algo me había llevado― fuera de mí y hacia la vida en comunidad con los otros, donde aún estoy aprendiendo lo que de verdad significa compartir la propia vida ―tanto de forma práctica como espiritual― con los hermanos y hermanas. Para hacer esto fuimos creados por Dios.

En mi vida anterior, empleaba el dinero para construir mi seguridad contra catástrofes imaginarias, para un retiro confortable y para vivir una buena vida en hermosos entornos. Durante mi estadía como huésped del Bruderhof, mientras lidiaba con saber si había sido o no ´llamada´ a ese modo de vida, me desperté varias noches a las tres de la madrugada sintiendo las heladas garras del miedo que oprimían mi corazón y me hacían preguntarme: "¿Y si la comunidad colapsa? ¿Qué pasará con mi retiro y con mi seguro?". Eran miedos reales a los que me había enfrentado durante toda mi vida adulta. Lo irónico es que, una vez que me uní a la comunidad, nunca más pensé en ellos. Se disiparon por completo.

La vida no se detiene. Ninguna comunidad es perfecta. Así como aquella mañana en el cuarto oscuro cambió mi vida, me he dado cuenta de que, si voy a vivir con autenticidad, continuamente debo atravesar nuevos ciclos de arrepentimiento y renovación, y siempre habrá nuevos comienzos. Así lo espero, porque es entonces cuando estoy más viva.


Traducción de Claudia Amengual