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Morning over the bay

Venciendo al odio con el amor

por Bill Chadwick

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  • elda

    el perdonar cuando hay dolor por su hijo nunca se perdona de corazon porque queda el dolor y soledasd vacio solo vacio de su presencia hay que pasar mucho tiempo para llegar el perdon o quisas la paz

  • Ysbel Magaly

    coincido con el autor, perdonar es una decisión interna que, lograrlo libera tu alma del sufrimiento

  • José Mercedes Féliz

    Bendiciones: Es necesario a nombre del Señor perdonar de corazón, pero con corazón limpio y recto permita escoger a los demás con un sentido de razón y amor.

En una sociedad que da gran importancia a la venganza, el perdón no es una idea muy popular. Cada vez más, la condena por un tribunal ha dejado de ser suficiente; la gente quiere tomar parte personalmente en el acto punitivo. Sin embargo, ninguna de estas familias parece encontrar la paz que busca. Bill Chadwick de Baton Rouge en el estado de Louisiana, escribe sobre otro camino:

Mi hijo, Michael, de 21 años, murió instantáneamente en un choque de automóviles el 23 de octubre de 1993. Su mejor amigo, que estaba en el asiento de atrás, también se mató. El conductor, que había bebido mucho e iba a velocidad excesiva, sólo sufrió heridas menores. Lo acusaron de dos cargos de homicidio vehicular. Michael tenía solamente una pizca de alcohol en el sistema, y su mejor amigo no tenía ninguno.

Las ruedas de la justicia giran muy lentamente. Los tribunales tardaron más de un año en examinar el caso contra el conductor. Asistimos a vista tras vista, y cada vez el caso se aplazó. Incluso, aunque fue infructuoso, hasta hubo un intento de desmentir los resultados de las pruebas del nivel de alcohol en la sangre. Finalmente el acusado se declaró culpable y fue sentenciado a seis años por cada cargo, a cumplir simultáneamente.

Nosotros le sugerimos a la oficina de probatoria que podría serle beneficioso un programa al estilo de “boot camp” o campamento de entrenamiento militar. No queríamos perjudicarlo, pero creíamos que debía pagar por lo que había hecho. Aun así, recibimos una carta muy desagradable de su madre, insinuando que, de alguna manera, habíamos presionado para que le dieran la sentencia máxima...dijo que si hubiese sido su hijo el que murió, con Michael al volante, ella no habría guardado rencor. Yo le sugerí que, hasta que su hijo no estuviera muerto de verdad, ella no debería hablar de lo que haría o dejaría de hacer...

Finalmente, su hijo fue sentenciado a seis meses en un “boot camp”, con el resto de la sentencia a cumplirse en libertad bajo palabra y con supervisión intensiva. A los seis meses su hijo iba a regresar a casa – el nuestro, nunca.

Probablemente me había tragado la noción que, de algún modo, las cosas serían diferentes después de que el conductor fuese llevado ante la justicia. Creo que es eso lo que quieren decir los que hablan de “clausura”. Tenemos la idea que si hay alguien a quien echarle la culpa, entonces podemos dar el asunto por terminado. Es algo así como pensar que si el asunto tiene algún sentido, o si las víctimas reciben algún tipo de justicia, entonces, por fin, el dolor se irá. En los años después de la muerte de Michael, he leído numerosos relatos de personas desconsoladas que están buscando una clausura de esta índole. Hasta los he visto, en programas de televisión, pedir a gritos la pena de muerte, como si matar al culpable fuera una ayuda para los familiares de la víctima.

Yo estaba enfurecido con el conductor del auto, por supuesto. Pero también estaba enojado con Michael. Después de todo, aquella noche había obrado con una seria falta de juicio, al punto de arriesgar su vida. Yo tuve que pasar por ese enojo para poder lidiar con mis sentimientos. Sin embargo, aún después de que lo sentenciaran, no encontré clausura. Lo que sí tenía era un enorme hueco en el alma, y nada con qué llenarlo.

Fue unos meses después que caí en la cuenta: hasta que yo no pudiera perdonar al conductor, no lograría conseguir la clausura que buscaba. Perdonar no es lo mismo que eximir de responsabilidad. No cabía duda de que el conductor era responsable de la muerte de Michael; aun así yo tenía que perdonarle antes de poder distanciarme del incidente. Ninguna clase de castigo podría jamás ajustar las cuentas. Yo tenía que estar dispuesto a perdonar sin que las cuentas se ajustaran. Y en realidad este proceso de perdonar no tenía nada que ver con el chofer; tenía que ver conmigo. Era un proceso por el que tenía que pasar yo; yo mismo tenía que cambiar, sin tener en cuenta lo que él hiciera.

Fue un camino largo y doloroso. No era sólo al conductor que tenía que perdonar; también tenía que perdonar a Michael, a Dios por haberlo permitido, y a mí mismo. En el fondo, lo más difícil era perdonarme a mí mismo. Había muchas ocasiones en mi propia vida en las que yo había conducido a Michael a algún lado, estando yo mismo bajo la influencia del alcohol. Ahí estaba la clave para mi perdón: perdonarme a mí mismo. Mi rabia hacia otras personas no era más que mi propio miedo volteado hacia afuera. Yo había proyectado mi propia culpa sobre los demás – el conductor, los tribunales, Dios, Michael – para no tener que mirarme a mí mismo. Y no fue hasta que pude ver mi parte en esto que mi perspectiva cambió.

Esto es lo que yo aprendí: que la clausura que buscamos viene al perdonar. Y esta clausura depende únicamente de nosotros mismos, porque poder perdonar no es algo que viene desde fuera de nosotros, sino de adentro del alma.

Este artículo es un extracto del libro Setenta veces siete por Johann Christoph Arnold.

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