“Si dentro de cien años los cristianos son identificados como las personas que no matan a sus hijos ni a sus mayores, habremos hecho las cosas bien” ―Stanley Hauerwas

“La iglesia no debe oponerse a la ley MAID, afirma el primado”. Así dice un reciente titular del Anglican Journal, el periódico de la Iglesia Anglicana de Canadá. En el artículo, la arzobispa Linda Nicholls pide a la iglesia que ella conduce que evite oponerse públicamente a la ampliación de la eutanasia o asistencia médica para morir (MAID), en Canadá. “El estado de ánimo en Canadá” no es propenso a “tener en cuenta lo que las iglesias tienen para decir al respecto”, dice, y advierte acerca de “imponer valores cristianos”. Mejor sería que la iglesia se “enfocara en proporcionar asistencia pastoral a las personas que están considerando la asistencia médica para morir”, continúa el artículo parafraseando a la obispa, “asegurándose de que tengan el apoyo que necesitan para tomar decisiones basadas en el valor de su vida”.

El valor de su vida es justo lo que muchos temen que no sería protegido por la adopción ampliada de la eutanasia, tan rápida y radical que el Relator Especial de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad ha planteado preocupaciones. Mientras tanto, la arzobispa Nicholls ―líder de una de las denominaciones cristianas más grandes e históricamente influyentes de Canadá― sostiene que en un asunto de profunda gravedad moral la iglesia carece de la capacidad y la voluntad de dirigirse a las personas como un todo, o más aun, de ofrecer una guía definitiva a sus propios miembros. Lo máximo que la iglesia hará será solicitar ensayos para armar una nueva colección de reflexiones teológicas acerca de la MAID y publicar un editorial de la arzobispa Nicholls donde se manifieste la “preocupación” acerca de una mayor ampliación futura de la MAID, mientras se hace énfasis en el rol de la iglesia como un proveedor no crítico de asistencia pastoral. En esta negativa a hablar con claridad, la iglesia en la que presto servicio, lamentablemente, no está sola.

¿Cómo llegamos hasta aquí? La eutanasia, que a partir de 2021 se volvió la sexta causa de muerte en Canadá, recién fue legalizada en 2016, en respuesta a una resolución de la Suprema Corte de Canadá de 2015 según la cual criminalizar la eutanasia violaba la Carta Canadiense de los Derechos y las Libertades. El Parlamento canadiense acató y aprobó el proyecto de ley C-14, una ley que permitía la eutanasia en el marco de un conjunto de circunstancias cuidadosamente definidas: la persona que la solicitara debía tener una “enfermedad grave e irremediable” que fuera incurable e irreversible y que implicara un sufrimiento insoportable, en el que “la muerte natural se haya vuelto razonablemente predecible”. Más aun, se requería el consentimiento al momento de la muerte de la persona, que comprendía un período de espera de diez días. Los niños y aquellos cuyo único diagnóstico fuera una enfermedad psiquiátrica no calificaban para esto.

Todas las fotografías de Andrey Metelev. Usadas con permiso.

Los grupos por los derechos de las personas con discapacidad y otros ciudadanos preocupados alzaron su voz para oponerse a esa ley antes y después de su aprobación, pero para los defensores de la MAID, en un lapso de apenas pocos años la ley existente fue considerada indebidamente restrictiva. Una vez más, los tribunales abrieron el camino: en 2019, el Tribunal Superior de Quebec determinó que el requisito “razonablemente predecible” en la ley de eutanasia del gobierno violaba la Carta. En 2021 el Parlamento aprobó una nueva ley MAID, más amplia. Esa ley, llamada C-7, no solo eliminó algunos de los requisitos para matar a aquellos cuya muerte natural fuera razonablemente predecible (“Grupo 1” eutanasia), sino que además permitió que aquellas personas con poca probabilidad de morir de forma natural en un futuro próximo también pidieran la eutanasia (“Grupo 2”). Esto significa que la eutanasia, que inicialmente fue fundamentada principalmente en referencia a aquellas personas enfermas para las que la MAID aceleraría sin sufrimiento una muerte inevitable e inminente, ahora estaría disponible para aquellos que de ningún modo estuvieran cerca de morir. El número de muertes por eutanasia ha crecido drásticamente cada año, de 1,018 en 2016 a 10,064 en 2021. Más de 3 % de las muertes en todo Canadá en 2021 fueron a través de la MAID.

La eutanasia difiere desde un punto de vista logístico del “suicidio asistido”, cada vez más accesible en muchos países occidentales incluyendo partes de Estados Unidos y que, además, requiere la participación del individuo quien debe ingerir drogas letales. En la eutanasia, un médico las inyecta directamente, un procedimiento que puede ser llevado a cabo en individuos que están inmovilizados o incluso inconscientes. En tanto la MAID abarca ambos métodos para acelerar la muerte, más de 99 % de las muertes en Canadá según la ley son por eutanasia.

La ley C-7 también deroga la exclusión de la sola existencia de enfermedad psiquiátrica de los criterios aceptables para solicitar la MAID, lo que entrará en vigor a principios de este 2023. Es decir, una depresión supuestamente incurable y otros trastornos mentales pronto serán motivos para que una persona sea asesinada por un médico. (Al momento de escribir este artículo, en febrero de 2023, el gobierno ha introducido una legislación que dilata en un año, aunque no deroga, esta parte de la ampliación). Actualmente, el gobierno está explorando una mayor relajación del acceso a la MAID, que incluya a los así llamados “menores maduros” y permita la eutanasia a través de instrucciones anticipadas, lo que asegurará a los individuos que recibirán la muerte a través de la MAID en caso de padecer ciertas enfermedades, incluso si negaran el consentimiento al momento de ser sometidos al procedimiento conducente a la muerte.

Mientras tanto, ha surgido en torno a la MAID una infraestructura completa que presenta el procedimiento como algo amable y no amenazador. Por tanto, es posible encontrar “doulas de la muerte” quienes trabajan con los pacientes que se someten a la MAID, así como con sus familiares y amigos. Aconsejan a aquellos que están a punto de morir que se abriguen e hidraten antes de su muerte y aconsejan a los futuros deudos que procesen la experiencia conectándose con su cuerpo o expresándose a través de la danza. Lo que realmente sucede ―un médico que mata a un paciente― se encubre tras un lenguaje terapéutico, supuestamente para volver la experiencia más agradable para todos los involucrados.

En un profundo contraste con este lenguaje amable para que la muerte no luzca tan terrible, los partidarios de la ampliación de la MAID se valen de un lenguaje bastante más lúgubre para hablar acerca de la vida de los discapacitados y de los moribundos. Se refieren a experiencias de dependencia, pañales o babeo como prueba de una vida sin dignidad y, por lo tanto, una vida que debería ser autorizada a llegar a su fin en una muerte administrada por un médico. No es exagerado ver por qué los defensores de las personas discapacitadas han argumentado que la ampliación de la MAID envía el mensaje de que “el solo hecho de tener una discapacidad es motivo suficiente para que deseemos morir”, que la vida con una discapacidad es necesariamente una vida que no merece ser vivida. Sus miedos ya se están cumpliendo.

En 2021, el primer año desde que se eliminara el criterio de “muerte natural razonablemente predecible”, más de doscientos canadienses que no padecían una enfermedad terminal acabaron con su vida a través de la MAID. Ese grupo estuvo compuesto por personas más jóvenes y con más probabilidad de usar los servicios para discapacitados que aquellos que se enfrentan a una muerte predecible. Han surgido muchos reportes de personas que buscan la MAID porque no pueden acceder a los servicios de asistencia necesarios para llevar una vida decente o porque se ven presionados a hacerlo por sus proveedores médicos. A continuación, enumero apenas unos pocos casos.

“Sophia”, una mujer de cincuenta y un años que padecía Sensibilidad Química Múltiple (SQM), no podía acceder a un apartamento que satisficiera sus necesidades. La SQM es difícil de tratar, pero sus síntomas pueden mejorar significativamente si las condiciones de alojamiento son dignas. “El gobierno me ve como una basura desechable, una quejosa, inservible, una jodida molestia”, dijo en un video unos días antes de morir a través de la MAID en febrero de 2022.

“Denise”, de treinta y un años, buscó la MAID por razones similares hasta que una campaña de GoFundMe le permitió ganar algo de tiempo. Pero si no logra encontrar un alojamiento asequible en el futuro, es posible que acabe muriendo por eutanasia.

“Kat”, una mujer de casi cuarenta años que presenta un trastorno genético no puede costear sus tratamientos. “Siento como si estuviera quedando al margen, así que, si no puedo acceder a la asistencia médica, ¿puedo, entonces, acceder a la asistencia para morir?”, dijo al canal CTV News. Ella ha recibido la aprobación para acceder a lo que llama una “invitación abierta” a solicitar la MAID en cualquier momento.

Alan, un hombre de sesenta y un años, fue hospitalizado por sus tendencias suicidas y, al cabo de un mes, solicitó la MAID. Fue muerto a pesar de las objeciones de algunos familiares y de su proveedor primario de asistencia médica, quienes declararon que él no comprendía la MAID y había sido forzado a aplicarla por el personal del hospital. La única afección señalada en su solicitud de MAID fue pérdida de la audición.

Sathya, una mujer de cuarenta y cuatro años, que padecía ELA, pero para quien la muerte natural no era inminente, fue muerta a través de la MAID porque no podía tener acceso a atención domiciliaria. “En definitiva, no fue un trastorno genético lo que me mató; fue un sistema”, escribió poco antes de su muerte en octubre de 2022.

Algunos profesionales médicos sacan a colación la eutanasia de forma imprevista como una opción para los pacientes, incluso como parte de las conversaciones acerca del costo de la hospitalización. Y hay informes periódicos de personas discapacitadas que, dada la situación actual de los beneficios para las personas con discapacidad en Canadá, consideran la MAID debido a su situación de pobreza. El ofrecimiento implícito de la MAID como una solución a la pobreza y la discapacidad es una traición grave a muchos de los valores apreciados por los canadienses, al loable compromiso canadiense por construir una sociedad más bondadosa y amable que, en mi calidad de inmigrante, he aprendido a admirar.

A pesar de que estas trágicas historias salen a la luz, el camino hacia unas reglas más permisivas en la aplicación de la MAID no parece reversible a corto plazo. En el horizonte próximo no solo está la MAID para “menores maduros” y a través de instrucciones anticipadas: un representante del influyente Colegio de Médicos de Quebec hace poco reclamó que los padres fueran autorizados a solicitar la eutanasia para niños menores de un año en determinadas circunstancias, y declaró que la MAID “no es un asunto moral, político ni religioso. Es un asunto médico”. Y si los médicos han decidido, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?

Pertenezco ―en cuerpo y en alma, en la vida y en la muerte― a mi fiel Salvador, Jesucristo.

En 2019 un infame choque entre dichos valores “médicos” y los valores morales llegó a un punto crítico cuando la Dra. Ellen Wiebe, una destacada proveedora médica de la MAID, quien ha dicho que sus más de cuatrocientos procedimientos de eutanasia son la parte más gratificante de su trabajo como médica, se deslizó en un centro asistencial judío para matar clandestinamente a un residente, a pesar de las objeciones del personal que le advirtió que eso podría traumatizar a los sobrevivientes del Holocausto. El centro presentó una queja ante el Colegio de Médicos y Cirujanos provincial que acabó por declarar a Wiebe libre de haber cometido cualquier infracción, “una decisión que esperaba, porque confío en el Colegio”, comentó ella. Wiebe también había ganado notoriedad por haber dicho a otros proveedores médicos de la MAID que ella había dispuesto la reevaluación de una persona que había sido declarada incompetente para solicitar la MAID y luego la había matado. ¿Estas acciones son el tipo de asuntos con respecto a los cuales solo los médicos que las llevan adelante deberían tener la última palabra?

Para su vergüenza, los protestantes canadienses tradicionales, bastiones históricos del cristianismo público en el Canadá anglófono, han fracasado completamente en hablar proféticamente a una franja más amplia de la sociedad canadiense e incluso a sus propios miembros, desde la aprobación de la ley de MAID en 2016. En tanto muchas de estas entidades eclesiales se opusieron a la eutanasia antes de su legalización, una vez que esta aconteció han evitado sistemáticamente tomar posturas fuertes al respecto y, de este modo, han reconocido a los médicos quebequeses el argumento de que la MAID es básicamente un asunto médico y no uno religioso. En gran medida, han asumido el papel de proveedores de una “asistencia pastoral” exenta de valores en cualquier elección que su gente tome para dar fin a su vida. Pero este tipo de neutralidad es imposible de sostener. Al abandonar su magisterio, las iglesias acaban apoyando los relatos que los defensores de la MAID hacen con respecto a la dignidad y el valor humanos ligados a la capacidad de elección y la independencia. Estos relatos son contrarios al magisterio y al abordaje cristianos de la muerte para las personas discapacitadas.

Estas iglesias no siempre fueron tan reacias a tomar una posición. En 1996, la Comisión de Fe y Testimonio del Consejo Canadiense de Iglesias emitió una declaración crítica de los avances hacia la legalización de la eutanasia, en tanto admitían que esta “convergencia” era compartida por “muchas iglesias del Consejo”, aunque no necesariamente por todas. En 1998, la Iglesia Anglicana de Canadá, publicó un informe titulado Care in Dying, argumentando que “creemos que el respeto por las personas no será bien considerado por un cambio en la ley y en la práctica que permitan a un médico, un familiar o a cualquier ciudadano tomar la vida de otro o asistirlo en su suicidio”. Sin embargo, a pesar de lo que parece ser un juicio directo, Care in Dying se vale de un lenguaje cuidadosamente evasivo que anticipa los avances que los anglicanos y otras denominaciones tradicionales harían en los años siguientes. El informe se autodefine como “una guía pastoral y no una declaración normativa” e invita a “un compromiso reflexivo y devoto con las realidades que las personas pueden enfrentar al final de su vida, en lugar de exigir obediencia a un magisterio bien definido”. Por desgracia, es precisamente esta inquietud acerca del poder de la iglesia para enseñar y esperar (o incluso pedir) obediencia lo que definiría el posterior y principal compromiso con la eutanasia.

A partir de 2016, la Iglesia Unida de Canadá, la Iglesia Anglicana de Canadá y la Iglesia Evangélica Luterana en Canadá (ELCIC) han aceptado la MAID con un grado diverso de entusiasmo. La Iglesia Unida, la más grande denominación protestante de Canadá, emitió una declaración en 2017 en la que expresaba que “en principio, no nos oponemos a la legislación que permite la asistencia para morir” ni a que la MAID “pueda ser considerada una opción en ciertas circunstancias”. La ELCIC fue más allá y en 2019 declaró: “Aseveramos que todo el mundo tiene el derecho a recibir asistencia para morir”, una asistencia que explícitamente incluye la eutanasia. Más aun, en tanto la Iglesia Unida publicó en 2020 una declaración que rechazaba la ampliación de la MAID a aquellos que únicamente padecieran una enfermedad psiquiátrica, así como la práctica de instrucciones anticipadas, los luteranos manifestaron agradecimiento, ¡porque “afortunadamente” el gobierno federal había prometido ampliar la MAID precisamente de ese modo! Después de todo, los luteranos afirman que proporcionar acceso a la MAID es una forma de “amar a tu prójimo”, citando de manera estrafalaria como prueba fehaciente la explicación de Lutero del quinto mandamiento según la cual los cristianos no debemos hacer “daño ni mal a nuestro prójimo, sino ayudarlo y apoyarlo en todas las necesidades de su vida”. La eutanasia, declara la ELCIC, es simplemente parte de “un plan de tratamiento respetuoso desarrollado en circunstancias difíciles teniendo en mente el mejor interés y los deseos de nuestro prójimo”.

Los anglicanos optaron por el silencio. Sin duda, tenían su propio informe, un seguimiento de Care and Dying hecho en 2018 y titulado In Sure and Certain Hope, que significa “en la esperanza segura y cierta”, un nombre extraño para una declaración que carece de certeza en todo sentido. A diferencia de la Iglesia Unida y de los luteranos, los anglicanos no están dispuestos a afirmar explícitamente que la MAID puede ser una fiel elección en determinadas circunstancias. Esto no se debe a ningún escrúpulo grave, sino, según parece, debido a que, incluso una afirmación así sería un juicio moral demasiado explícito. La iglesia, declara el informe, “se ha vuelto cada vez más escéptica con respecto a nuestra capacidad para comprender e interpretar la obra de Dios en la vida de otra persona”. Cualquier juicio definitivo acerca del significado de la vida de una persona está fuera de los límites de la iglesia; en lugar de eso, la iglesia simplemente debe “prestar oídos al encuentro entre Dios y el paciente”. La tarea de la iglesia es ayudar al moribundo a “continuar dando sentido, propósito y control sobre la vida propia”, facilitando cualquier decisión que desee tomar y “estando presente”. En tanto el informe estimula a los proveedores de cuidados a intentar “tender puentes entre las historias contadas por el feligrés y las historias/enseñanzas de Cristo”, no hay duda de que cualquier pronunciamiento autoritario acerca de la naturaleza de la vida o la muerte parece inapropiado.

En la práctica, esa neutralidad artificiosa acaba por respaldar el abordaje y la comprensión que la cultura canadiense en general tiene con respecto a la eutanasia, incluso en aquellos aspectos en los cuales dicha comprensión es incompatible con la fe cristiana. Por ejemplo, la Iglesia Unida incluye en la sección “Death and Dying” de su sitio web varias oraciones para ser empleadas por aquellos que planean terminar con su vida a través de la MAID. Dichas oraciones fueron coescritas por un ministro de la Iglesia Unida y un ejecutivo de Dying with Dignity, el más grande de los grupos que apoyan la eutanasia. Una de las oraciones, diseñada para una persona que siente miedo, incluye lo siguiente:

Espero que ellos [mi familia] estén orgullosos de mi decisión y comprendan que la MAID es coherente con el amor y la compasión de Jesús. Me da paz saber que esta es mi elección.

Consideremos, también, una segunda oración referida a decidir el momento y el lugar de la muerte:

No quiero sobrevivir con dolor, esperando que venga la muerte. No quiero que mi familia y mis seres queridos me vean sufrir hasta el final. No quiero que los persigan recuerdos de una muerte lenta y dolorosa. Mi dignidad se ve menoscabada cada día. Estoy listo para atravesar esa última puerta. Agradezco que todavía tengo la capacidad para elegir, pero me doy cuenta de que esta ventana de oportunidad lúcida pronto puede cerrarse [en cursiva en el original].

Lo que estas oraciones nos muestran es que un abordaje supuestamente neutral, sin juicios de valor para acompañar a los moribundos en su decisión, sea cual sea, realmente implica apoyar y reforzar toda una gama de juicios acerca de en qué consisten una buena vida y una buena muerte. La valoración de la elección como el componente central de una vida con sentido y la sugerencia de que el padecimiento de una enfermedad grave incluye un menoscabo de la dignidad son características del lenguaje pro MAID en Canadá. Vale la pena añadir explícitamente que la asociación de la enfermedad o la discapacidad con la pérdida de la dignidad humana que aparece en la segunda oración es precisamente aquello con respecto a lo cual los defensores de las personas con discapacidad han estado advirtiendo a la sociedad canadiense en su conjunto: ¡no hay duda de que uno no pierde su dignidad por ser discapacitado o por estar gravemente enfermo! Las iglesias que eligen ―en contradicción con toda la historia del servicio pastoral cristiano― renunciar a cualquier juicio moral fuerte, omitiendo enseñar a su gente que algunas elecciones son correctas y otras incorrectas, acaban simplemente por repetir como loros los mensajes de la cultura canadiense en su conjunto.

Tal como la Iglesia Presbiteriana de Canadá, el único organismo tradicional que ha condenado sostenidamente la eutanasia, afirmó en su declaración de 2017 acerca de este asunto, la catequesis sobre una vida valiosa recibida de la cultura canadiense en su conjunto es directamente opuesta a la enseñanza cristiana. Como señalan los presbiterianos:

Vivimos en una cultura enamorada de los últimos versos de “Invictus”, de William Ernest Henley: “Soy el dueño de mi destino; soy el capitán de mi alma”. “Invictus” es una pieza literaria conmovedora, pero desacredita cualquier confianza en Dios. En tanto cristianos reformados, tenemos una herencia diferente, que conmueve intensamente nuestra alma y proclama una completa y absoluta confianza en Dios. 

En su rechazo a combatir el discipulado cultural de sus miembros, la Iglesia Unida y las iglesias anglicana y luterana han dejado de lado tanto el testimonio público para aquellos que están fuera de la iglesia como el ejercicio del ministerio docente a aquellos que están dentro de ella. En lugar de eso, en nombre de una presencia pastoral sin juicios de valor, las iglesias están eligiendo acristianar los mismos valores que han conducido a la continua ampliación de la MAID y a un número creciente de muertes a pesar de las continuas preocupaciones de los grupos que defienden los derechos de los discapacitados y consideran que la dignidad y la vida de las personas con discapacidad están bajo amenaza. Quizá la imagen más vívida de la rendición de las iglesias tradicionales fue una muerte a través de la MAID que se llevó a cabo en el santuario de una Iglesia Unida en Manitoba, con el ministro diciendo a los periodistas que hubo un “sentido de ´corrección´” en la muerte de esa mujer.

Aquí es donde, finalmente, conduce una ética de la compasión y de un criterio elusivo, ausente de compromisos morales claros. Pues, en efecto, no deberíamos poner en duda la profunda compasión con el sufrimiento y los motivos humanitarios para aliviarlo que impulsan una preocupación popular acerca de las opciones para terminar con la vida. Uno podría decir incluso que se trata de una ética de la compasión con raíces específicamente cristianas en la particular preocupación de Jesús por los pobres, los que sufren y los oprimidos. Sin embargo, se trata de una ética de la compasión divorciada de su contexto original dentro de un marco teológico y antropológico cristiano, dentro de un universo moral en el cual la construcción independiente de la propia identidad y personalidad no es el bien supremo. Y, sin este marco, tal como hemos visto en Canadá, esta ética de la compasión puede salir mal. Como dice Flannery O´Connor, “cuando la ternura se separa de la fuente de dicha ternura [la persona de Cristo], el resultado lógico es el terror”.

Hay muchos motivos para desesperarse con respecto al actual experimento canadiense con la eutanasia y la rendición de las iglesias tradicionales. Pero también hay razones para tener esperanza. Los católicos romanos, los evangélicos, los protestantes confesionales conservadores y otros grupos cristianos se han opuesto públicamente de forma continuada a la ampliación de la MAID, uniéndose a otras comunidades religiosas y a defensores de los derechos de las personas con discapacidad en la oposición a una ideología que considera la independencia como un aspecto necesario de la dignidad humana o de una buena vida humana. Estos grupos dan testimonio en un contexto canadiense de que la dependencia, lejos de ser un estado inusual que debe ser evitado a toda costa (¡incluso a costa de la propia muerte!), es una parte inevitable y, en efecto, buena de la condición humana.

Uno de los ejemplos más visibles de cristianos que se oponen a la MAID es la carta abierta de 2020 “We Can and Must Do Much Better”, donde líderes evangélicos, pentecostales, protestantes confesionales, anabautistas, católicos romanos y ortodoxos se han unido a líderes judíos y musulmanes para denunciar la ampliación de la MAID. La carta también ofrecía una visión alternativa acerca de cómo los canadienses podrían responder a las situaciones de profundo sufrimiento que pueden llevar a las personas a elegir la MAID, en particular a través de un acceso más amplio a cuidados paliativos como alternativa a la eutanasia. En resumen, la carta es un llamado a la solidaridad: “En lugar de alejarnos de aquellos que están próximos a abandonarnos, debemos abrazarlos incluso con más fuerza y ayudarlos a encontrar un significado hasta el último momento de su vida”.

Estas Iglesias también han trabajado en la búsqueda de una causa común con grupos no religiosos que se han opuesto de igual manera a la ampliación de la MAID, especialmente la comunidad defensora de los derechos de las personas con discapacidad. La respuesta de la Fraternidad Evangélica de Canadá se enfocó en el daño particular que la MAID podría infligir en la comunidad de personas con discapacidad y se hizo eco del lenguaje de los defensores de las personas con discapacidad al declarar que “en Canadá, no debería ser más sencillo disponer de ayuda para terminar con tu vida que obtener el apoyo y la asistencia que necesitas para vivir”. Las organizaciones cristianas y similares organizaciones a favor de los derechos de las personas con discapacidad han estado interviniendo en el actual análisis que se lleva a cabo en Canadá acerca de ampliar la MAID a menores maduros y autorizarla a través de instrucciones anticipadas.

Pero quizá más importante que las alianzas tácticas sea el modo en que estos grupos ―que en otros aspectos son bastante diferentes― están articulando un relato similar sobre aquello que contribuye a hacer (o a no hacer) una vida humana plena y digna. Como se expresa en la revista evangélica canadiense Faith Today, parafraseando a la médica y profesora Dra. Margaret Cottle: “No es indigno recibir asistencia… Si creemos que cada persona está creada a imagen de Dios, entonces merece tal asistencia”. Es decir, la dependencia ―la necesidad de la asistencia de otros para vivir la propia vida― no implica desmerecer nuestra humanidad esencial, con el debido respeto a la oración de la Iglesia Unida de Canadá que invita a la persona que padece a orar “Mi dignidad se ve menoscabada cada día”. Inclusion Canada, una organización defensora de los derechos de los canadienses con discapacidad intelectual, sintoniza con esto a partir de un registro más secular y advierte contra la “percepción a gran escala de que la vida de algunas personas no vale la pena ser vivida”. En lugar de eso, la organización busca promocionar “narrativas positivas” acerca de “la calidad de vida de las personas que viven con discapacidad, fragilidad y sufrimiento”. Del mismo modo, el Consejo para Canadienses con Discapacidades ha expresado su oposición hacia “los estereotipos negativos acerca de las personas con discapacidades en tanto individuos sufrientes con necesidad de asistencia regulada por el Estado para terminar con nuestra vida”.

Sea lo que sea aquello en lo que están o no de acuerdo, el relato tradicional cristiano que aquí se hace acerca de lo que vuelve buena una vida se corresponde estrechamente con los de los defensores de los derechos de las personas con discapacidad. La noción que subyace a gran parte de la defensa de la MAID ―que una vida buena y digna consiste por encima de todo en independencia, ausencia de sufrimiento y proliferación de elecciones― es contradicha por la experiencia de personas con discapacidad que aseguran que su vida tiene valor a pesar del dolor físico o la necesidad de asistencia de otros, y a pesar de cualquier restricción a sus opciones. Y para los cristianos, también es contradicha por nuestra comprensión de la buena vida como una de dependencia reconocida de los otros y, por encima de todo, de Dios. Los presbiterianos plantean con fuerza esta cuestión citando el comienzo del Catecismo de Heidelberg en su informe sobre la MAID:

¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?

Que no me pertenezco, sino que pertenezco ―en cuerpo y en alma, en la vida y en la muerte― a mi fiel Salvador, Jesucristo.

Para el cristiano, si en efecto Jesucristo es nuestro modelo de una vida humana plena y la vida en Cristo es nuestro objetivo, la independencia, la liberación del sufrimiento y la abundancia de elecciones simplemente no pueden ser los requisitos necesarios para una buena vida. Y los cristianos pueden y deben estar de acuerdo con los defensores de los derechos de las personas con discapacidad acerca de que cualquier relato de la dignidad humana que coloque a las personas discapacitadas fuera de él porque necesitan asistencia no es otra cosa que algo malo.

“Para nosotros este no es el final del camino”, declaró Roxana Jahani Aval, presidenta del Consejo para Canadienses con Discapacidades, en el momento de la ampliación de la MAID. “Esta es una lucha por nuestra vida”. Es mi esperanza que los cristianos continúen acompañándolos en su lucha, no solo los católicos romanos y los evangélicos, sino también dentro de las iglesias tradicionales. En mi carácter de sacerdote anglicano que presta servicio en la Iglesia Anglicana de Canadá, oro para que mi propia iglesia pueda arrepentirse de su silencio, su colaboración con un sistema mortífero de eutanasia que es particularmente hostil hacia la vida de las personas con discapacidad. Defendamos la dignidad de todas las personas y la bondad de nuestra dependencia los unos de los otros, y de Dios.


Traducción de Claudia Amengual