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Joanbanjo, Cim del Pla de la Casa, creu.

No te van a faltar cruces

por Stan Ehrlich

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Este artículo es parte de una serie de extractos de diferentes cartas escritas por Stan Ehrlich entre 1998 y 2004, año de su muerte, a hombres y mujeres encarcelados. Stan fue un sobreviviente del holocausto nazi. Sin anteponerse a la gente que aconseja, él más bien los dirige con humildad, amor y cariño, al camino angosto y la vida nueva en Cristo.

Estuve pensando mucho en estos últimos días en las palabras de Jesús: «Si alguno quiere servirme...cargue con su cruz y sígame». Aunque Jesús diga que cargue con «su» cruz, no «mi» cruz, a mi forma de ver cualquier cruz que llevemos podemos identificar con la cruz de Jesús, si así lo queremos. Pensándolo bien, se puede decir que la cruz de Jesús fue esencialmente la de la injusticia (¡y la máxima, última injusticia!), y cualquier cosa que nos resulte cruz a nosotros, es también injusticia o fruto de injusticia. Pero, y a esto voy, en esta identificación de las dos cruces hay, intuyo yo, una participación nuestra en la obra de Jesús. Tal vez es este último lo que le hace decir a Jesús «que su yugo es liviano».

Me conmueve el principio de tu carta, que coincide con lo que acabo de decir. Estoy seguro que la firmeza y... no sé cómo decir, pero diría por más paradójico que parezca, la «soltura» de tu fe inspiran y alientan a más gente que a Hela y a mí, y no sabemos todavía los frutos que podrá llevar esto. Compartimos contigo la grandísima desilusión de que unos sí y otros no. Estamos insuficientemente informados – aunque realmente no hace falta – de todos los detalles que tal vez habría que conocer para formar juicio más correcto, pero por lo que sabemos bien nos parece que desde que ya hubo clemencia, debería haber habido clemencia para todos. Sin embargo, los pareceres de los que tienen poder y temen perderlo no son los pareceres nuestros, y nos encontramos reducidos a ser testigos de la insolubilidad de los conflictos ejercidos en el dominio del espíritu del mundo. Hay dos niveles de libertad, de independencia y de justicia, como los hay de amor, el nivel del espíritu y el nivel del mundo, y los conflictos en el inferior no se resuelven sin la intervención del otro.

¡Ojalá vean todos lo que tú has visto!


Tratemos de aclarar algunos conceptos. Si hablamos de la cruz, ¿cuál es la cruz que Cristo quiere que asumamos? A mi entender, es la cruz que se nos impone desde el momento en que representamos Su causa, la que nosotros llamamos la causa de Su Reino, con lo cual queremos decir, como tú sabes, que buscamos que sean sus mandamientos los que nos rijan a nosotros y nuestras relaciones unos con otros, ya aquí y ahora. ¿Ésta fue la cruz que se le impuso a él?

En efecto, la gente movilizada por las autoridades religiosas del aquel entonces, y estas autoridades mismas, se sintieron amenazados en el ejercicio de su poder y en el usufructo de sus posesiones, por quien proclamaba la Buena Nueva, nueva porque regida por otro espíritu que él del siglo (¡ya entonces el mismo que hoy!), a saber el Espíritu Santo. Por haber representado este Espíritu murió Jesús en la cruz. De ahí concluyo yo que la causa representada por este Espíritu, su causa, la causa del Reino de Dios – y ninguna otra relacionada con alguna causa del reino de César – es la única causa que justifique – la cruz.

Recordemos también que Jesús dice «el que quiera seguirme (a él, y ningún otro), tome su cruz...»

Para los que nos sentimos movidos por motivos de justicia, de preocupación por el prójimo, o de caridad, hay muchas causas entre las cuales elegir, que muchas veces son buenas también en el orden temporal. Parecería pues que se puede distinguir entre causas temporales y causas espirituales, (o del reino). Asimismo hay faltas cometidas en lo temporal, y hay faltas cometidas en lo espiritual, (que llamamos pecados). ¡Muchas veces coinciden, a veces son totalmente diferentes y hasta opuestas, y a veces difíciles de diferenciar unas de otras. Es importante esto, porque aquí hay que observar un criterio que establece una diferencia esencial. Es éste: que nuestros mejores esfuerzos humanos, cuando se valen de medios ajenos al Espíritu, y cuando se dedican a fines ajenos al Espíritu de Cristo, no sólo provocan una reacción del mismo carácter, sino que perpetúan por el encadenamiento de sucesivas reacciones precisamente el mismo espíritu del mal que se quiso combatir. Quedamos encerrados en un círculo vicioso.

Pero este círculo sí que puede ser quebrado, y queda quebrado «en la Cruz», es decir: por el amor – ¡también al enemigo!; el perdón; la fe: fe en el poder victorioso de Dios, habiendo reconocido la propia incapacidad, pero asegurado en el poder del Espíritu Santo. Durante 2000 años no hemos confiado en que él es el victorioso, no sólo en la Eternidad, sino también aquí en nuestra tierra. Hemos preferido poner nuestra confianza en nuestros pequeños reinos terrestres, nuestros conceptos de justicia humana, nuestros propios ideales y nuestros esfuerzos,...y este año 2000 nos ofrece el panorama de los frutos de nuestras empresas.

Repito, hermano, que he leído con mucho respeto el dilema en que te sientes. Sé la fuerza de tus convicciones, pero sé también que Dios ha convertido tu corazón. Sin saber esto, no me atrevería aconsejarte, pero mi conclusión es que no vaciles a tratar de acortar tu pena. Por una falta en lo temporal te tocó un castigo temporal también, que a todo el mundo le parece bastante largo. Siento, sin ninguna duda, que deberías con toda buena conciencia peticionar ante la Junta el acortamiento de tu pena.

¡No te van a faltar cruces para llevar si sigues en tu lealtad al Maestro! Serán las mismas que nos infligimos unos a otros. Faltas de comprensión, injusticias verdaderas o percibidas, persecuciones físicas o mentales por parte del mundo, por tu lealtad al evangelio, y otras por el estilo. Por otra parte, tu esposa, tus hijos tendrán a su lado a un esposo y a un padre con una fe templada en la adversidad.

Joanbanjo, Cim del Pla de la Casa, creu.
Contribuido por Portrait of Stan Ehrlich Stan Ehrlich

Stan Ehrlich, un judío alemán-belga y sobreviviente del Holocausto, se convirtió a la fe cristiana a la edad de 34. Luego compartió sus pensamientos con un amplio círculo de amigos y parientes con quienes mantenía una correspondencia extensa.

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