En este día he estado especialmente consciente de mi falta de habilidad y de lo inadecuado de mi propia naturaleza para el trabajo que se me ha encomendado. Recuerdo cómo Dios me llamó cuando solo tenía dieciséis años y cómo me he interpuesto en su camino, con el resultado de que mucho de lo que él ha querido hacer por medio de sus instrumentos no ha sido posible. A pesar de todo, queda como un milagro que su obra se ha revelado y ha testificado poderosamente en nosotros, seres humanos débiles, y no debido a nuestros méritos, sino porque hemos sido aceptados una y otra vez mediante la gracia de Jesús y su perdón de pecados.

He tenido que pensar en el Pastor de Hermas, ese escritor cristiano primitivo que describe la construcción del gran templo, y en cómo se sigue refiriendo a las muchas piedras que deben desecharse. Los constructores hacen el intento de instalarlas en la construcción, pero si no se pueden usar, incluso después de que sus esquinas se han removido con severos golpes de cincel, entonces se deben desechar y arrojar lo más lejos posible. Pero incluso las piedras que se utilizan deben ser cinceladas muy fuertemente antes de que encajen y puedan colocarse en el muro…

Solo en la medida en que nuestro propio poder sea desmantelado, Dios nos dará su Espíritu.

Lo que me preocupa por encima de todo es la falta de poder de los seres humanos, incluso de las personas a las que se ha encomendado alguna tarea. Solo Dios es poderoso; nosotros somos completamente impotentes e incapaces. Incluso para realizar la obra que se nos ha encomendado carecemos totalmente de poder. Ni siquiera podemos colocar una sola piedra en la iglesia comunidad. No podemos brindar ninguna protección para la comunidad cuando se ha edificado. Ni siquiera podemos dedicar nada a la causa por nuestro propio poder. Carecemos por completo de poder. Pero justamente por ello Dios nos ha llamado, porque sabemos que no tenemos poder.

Resulta difícil describir cómo nuestro propio poder tiene que ser arrancado de nosotros, cómo nuestro poder debe ser desarraigado, desmantelado, derribado y descartado. Pero es preciso que suceda, y no sucederá fácilmente ni mediante una decisión heroica. Más bien es Dios quien tiene que hacerlo en nosotros.

Esta es la raíz de la gracia: el desmantelamiento de nuestro propio poder. Solo en la medida en que nuestro propio poder sea desmantelado, Dios nos dará su Espíritu. Si surgiera un poco de poder propio entre nosotros, el Espíritu y la autoridad de Dios se retirarían en el mismo momento y con la misma intensidad. Esta es la percepción simple pero más importante con relación al reino de Dios…

El Espíritu Santo produce efectos que son mortales para la vida pasada y que, al mismo tiempo, generan un despertar y un surgimiento de poder para la vida nueva. Así que dediquemos este día para dar gloria a Dios. Prometámosle el desmantelamiento de nuestro propio poder. Declaremos nuestra dependencia de la gracia.


Extracto de La irrupción del reino de Dios