Cuando estaba en tercer grado de primaria, mi papá me dejó ayudar durante el parto de las ovejas por primera vez. Era una noche de primavera, y aún no me había dormido cuando escuché que estaba llenando un balde de agua en el fregadero de la cocina.

Durante todo un año había deseado participar de este acontecimiento tan especial, y ahora, por fin, escuchaba lo que tanto había querido oír: “Nora, llena otro balde, y que sea agua caliente. Mamá, ¿dónde está el jabón y las toallas?”.

Esa primera noche, los corderos nacieron rápido. Papá era paciente; por momentos, estimulaba y por momentos, tironeaba, hablándole siempre a la oveja con voz suave y calmada.

“Simplemente tienes que acompañar el trabajo de la oveja; ella sabe que estás aquí para ayudar. Presta atención a sus ojos y orejas, y así sabrás qué está pasando”, me aseguró.

Corderos en el valle Ribble Valley de Lancashire, Inglaterra. Fotografía de Lee Parkinson. Usado con permiso.

Luego, me explicó: “Claro que sienten dolor, pero cuando les hablas, se tranquilizan y se disponen para el trabajo de parto. Recuerda esto: nacer es una lucha, y es una lucha morir. Todos necesitamos ayuda en el comienzo de nuestra vida, así como necesitamos ayuda cuando llega el final.

Cuando vi el milagro de los corderitos mellizos echados sobre el piso de aserrín y cómo los lamía la madre para estimularlos a ponerse de pie y alimentarse, miré a papá: sus ojos brillaban con un azul claro y puro, como el cielo de primavera, y tenía el rostro humedecido por las lágrimas. “Ningún ser humano puede crear un comienzo, Nora, y ningún ser humano puede crear un final. Todo está en manos de Dios”.

Durante el resto de mi escolaridad primaria y todos los años de secundaria, papá y yo trabajamos juntos en el corral, en la época del nacimiento de los corderos.

Hacia el final del parto, papá siempre asistía a la oveja. Pero en las horas previas al parto, o durante el proceso de curación de un animal herido, o ante la incertidumbre de si la madre cuidaría al recién nacido, mi padre aconsejaba: “Deja que la naturaleza siga su curso. Es lo que más nos cuesta hacer a los seres humanos, pero es lo mejor. Siempre queremos intervenir, y es entonces cuando lo echamos todo a perder. La madre naturaleza sabe hacerse cargo de las cosas”.

Una fotografía del padre de la autora está colgada en el establo del Bruderhof Fox Hill. Fotografía de Shana Goodwin.

Sin embargo, resultó difícil, si no imposible, dejar que “la naturaleza siguiera su curso” la vez que el perro de un vecino persiguió a dos ovejas preñadas en dirección al bosque y mordió a una tercera provocándole un desgarrón desde la oreja hasta el hombro. Mi padre estaba furioso, pero mantuvo la calma. Salió en busca de las ovejas perdidas, mientras yo ayudaba a nuestro médico de familia, siempre dispuesto a emparchar tanto animales como personas, a curar a la herida.

Pasamos toda la tarde suturando, dando puntos para unir la piel desgarrada y tratando de lograr que los bordes irregulares de la herida se unieran para dar comienzo a la cicatrización. El médico se mostró confiado en la recuperación: “Con este antibiótico, estará bien. Ahora, dejemos que la naturaleza siga su curso”.

Pero yo no confiaba en la naturaleza en esta ocasión. La oveja permaneció inmóvil hasta la noche, sin comer ni beber. Entretanto, papá regresó desanimado porque no había podido encontrar a las ovejas perdidas.

Era la celebración de Pentecostés, y esa tarde nuestra comunidad cantó una selección de textos del oratorio Paulus, de Mendelssohn. Poco después, papá y yo fuimos hasta el establo para ver cómo estaba la oveja herida. Me tomé de su mano y le confesé que había adaptado parte de la letra del coral que dice “y, por tu amor, guía al peregrino de regreso a casa”, porque quería que Dios me escuchara.

—Él nos escucha cuando le hablamos de las ovejas, ¿verdad?

—Por supuesto, pero ¿qué fue lo que cantaste?

—“Y, por tu amor, guía a las ovejas perdidas de regreso a casa. A los corazones extraviados que ansían reunirse y a las ovejas que dudan confirma y salva”. Canté pensando en las ovejas que esta noche están perdidas en el bosque”. 

Papá no dijo nada, pero me apretó fuerte la mano mientras seguimos caminando. Al llegar al establo, la oveja herida se había levantado y estaba tomando agua. 

Corderos en el valle Ribble Valley de Lancashire, Inglaterra. Fotografía de Lee Parkinson. Usado con permiso.

—Todos somos ovejas perdidas, Nora —me dijo camino a casa—, y todos somos ovejas de Dios. Aun cuando pensamos que no le pertenecemos a nadie, él sigue siendo nuestro Padre. Hay momentos en que creemos que seríamos más felices fuera del redil, pero él sabe que somos verdaderamente felices cuando tenemos límites claros y confiables. Y hay otros momentos en que nos sentimos perdidos, y es especialmente en esos momentos cuando nos sostiene todo el tiempo. Todo el tiempo.

—¿Guía a las ovejas de vuelta a casa?

—Esa es su tarea. Guiarnos en el camino de regreso es su principal tarea; lo hace todo el tiempo.

A la mañana siguiente, escuchamos a las dos ovejas extraviadas balar frente a la puerta del establo, reclamando comida. 

En 1998, dos semanas antes de casarme, asistí, junto a mi padre, en el parto de las ovejas por última vez.

Me arrodillé sobre el piso de aserrín, pensando que esta sería la última vez, y la más preciada, que asistiríamos juntos en la llegada de una nueva vida al mundo. Esa tarde, la oveja tuvo un trabajo de parto muy difícil. Papá pensó que podrían ser mellizos y grandes, y trabajamos hasta muy tarde en la noche con la hembra que estaba exhausta.

Por fin, nació un cordero perfecto y de gran tamaño.

Los dos reímos; la oveja volteó la cabeza hacia nosotros y pareció sonreír, como si le resultara gracioso el comportamiento de los humanos. Miré a mi padre y pensé cuánto lo quería y cuánto amaba este lugar donde él me había enseñado todo lo que sabía sobre la vida. Miré el mechón rubio claro y castaño que siempre caía sobre su frente cuando trabajaba y la expresión de cansancio y, a la vez, satisfacción en sus ojos azul zafiro iluminados por la dicha de esa nueva vida acostada entre sus rodillas.

En la penumbra del establo, bajo el nido de las golondrinas, vi el rostro de mi padre humedecido por las lágrimas.


Traducción de Nora Redaelli