Menciona “casas de asentamiento (settlement houses)” en una conversación y la mayoría de las personas, incluidos los entusiastas de historia política, te fruncirán el ceño en confusión. Sin embargo, estas instituciones eran miles en la primera mitad del siglo XX, abarcando el Reino Unido, Norteamérica y más, dando lugar a nombres reconocidos como Clement Attlee y Jane Addams. La historia del movimiento settlement es poderosa, y se entrelaza con el surgimiento del trabajo social, el concepto de bienestar universal, educación gratuita, el sindicalismo, el sufragismo y la organización comunitaria.

Vivo actualmente en una de esas casas de asentamiento, Pembroke House, en Walworth, a unas cuadras de la calle Old Kent Road, en el sur de Londres. Es la única casa de ese tipo que ha existido de forma continua en el Reino Unido desde ese entonces y que conserva todas sus características originales. Cuando me mudé, en seguida descubrí una historia fascinante y me intrigó aprender que los primeros pioneros del settlement buscaron las respuestas a preguntas que hoy en día siguen vivas. Entre otras: ¿Cómo preservamos el dinamismo de Londres y, al mismo tiempo, proporcionamos seguridad a los habitantes de la ciudad? ¿Cómo unimos fuerzas para resolver los problemas del barrio? ¿Cómo podemos cerrar las brechas que nos separan y que provocan desconfianza y alienación social? La historia de este movimiento casi olvidado y su impacto en la sociedad es relevante para discusiones actuales sobre solidaridad entre clases, el uso de espacios públicos, y el bien común.

Pembroke House, una casa de asentimiento en el sur de Londres. Usado con permiso de pembrokehouse.org.uk.

Un nuevo tipo de misión

Las primeras casas de asentamiento comenzaron a aparecer en Londres y por todo Estados Unidos en la década de 1880. Compartían tres particularidades: un edificio físico, con residencia incluida; un espacio para la adoración; y un animado programa de actividades sociales.

Lo que motivó a los primeros fundadores del settlement era la experiencia de llegar al límite de su conocimiento. Muchos de estos jóvenes idealistas, graduados universitarios e impulsados por un deseo ferviente de ayudar a los pobres, estaban volviéndose conscientes de su propia ignorancia. ¿Cómo podrían ayudar a los pobres si no sabían nada de ellos? Este reconocimiento alentó a que los estudiantes buscaran un espacio en los barrios marginales donde montaron con entusiasmo su negocio y se pusieron manos a la obra, utilizando su dinero y sus contactos para comprar parcelas de tierra.

Los settlements se diferenciaban de la mayoría de las misiones cristianas de la época por su compromiso de vivir entre los pobres. En palabras del lema de Boston Associated Charities, una organización que ayudó a poner en marcha este movimiento, los habitantes del settlement buscaban ofrecer “no limosna, sino un amigo”. Este enfoque contrastaba con los esfuerzos contemporáneos por “salvar las almas” de los habitantes de los barrios marginales locales. Personajes literarios como, por ejemplo, la Sra. Jellyby en la novela de Dickens titulada Casa desolada, sugiere una consciencia que va creciendo a mediados del siglo de que este enfoque autocomplaciente del “buen trabajo” era vergonzoso y contraproducente, carente de solidaridad o reciprocidad.

Los trabajadores del settlement querían demostrar tanto su nivel de espíritu como su compromiso; la mera proximidad con el pobre no era suficiente. Con el fin de salvar las diferencias (financieras, sociales y culturales) entre ellos y sus vecinos, iban a necesitar una humildad que actuara como freno a los excesos del pasado. Como dijeron Samuel Barnett y su esposa Henrietta, fundadora de Toynbee Hall: “Un settlement permite a los ricos conocer a los pobres de una manera que no es posible en una misión, cuyos miembros van con la mente puesta en su objetivo y a menudo se mantienen a distancia debido a ese objetivo”. Guiados por el espíritu de compartir, comenzaron con su espacio físico y abrieron sus puertas. Las casas de asentamiento eran, en el sentido más literal, casas públicas antes que cualquier otra cosa.

Hoy, dicho enfoque puede hacernos sentir incómodos. Los colaboradores del settlement eran producto de su antecedente: a veces inocentes, incluso condescendientes. A veces seguían cayendo en el lenguaje de “lo superior debe... elevar lo inferior”. Sin embargo, intentaban cambiar el paradigma de su época, desplazando la caridad hacia el trabajo social, la beneficencia hacia el bienestar y la superioridad hacia la solidaridad. Establecerse en un lugar tenía un costo y requería un compromiso firme: se realizaban inversiones y se echaban raíces. Como prueba de ello, muchos asentamientos perduran hasta nuestros días.

Baile, bombos y burros

El programa de actividades de una casa de asentamiento de hace más de un siglo, de hecho, es sorprendentemente similar al de una actual. En Pembroke House aún organizamos un club de almuerzo, clases de música y de baile, y grupos de jardinería, lectura y tambor. Hay una fiesta anual en la calle con comida fresca, música folk en vivo, y burros obligatorios. La iglesia sigue operando los domingos en el amplio vestíbulo de nuestra planta alta. La residencia actualmente se está revisando a raíz de una reapertura con un nuevo grupo de habitantes.

Bajo esta actividad subyace un sólido ethos que prioriza los vínculos comunales y la mejora colectiva. Lejos de una visión limitada de la educación como instrucción, los settlements siempre han incluido música, arte, baile, deporte y juego. Como declaró Jane Addams, fundadora de la Hull House en Chicago: “No hace falta decir que una settlement es una protesta frente a una visión restrictiva de la educación”. En paralelo a clases formales, la mayoría de las casas de asentamiento albergaban “charlas de salón de fumar” donde se debatían vigorosamente temas como el derecho animal, anarquismo y leyes de trabajo infantil. El compromiso por la educación política representó la convicción de las settlement de que todas las clases de una sociedad podían y debían participar en la batalla de ideas y el liderazgo político.

Muchas de las casas de asentamiento originales continúan como centros de comunidad, haciendo el mismo trabajo de convocar y conectar. Time and Talents en Bermondsey, Manchester Settlement, y Barton Hill en Bristol aún se aferran a su misión original, tal como muchas en Norteamérica. Sin embargo, con el tiempo en muchas de ellas se han perdido dos de los tres pilares originales del movimiento. Primero, el lugar de devoción ha desaparecido en esta era más secular o, si permanece, está desvinculado de otras actividades. Segundo, a mi entender solo dos settlements existentes están intentando sostener algún tipo de residencia: Pembroke House (donde vivo) y Tonybee Hall, la primera casa del movimiento en Reino Unido, que relanzó su residencia tras décadas para luego cerrarla dos años después. Si la residencia, que puede argumentarse que es el eje de las settlement, ha prácticamente desaparecido, ¿qué se perdió?

Echando el ancla en un barrio

El principio general de los fundadores del settlement fue la importancia de comprometerse al espacio físico. En Pembroke nuestra casa de residentes está adjunta al centro comunitario, accesible mediante puertas internas de tal forma que los dos espacios son efectivamente uno solo. Esto fue deliberado: la residencia funcionaba como un espacio semi público, con cuartos separados para reuniones sociales y actividades además de dormitorios para los habitantes. El aspecto social era crucial. Como dijo Addams, las casas deberían “agregar la función social a la democracia”. Los residentes compartían su hogar privado con el barrio. Este espacio intencionalmente liminal, entre público y privado, cívico y doméstico, les requería navegar tensiones que a veces surgían, que a su vez reflejaban la tensión social más amplia entre lo individual y lo colectivo que las settlement siempre han recorrido.

En la residencia, las líneas entre el hogar y el espacio público están borradas de manera generosa. Al jardín comunal lo cuida el grupo de jardinería, pero lo aprovechan los residentes y otros para hacer fiestas de verano, fogatas y tomar baños de sol. Estos, a su vez, ayudan a cosechar los frutos del jardín. Los residentes son el primer contacto para seguridad, ya que vigilan el centro día y noche. A cambio, en base a que poseen una llave, se admite que gobiernen el lugar, dentro de lo razonable. Esto permite tomar leche prestada del refrigerador comunitario, usar la fotocopiadora, o simplemente jactarse del lugar: los residentes suelen abrir las puertas del vestíbulo superior para visitas, una habitación imponente de techos altos, con piso flotante y un altar de vidrio teñido, declarando airosamente “... y este es el cuarto de estar”.

La proximidad del espacio más hogareño también es valiosa para el personal de Pembroke House. Es un lugar para guardar utensilios, muebles, descansar (como cuando nuestra sacerdote embarazada necesitaba una siesta, u otros colaboradores habían perdido el último tren), incluso higienizarse: nuestras duchas son prácticas para luego del fútbol de mediodía o, en una ocasión extraña, para limpiar una tuba. Existen riesgos, como cuando una residente disfrutaba de un baño de sol toples en el jardín comunal mientras la sacerdote invitaba a todos a tomar el té en el patio. Otras veces el ambiente informal generado por los residentes suaviza el potencial “nosotros contra ellos” entre el personal y los miembros de la comunidad. Espero que mi propio hábito de pasearme en calcetines hiciera a las personas sentirse más (no menos) cómodas, pero, como siempre, estas cosas están sujetas a opinión.

Los residentes nos encontramos con una validez proveniente de ser fáciles de encontrar, y por lo tanto conocidos, mediante una vida hogareña. También somos amos de llaves, con derecho a cerrar y abrir, lo que nos ofrece una relación especial con el espacio físico. Vemos al lugar en sus momentos de mayor calma, y en sus más ruidosos. Conocemos a la zorra y cachorros que juegan en el jardín las noches de verano y los maullidos del gato de nuestro vecino. Esta relación privilegiada con el lugar honra las esperanzas de los primeros fundadores del settlement: que vivir en un sitio fortalece los vínculos allí forjados.

Algo menos discutido es el estatus que esto da a los residentes para desafiar la autoridad del personal. Tener acceso al edificio significa que los residentes pueden literalmente transgredir los límites del espacio, como cuando utilizan los salones principales para expandir las fiestas u organizar una broma del día de los inocentes. A diferencia de los típicos centros comunales, donde el personal profesional mantiene la autoridad, en las casas del settlement los habitantes amos de llaves pueden ser sutiles disruptores de cualquier desequilibrio de poder entre el personal y los miembros. Esta tensión, en el alma de la organización, hace eco de los dilemas fundacionales del settlement, que buscaba balancear las dicotomías entre lo público y lo privado, lo profesional y lo local, de una manera que a propósito nunca se resolvió.

Huellas de la residencia

“La vida en Hull House satisfizo todo el anhelo de compañía, de la emoción por nuevas experiencias, de estimulación intelectual constante... estar absorbida por un gran movimiento de cambio social que logró mi lealtad entusiasta” - Alice Hamilton, residente en Hull House, Chicago.

Para mí, el rol de residente facilitó una vida más mezclada, una donde no estaba forzada a elegir entre lo personal y lo público, entre visitante y vecina. Para muchos la vida en Londres ofrece una elección binaria entre “vida profesional” y “vida privada” sin lugar intermedio. Las casas de asentamiento son espacios extraños, donde los residentes tienen algo para hacer que les facilita su entrada a la comunidad. Relacionarme a través de las fronteras de clase, raza y (sobre todo) edad cambió mi perspectiva hacia la ciudad. Londres prometía una variedad de posibilidades mareadora, pero una esquina de Walworth pasó a significar algo más difícil de encontrar: una base, un ancla, y un portal hacia la historia.

Es abrumador, pero a la vez tranquilizador, recordar que estos edificios han sido habitados por personas dedicadas a las mismas actividades durante más de 140 años. El hilo de historia que atraviesa estas casas está presente cuando te encuentras artefactos raros como una valija con fotos viejas del viaje de un residente por Asia del Este, una antigua fuente de iglesia en el jardín trasero, y un remo que cuelga de las vigas del cuarto de estar; recuerdos de residentes que contribuyeron y luego salieron al mundo. Para marcar el aniversario 140 de Pembroke, se está realizando un proyecto de historia oral que reconstruye este “árbol genealógico de la residencia”, y busca rastrear los cientos de individuos que tuvieron hogar aquí, cambiaron el barrio, y fueron cambiados por él.

Un legado inconcluso

Si las casas de asentamiento tuvieron tal impacto, ¿por qué la mayoría de la gente nunca escuchó de ellas? Una respuesta es que la idea de las settlement estuvo entrelazada con ideas similares, perdiéndose en la red de trabajo misionero, derechos laborales y, en el Reino Unido, fabianismo, una versión distintivamente británica del socialismo con raíces en el movimiento settlement.

Toynbee Hall fue el lugar de encuentro histórico de William Beveridge y Clement Attlee en 1903. Aunque estos dos arquitectos del estado de bienestar se conocieron gracias a las settlement, las instituciones rara vez han sido reconocidas dentro de su surgimiento. Sabemos a partir de sus escritos que tanto Attlee como Beveridge fueron fundamentalmente transformados por sus experiencias en el settlement, consolidando su compromiso hacia la provisión sostenida y estatal de los elementos básicos para una buena vida: salud, vivienda y educación.

Pero ambos hombres tuvieron recelo retrospectivo sobre cómo el estado pasó a monopolizar la solidaridad social, desplazando de la escena a esas instituciones cívicas de las cuales había surgido. El trabajo tardío de Beveridge expresó su ansiedad de que el estado pudiera superponer, pero no reemplazar realmente, el trabajo más íntimo de las settlement. Como reflejan los debates contemporáneos sobre la importancia de la democracia vecinal y los gobiernos locales, hasta hoy hay intentos de revisar este desequilibrio.

Otro aspecto que puede explicar su relativo anonimato es el hecho de que en muchas casas trabajaba una mayoría de mujeres. Una generación de mujeres bien educadas estaba comprometida a impulsar el cambio social. Las casas representaban un reino semi-doméstico donde a las mujeres se les permitía ejercer algo de autoridad. Figuras como Jane Addams y Ellen Starr construyeron su propio espacio público/privado donde explorarían sus intereses e instintos políticos. Estas casas ofrecían oportunidades para aquellas mujeres que quisieran trascender los confines de la esfera privada para fundar lo que se convertiría en trabajo social. Radicales, disidentes y rebeldes encontraron su hogar aquí, y el liderazgo femenino de estas instituciones motivaron a las mujeres a asumir roles más políticos en movimientos laborales, antiesclavistas y sufragistas, hasta incluso en cargos electos. Honrar la contribución de estas mujeres, que allanaron el camino para que los cuidados fueran reconocidos como trabajo legítimo y lucharon por leyes de trabajo infantil y reformas educativas, es otro motivo para no olvidar a estas incubadoras de política radical.

Permanentes, no temporales

Los temas prevalecientes del trabajo del settlement (forjar lazos entre comunidades y generaciones, combatir el aislamiento, y atender necesidades físicas y emocionales) atacan problemas tan relevantes hoy como cuando el movimiento comenzó. Esto fue particularmente sobresaliente durante la pandemia, cuando Pembroke House puso sus edificios al servicio de juntar y distribuir alimentos. Como los fundadores del settlement habían descubierto en otra época, quienes venían a colaborar solían resultar los más enriquecidos. Quienes ayudaban encontraban que, en las palabras de Addams, “uno recibe tanto como uno da”.

Resaltando las características clave de las settlement, de las cuales la sociedad civil más amplia puede aprender, apuntaría de vuelta a las afirmaciones de sus fundadores, quienes declararon que las casas de asentamiento serían “permanentes, no temporales” y también “constructivas, no paliativas”. La benevolencia jerárquica de la era victoriana fue sustituida por un espíritu de mutualismo y auto-suficiencia colectiva. En vez de roles fijos, siempre ha habido lugares donde se invita a las personas a ser curiosas y reinventarse, dando lugar a nuevas generaciones de líderes al igual que lo hicieron con Attlee y Beveridge, en el Reino Unido, y Addams y Starr en los Estados Unidos.

Sobre todo, lo que une a todos en un espíritu de acción experimental y aventura colectiva es el énfasis en la participación, ya sea enseñando ajedrez, dando un taller de tambor, o podando plantas. Esto mejora la confianza, en nosotros mismos como ciudadanos y en las capacidades de los otros, y este sentido de eficacia personal y colectiva es un legado que perdura de la cultura settlement. Una vez que hayas probado ese espíritu, es difícil soltarlo. Por eso sigo aquí, tras nueve años, siendo parte de un experimento que fue lanzado hace más de 140 años y que espero que sea preservado para residentes que aún estén por encontrar su hogar a unas cuadras de la calle Old Kent Road.


Traducción de Micaela Amarilla Zeballos