En las décadas de 1960 y 1970, la acción decidida de algunos budistas a favor de la paz en Vietnam fue impulsada por un contexto de enorme sufrimiento: el campo arrasado por el fuego y la sangre, y, por todas partes, gente desplazada de sus hogares. Sin embargo, pocos comprendieron que solo queríamos la paz, no la “victoria” de uno de los dos bandos.

Cuando llegué a los Estados Unidos en 1966, fui exiliado de mi país porque la voz del pueblo vietnamita, que pedía paz, estaba siendo escuchada. Las enseñanzas y la práctica de los budistas vietnamitas siempre han procurado sanar las profundas heridas de la sociedad: transformar el sufrimiento, el odio y la rabia propios de las guerras para que las personas puedan aceptarse, amarse y abrazarse.

He llegado a creer que los hombres matan en la guerra porque no conocen a su verdadero enemigo y porque se ven empujados a una situación en la que tienen que matar. Nos enseñan a pensar que necesitamos tener un enemigo extranjero. Los gobiernos hacen todo lo posible por infundirnos odio y temor, porque así se aseguran nuestro apoyo. Si no tenemos un enemigo, lo inventarán a fin de movilizarnos. Sin embargo, también ellos son víctimas.

Lee Teter, Reflecciones, óleo sobre lienzo, 1988

Cuando los soldados regresan de la guerra, lloran porque están vivos. Sus padres, esposas, esposos, hijos y amigos lloran de alegría. Pero, cuando terminan los desfiles, ¿qué queda? ¿Qué reciben las esposas, esposos, hijos, hermanos y hermanas de los soldados cuando sus seres queridos regresan después de haber estado expuestos a tanto miedo, odio y muerte? Muy pronto, la guerra aflora desde lo más hondo de su conciencia. Sus familias y la sociedad toda deben sobrellevar su dolor por largo tiempo. ¿Quién puede considerar esto una victoria?

Debemos mirar en lo profundo del corazón de los soldados que han regresado de la guerra para conocer el sufrimiento real que la guerra provoca, no solo a los soldados, sino a toda la gente. Cuando a diario entrenamos a los jóvenes para matar, el daño cala hondo. Han conocido la rabia, la frustración y el miedo a morir. Si sobreviven, llevan las cicatrices por muchos años. Estas heridas permanecen por mucho tiempo y se transmiten a las generaciones futuras. No llegamos siquiera a imaginar los efectos a largo plazo de alimentar el germen de la guerra.

Sin embargo, no podemos dividir la realidad en dos bandos —los violentos y los no violentos— y alinearnos con un bando y atacar al otro. No podemos culpar y condenar a quienes consideramos responsables de las guerras y la injusticia social sin reconocer la violencia que está en nosotros. No es correcto creer que lo que pasa en el mundo está en manos del gobierno y que, si el presidente implementara las políticas correctas, habría paz. Es en nuestra vida cotidiana donde la guerra se hace más patente.

Cuando los soldados regresan de la guerra, lloran porque están vivos. Pero, cuando terminan los desfiles, ¿qué queda?

Si examinamos con atención las armas de la guerra, veremos nuestros propios pensamientos, prejuicios, miedos e ignorancia. Trabajar por la paz significa desterrar la guerra de nuestro ser y del corazón de los hombres y mujeres. Para lograrlo, debemos aprender a escuchar de tal manera que podamos comprender el sufrimiento de los demás, ver las pérdidas reales, las verdaderas víctimas de la guerra. El simple hecho de brindar una escucha atenta puede ser un gran alivio para el dolor. Es el comienzo de la sanación.

Si los veteranos de guerra logran un estado de conciencia, transformación, entendimiento y paz, entonces podrán compartir con el resto de la sociedad la realidad de la guerra. Quienes hemos vivido la experiencia de la guerra tenemos la responsabilidad de compartir nuestra comprensión y experiencias acerca de la verdad de la guerra. Porque si la gente no sabe qué es la guerra, no sabrá valorar la paz y destruirá la paz que tiene a su alcance. Esto resulta muy duro para los que hemos vivido una guerra y sabemos exactamente cómo es. Por eso debemos dar a conocer la verdad, no con enojo, sino por amor. Debemos hacerlo porque nuestra gente lo necesita.

Ya no es tiempo de abrazarnos a nuestro dolor en privado. Tenemos que manifestarnos para evitar el estallido de otra guerra en el futuro. Tenemos que abrir la puerta para que los jóvenes vengan y entren en contacto con la guerra; esa bomba que está a punto de explotar en cualquier parte. Debemos mostrarles a los jóvenes el infierno y el sufrimiento que es la guerra. Así podrán reconocer, valorar y proteger la paz. Para hacer del mundo un lugar de paz, asegurándoles a nuestros hijos y nietos una vida que valga la pena ser vivida, necesitamos una gran transformación. 


De Hell, Healing, and Resistance: Veterans Speak por Daniel Hallock (Plough Publishing House, 1998). Traducción de Nora Redaelli.