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Paz y justicia

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En las últimas décadas, he oído muchos gritos de combate y visto divisas en manifestaciones y mítines; una de las más simples y más poderosas es: “Sin justicia no hay paz”. Si es importante hablar o escribir sobre la paz, más importante aún es orar y trabajar por ella. Al fin y al cabo, la paz es una realidad tan sólo en la medida en que da lugar a la justicia.

En la epístola de Santiago leemos: “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: ‘Tengo fe’, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘Idos en paz, calentaos y hartaos’, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta”. Y Christoph Friedrich Blumhardt escribe: “En fin de cuentas, toda nuestra vida espiritual nada significa si no tiene consecuencias tangibles y visibles en el mundo”.

Los conflictos y desacuerdos entre los seres humanos resultan en injusticias: desigualdad social, opresión, esclavitud y guerra; la paz debe manifestarse en obras de justicia porque la justicia reina donde esos males se han reparado. Dado el estado actual de nuestro planeta, no debe sorprendernos que mucha gente descuente la paz y la justicia como sendas tonterías utópicas. “Nadie puede estar en paz”, dicen, “mientras en todas partes reina confusión y angustia. Es absurdo hablar de supervivencia humana mientras haya arsenales repletos de armas de exterminio. No puede haber justicia, mientras que los caprichos de un puñado de hombres acaudalados y poderosos destruyan las vidas de millones”. Hace sesenta años, en un artículo sobre la correlación entre la propiedad privada y la guerra, escribió mi abuelo: “No hay justicia—reina la estupidez”. Hoy, ¿qué diría?

Hay quienes tratarán de demostrar que el espíritu de paz está sano y salvo, si bien a veces invisible bajo un manto de hipocresía. No estoy convencido. La paz del Reino exige un nuevo orden social y la transformación de las relaciones humanas. Por eso nos exhorta Jesús a solidarizarnos con los pobres y oprimidos, los presos y los enfermos; por eso dice: “Dichosos los que trabajan por la paz.”

Algunos años atrás, en 1997, viajé a México para encontrarme con el obispo Don Samuel Ruiz García. Había sido nominado para el premio Nobel de la Paz por su trabajo con los indígenas de Chiapas, sobre todo los campesinos empobrecidos que viven en las montañas de la región. Don Samuel dedicó su vida a lo que él llama, sencillamente, la doble tarea de paz y justicia. No es de sorprender que, en los últimos años, su franqueza y apoyo abierto por la paz para los pueblos indígenas le granjeara odio y hostigamiento, especialmente por parte del represivo gobierno local; ha sufrido por lo menos dos atentados contra su vida. En el curso de nuestro diálogo, dijo Don Samuel:

La paz para la humanidad no es la mera ausencia de guerra y violencia. Decían los romanos: “Si quieres paz, prepárate a pelear”. En el Imperio Romano, el tiempo de paz era tiempo de prepararse para la guerra. Para nosotros, los cristianos, tampoco es una situación exclusivamente circunstancial, sino que la paz significa una relación esencialmente nueva de la humanidad con Dios. Y por eso Cristo dijo que traía paz, no una paz como la da el mundo, sino una paz diferente.

Dentro de la sociedad actual, esa paz debe concebirse basada en la justicia: el Reino de Dios, que es el reino de paz, es un reino de justicia, de verdad y de amor. Por eso para nosotros la paz tiene profundas bases sociales y profundas bases espirituales; y por eso la paz requiere un nuevo orden social. Requiere una nueva relación fraternal dentro de la humanidad. Y requiere un cambio de la estructura socioeconómica. Y por último, entendemos que la paz es un regalo de Dios en el sentido que dijo Cristo: “Yo os la doy. Mi paz os doy”. Pero también es una tarea, un trabajo, que tenemos que desarrollar.

La paz viene también del pobre, porque el pobre tiene que ver con la justicia. Ser pobre significa serlo como resultado de un conflicto social. Y no solamente se es pobre dentro de una situación social, sino que hay un sistema que empobrece, que despoja. En este sentido la presencia del pobre entre nosotros, vista en su relación con el Reino, es una presencia sacramental de Cristo. Cristo está presente entre nosotros por intermedio del sacramento del pobre, porque Él mismo dijo que la única y última pregunta que se nos hará, es la pregunta del amor a Cristo. “Tuve hambre, y me dieron de comer. Tuve sed, y me dieron de beber”. ¿Cuándo? “Cuando lo hicieron por estos hermanos míos, lo hicieron por mí”. Esto es lo que significa: el pobre es sacramento de la presencia de Cristo. La pregunta final que nos van a hacer no es una pregunta de ortodoxia, sino de ortopraxis. No me van a preguntar si cometí errores; me van a preguntar si amé o no a mi hermano.

En este sentido el pobre está en el centro del camino hacia la paz. El pobre define la historia de la sociedad humana. Si en una sociedad el pobre es el punto de referencia para el bien común, estamos en presencia de una sociedad que cumple con su tarea. Si por el contrario el pobre en esta sociedad vive aplastado y tirado por el piso, estamos frente a una sociedad contraria al Reino.

Este artículo está extraído del libro En busca de paz.

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