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    painting of the temptation of Jesus in the wilderness

    La espada y la cruz

    En el desierto, Jesús, el supremo realista, eligió su táctica de lucha contra el mal.

    por Gonzalo Báez Camargo

    jueves, 25 de enero de 2024

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    Los partidarios de la violencia organizada; los que no ven otros métodos que el catastrófico para renovar el mundo; los que creen que la justicia, el bien, la fraternidad, la equidad, pueden y deben imponerse por la fuerza, declaran, con énfasis pedante, que el cristianismo ha fracasado. Con ello no hacen sino repetir lo que todos —amigos y enemigos— creyeron cuando, aquella mañana trágica, se elevaron tres cruces en el Calvario y en una de ellas expiraba el Profeta del Nuevo Orden, Jesús de Nazaret. En efecto, de acuerdo con todos los cánones y conceptos vulgares, la muerte de Cristo daba por terminada su descabellada aventura de querer transformar el mundo. Muerto el agitador —pensaban los enemigos— todo se ha acabado. Muerto nuestro caudillo —pensaban los amigos—se ha acabado todo. Los mismos discípulos volvieron del Calvario acobardados y entristecidos, con la desilusión, con la hiel del fracaso comiéndoles el espíritu.

    Los más convencidos del fracaso de Cristo eran, sin duda, los del partido radical de los celadores o zelotes. Algunos de ellos habían seguido al carpintero revolucionario de Nazaret, creyéndolo el jefe de una insurrección armada, que derrocaría al régimen romano, establecería la dictadura del pueblo escogido y realizaría el advenimiento del reino de la paz y la justicia, bajo la hegemonía y el esplendor de Israel. Cuando los revolucionarios de esta especie vieron que Jesús, lejos de alzar y guiar al triunfo una insurrección popular, se dejaba caer sin resistencia en poder de sus enemigos y crucificar ignominiosamente, torcieron el gesto. Lo que Jesús había hecho les parecía el colmo de la estupidez.

    painting of the temptation of Jesus in the wilderness

    Briton Rivière, La tentación en el desierto, 1898

    El reproche que le hacían a Cristo los partidarios de la violencia organizada, en su época, es el mismo que renuevan, con vestido distinto de palabras, los actuales abogados de la violencia. Quieren ver en Cristo un reformador sentimental, romántico, de poco ánimo, que fracasó porque no quiso imponerse por la violencia, ni acaudillar a las masas oprimidas en una victoriosa insurrección bélica.

    El símbolo del desierto

    Lo que el Evangelio describe como los cuarenta días de tentación en el desierto, no fué sino el periodo en que Cristo debatió consigo mismo la vital cuestión de cuál había de ser su táctica de lucha contra el mal, su procedimiento de edificación del nuevo orden. Sucesivamente, Cristo descartó los tres métodos de dominación del hombre que, en el fondo, equivalen a diversas formas de violencia organizada:

    • El poderío económico (producir pan tan abundante como las piedras y distribuirlo a las muchedumbres), bajo la ilusión de que los hombres son mejores cuando están hartos;
    • El poderío político, indisolublemente vinculado con el poderío militar (la adoración a Satanás, a cambio de los reinos de la tierra, el impérium universalis), confiando en que la humanidad podría reformarse mediante leyes, decretos y reglamentos, impuestos por una autoridad sostenida por la policía y el ejército;
    • El poderío eclesiástico fundado en el terror y la superstición (lanzarse desde las almenas del templo y salir ileso).

    En el desierto, Jesús eligió su táctica, y la táctica que eligió, les ha parecido a los desesperados de todos los tiempos, a los que desconocen la realidad de la naturaleza humana, a los optimistas de la evolución, de la economía o del estatismo dictatorial, una verdadera locura, una crasa insensatez. Cristo descubrió en el desierto la eterna y formidable verdad de que los medios determinan los fines; que una causa puede ser todo lo noble y grande que se quiera, pero que si se emplean medios que no corresponden a ella, jamás se la puede alcanzar. Muchos de sus enemigos y no pocos de sus amigos suplantarían esta sencilla verdad con aquella otra, diabólicamente invertida, de que el fin justifica los medios. Pero Jesús se trazó su línea de acción de un modo categórico v firme. La violencia organizada descubrió Jesús de cualquiera clase que sea y cualquiera que sea el fin o ideal con que quiera ser justificada, se derrota a sí misma y traiciona los fines con que se la emplea.

    Dictadores y redentores

    En otras palabras, Cristo descubrió que la justicia, la fraternidad, la paz, todos esos hondos anhelos de la humanidad, todos esos ideales de convivencia social, ni se dictan ni se imponen. Realista supremo, conocedor profundo de la naturaleza humana, no se ilusionó ni se engañó con utopías reformistas. Creyó que solamente puede edificarse un reino de justicia a base de hombres justos, un mundo nuevo con hombres nuevos el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar decía, y advirtió que esta clase de hombres no pueden ser reformados por la fuerza, ni fabricados por la violencia. Estos hombres tienen que ser el resultado de un nuevo nacimiento, mediante la operación de potencias vitales de un orden superior, que él vino a infundir. Por eso Cristo rechazó el espartaquismo y el imperialismo como métodos de transformación social. Una insurrección popular puede cambiar regímenes, pero no cambiar a los hombres: ni a los contrarios, a quienes no cambia, sino destruye, ni a los suyos, a quienes tampoco cambia, sino corrompe. Cristo vio supremo realista que un simple cambio de regímenes no significaría sino substituir unos explotadores por otros. Por eso Cristo ordenó a Pedro: Vuelve tu espada a su vaina, porque la violencia no consigue otra cosa que engendrar violencias. El espartaquismo es el padre de la tiranía. Y substituir a unos tiranos por otros no es mejorar la suerte de los oprimidos.

    Los actuales partidarios de la violencia le reprochan a Jesús que no se haya decidido a emplear ese método y atribuyen a ello lo que llaman el fracaso de los dos mil años de cristianismo. Olvidan que si, en gran parte, la acción cristiana ha desleído, retardado o paralizado su potencia transformadora, se debe justamente a que los seguidores de Cristo han sucumbido con frecuencia a la tentación y han pretendido cristianizar el mundo por la violencia. Han empuñado la espada en nombre de aquel que repudió la espada. Y han querido redimir a la humanidad de sus males, por medio de la violencia organizada, en nombre de aquel que condenó la violencia.

    Frente a la espada, Jesús erige la cruz y sube a ella. La cruz es el amor que se sacrifica, que se da por los demás. El que conquista, domina y se impone, no redime. Solo redime quien se niega a sí mismo por amor y entrega su vida para el bien y por el bien de los demás.


    Fuente: Pedro Gringoire, Las Manos de Cristo (México, D.F.: Casa Unida de Publicaciones; Buenos Aires: Editorial La Aurora, 1950), 129-135.

    Contribuido por Gonzalo Camargo Baez Gonzalo Báez Camargo

    Gonzalo Báez Camargo (1899–1983) fue un pastor metodista mexicano, teólogo, escritor y traductor de la Biblia.

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