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    Cielo pintado de colores brillantes

    No solo la familia nuclear

    Las familias están conformadas por sus ancianos enterrados y por los miembros que no han nacido

    por Edwidge Danticat

    April 5, 2021

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    Algunas veces pienso que mi padre y mi madre me están cuidando desde la tumba.  Hace unas semanas, soñé que iba empujando un automóvil hatchback cuesta arriba por una montaña y cada uno iba a un lado ayudándome. En el sueño, ambos tenían la misma edad que cuando murieron: mi padre sesenta y nueve y mi madre ochenta y cuatro. Después de terminar el sisífico trabajo, de subir el carro hasta la cima de la montaña, los tres celebramos contemplando la magnífica vista de un hermoso prado verde abajo.

    Con frecuencia, me sentía afligida por mi madre en mis sueños. Esta vez fue cerca al sexto aniversario de su muerte, sin embargo, el giro sisífico fue algo nuevo. Aunque Sísifo, el deshonroso rey de Corinto, engañó dos veces a la muerte, resultó que no podía engañar a la vida. La condena por sus homicidios y por hacer enfadar a los dioses fue empujar perpetuamente una roca gigante hasta la cima de una montaña; solo para que ésta volviera a caer rodando.

    Al día siguiente de este sueño, mi tío de setenta y ocho años, el hermano menor de mi padre, caminaba solo y desconcertado fuera de su casa temprano en la mañana. Un vecino que lo vio, le avisó a su hija. De repente, quizás no tan de repente, era como si él viviera el mismo día una y otra vez. Como si el pasado y el presente de mi tío se hubieran fusionado. El futuro era borroso o posiblemente se había desvanecido por completo. Todo un fragmento de nuestra historia familiar, de la cual él había sido el único cuidador, ya no existía ni para nosotros, ni para él.

    Edwidge con sus padres

    La autora a las cuatro años de edad, en 1973, con los tíos que la criaron Fotografías cortesía de la autora

    Al crecer en una familia haitiana multigeneracional, nunca la consideré como “nuclear”.  Aunque el término “nuclear” es amplio cuando se refiere a los átomos, a la generación de energía e incluso a la guerra, cuando se aplica a las familias, parece limitante. Mis padres y mi tío estaban de acuerdo. Ellos creían que las familias se expandían como las ondas de un estanque. Además, la migración te fuerza a reconstruirte a ti y a tu familia. Esta no solo está compuesta por los miembros que están vivos, sino también por los ancianos, que fueron enterrados generaciones atrás y por los que no han nacido todavía, que hacen presencia por medio de relatos como puentes y en sueños como posibles portales.

    La idea de comunicarme con mis padres a gran distancia no es nueva para mí. Cuando mi madre y mi padre emigraron a los Estados Unidos desde Haití, en los años 70, para escapar de una brutal dictadura y buscar trabajo, nos dejaron allí a mí y a mi hermano menor, al cuidado de un tío y su esposa. Desde los cuatro años hasta los doce, mis padres y yo nos comunicábamos por carta, una llamada a la semana y casetes que nos llevaban amigos y conocidos de Brooklyn a Puerto Príncipe. Yo era una de la media docena de niños y niñas que mi tía y tío cuidaban mientras nuestros padres trabajaban en otros países. Esto es lo que las familias deben hacer; ayudar con las cosas que uno no puede hacer por su propia cuenta, incluyendo criar a los hijos. Esto es lo que muchas familias todavía están haciendo: mientras las madres y padres están encarcelados, detenidos en centros de inmigración o luchando contra los opiáceos u otras adicciones, los miembros de la familia llenan ese vacío.

    La familia, como solía decir mi tío ahora silenciado, es quien queda cuando todos los demás se han ido. Es quien limpia al final de la fiesta o del funeral. Es la persona que, con un gesto afirmativo, puede reconfortarte más que cien palabras de cualquier otra persona. Los miembros de la familia comparten y guardan sus recuerdos juntos.

    Massé Mansour, Sin título, acrílico, 2017

    Massé Mansour, Sin título, acrílico, 2017 Pinturas de Massé Mansour. Usadas con permiso.

    Siento un inconmensurable sentido de pérdida cuando pienso en cómo miembros de una familia desaparecen de la mente de mi tío. Día tras día, quedan menos caras en donde proyectar sus recuerdos de vida. Yo sigo preguntándome si él sueña y si es así, qué estará soñando. ¿Con sus padres, hermanas y hermanos muertos? ¿Con su hogar de la infancia en las montañas del sur de Haití? ¿Con los años que pasó trabajando en una fábrica, como conductor de taxi o como el propietario de una empresa de servicio de taxis en Nueva York? ¿Con sus cinco hijos e hijas? ¿Con los versículos de la Biblia que recitó a lo largo de toda su vida? o ¿con los últimos años que se había imaginado como un abuelo orgulloso, abrazado por una gran generación de nietos, incluso bisnietos?

    Tal vez, sus sueños son vívidos, como películas de su propia creación, sin embargo, también podrían tratarse de alucinaciones y pesadillas. Al igual que muchos pacientes con demencia, podría estar sufriendo del síndrome del ocaso; agitación e inquietud, cuando las sombras que eran familiares se vuelven desconocidas. ¿Será que también se siente confundido al amanecer, llevado por sus sueños a la calle en el alba?  No obstante, hablar de "ocaso" y "amanecer", le asigna mucho más protagonismo del que parece tener, como si fuera Faetón, arrastrando el sol tras él a través del cielo.

    Cuando mi padre estaba muriendo de fibrosis pulmonar y mi madre de cáncer de ovarios, sus cuerpos fueron los que les fallaron. Durante sus últimos días, ellos todavía podían comunicarse y, como se dice, quitarse un peso de encima. Mi madre pudo llamar a sus seres queridos y arreglar algún conflicto que pudiera haber tenido, explicar algo o disculparse. Mi padre recordaba el pasado o aconsejaba, contando largas historias de las que esperaba que mis hermanos y yo aprendiéramos lecciones importantes para transmitirlas a nuestros hijos y ellos a los suyos.

    Massé Mansour, Uncertainties, acrylic, 2017

    Massé Mansour, Incertidumbres, acrílico, 2017

    Uno de los relatos de mi padre se trataba de saber cuándo irse. Cuando mi padre era un joven en Haití, trabajaba en una tienda de zapatos que era frecuentada por los esbirros de la dictadura. Estos paramilitares, los tonton macoutes, entraban a la tienda, tomaban los mejores zapatos de las repisas y se iban y no había nada que ni mi padre o su jefe pudieran hacer al respecto. A mi padre se le revolvía el estómago cada vez que uno de estos hombres entraba, temiendo que un día se sintiera obligado a resistirse y le dispararan. Ese fue el momento en el que decidió no solo dejar su trabajo en la tienda de zapatos, sino también, alejarse de allí para que su familia tuviera una vida más estable y tranquila.

    Una de las historias de mi madre se trataba de los remordimientos. Después de que mi madre nos dejó a mi hermano menor y a mí en Haití, con frecuencia se sentía como una madre terrible que había abandonado a sus hijos. Aunque, finalmente, ella sentía que nos estaba cuidando desde la distancia. Ella me contaba que siempre que estaba comiendo, se peguntaba si nosotros ya habíamos comido; cuando se acostaba, pensaba dónde y cómo lo haríamos nosotros. Ella pasaba sus días imaginando nuestras rutinas y tratando de sincronizarlas con las suyas. Lo único que la sostuvo durante esos ocho años, separada de nosotros, fue el sueño de estar todos reunidos de nuevo. Esta fue una de las razones por las cuales, en algunos momentos, mis padres tenían dos trabajos para hacer que nuestras vidas y la de nuestros dos hermanos nacidos en Estados Unidos fueran mucho más fáciles que la que ellos tuvieron que vivir.

    Massé Mansour, Anhelo maternal, acrílico, 2018

    Massé Mansour, Anhelo maternal, acrílico, 2018

    Posiblemente, mi tío no podría volver a recordar sus primeros días de lucha; ni su temor a la nieve, ni sus muchas caídas y resbalones en el hielo negro. No podría acordarse de las fechas de nacimiento de sus hijos o de la muerte de su esposa.

    Mi padre solía decir que los legados familiares no solo se refieren a las tradiciones y valores que se pasan de una generación a la otra, sino también son las acciones que podemos tomar o decidir no tomar. En el pueblo de la montaña donde mi tío y mi padre nacieron, una sola acción podía marcar o manchar la reputación de su familia durante generaciones, lo cual colocaba a las personas en una categoría, que solo se sostenía por el chisme o la vergüenza, incluso podía decidir el destino de su progenie. No estoy segura de que esto todavía sea cierto, sin embargo, mi padre se aferró a esta idea hasta su muerte, en parte, porque se la había enseñado su padre, quien la había aprendido de su padre. Mi padre decía que esta fue la razón por la cual tuvieron que dejar el pueblo ancestral y trasladarse a la capital. Aunque ni él ni sus hermanos o hermanas habían cometido actos vergonzosos, anhelaban empezar en un nuevo lugar donde la carga generacional fuera menos pesada. Su nuevo comienzo pretendía reiniciar su vida no borrarla.

    Edwidge con su hermano y primo

    La autora a las ocho años de edad con su hermano y primo

    En medio de todo tipo de pérdidas, nuestra familia ha experimentado tanto oportunidades para celebrar, como momentos muy dolorosos para hacer duelo. Uno de mis recuerdos más desgarradores es ver a mi tío poco después de que su esposa muriera al dar a luz a su hija menor. A pesar de que su corazón estaba destrozado, también se veía aliviado al ver que de esta terrible tragedia había surgido una hermosa pequeña.

    Finalmente, cuando se le permitió llevar a su hija a casa, mis padres y yo fuimos a visitarlos. Mi pequeña primita estaba enroscada en su cuna, chupándose intensamente los dedos índice y medio como si estuviera amamantando. Mis padres y yo la miramos con asombro; parecía tan frágil que teníamos miedo de alzarla.

     “Adelante”, me dijo mi tío, como si estuviera leyendo mi mente; “no se va a quebrar, ella tiene suficiente vida”. En creol haitiano, él dijo: “Li gen la vi nan li”, que también hacía referencia a un sentido espiritual. Ella tiene suficiente vida, no era algo que necesariamente estuviéramos tomando por sentado. Mi tío también podría haber dicho: “Ella ha recorrido un largo camino para estar acá; ha viajado desde muy lejos para llegar hasta nosotros”.

    Alcé a mi primita y la abracé. Sus ojos siguieron revoloteando mientras medio se reía y sonreía. Mi tío tenía razón, tenía suficiente vida y espíritu. Ella había estado en un cruce de caminos intangible por el que entró a este mundo, mientras su madre salió abruptamente. Ella estaba llena de gozo y dolor.

    Mi padre solía decir que los legados familiares no solo se refieren a las tradiciones y valores que se pasan de una generación a la otra, sino también son las acciones que podemos tomar o decidir no tomar.

    En la mitología Azteca, las mujeres que mueren durante el parto se consideran guerreras caídas. También se cree que estas mujeres viajan con el sol a través del día hasta la puesta del sol. El amanecer de mi primita estaba lleno de relatos de batallas y triunfos. Aunque su presencia también era una ausencia, ella representaba tanto lo que ganamos como lo que perdimos; y mi tío había estado allí para ser el testigo de todo esto.

    Esa noche, sosteniendo a su hija, mi tío nos contó que había sentido como si se hubiera metido en las fauces del infierno y la hubiera sacado, además, que haría lo mismo una y otra vez si fuera necesario.

    Tal vez, esto es lo que mis padres estaban tratando de decirme en ese sueño, la noche antes de que mi tío dejara su casa esa mañana en la madrugada. Quizás, mis padres me estaban recordando que ellos, al igual que mi tío, siempre estarían conmigo, incluso cuando sus cuerpos y mentes estuvieran fuera de mi alcance. En estos días, no tengo más remedio que aferrarme a ellos con todas mis fuerzas. Después de todo, eso es lo que las familias hacen.


    Traducción de Clara Beltrán

    Contribuido por Edwidge Danticat Edwidge Danticat

    Edwidge Danticat es autora de varios libros incluso, más reciente, Everything Inside: Stories (Knopf, 2019).

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