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Alguien sabio dijo una vez que la grandeza de nuestra sociedad se medirá por cómo cuida a los miembros más débiles. A partir de mi propia experiencia con mi madre, con Rifton y con Christine, me gustaría avanzar un paso más: creo que nuestra comunidad no será todo lo que puede ser a menos que encontremos la manera de que nuestros miembros más débiles –los niños, las personas con discapacidad, los ancianos– ocupen un lugar central en nuestra experiencia comunitaria. Si los apartamos o dejamos a un lado, el espíritu de nuestra comunidad se apagará. No experimentaremos la vida plena que Dios tiene prevista para nosotros, llena de color y de algarabía y, sí, también dolor. Es la misma medida que Jesús usó cuando dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos» y cuando dijo que los últimos serían los primeros.

Fuente: La medida de la grandeza de una sociedad