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    painting of people talking around a dinner table

    El diálogo en la comunidad cristiana

    El diálogo requiere un compromiso claro y radical con la escucha.

    por Elizabeth O’Connor

    jueves, 29 de enero de 2026

    Otros idiomas: English

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    En nuestra comunidad nos hemos hecho más daño cuando nos hemos cruzado sin tomarnos el tiempo para compartir o escucharnos. Siempre podemos justificar nuestros fracasos —al menos para nosotros— diciendo que “tenemos demasiados grupos como para mantener una comunicación activa”, “no se hace nada si todos tenemos que participar”, “estas conversaciones se alargan demasiado” o “no podemos hablar mientras la gente está tiritando de frío”. Estas afirmaciones le resultarán familiares a cualquiera que viva en una comunidad donde hay una gran diversidad de mentalidades y de temperamentos. Son afirmaciones contrarias al diálogo, pero es difícil enfrentarlas porque están llenas de verdad; las encontramos en nuestros propios corazones y en nuestros propios labios en momentos en los que anhelamos avanzar y el grupo parece estar dando vueltas sobre lo mismo una y otra vez, o resistiéndose a tomar una decisión.

    Los grupos suelen paralizarse y no logran progresar de manera constructiva debido a que unos pocos miembros quieren definir cada detalle por adelantado, saber exactamente cómo será el futuro, planificar cada paso y asegurarse de que todos estén igualmente comprometidos a recoger los pedazos y asumir el costo en caso de fracaso. En tal caso, el compromiso con el diálogo no significa que, a los optimistas, que son dados a asumir riesgos y a aceptar un futuro desconocido, se les pida siempre que esperen hasta que todos lleguen a un acuerdo. Eso nunca sucederá. Al mismo tiempo, los intrépidos no pueden seguir adelante como si la justicia y la rectitud estuvieran siempre de su lado. Si lo hacen, solo parecerá que están haciendo cosas. En realidad, estarán construyendo estructuras que son nuevas por fuera y llenas de huesos podridos por dentro.

    Entramos en diálogo porque estamos abiertos al cambio y somos conscientes de que nuestras vidas necesitan correcciones.

    Cuando hay que decidir cuestiones importantes, para garantizar un diálogo auténtico, las comunidades y los grupos deben aprender a llevarlo a cabo en el contexto de una espera apasionada en Dios. Esto no implica simplemente comenzar las reuniones con un momento de silencio, sino permitir un período de silencio después de que cada uno haya aportado, para favorecer la reflexión sobre lo que se ha dicho. Si a algunos esto les parece demasiado pesado, entonces sugeriría que la discusión se intercalara, al menos, con períodos de silencio, para que se pueda alcanzar un nivel de entendimiento más profundo desde el cual hablar y escuchar.

    El diálogo exige a cada participante intentar vivir en el mundo del otro, forzarse para ver las cosas como las ve el otro. No entramos en diálogo para persuadir al otro de que vea las cosas a nuestra manera. Entramos en diálogo porque estamos abiertos al cambio y somos conscientes de que nuestras vidas necesitan correcciones. El diálogo requiere un compromiso claro, radical y arduo con la escucha. Para escuchar es esencial saber, en lo más profundo de nuestro ser, que realmente sabemos muy poco sobre la mayoría de los asuntos y que la verdad puede estar en manos de alguien insospechado. Dios dice a los más dotados entre nosotros: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos” (Is 55:8). Cuando sabemos eso, cuando buscamos de verdad la voluntad de Dios, tenemos que ser personas de diálogo. La persona de diálogo sabe que, por muy mezquina, herida o enfadada que pueda estar, todos pueden tener algo importante que aportar a la conversación. Cada persona, en lo más profundo de su corazón, sabe esto sobre sí misma. Quiere decir lo que piensa y, cuando no se le permite hacerlo, siente en su interior que un acto violento ha sido cometido en su contra. La verdadera escucha requiere que no solo escuchemos las palabras, sino que también prestemos atención a los sentimientos y a los actos. [. . .]

    painting of people talking around a dinner table

    Melinda Matyas, Siete días, óleo sobre lienzo, 2016. Usado con permiso.

    El verdadero diálogo es difícil para todos. Escuchan bien quienes han sido escuchados bien, pero pocos de nosotros nos sentimos realmente escuchados. Creo que puedo dejar ir al otro cuando creo que realmente ha escuchado mi historia, mi punto de vista o mi opinión. Si creo que no me ha escuchado, tiendo a retenerlo con la mirada fija y a contarle mi historia una y otra vez. La pena resultante de la incapacidad de comunicarse puede convertirse en una especie de dolor punzante que se expresa en demasiadas palabras o, por el contrario, en el silencio que nos encierra a nosotros mismos y excluye a los demás; o, lo que es aún más inaceptable, en actos escandalosos. [. . .]

    Es muy fácil identificarnos con la bondad, sentir que somos “los iluminados”. Podemos dejar de preguntarnos qué estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo y si sería mejor hacerlo de otra manera. No solo debemos cuestionarnos a nosotros mismos, sino que debemos crear un ambiente que invite a los demás a cuestionarnos y a darnos su opinión sobre cómo nos perciben, nos escuchan y nos experimentan, al vivir a nuestro lado.

    Todos florecemos en compañía de quienes nos confirman y aceptan, pero a veces, el camino hacia una relación más profunda y una mayor conciencia es más doloroso. Cada uno de nosotros tiene características y formas de responder que dañan nuestras relaciones con los demás, que dificultan el diálogo y la comunidad, pero no comprendemos profundamente estos defectos. Se nos ha dado muy poca ayuda y práctica en el arte creativo de dar y recibir comentarios. No hemos afrontado de manera decisiva el hecho de que los demás tengan información sobre nosotros que nosotros no tenemos, y que nuestra ceguera podría curarse si tuviéramos el valor o la fuerza del ego para pedirla. Hasta que no tengamos experiencia en dar y recibir críticas constructivas, seguirá siendo un trabajo extraordinariamente difícil.


    Traducción de Coretta Thomson

    Contribuido por ElizabethOConnor Elizabeth O’Connor

    Elizabeth O’Connor (1921-1998) fue escritora, maestra, consejera y miembro de Church of the Savior en Washington, D.C., EE. UU.

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