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Detail of Vineyards with a View of Auvers (1890) by Vincent van Gogh

Unidad: sello de la iglesia

por Juan Mateos

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Tan indispensable es la unión entre los cristianos, que de ella depende el éxito de la misión de Cristo. Si la Iglesia no vive del amor fraterno, neutraliza la redención.

Lleva en la solapa un distintivo: «En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros» (Jn 13:35). Si se lo quita, pierde su identidad. Sirve de poco que la Iglesia descuelle en otro ramo: organización, ciencia, arte, religiosidad, disciplina, si no ostenta su divisa específica. El resto será más o menos necesario, pero no es decisivo y siempre se topará con rivales que la igualen o la superen. Dios quiere que obtenga sobresaliente en el amor activo y desinteresado por el prójimo. Esa es su piedra de toque, y lo mismo la Iglesia como un todo que los grupos intraeclesiales, entre ellos las comunidades religiosas, deben centrar ahí su examen de conciencia.

Si a un musulmán o budista educado en colegio cristiano se le preguntara cómo ve el cristianismo, difícilmente respondería con la admiración de los antiguos paganos: «Son gente que toma en serio el amor mutuo». Lo más probable es que elogiara la organización, ciencia o disciplina, o incluso el poder de la Iglesia. Por muy ponderativo y halagador que pareciera su discurso, significaría, en fin de cuentas, que el testimonio para el que existe la Iglesia no estaba en primer plano.

De ese testimonio depende la fe del mundo, como afirma Cristo en su testamento. Pide una unión entre los cristianos que refleje la que él tiene con el Padre y los integre con ellos: «Así creerá el mundo que tú me has enviado» Jn 17:21). La unión es la gloria, la presencia, el esplendor de Dios mismo que Cristo comunica a la Iglesia, y esa presencia de Dios debe llevarlos a la unidad perfecta: «Así sabrá el mundo que tú me enviaste y que los amas a ellos como a mí» (Jn 17:22-23).

No cabía claridad mayor en afirmar lo decisivo de la unidad: de ella depende que el mundo acepte a Cristo. Palpita aquí la urgencia de la unión entre las Iglesias cristianas. Mientras exista división deberían sonrojarse de llamarse cristianas, pues no están a la altura de su llamamiento (Ef 4:1); demuestran exactamente lo contrario de aquello a lo que Cristo las llamó; prueban que la unión entre los hombres es imposible, que la esperanza es vana, y que ni siquiera Cristo con­ siguió realizarla, pues los mismos que apelan a él son incapaces de vivir en armonía. Es el contra testimonio. Los bloques separados de Iglesias son las ruinas del dolor y la gracia de Cristo, el fracaso visible de la obra de Dios.

Establecidas sociológicamente, las Iglesias olvidaron su misión frente al mundo y descuidaron su testimonio primario. Hoy Dios se lo reprocha, suscitando el tremendo ataque del ateísmo y obligando a reconsiderar actitudes.

En nuestros países se da por descontado el ser cristiano, mas para algunos ese beneficio degenera en desventaja. Incorporado a una sociedad, el cristianismo se decolora. No debería diluirse, sino engranarse; pero, en sus piñones, los dientes no se ajustan siempre a los del mundo, y chirrían. Cuando la sociedad consigue limarlos, ha neutralizado a la Iglesia.

Por esta razón y por otras varias que no son del momento, hay cristianos que no se dan cuenta de para qué lo son. No propugnamos un heroísmo continuo o alucinado; san Pablo oraba por las autoridades para vivir cristianamente en paz (1 Tim 2:2). Pero la fe no es una herencia, es una decisión personal y una vocación precisa. En los tiempos apostólicos, el problema estaba en crear islotes cristianos en un océano de paganismo; en los nuestros, en rescatar cristianos de un mar de bautizados. El mensaje salvador está proclamado, falta restituirle el color desteñido.

De la unidad depende que el mundo acepte a Cristo.

La fe es la respuesta al encuentro con Cristo. No le basta un documento sellado por el párroco ni un catecismo aprendido en la escuela, pide una experiencia vital. Tampoco es indispensable ser derribado de un caballo ni abandonar las redes en el agua; pero de algún modo, brusco o paulatino, apacible o centelleante, el cristiano tiene que percibir con los ojos del alma la luz que permite conocer a Dios (Ef 1:18) Y comprender en su interior el amor que Cristo le tiene (ibíd. 3:19). Esa experiencia puede ocasionarse al contacto con otros o ser impacto de una irrupción solitaria; se manifestará unas veces de modo subitáneo, otras como una persuasión progresiva que va liberando por dentro y alumbrando aguas de alegría, tanto más copiosas cuanto más hondo llegue la fe.

La luz que permite conocer a Dios revela que es amor infinito; entonces cambia la visión del mundo, el paisaje se tiñe de esperanza. La alegría que bulle dentro se vierte fuera y la experiencia del perdón de Dios anhela perdonar a los hombres. Cuando se lee el sermón de la montaña hay que tener esto presente: antes de escucharlo hay que sentarse con Jesús en la hierba y mirar a su rostro; sólo así se entienden sus palabras. Antes de proponer una conducta, voceó una noticia: que el reino está cerca, que el Padre ama al hombre y lo perdona, y que su vida corre a raudales para buenos y malos, como la lluvia que él manda.

No es insensible el cristiano a los rasguños de la convivencia, ni siente continuamente el calor de su fe. Pero la paz y el recuerdo lo sostendrán en la hora difícil. Además, Dios y su alegría no se manifiestan sólo dentro; hace distinguir su rostro en la cara del hermano y su alegría en la mano que se estrecha. El cristiano teme perder algo si perdona; pero al darse a los demás de corazón advertirá sorprendido que le devuelven una medida generosa, colmada, remecida, rebosante (Lc 6:38). Todo es empezar.

«Donde hay caridad y amor allí está Dios»; por eso la Iglesia es el lugar de «Dios con nosotros». El llama a un testimonio y a una tarea, pero no termina ahí su llamamiento, llama sobre todo al gozo de su presencia. Testimonio y tarea cesarán en el reino, para vivir en la fiesta de la ciudad; Dios está por el hombre para estar con el hombre. El ser de la Iglesia, que es la unión, es la alegría de los hijos de Dios a quienes el Espíritu enseña a decir «Padre», el goce de la vida eterna que ya comienza, gracias a Jesucristo.


Extraído de Mateos, Juan, Cristianos en fiesta. Más allá del cristianismo convencional. Ediciones Cristiandad, 1975. Usado con permiso.

Detail of Vineyards with a View of Auvers (1890) by Vincent van Gogh Imagen: Viñedos con una vista de Auvers por Vincent van Gough. Fuente: Wikimedia Commons Ver imagen entera
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Contribuido por Juan Mateos Juan Mateos

Juan Mateos fue Jesuita, lingüístico, profesor y biblista mejor conocido por su traducción de La Nueva Biblia Española. Escribió libros explorando el verdadero significado de las fiestas litúrgicas, y el amor de Jesús para cada persona.

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